5 posts de enero 2010

El guardián adolescente

“Hay una paz maravillosa en no publicar… Publicar es una terrible invasión de mi vida privada. Me gusta escribir. Amo escribir. Pero escribo sólo para mí mismo y para mi propio placer…”.

J.D. Salinger

Jerome David Salinger ha muerto a los 91 años, tras una larga, silenciosa y misteriosa vida, apartado de la humanidad desde los años 50. Misteriosa para los demás, imagino. Probablemente para él haya sido una vida más, más o menos normal, plena, vivida tal y como decidió vivirla, en soledad y silencio. Atrapando sueños, posiblemente...



El guardián entre el centeno”, una obra maestra y un absoluto e inusual best seller desde su publicación en 1951, le convirtió de inmediato en un escritor de culto, en un “monstruo de las letras” o en un “escritor monstruoso”, eso no queda del todo claro.

Después de esa novela inquietante e impactante, Salinger publicó muy poco. Llevaba desde 1965 sin hacerlo, sin publicar, aunque al parecer siguió escribiendo “solo para él”. Eso se verá algún día, tal vez salgan a la luz nuevas obras, palabras completamente inéditas y muy valiosas.

Se le ha reprochado que fuera así, insociable, ególatra, raro, taciturno, clandestino, siempre esquivo con los periodistas, con los biógrafos, con los editores, que viviera obsesionado de esa manera por el anonimato, que de algún modo se comportara como un eterno y airado adolescente. Tampoco quiso ser fotografiado, apenas se han visto imágenes del autor de “El guardián entre el centeno”, una de esas novelas que marcaron, marcan y marcarán a generaciones de lectores.

Dicen que Salinger era más que un escritor. Tal vez fuera simplemente eso, un verdadero escritor, único e irrepetible, que en su libro más famoso supo describir como nadie las incertidumbres, simplezas y miedos de ese periodo infame que llamamos adolescencia, en un relato repleto de seres fracasados o frustrados.

Salinger más que apartado vivió recluido. Nunca quiso que nadie contara su vida en artículos de prensa o dudosas biografías literarias. Imagino al “héroe” de su novela, Holden Caulfield, y a su autor, mucho más unidos de lo que cabe imaginar. El personaje soñaba con encontrar un apartado refugio en el que vivir “lejos de cualquier conversación estúpida”, y el novelista cumplió a rajatabla esa aspiración.

Después de que su libro se convirtiera en un auténtico superventas, él se marchó a vivir a una casa de campo en Cornish, New Hampshire, la misma en la que pasó la mayor parte de su existencia y en la que ha dejado de existir. Un baluarte en el que vivió como ha muerto, lejos de un mundo y una humanidad que seguramente le asqueaban…



Así comienza “El guardián entre el centeno”, una obra absolutamente imprescindible:



“Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada. Para esas cosas son muy especiales, sobre todo mi padre. Son buena gente, no digo que no, pero a quisquillosos no hay quien les gane. Además, no crean que voy a contarles mi autobiografía con pelos y señales. Sólo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó durante las Navidades pasadas, antes de que me quedara tan débil que tuvieran que mandarme aquí a reponerme un poco…”

Merece la pena continuar. El libro puede dejar sin aliento a quien lo lee, sobre todo por la inmensa soledad que encierran esas páginas, impregnadas de la lúcida pureza y la siniestra candidez de la adolescencia.

Sin palabras

A veces las palabras se secan en los inexplicables otoños del alma. Caen pesadas, incapaces de volar, de convertirse en la esencia de las hojas, en el rasgo de las páginas, y son incapaces de nombrar los sentimientos o las cosas. Queda esperar que sople una vez más esa brisa que, cuando llega, las lleva y las hace reverdecer, tener de nuevo sentido. Qué extrañas son las palabras, qué difusas, que misterios alados cuando levantan el vuelo. A veces los humanos necesitamos mucho más que palabras para expresar lo que sentimos...



Del mar... (variaciones)



"El mar embravecía por momentos. La luz del amanecer y la costa ya estarían cerca pero la tempestad se anunciaba implacable. Con suerte, en un par de horas arribarían a puerto y podrían escapar a sus feroces envites. Despertó acurrucado en el camastro de su camarote después de un mala noche, de haber soñado con ella una vez más.


Era lo último que deseaba, evocarla, siquiera en las ficciones del ensueño. Se alzó descompuesto, mareado, tiritando, susurrando palabras incomprensibles, febriles y amargas. Miró alrededor, intentando reconocer en la penumbra el lugar en el que estaba. Era el acogedor aposento de su barco, su hogar desde hacía ya muchos meses. No había vuelto a desembarcar desde aquel día, desde que la perdiera…


Se frotó los ojos e intentó despabilar y serenarse. En la pesadilla ella caminaba sobre las aguas mientras él, intentando alcanzarla, daba pesadas y angustiosas brazadas. De tanto en tanto la etérea joven se giraba, miraba sus ojos y le sonreía. Su cabello dorado flotaba ingrávido en el vendaval, los pies acariciaban las crestas blancas de las olas. Su cuerpo pálido y desnudo desaparecía tras las murallas de la marea. Ya apenas podía verla. Un vendaval salado y enloquecedor lo emborronaba todo tras un millón de gotas de espuma de mar inmaculadas.


Volvió a sentir un frío insoportable. Tenía fiebre, seguro, como la primera vez que pensó en ella deseándola. Bajó de la litera con torpeza y desgana. Miró por el ojo de buey, solo niebla y oscuridad. Por un instante creyó distinguir las luces de la costa cercana.


Pensó en los azares que le habían conducido a encontrarla, que rara fortuna o desgracia se la había otorgado para luego arrebatársela. Apuró una taza de café intentando una vez más extinguir ese abrasador desconsuelo, acallar esa maldita ausencia, olvidar el dolor de saber que hubo instantes y lugares en los que se amaron.


Subió al puente sintiéndose incapaz de aceptar una vida sin ella. Saludó con desgana a sus subordinados y tomó de la percha un impermeable amarillo. Se lo enfundó y salió a cubierta. Un escalofrío insoportable estremeció su piel de estambre. Dando unos pasos indecisos se acercó al abismo oscuro y luego, sin un atisbo de duda, se dejo caer por la borda.


El agua no tardó en inundar sus pulmones. Todo acababa ahí. Perdió el sentido lentamente. Dejó de sentir frío, de respirar, y volvió a soñar con ella. La chica tiraba de él con fuerza sin dejar de mirarle a los ojos, sin dejar de susurrarle palabras de aliento, impotente y exhausta. No puedo más, le dijo él rindiéndose a la muerte. Emitiendo un raro gemido la mujer tiró aun con más fuerza del pesado cuerpo. No muy lejos, se distinguía ya el fulgor de un puerto iluminado...


El marino despertó muy aturdido, con el corazón latiendo acelerado. Esa misma mañana embarcaría desde Barcelona rumbo a Cabo Verde, una larga travesía. Se abrazó a ella con urgencia, como un niño temeroso de partir. Pronto se reconfortó en su terso y cálido cuerpo desnudo, en el fragante calor de sus pechos, en su vientre y sus muslos. Ella entreabrió los ojos y una maravillosa sonrisa iluminó su rostro. Se besaron. ¿Qué sucede?, le pregunto en un susurro, ¿no has dormido bien? No es nada, respondió él, solo un mal sueño...".



Elvis en el Tedé...

Este mediodía hemos cerrado el Telediario de las 15h recordando el 75 aniversario del nacimiento de Elvis Presley, el Rey del Rock. Tenía un don para la música, no hay duda. Y se fue demasiado pronto, seguro. ¿Demasiadas experiencias quizás para una sola vida? Tal vez... Nos queda su música y muchas preguntas sin respuesta. Elvis siempre será Elvis... no habrá otro.

David y yo os dejamos hoy dos de sus canciones que más nos gustan.

DAVID elige:


y MARIA se queda con esta versión:


Un abrazo! Nos vemos en los Tedés...

Time

El tiempo que adoramos

"El tiempo, nuestro tiempo, malvive agazapado en los relojes, oculto, sigiloso, inmortal…



Cuando lo miro atrapado en una de esas bellísimas esferas, siento cada segundo como una zancada que me aleja más y más de ti, de forma inexorable. Pasa el tiempo aferrado a las manecillas, prendido de los péndulos, pasa y pasa y pasa, sin borrar nada. No merma esta angustia. Solo pasa. Gira una y otra vez, avanza siempre. Retoza cabrioleando, danzando la monótona coreografía circular de los cronómetros. Pasa dejándote atrás, librándose de mí, de nosotros, apartándonos una y otra vez, llevándose valiosas porciones de nuestras vidas con cada tictac…

Voló con él todo lo que perseguimos, alto e inalcanzable. Todo y mucho más se llevó el avaro tiempo que adoramos. Tú y yo, como amantes centauros alados, empeñados en dominar sus salvajes horas, en detenerlas. Pero estas nos esquivaron o resbalaron por nuestra piel. Se burlaron rodeándonos, sobrepasándonos sin esfuerzo dejándonos abajo, atrás, muy atrás.

Somos gráciles plumas llevadas por el tiempo, no ofrecemos la más mínima resistencia a su fluir. Su ventisca nos hizo tambalear fácilmente. Frenó nuestros pasos un huracán de segundos perdidos, mientras los relojes intentaban hacernos creer que avanzábamos.



Sólo él avanza, contradictorio, perverso, curvilíneo. Sólo él pasa. Sólo él vence. Siempre. No supe prever ni desdeñar sus artificios. Tú y yo, como insignificantes motas de polvo que el viento del tiempo levantó sin esfuerzo para luego dejarlas caer. Mansos, cómo él quería, caímos rendidos, perdidos en sus esféricas y siniestras ambiciones...

Inanimados, como caballetes, miramos los días estampados en rojo y negro en los calendarios, para poder creer que existieron, que existimos. Contamos los meses, las semanas y todos sus insólitos días. Con agujas y jaulas transparentes creímos haber domado al indomable. Lo encerramos sin aire en los relojes para domesticarlo, para fatigarlo y poderlo acariciar sin recibir una dentellada, sin que nos mordiera el corazón, nuestras mejillas, nuestros ojos, nuestras manos, los dedos. Lo desmenuzamos en porciones cada vez menores para poder digerir la indigestión de nada que nos deja, para poder contar cada hora que nos arrebata, cada minuto, cada segundo con todas sus malditas centésimas, milésimas y milmillonésimas...



Intenta verlo pasar. Ahora mismo. ¿Lo ves? Es invisible, caprichoso y mezquino, como casi todos los dioses. Y acaba con todo, con todo lo que puede significar una esperanza, con todos los sueños que llegamos a soñar, con todas las palabras que imprimimos para poder creerlas. Como acabó con nosotros, con este raro amor que tuvo en los relojes a sus mayores enemigos.

¿Sabes?, estoy cansado de deber soñarte, de deber creerte, de deber amarte, de deber arrastrar todo el pasado que apenas compartimos e imaginar ese escueto futuro que nunca llegará. Estoy harto de añorar lo que el tiempo me hizo perder o lo que no pudo traerme, pues la cadencia de tus latidos ya no marca el tiempo de mi vida. Tus afilados minuteros quedaron detenidos, clavados hondo en mi pobre corazón, como saetas ensangrentadas. Creí conocer lo que quería, pero me era completamente ajeno. Desde entonces, amor, cuando miro girar el tiempo en una de esas preciosas esferas, todo lo que no deseo me persigue, me aísla, me horroriza, ¡y es tanto!... Ya no seguiré inventando el tiempo a nuestro antojo, creyéndome capaz de dominar y medir la eternidad de vacío que guardan nuestras horas...".


Presentar un Telediario

Hace unos días alguien me pidió una reflexión sobre lo que, para mi, supone estar al frente de un Telediario...

Lo primero que me vino a la cabeza es que, sin duda, es todo un privilegio poder estar ahí…

Es un trabajo de complejidad y sencillez abrumadoras. Poder contar a millones de espectadores lo que sucede en España y en el resto del mundo, si lo piensas, es un encargo tan extraño como extraordinario, y una responsabilidad que no siempre es fácil afrontar.

Nunca acabas de aprender, nunca estás seguro del todo de estar haciéndolo bien. La experiencia, algo imprescindible ante las cámaras, es un valor en si misma pero nunca parece suficiente toda la que puedas llegar a adquirir, por muchos años que lleves en esto.



Ser presentador o presentadora de los Telediarios requiere templanza, serenidad, seguridad, sobriedad, prudencia, tenacidad, disciplina… Pero por encima de todo, en mi opinión, requiere de enormes dosis de humildad.

Somos solo el último eslabón de una larga cadena de profesionales, no podemos olvidarlo, la que forman todos y cada uno de los compañeros que se ven implicados en la ardua elaboración y emisión de un Telediario. Esta máxima, la de la humildad, jamás se puede dejar de lado cuando te asignan la responsabilidad de sentarte tras la mesa del plató de informativos.



Una vez asumido que tu trabajo depende siempre y por completo de un complicado equipo, y que consiste en conducir en directo el resultado de la suma de sus esfuerzos, entonces te puedes dedicar a llevar a cabo la parte que te toca. Además hay que intentar hacerlo siempre con la máxima eficacia, estés mejor o peor de ánimo, más o menos bien de salud, haya o no problemas en casa o en el trabajo, tengas un buen día o todo lo contrario. Tal vez, eso sea lo más sutil y complicado de nuestra función.

Mantener el nivel un día tras otro, semana tras semana, mes tras mes, pase lo que pase, sin olvidar que somos solo un pequeño engranaje dentro de un gran equipo. Y aunque seamos una de las piezas más visibles de esa maquinaria, jamás debemos caer en la tentación de sentir que nuestro trabajo es más valioso que el de cualquiera de los demás. Nuestra trascendencia e importancia son muy relativas. Nuestra presencia como conductores puede favorecer y dar brillo al producto, pero no somos imprescindibles. Nadie lo es.

El exceso de ego, la soberbia y la prepotencia pueden ser los peores enemigos de la credibilidad de los comunicadores y puede llegar a espantar a numerosos televidentes que no soportan ese tipo de actitudes en las pantallas.

Un Telediario es un programa de televisión, un formato muy experimentado y definido en el que es muy arriesgado innovar y que requiere de una particular puesta en escena, de un decorado, una determinada iluminación, una realización muy concreta, de maquillaje y vestuario muy específicos.

Es un programa en el que por encima de todo deben primar la ponderación y la prudencia. Equilibrio y mesura. Ofrecemos noticias en televisión, contamos lo que sucede, no hacemos espectáculo, no debemos hacerlo, no somos un espectáculo, somos simple y llanamente una ventana abierta a la información.

Una ventanilla abierta a todos, a gente que se engloba en un enorme abanico de edades, niveles culturales y educativos, ideologías y creencias, por tanto uno de nuestros objetivos principales, además del rigor, la ecuanimidad y la pluralidad, debe ser la impecabilidad. Intentando además ser siempre lo más objetivos posible.

Tal vez lo más difícil de nuestra tarea sea precisamente lo que se puede deducir de todo esto. No siempre es fácil conseguir ser siempre impecables, ni cumplir con todas esas expectativas, normas y exigencias manteniendo, constantemente, un alto nivel como periodistas y personas en cierto modo ejemplares.



Todo influye a la hora de narrar lo que sucede, la entonación de nuestra voz y nuestra dicción, el buen uso del lenguaje, nuestra presencia física, nuestra forma de mirar o movernos, nuestros atuendos, hasta nuestros gestos más insignificantes cuentan. Todo puede influir de forma negativa o positiva en la percepción de aquellos que nos buscan y nos eligen para informarse.


Los presentadores del TD


Son los rostros del Telediario, lo primero que ves al encender la TV.
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