8 posts de diciembre 2008

Un año más...

Estamos preparando el último Telediario del año, será intenso y no hay mucho tiempo para escribir aquí, lo haré mañana con más calma. Pero quiero aprovechar para felicitaros el año en nombre de todos los que hacemos los Telediarios de La Uno de TVE, todos los que estamos delante o detrás de las cámaras. Esperamos que en 2009, ¡ese nuevo año que ya casi está aquí!, sigáis eligiéndonos para informaros, será un placer, como siempre... ¡FELIZ AÑO NUEVO DESDE TORRESPAÑA! Con nuestros mejores deseos...


Café de Oriente

Hola a todos... Hoy os dejo hoy un poema de Tagore que me encanta y un pedazo de una de mis historias, ésta un poco más larga, espero no demasiado. No es exactamente un cuento, es un fragmento de un texto, un descarte de un capítulo de un libro, una escena que deseché y que no llegará a publicarse con el resto de la obra, una curiosidad, tal vez… Es un regalito de Navidad que espero os guste. También os dejo abajo el video que proponía en su comentario un bloguero, "desastre": "Playing For Change: Song Arround the World"... "Stand by me", un gran tema, buena música callejera para una buena iniciativa. Nos vemos en los Telediarios. Un fuerte abrazo.

Juguetes

¡Qué feliz eres, niño, sentado en el polvo,
divirtiéndote toda la mañana con una ramita rota!
Sonrío al verte jugar con este trocito de madera.
Estoy ocupado haciendo cuentas,
y me paso horas y horas sumando cifras.
Tal vez me miras con el rabillo del ojo y piensas:
«¡Qué necesidad perder la tarde con un juego como ese!»

Niño, los bastones y las tortas de barro
ya no me divierten; he olvidado tu arte.
Persigo entretenimientos costosos
y amontonar oro y plata.
Tú juegas con el corazón alegre con todo cuanto encuentras.
Yo dedico mis fuerzas y mi tiempo
a la conquista de cosas que nunca podré obtener.
En mi frágil esquife pretendo cruzar el mar de la ambición,
y llego a olvidar que también mi trabajo es sólo un juego.


R. Tagore






Madrid, Café de Oriente. Mediodía...


"No es nada pero todo cabe en esa nada, en esa mirada perdida como pocas, tan perdida, esa que tengo frente a mí. Una vida entera parece encerrase y detenerse en esos ojos marchitos. Pienso y repienso en ello mientras nos echamos furtivos vistazos el uno al otro. Es un poco tarde para tomar café, casi todos beben ya cerveza o vino, pero yo quiero otro café. Y ya van cuatro. Me temblará el pulso. Lo pido. Solo, por favor. Él toma lo mismo. Una camarera guapetona nos lo trae al poco. Primero a él, luego a mí. Rasgamos el sobrecito de azúcar, vertimos la dulzura en las tazas, removemos a un tiempo, lentamente. Esperamos. Tengo espacio y tiempo para esperar. Reflejado en los espejos que revisten las paredes, el día aclara, azulea tras los cristales después de tanto nubarrón. Miro frente a mí a ese hombre melancólico de barba y cabello albino. Todo en él es blancuzco y grisáceo, descolorido. También su mirada. De fondo, rivalizando con el creciente rumor de las conversaciones, suena una canción. Una voz desgarrada sugiere en italiano que se puede hacer si “la ragazza que amabi non ti vuole piu…”, si la chica que amabas ya no te quiere. Olvida todo de esa mujer, dice, quizá no era para ti. Déjala con sus sueños más grandes que ella, recomienda el solista.

En la mesa de al lado dos mujeres ríen y cuchichean, de forma bastante artificiosa. Tal vez un día fueron buenas amigas. Una de ellas saca del bolso unas viejas fotografías. Se descubren en las instantáneas con más de veinte años menos. No se recordaban así, bien parecidas, lozanas, aparentemente felices. No se reconocen. Hablan del rostro de aquel hombre que ambas amaron y que, al parecer, asoma en la foto. Quien sabe si abrazado a las dos, entre las dos. Fantaseo. ¡Ha cambiado tanto!, dice una. Hemos cambiado tanto, replica la otra. La primera asiente un tanto contrita y aparta la mirada de la imagen. Repara en mí un instante. Oculta los ojos tras los párpados. Sabe que sus facciones ya no conservan nada de las de aquella chiquilla pizpireta que fue. Suspira por ello. ¿Por él? Siente deseos de llorar pero alza la vista y sonríe a su amiga con cierta desgana, sigue sonriendo. Eso es lo que importa. Bromean de nuevo, ironizan. Es lo mejor. Piden otras cañas, unas raciones. Beben, comen, conversan.

El hombre gris, blanco y gris, continúa mirándome de forma insistente, viendo a través de mí, sin verme. Tal vez observa el día cambiante, afuera, la luz que va y viene según sentencian los tupidos cortinajes de las nubes. Quizás va más allá, mucho más allá, atravesando los espejos, la pared, la terraza y las estatuas, los muros del palacio, los jardines, las autopistas, el lejano horizonte.

Junto a él, muy cerca de él, las dos mujeres persiguen aun su pasado mirándose en los viejos retratos. Una dice, “eso tendrá mal final”. ¿Cómo está?, pregunta la otra. Muy solo, responde la primera. Muy solito. Da pena verle así. Acabará mal, se lamenta o se consuela. Hablan, hablan, hablan de la soledad, del fracaso, de la imposibilidad de rehacer una vida cuando queda deshecha. Como muy probablemente quedaron las suyas, hace tantos años. Completamente desbaratadas, en añicos, rotas en mil días rotos. Descompuestas y borrascosas, como esta mañana que pasa mientras espero. Él, frente a mí, continúa importunándome con su mirada absorta en la nada, en mi nada y en la suya. ¿Esperará también? Es seguro que sí. ¿Y si fuera a mí a quién espera?

Al fondo del bar, unos abuelos occidentales se desviven con su nietecita oriental. La chinita tendrá unos tres años. Está sentada entre los dos, asomando apenas la naricilla y las manitas tras la mesa. Papá y mamá no han sabido que hacer con ella esta mañana y se la han endosado a los ancianos adoptivos. La niña se deleita atiborrándose de churros que chuperretea y moja en el azúcar que se esparce sobrepasando los límites del plato. De tanto en tanto, revoltosa, se pone de pie y brinca sobre el sofá rojo y aterciopelado mientras los abuelillos pugnan por darle o robarle unos besos. Ella se abraza ora a uno, ora a otro. La pequeña sabe que miro su felicidad, que estoy observando la escena. Me devuelve una mirada satisfecha, cómplice, digna. Me sonríe retadora, seria y gozosa a un tiempo, algo que sólo saben hacer los niños. ¿Cuál será su origen? ¿En que lejano territorio habrá nacido? ¿Qué ventura la trajo hasta aquí? Pretender escribir es hacerse constantes preguntas, buscar respuestas que tal vez no se puedan encontrar o que no existan.

La luminosa escena la interrumpen tres ejecutivos de tres al cuarto. Acaban de llegar. Pasan por delante de mí y se detienen alborotando, hablando de fútbol, creo, de algún partido que se jugó anoche. Tres jovenzuelos que parecen condenados sin remedio a la zozobra y la insatisfacción, a la vulgaridad disfrazada de “alto standing”. Han entrado en el local batallando, bromeando zafios y en voz alta, demasiado alta, de asuntos que a todos deberían importar un bledo. De idioteces que a ellos mismos, si no fueran completamente idiotas, les avergonzarían. Su actitud de machitos arrogantes me enerva. Los cancelo de mi vista. Los aparto sin más. Siguen su camino y se apoyan en la barra, lejos de mí. Por fortuna. No darían para llenar media página.

Un camarero se acerca al hombre de la mirada gris y ensimismada. Debe llevar mucho sentado. Creo que ya estaba allí cuando yo llegué. No lo sé. De eso hace ya un par de horas. ¿Tomará algo más el señor? El hombre, recogido en su cavilar, hace un gesto afirmativo con la cabeza y parece pedir por pedir. Un café. Tráigame otro, solo. Tráigalo pronto y déjeme esperar y escribir en paz, parece pensar, decir. ¿Esperar? ¿A qué o a quién estará esperando? ¿A mí tal vez?

El recto sirviente cumple y al poco pone sobre la mesa el platito, el azucarillo, la tacita, la cucharilla. También a mí. El hombre apenas se inmuta, saca unas monedas y paga su consumición. El asalariado ha cumplido con su tarea, servir y cobrar, velar por ello. Apenas conserva un mechón de pelo en una cabeza casi calva. Cada vez que puede, coquetea a escondidas, o de lejos, con la camarera guapa que antes nos sirvió. Como dos bobos adolescentes creen no delatarse con sus turbios mohines amorosos. Pero es evidente que flirtean, que se buscan y se buscarán después del trabajo. Que algo esperan el uno del otro. Todos aquí parecen esperar...

El hombre marchito, blanco y gris, bebe un sorbo y rebusca en los bolsillos de la chaqueta color rata, deslucida. Saca un cuaderno grueso y ajado, deshojado, manoseado. También unos lápices precarios, a los que ha debido sacar punta mil veces. Coge uno como lo haría un mandril y escribe. Su mirada se concentra ahora en lo que queda en las páginas. Yo le imito y me concentro en las mías, que también las tengo. Como él, pruebo a escribir. Lo intento cada día, pero nunca nada de lo escrito llega a buen puerto. Que frustrante ambición. Siempre quise ser escritor, inventar historias o robárselas a los que me rodean. Escribir, por ejemplo, sobre esos abuelos y su nietecita. La niña podría ser un buen personaje. Tal vez reinventar las patéticas vidas de esas dos mujeres conmovedoras, la del amante cuyo rostro intento imaginar. El romance en apariencia vulgar de esos camareros. O la malandanza de ese hombre que sigue sentado frente a mí, que me mira cada vez que yo lo miro, que suspira cada vez que yo suspiro, que bebe y escribe cada vez que yo lo hago. Su mirada me intimida. ¿Qué habrá detrás de ella, en el fondo de esos ojos que tanto parecen haber visto? Cada vez que levanto la vista del papel él hace lo mismo. Mira y anota meticulosamente. Así, de tanto en tanto, me observa sin recato, reflexiona, apunta. Tal vez palabras afines o idénticas a las mías. Quizás detalla los rasgos del hombre apesadumbrado que tiene enfrente. Un tipo abatido, de aspecto enfermizo, que mira en torno y garabatea pensamientos en las servilletas de papel, en los márgenes de las páginas del periódico, en un cuaderno apolillado. Tal vez describe a un hombre vencido, perdido en prolongados años de desventura y soledad. Escribe y mira. Mira y escribe, y espera. Tal vez a mí...

Aparece otro potencial personaje. Una hembra madura, alta y llamativa, que entra en el local titubeante sobre unos altísimos tacones. Se sienta justo enfrente, ocultándome al hombre del pelo luengo, blanco y gris. Eso supone un alivio, no se bien porqué, pero así es. La mujer aposenta sus anchas nalgas en la silla con cierto estilo y cruza las piernas con dificultad bajo la mesa, dentro de una estrecha falda. Intenta disimular que me mira. Mi aspecto ha debido llamar su atención. Saca del bolso unas gafas de aspecto muy moderno, con montura verde, y se las ajusta, quizá para verme mejor, como el lobo en el cuento. Tiene pinta de andar buscando o esperando amor, o sexo, o las dos cosas. Tal vez un día fuera hermosa, misteriosa, seductora, atrayente al menos. Pero ya no lo és. En absoluto. Los retazos de esa rancia belleza otorgan a su semblante un sutil patetismo. Como el de un clown resoluto, acabado, triste, afeminado. Demasiada pintura en los ojos, demasiado colorete, demasiado carmín. Demasiadas carnes. Todo en ella resulta excesivo. Coloca su teléfono sobre la mesa y finge leer una revista con total desinterés. Cada dos por tres, alza sus ojos azul mate hacia los míos. Espera una mirada, una llamada, seguro, una llamada que nunca llegará. Pide un ron con Cocacola. Demasiado temprano para beber eso. Giro la vista por evitar la suya, incómoda, intermitente, insinuante, ebria.

Veo a la abuela occidental acariciar con dulzura el rostro de su nietecilla asiática. Llega la camarera exuberante y pregunta a la pequeña ¿cómo estás guapa? Toma, le dice, dándole un Chupachups. Ésta, azorada, lo coge devolviéndole una sonrisa radiante y achinada, como sus ojos. Luego, ya con el caramelo en la boca, da unas palmadas felices y se abraza a la cabezota de su abuelo. Por poco no le saca un ojo con el palito de la golosina. El hombre lo toma a risa y seca las lágrimas con un pañuelo inmaculado, blanco y bien planchado. La camarera recoge y limpia la mesa llena de azúcar mientras lanza una tierna y cómplice mirada a su colega, que atiende una mesa cercana. Tal vez un día, parece decirle, tu y yo... Si cambiara la escenografía, sus vestimentas, parecerían dos personajes de un cuento de Chejov. La niña balbucea unas palabras al teléfono que la nona sostiene pegado a su orejilla. Estoy bien mamá, dice la pequeña. Se ha apagado, replica. No hija, no se ha apagado, contesta la abuela. Mamá está ahí, dile algo más, lo que quieras. Está esperando. Todos esperan...

La mujer solitaria y excesiva apura su bebida demasiado rápido mientras enciende, uno con otro, su tercer cigarrillo desde que se sentó ahí. Mira el teléfono como interrogándole, como diciéndole ¿es que no vas a sonar nunca? Vuelve a mirarme y me lanza una sonrisa compinche y desatinada. Hace mucho que olvidé como se hace ese gesto, no le devuelvo nada. Agacho la cabeza y escribo. Ella guarda sus cosas, paga, se levanta y se va. Regresa la imagen del hombre gris. Alza uno de sus brazos como lo haría una marioneta, como si alguien, desde arriba, hubiera tirado del hilo atado a la cruceta. Parece saludarme o invitarme a sentarme a su mesa. Me acerco con cautela. Vengo observándole hace un buen rato, nos decimos. Tome asiento, por favor. Lo hago. Mi nombre es..., nos decimos a un tiempo. Que insospechada casualidad. ¿También escribe? Sí, él también venera el tormento y la dicha de ir poniendo una palabra detrás de otra, al parecer, los dos pasamos muchas horas vegetando absortos en esa amable perversión. ¿Sobre que escribe? Es una larga historia que nunca parece llegar al final. Me gustaría conocerla, le digo. A mí también me complacería conocer la suya, me contesta. Tal vez nos sean familiares las páginas. Tal vez los dos estemos escribiendo la misma historia, cada uno por su lado. Pedimos una botella de vino y unas bravas. Abro el cuaderno. La letra es ordenada, rectilínea y elegante, muy familiar. Leo unas hojas y enseguida me conmuevo. Allí dentro, resignada a la imperfección, parece asomar mi propia historia. La que, tal vez, ya comenzaba a escribirse en mi memoria mucho antes de nacer…"




Stand by me...

"En el lado de la vida"

Hola de nuevo...

Anoche estuve en Zaragoza, en la presentación de un cortometraje muy particular, "En el lado de la vida", de Ignacio Bernal. Lo protagoniza la gran Candela Peña y es una llamada a la donación de órganos, sin duda una gran causa. La causa. Tal vez el mayor gesto de generosidad que se conozca en el ser humano. Quiero compartirlo con todos lo que visitan este blog, que ya sois tantos. Tal vez os llame a alguno de vosotros, tal vez os conmueva y os mueva, os incite a donar parte de vosotros por si un día alguien... Seguro que os hará pensar en ello, como me sucede a mi desde que he visto la película y he conocido a parte de la gente que la ha hecho posible, entre ellos personas "trasplantadas", seres humanos que siguen por aquí, ¡vivos!, gracias a un donante anónimo. Tras morir nos pudrimos o nos convierten en ceniza, no hay otra. Pero algunos de nuestros "órganos de fuego" funcionarían perfectamente en otras personas después de nuestra partida, quién sabe si mejor que cuando estaban en el interior de nuestro ya malogrado cuerpo. Donar es dar vida, regalarla, una vida que nosotros ya no podremos disfrutar. Nuestros corazones, nuestro hígados, nuestros riñones, un pedazo de nosotros seguirá viviendo y haciendo vivir a otra persona. ¿No os parece algo extraordinario? Ahorrará sufrimiento y sumará alegría. ¿Qué mejor se puede hacer después de fallecer? Nada. Eso y dejar tras de nosotros buenos recuerdos, una amable nostalgia al evocarnos, tal vez unos cuantos árboles e hijos, unas letras, sonrisas... Dejar aquí un rastro de vida, una nueva vida, es algo inmenso, otorgársela a otro ser después de muertos es algo inconmensurable, casi inconcebible. No solemos reparar en ello, es demasiado ¿amargo? ¿triste? ¿macabro? ¿desagradable? ¿inaceptable? ¿de mal augurio?... Si nos paramos a pensar podemos darnos cuenta de que es algo hermoso, muy hermoso y sencillo, nada más. Es bueno caer en que tal vez deberíamos hacerlo, por si un día... Hay que encontrar el valor, la bondad, el sentido común y la generosidad que nos impulse a donar nuestras ya inútiles entrañas para que con ellas, gracias a ellas, otros puedan seguir gozando y amando la vida y a aquellos que ya lo daban todo por perdido. Hacerlo debería ser lo más lógico, lo más normal, lo más sensato. Al menos somos líderes en eso. España está a la cabeza mundial en donación de órganos, pero aun podemos avanzar mucho más. El milagro lo llevan a cabo los doctores, los científicos, los cirujanos, pero la esencia con la que ellos pueden obrar ese prodigio es cosa nuestra, la llevamos dentro, se llama vida, y aunque a nosotros se nos escape, pervive en esa esponjosa y encarnada materia que da forma a nuestros órganos. Somos la esencia de un milagro, un auténtico milagro...

Aquí os dejo el corto y un video con algunas fotos del rodaje y la bellísima música original del film. También este enlace www.enelladodelavida.es por si os apetece saber más. Gracias por leer, mirar y escuchar en este blog. Si os apetece seguiremos encontrándonos aquí y en los Telediarios de TVE. Mañana más. Un abrazote.

Un cuento de Navidad

Hola blogeros... Estaba escribiendo un post sobre Amnistía Internacional y su incansable lucha a favor de los Derechos Humanos, pero lo he aparcado un instante. Me ha pasado por la mente un fugaz cuento navideño, eso creo, y lo he escrito antes de que escapara. Ya que María ya os ha dedicado un villancico, yo os dejo otro que puede servir, además, de banda sonora a esta blanca y tenebrosa  historia. Espero que os guste. Esta semana habrá más palabras y más fotos.  Un abrazo...


Un cuento de Navidad


Soñó con ella, una vez más. Despertó tiritando, susurrando palabras incomprensibles, febriles y amargas. Miró a su alrededor, en la penumbra, intentando reconocer el lugar en el que estaba. Era su casa, su habitación, su cama, todavía medio vacía. Sin ella. Cerró los ojos e intentó regresar al sueño, tomar de nuevo su mano, dejarse llevar. Que ella volviera a tirar de él dando pesadas zancadas por la nieve. De tanto en tanto se giraba, miraba sus ojos y le sonreía. Su cabello dorado flotaba ingrávido en el vendaval. Apenas podía verla, la ventisca le cegaba. Un aire enloquecedor y blanco emborronaba todo tras un millón de gélidos pétalos inmaculados. 

Volvió a sentir un frío insoportable. Tenía fiebre, seguro, como la primera vez que pensó en ella deseándola. Se levantó de la cama con torpeza y desgana en busca de un termómetro, tal vez de una aspirina. Metió el mercurio bajo la lengua y preparó una infusión de color malva. Treinta y nueve tres, mal asunto. Buscó algo de calor acercándose a las brasas que aun brillaban y humeaban en el hogar. Miró por la ventana mientras daba unos sorbos. La niebla y una densa nevada impedían ver más allá de la valla cercana. Cerró los ojos e intentó recordar los azares que le habían conducido a encontrarla, que rara fortuna o desgracia se la había otorgado para luego arrebatársela. Apuró la taza intentando una vez más extinguir ese abrasador desconsuelo, acallar esa maldita ausencia, olvidar el dolor de saber que hubo instantes y lugares en los que se amaron, que todo había sido cierto. En la radio sonó una canción navideña, Bing Crosby cantaba White Christmas. ¿Ya era Navidad? ¿Otra vez Navidad? ¿Lo habría olvidado? Habían hecho tantos planes, albergado tantas esperanzas de poder pasarlas juntos. Vibró el teléfono pero no quiso oírlo. Regresó a la habitación y se metió de nuevo en la cama. Se sintió incapaz de aceptar una vida sin ella. Cerró los ojos queriendo de nuevo soñar, seguir tras sus pasos, alcanzarla, abrazarla, llegar juntos a algún feliz desenlace. La fiebre no remitía. Abrió el cajón de la mesilla y tomó una pastilla para calmarla. Luego diez o doce más para quedar dormido. Lo consiguió enseguida y poco después dejó de respirar...

Abrió los ojos aterrado, aterido por un frío insoportable, el cuerpo se le desmoronaba en un temblor brutal, incontrolable. Tienes que seguir, le suplico ella, ya queda poco, si te duermes estás perdido, estaremos perdidos pues no seguiré sin ti. Le ayudo a incorporarse e intentó de nuevo hacerle caminar. Lo consiguió a duras penas, a cada paso las piernas se hundían más y más en la nieve, casi hasta la cintura. Dentro de la ropa y las botas caladas, su piel ya era de escarcha, de estambre. Ella tiraba de él con fuerza sin dejar de mirarle a los ojos, sin dejar de susurrarle palabras de aliento, impotente y exhausta. No puedo más, le dijo él rindiéndose a la muerte que ya le olisqueaba con deleite. Entonces debió perder el sentido. Emitiendo un raro gemido la mujer tiró aun con más fuerza del pesado cuerpo. No muy lejos, se distinguía ya la silueta de una casa, una ventana tenuemente iluminada...

Despertó muy aturdido y con el corazón latiendo fatigado. Se abrazó a ella con urgencia, como un niño asustado. Pronto se serenó reconfortándose en su cálido cuerpo desnudo, en el calor de sus pechos, su vientre, sus muslos y sus pies, del fragante edredón que los cubría, del fuego encendido frente al lecho, en la chimenea. Ella entreabrió lentamente los ojos y una maravillosa sonrisa que iluminó su rostro. Se besaron. ¿Qué te pasa?, le pregunto en un susurro, ¿no has dormido bien? No es nada, respondió él, solo un mal sueño. Un extraño sueño en el que nevaba, era Navidad y te perdía...

Feliz Navidad a todos por adelantado...


¡Nos vemos en el blog y en los Telediarios!


Fum fum fum...

Ya queda bien poquito para la Navidad... En Torrespaña ya empieza a notarse que las fiestas están cerca: en muchos rincones hace días que hay árboles decorados, papa-noeles colgando... alguna flor de pascua... y muchos dulces típicos en nuestra mesa de edición. Me gusta la navidad a ratos... Son fechas algo tristonas para muchos, así que si os pasa lo mismo os dejo uno de los pocos villancicos que me animan y me gustan... "All I want for Christmas is you" (Todo lo que quiero por Navidad eres tú...) Pues eso...

Besazo enorme y helado!!!!

Aahhhhhhhh y FELIZ NAVIDAD fum fum fum de todo corazón... ;)


Os deseo lo mejor para el 2009...


Un domingo cualquiera

Hola a todos...

Aquí os dejamos unas cuantas fotos más. Son del domingo pasado. Os invitamos a echar un nuevo vistazo a la trastienda durante una larga jornada de trabajo, información y compañerismo. De paso os presentamos a parte del equipo que hace posibles los Telediarios del fin de semana de TVE. Mil gracias por estar ahí, al otro lado. Os esperamos en los Tedes. Lo mejor es la música de Russian Red, con la que cerramos el último informativo. Esperamos que os guste...

1978...

Casi acaba el 2008... y ahora coincidiendo con el 30 aniversario de la Constitución se habla de la Generación del 78, los que nacimos ese año ya en democracia en España. Hoy hemos hecho parte del TD frente a las puertas del Congreso de los Diputados en Madrid: 30 años de la Carta Magna... Un trabajo en equipo en medio del frío, las prisas, la lluvia... los controles de seguridad... y la gente "güena" que se ha acercado a saludarnos... Pensando en el blog me he llevado la cámara para enseñaros algo más de este día histórico... Algunas reconozco que no están para un Pullitzer pero sí para compartirlas...


A mi llegada veo a parte de los compis que están en exteriores, empezaba a llover...



Mi querida Pepa Bueno hizo el especial de la Constitución... Un fenómeno de compañera ;)

Uno de los leones de la puerta...


Los Príncipes de Asturias saliendo del Congreso...

El presidente saludando a sus ministros...


Este era el set de TVE: un camión fabuloso lleno de compañeros estupendos. Yo tapadita con el abrigo en las piernas... Mucho frío en Madrid!



Éste era el micrófono de "emergencia" por si fallaba el micro de corbata...



Una foto para la historia. La Casado a las puertas del Congreso el día del 30 aniversario de la Constitución. Yo soy de la misma Generación, la del 78...

Un abrazo a todos y a todas... Se os quiere ;)


"No me chilles, que no te veo"

Hola a todos... Hacía tiempo que no dejábamos un nuevo post, es verdad, lo sabemos, nuestras disculpas por ello, pero unas veces se puede y otras no. Intentaremos actualizar con más frecuencia.

Esta vez os dejamos un video de este último fin de semana. Uno de esos inesperados momentos de "tontuna" o "despiste" generalizado entre los presentadores.

El Telediario había ido bien, muy bien, sin más problemas. Justo después de la información deportiva entró la habitual publicidad. Como Sergio siempre suele decir algo al cierre del deporte, comenta alguna cosa y se despide, me quedé esperando, lo malo es que él también, ya que me tocaba hablar a mi según el minutado (nuestro guión). Cantero es el primer despistado de los tres.

Tras unos interminables segundos de silencio, María me increpa: - "David, ¡qué nos vamos! -... en fin, mejor verlo de nuevo ¿no? Nos pareció un momento tan estúpido como simpático, por eso pensamos en comentarlo y compartirlo en el blog, no sin cierta vergüenza, claro. Pero fue tan imprevisto y espontáneo que creemos que merece la pena dejarlo aquí, entre otras cosas para reirnos de nosotros mismos que es muy saludable.

A veces pasan estas cosas, "momentazos" que aunque se vean forman parte de lo que no se ve en los Tedés.

Queda claro también quien "manda" en la mesa del plató, jajajaja...

Besos y abrazos de Sergio, María y David, nos vemos en los Telediarios.

Los presentadores del TD


Son los rostros del Telediario, lo primero que ves al encender la TV.
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