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LOS OJOS DEL PÚBLICO

El Canal 24h ha comenzado a emitir una pequeña serie de documentales, como homenaje a seis grandes camarógrafos de TVE. Tiene un título poco atractivo, que tal vez pretenda ser una referencia culta a Dziga Vertov: ‘El ojo en la noticia’. Pero vale la pena esforzarse en localizar este breve espacio en la parrilla del 24h, para conocer a media docena de operadores, y escucharles contando algo de lo mucho que vivieron durante sus años de brillante trabajo en los informativos de TVE: Evaristo Canete, Jesús Mata, José Luís Márquez, Miguel Ángel Martínez, Laureano González y Paco Custodio.

Son sólo seis episodios, con apenas un cuarto de hora de duración. La idea habría dado para mucho más, jugando con el magnífico legado que esos compañeros dejaron en los archivos, a base de imágenes espléndidas de situaciones conmovedoras y momentos históricos. Pero, al menos, la miniserie se ha hecho y se emite como un reconocimiento de la importancia de sus figuras personales y, sobre todo, de su oficio, en la historia de la televisión.

El primer capítulo, estrenado el pasado viernes, estuvo dedicado a Evaristo Canete, y seguirán los protagonizados por Jesús Mata y José Luís Márquez. Con los tres he tenido el privilegio de trabajar mucho y durante muchos años, casi siempre en circunstancias difíciles. Canete, intuitivo, construyendo como nadie los planos/secuencia; Mata, metódico, haciendo magia con la luz y enfatizando con los encuadres; Márquez, obstinado, con pulso firme en los peores momentos. Tres estilos distintos de rodar, con un resultado final magnífico. Junto a ellos hubo siempre ayudantes a su altura: el inolvidable Antonio Gálvez (a quien tanto hemos llorado), Fermín Rodríguez, José Martínez, Carlos Días Oliván...

Más allá del placer que supone escuchar a unos tipos cargados de experiencias intensas, la serie paga parte de una vieja deuda de la televisión con quienes son los ojos del público. Los espectadores suelen conocer a los plumillas, porque aparecemos en imagen. Y casi nunca son conscientes de que ello no sería posible sin los camarógrafos, aunque unos fugaces rótulos los mencionen. El enviado especial de televisión no es un individuo, sino un equipo, aunque solo tenga un rostro. Lo que manda --lo que debería de mandar-- es siempre la imagen. Los corresponsales podemos quedarnos a escribir en el hotel, pero los operadores tienen que salir a rodar. Ellos son los que realmente se juegan la vida en los momentos de mayor tensión. Son las cámaras, no los bolígrafos, las que recogen los hechos criminales que se intenta censurar. Por eso, los fusiles apuntan siempre a los operadores.

Adios, Juan Mari.

Dicen las encuestas de opinión que la mayoría de los españoles contemplamos a nuestros políticos como un problema. Incluso como uno de los problemas que más nos inquietan. Está claro que no inspiran confianza, ni mucho menos respeto, entre quienes -sin embargo- les votan. La razón es que se parecen muy poco a Juan Mari Bandrés: un hombre cercano, honesto, trabajador, esforzado y obsesionado por la defensa de  los derechos de todos.

Juan Mari ha muerto, cerrando definitivamente una larga etapa de ausencia, forzada por el derrame cerebral que sufrió en 1997. Aunque estuviera disminuido y enclaustrado en su hogar, sabíamos que continuaba entre nosotros, como referencia política, ética y humana. Ahora su falta definitiva hace mucho más notoria la carencia de políticos como él, capaces de devolvernos las ilusiones democráticas que nos han robado tantos ineptos y chorizos encumbrados en los aparatos del poder.

La última vez que lo vi fue en su casa de Donosti. Aunque llevaba tiempo impedido de expresar sentimientos y opiniones mediante el habla, sentí que me miraba con cariño. Un cariño mutuo, que habíamos desarrollado en el par de aventuras humanitarias que vivimos juntos, en Mozambique y en Bosnia. Los suyos me explicaron que continuaba amenazado por los energúmenos de la mal llamada izquierda abertxale. Casi aislado del mundo y postrado en una silla de ruedas, los inolvidables ejemplos de su coherencia, de la generosidad de sus ideas  y de su disposición a luchar contra la injusticia, todavía resultaban insoportables para quienes recurrían a las pistolas como argumento ideológico.

A aquella frase afortunada de que ‘el fascismo se cura leyendo’ se podía añadir otra receta, igualmente placentera, contra la enfermedad de la intolerancia y la violencia: el fascismo se previene y remedia escuchando a hombres como Juan María Bandrés. Lástima que escaseen tanto.

Gadafi: un cadáver que apesta

Qui prodest? El antiguo latinajo es una pregunta básica para esclarecer crímenes y atropellos contra el Derecho: ¿quién se beneficia? Aplicado a la muerte de Gadafi, la respuesta no admite dudas: la ejecución extrajudicial del tirano libio impide que testifique ante la Corte Penal Internacional, y sirve para ocultar las complicidades con su dictadura de los mismos gobiernos democráticos que han contribuido militarmente a su caída.

Con el estilo norteamericano heredado del far west, Hillary Clinton había exigido que Gadafi cayera muerto o prisionero. Lo anunció en el orden tradicional de los carteles de Wanted dead or alive. La sentencia se cumplió. El siniestro coronel fue apresado vivo y, tras implorar clemencia en vano, asesinado de un tiro en la sien izquierda. Se le hurtaba así un importante reo a la Justicia Universal. Tampoco fue el único crimen del último día de la guerra en Libia: un hijo del dictador, Mutasim, fue igualmente detenido y ejecutado. Lo filmaron sentado, fumando y dando unos tragos de agua. Pero poco después llegó la imagen de su cadáver.

Nadie puede llorar por un canalla como Gadafi. Pero nadie puede aceptar que fuera tiroteado como un chacal. La noticia de su muerte fue festejada por sus enemigos, demostrando ser partícipes de la misma barbarie que decían combatir. En Informe Semanal, la fiscal Dolores Delgado lamentaba el asesinato ‘por la civilización, porque necesitamos mantener unos valores y unos principios de justicia penal universal.’ Se quejaba de que esta no pudiera imponerse sobre las presiones diplomáticas y económicas, pese a que ya existan los instrumentos precisos para juzgar internacionalmente, con plenas garantías, a criminales políticos como Muamar el Gadafi.

A lo largo de más de cuarenta años en el poder, Gadafi compuso figuras políticas opuestas. Primero fue un panarabista a lo Nasser; después, pasó por ser un líder revolucionario islamista, laico y tercerista; más tarde, apoyó a los tiranos más sanguinarios de África y patrocinó acciones terroristas en Europa, convirtiéndose en el enemigo público de Occidente. A finales del siglo XX abominó del terrorismo, indemnizó a sus víctimas, apoyó la llamada guerra contra el terrorismo, y fue aceptado como socio preferente por sus antiguos enemigos mortales. Todo fue posible gracias a la inmensa riqueza petrolera de Libia. Por último, la denominada primavera árabe --las triunfantes revueltas populares en Túnez y Egipto-- hicieron creer a los países de la OTAN que había llegado la hora de librarse de tan incómodo como excéntrico personaje.
 
Da grima contemplar las todavía recientes imágenes de Gadafi con Obama, con Sarkozy, con Berlusconi... pero también con José María Aznar (a quien regaló un caballo) y con José Luís Rodríguez Zapatero. El delicado aroma del petróleo embellecía al inaceptable sátrapa libio. El mismo perfume tapará ahora la peste de su cadáver, embriagador hasta olvidar el común ejercicio cínico de los gobernantes más democráticos del mundo, siempre dispuestos a cerrar los ojos ante la barbarie, y a abrazar a los tiranos más abyectos a cambio de garantizarse unos contratos de suministro energético.

La herencia maldita que deja Gadafi es su propio cuerpo, trizado por las balas, y expuesto de forma indigna sobre una colchoneta, en una cámara frigorífica. Una evidencia de la barbarie que alienta entre los triunfadores de una rebelión armada, que --con el trasfondo del dominio sobre el petróleo de Libia-- se presentó como una lucha por los ideales de la libertad y la democracia, y fue impulsada hasta la victoria por el poderoso martillo militar de la OTAN. Otra vergüenza histórica.

 

Reportaje sobre la caída de Gadafi en Informe Semanal.

¿A quién le importa Somalia?

Doce millones de personas sufren las consecuencias de una gravísima hambruna que afecta a territorios de Kenya, Etiopía y Yibuti. Pero, sobre todo al centro y sur de Somalia, donde la peor sequía que se recuerda se ha visto agravada por las consecuencias de la guerra, ante la pasividad  indiferente de las grandes potencias económicas.

El mundo enriquecido no quiso impedir esta inmensa tragedia e ignoró las voces que la anunciaban desde hace más de ocho meses. Primero, las instituciones económicas mundiales permanecieron impasibles ante el gravísimo deterioro de las condiciones de vida en la región, a causa de la peor sequía de las últimas seis décadas. Después, a comienzos de este año, las Naciones Unidas tampoco supieron reaccionar ante la llegada diaria a Kenya de unos 15.000 fugitivos somalíes, en busca de de agua y comida. Finalmente, los estados más poderosos --pendientes sólo de la crisis financiera-- tardaron demasiado tiempo en reconocer la gravedad de la situación. El pasado 21 de julio se declaró la hambruna en dos zonas de Somalia. La ONU elevó los fondos de ayuda humanitaria hasta los 2.480 millones de dólares. Pero solo ha conseguido recaudar poco más de la mitad. Y la situación continúa agravándose.

En Somalia hace años que desapareció el estado. Un gobierno sin autoridad, instalado por las tropas etíopes, combate contra un mosaico de milicias islámicas, próximas a Al Qaeda. Los rebeldes --que controlan las zonas más castigadas por la hambruna-- rechazan con violencia el auxilio extranjero. Pero no son los únicos que han actuado de forma despiadada. Barack Obama obstaculizó durante un tiempo crucial (desde abril de 2010 hasta comienzos de este mes) que la ayuda humanitaria llegara a las zonas controladas por los islamistas radicales.

Hacía casi veinte años que no se declaraba una hambruna. Para que se emplee el término hambruna tienen que darse condiciones tan extremas como que el 30 por 100 de los niños sufra desnutrición aguda, y fallezcan dos adultos o cuatro niños por cada 10.000 habitantes. En esta crisis se están rebasando esas cifras y en algunos sitios --como la localidad etíope de Dollo Ado-- se han contabilizado más de siete muertes diarias. ¿A quien le importa? Este drama colosal permanece silenciado, casi olvidado por los medios de comunicación, sin que provoque el escándalo moral de otros desastres anteriores.

Unicef denuncia que más de dos millones de niños sufren las consecuencias del hambre y 600.000 se encuentran en alto riesgo. Sin embargo, todavía no conocemos la peor cara del desastre. Porque la mayoría de las imágenes que nos llegan están rodadas en los campos de refugiados de Kenya, donde las víctimas de la hambruna ya reciben cuidados. Pero en las zonas más profundas de Somalia ni siquiera hay quien cuente a los muertos ni levante acta del sufrimiento de millones de olvidados.

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El peligro amarillo

(Desde Hong Kong)

En los tenderetes del Cat Market, junto al mítico bar inexistente de Suzie Wong, se liquidan los restos icónicos de la revolución cultural: efigies de Mao, retratos de la banda de los cuatro, pósteres de campesinos y obreros entusiasmados, relojes con el rostro impasible del Gran Timonel y sus brazos como manecillas, cuya alarma ponía fin al sueño revolucionario convertido en pesadilla. Y cerámicas de escenas ejemplares, que reflejan los peores momentos de aquella tragedia social, con burgueses arrodillados, bajo las botas de los guardias rojos, y sus faltas escritas en cartelones colgando del cuello. Recuerdos de un pasado doloroso, aún cercano, convertidos en souvenirs turísticos, que compran los privilegiados herederos de quienes derrotaron políticamente al comunismo más radical y supieron convertirlo en aliado del capitalismo.

Cincuenta años atrás se acuñó la expresión peligro amarillo, para referirse a una supuesta amenaza china, basada tanto en el crecimiento del país más poblado del mundo como en el enloquecimiento del maoísmo. No duró mucho. La absurda revolución cultural fue efímera. Se impuso el ancestral pragmatismo chino. La diplomacia del ping-pong inició un entendimiento entre Washington y Pekín. Y el coloso chino fue, poco a poco, aceptando las leyes implacables del mercado y la moral de conveniencia de sus antiguos enemigos. Hoy, la China e piú vicina que nunca.

El peligro amarillo no dejó de existir. Simplemente se transformó. Y es más grave que nunca. El comunismo se desvaneció. Sus ideales, excesos, avances, crímenes y logros forman parte de un pasado convulso, definitivamente muerto y sepultado en la Historia. Pero el sistema híbrido que lo ha reemplazado representa una amenaza mucho más real. Las prácticas despiadadas del capitalcomunismo se ciernen sobre nosotros. Un  nuevo modo de producción asiático intenta imponerse como modelo universal, mediante una renovada versión de las formas de explotación laboral, y sobre la falta de esperanzas políticas. Los recortes, impuestos por el gobierno invisible de las grandes corporaciones financieras, conducen a un retroceso social mundial, desmantelando las principales conquistas políticas del siglo XX.

Hong Kong, que Milton Friedman señaló como paradigma del capitalismo triunfante durante los últimos años del dominio colonial británico, también hoy puede servir de ejemplo. Tras su esplendor económico se ocultan las últimas consecuencias del nuevo modo de producción asiático/universal. Basta con entrar en los talleres y hablar con los obreros, sorteando a los vigilantes. O con visitar las viviendas humildes de Mong Kok, donde los más desamparados se hacinan en las casas/caja. En una de ellas, un anciano llamado Wu, me invitó a una taza de té, en los cuatro metros cuadrados del hogar que compartía con su esposa y su hija: una litera, tres banquetas, un cajón para guardar la ropa, un retrete sin puertas y una cocina comunes al final del pasillo, formaban el escenario final de una vida de interminables jornadas de trabajo. Nadie mejor que él para exponer en qué consiste el renovado peligro amarillo.

Nunca di crédito a los afamados adivinadores del porvenir de Temple Street. Pero ahora empiezan a causarme miedo, porque acaso puedan ver nuestro futuro mirando a su alrededor. Aunque el oráculo más claro y alarmante esté en las bolsas de valores --los únicos valores por los que aún se muere y se mata-- y los criminales designios de sus principales gestores.

¿Antisemitas o antisionistas?


Mister Raphael Schutz, embajador saliente de Israel, se ha despedido de España de forma grosera. En una carta abierta dice que no lo pasó bien aquí, y que los españoles somos mayoritariamente antisemitas. Lo primero carece de importancia: entre las funciones de los embajadores no figura pasarlo bien; y algo de culpa tendrá mister Schutz si no ha conseguido disfrutar un poco, en un destino tan envidiado por sus colegas como es Madrid. Lo segundo es una falacia que denota la cultura política de la mentira, profundamente arraigada en el estado que representa ese diplomático tan poco diplomático.

Lo de ser antisemita es igual que lo que fue ser antiespañol. Años atrás, los aparatos de propaganda de la larga dictadura que padecimos calificaban oficialmente como antiespañol a todo lo que fuera antifranquista. Hoy, los aparatos de propaganda del estado de Israel califican de antisemita a todo lo que sea antisionista o, mejor, anti-nacionalsionista.

A los españoles nos ofende que nos califiquen de antisemitas. Es un insulto grave que no merecemos. Hay una minoría xenófoba, racista, fascista y estúpida, como en tantos otros países. Pero en nuestra sociedad no se advierten síntomas colectivos de antisemitismo. Lo que hay son múltiples signos de rechazo ante el nacionalsionismo que late en las entrañas Israel, de escándalo ante los métodos criminales de su ejército y su policía política, y de condena ética ante el sistemático atropello de los derechos humanos que practican sus gobiernos.

La cuestión que subyace en la tontería oficial escrita por míster Schutz es si se puede denunciar los crímenes cometidos por el Estado de Israel sin ser considerado antisemita. Si la respuesta fuera negativa, llegaríamos a la absurda conclusión de que hay una profunda tradición antisemita en los sectores más lúcidos de la población judía de todo el mundo. Y que esa minoría crítica de ciudadanos israelíes que se opone a la barbarie nacionalsionista está alimentada por el antisemitismo.

Einstein, Arendt y el rabino Cardoso denunciaron en 1948 el insoportable parecido entre los nazis y los grupos sionistas entonces más activos (como el terrorista Irgun) ‘por su organización, metodología y filosofía política’. ¿Eran antisemitas o antisionistas? ¿Es antisemita Gideon Levy, asesor de Simon Pérez, por denunciar que ‘la actitud de Israel excede toda proporción y sobrepasa todos los límites de lo ético, de lo humano, del derecho y de la sabiduría.’ ¿Cabe considerar antisemita a Ari Folman por su película ‘Vals con Bachir’, refiriendo algunas de las atrocidades militares cometidas por Israel?

Desde luego, no echaremos en falta a míster Raphael Schutz. Lo de menos, sus insultos y sus mentiras. Lo peor, su manifiesta complicidad con la política criminal del Estado nacionalsionista, mucho más allá de las obligaciones de su cargo. Aquí no gusta esa clase de gente. Su parecido a los nazis es insoportable.

Derecho a la propiedad y derecho a la vida

Un nuevo grito de alarma sobre la situación en Haití se ha hecho oír a través de una nota de prensa de la ONG Intermón-Oxfam: de los 630.000 desplazados por el terremoto, que perdieron sus ya precarias viviendas y permanecen desde hace más de año y medio en campos de acogida, alrededor de 100.000 corren el riesgo de verse desalojados de las tiendas de campaña. Es decir, uno de cada cinco damnificados que perdieron todo a causa del seísmo, pueden volver a quedarse sin sus hogares, víctimas del terremoto político que suponen las reclamaciones de los propietarios de las tierras donde se alzan sus alojamientos provisionales.

El gobierno haitiano --recién surgido de unas elecciones-- se muestra dispuesto a restaurar el derecho a la propiedad sobre los terrenos que fueron ocupados por una avalancha de desamparados. Nadie preguntó a quien pertenecían los solares cuando hubo que improvisar campos de acogida para más de un millón de personas que habían quedado sin techo. Y, desde hace tiempo, los dueños de esos terrenos insisten en que las autoridades desalojen a los damnificados. Nadie discute su derecho. Pero, hasta ahora, tampoco nadie ha proclamado en Haití el indiscutible principio universal de que el derecho a la vida está por encima de la propiedad privada.

Los registros de la propiedad, entre otros millones de documentos, quedaron sepultados por los escombros de los edificios oficiales que se derrumbaron. Las estructuras de la Administración de Justicia también resultaron seriamente dañadas por el seísmo. No hay, pues, posibilidad de pleitear. La devolución de las tierras a quienes dicen ser sus propietarios tendrá que ser, en la mayoría de los casos, por decisión gubernamental. Y los poderosos --esa clase social dominante, compuesta por un cuatro por 100 de la población pero que controla el 64 por 100 de la riqueza-- sabrán y podrán defender mejor sus intereses que los analfabetos indefensos que sobreviven en los campos de acogida.

Las organizaciones humanitarias en Haití tendrán que permanecer vigilantes para denunciar los abusos que puedan cometerse. Los ciudadanos, de cuyos impuestos sale el dinero que el Estado español está destinando a Haití, deberíamos de exigir a nuestro gobierno que advierta al de Puerto Príncipe contra posibles desalojos de damnificados. Para que los dueños de las tierras puedan recuperarlas habría antes que garantizar el realojo de sus ocupantes, en condiciones de mínima dignidad. Las mismas, al menos, de que disponen en los campamentos atendidos por la ayuda internacional.

Basureros sin fronteras

Las instalaciones de las organizaciones de ayuda humanitaria en Puerto Príncipe están rodeadas de gigantescos montones de basura. Ambulatorios, comedores infantiles, colegios... todos tienen en común la vecindad de desperdicios orgánicos que nadie se ocupa de retirar, o de aguas negras que escapan de una red de colectores obstruidos desde hace años. La capital de Haití es un inmenso estercolero, una constelación de focos infecciosos, una gigantesca colmena de nidos de ratas.

A escasos metros de un centro de atención a niños desnutridos en el barrio de Champ Aviation, una legión de ratas rebusca entre la basura. Pediatras, enfermeros y funcionarios internacionales aparentan desconocer su existencia. Será que su trabajo empieza y termina en la puerta del barracón donde pesan, miden, alimentan y vacunan a las criaturas del barrio. (Por cierto, sin aprovechar la ocasión para higienizarlas) ¿Termina también su responsabilidad cuando los desvalidos cruzan esa frontera y regresan al infierno donde malviven? La cámara de Buscamundos filmó a una madre que acababa de salir con su hijo de pocos meses y lo puso a defecar en el suelo, a un par de metros escasos de la puerta. Para limpiarlo empleó uno de los guantes utilizados y desechado por los enfermeros, que extrajo del cubo de basura del ambulatorio. Cubo que nadie había precintado, pese a contener residuos sanitarios, envases médicos y jeringuillas.

La basura forma parte del paisaje. Los cooperantes parecen haberse acostumbrado a convivir con ella y efectúan su trabajo como si no despreocupase su agobiante presencia. Pese a la incontestable evidencia de que la falta de higiene es la raíz de numerosas enfermedades, las ONG no se han planteado su urgencia ni han sabido articular una respuesta eficaz. Durante los últimos meses, la actividad de palas mecánicas y camiones ha logrado escombrar gran parte de los edificios derribados por el terremoto, dejando calles y solares limpios de cascotes. Sin embargo no se han llevado las montañas de basura. No estaba previsto hacerlo.

Desde que Bernard Kouchner tuvo el acierto de apellidar Sin Fronteras a la organización de ayuda médica que había fundado, numerosas ONG han adoptado el mismo nombre para definir su voluntad internacionalista: Farmacéuticos Sin Fronteras, Veterinarios Sin Fronteras, Bomberos Sin Fronteras, Payasos sin Fronteras y un largo etcétera en el que figuran incontables especialidades y ámbitos de acción. Falta, sin embargo, una: Basureros Sin Fronteras.

Porque tampoco bastaría con retirar los residuos. Sería como limitarse a cambiarlos de sitio. Hacen falta especialistas en la gestión de los desperdicios. Y hay que crear una mínima estructura para deshacerse racionalmente de la basura. Para evitar que contamine y para reciclarla en la medida de lo posible. Todo ello requiere planes específicos, medios, personal y presupuestos.

Si no fuera por la descoordinación entre las grandes agencias de Naciones Unidas, cabría esperar que articularan un servicio común de recogida y eliminación de basuras que invaden los barrios donde trabajan, amenazando la precaria salud de sus habitantes. Lo grave es que ninguna de ellas, por separado, trate de paliar la suciedad que rodea a sus propias instalaciones.

Especial 'No te olvides de Haití' en RTVE.es

Víctimas privilegiadas

Parece que los medios de comunicación hubieran descubierto la pobreza crónica de Haití a partir del terremoto. Y que este hubiera sacudido las conciencias. Sin embargo las carencias absolutas, el atraso y la falta de horizontes que los haitianos sufren eran ya intolerables desde mucho antes. Y a nadie parecía importarle demasiado.

En Japón se puede hablar de reconstrucción. En Haití, no. Que Japón vuelva a estar como un día antes del terremoto es una meta deseable y alcanzable. Pretender que Haití recupere lo que tenía, resultaría un despropósito. Porque la inmensa mayoría de su población malvivía en una situación de miseria extrema.

Las pobres gentes que no sufrieron directamente los daños del terremoto, no tardaron en descubrir que la ayuda humanitaria que llegaba del extranjero convertía a muchas de las víctimas en privilegiados. Las tiendas de campaña impermeables, en campos de acogida dotados de saneamientos, de agua potable y de luz eléctrica --y, sobretodo, los repartos de alimentos-- suponían unas condiciones de vida más dignas que las de muchos barrios de Puerto Príncipe, donde miles de familias carecían de esos bienes elementales.

Las organizaciones internacionales que llegaron a Haití hace un año y cuatro meses, como respuesta inmediata a la tragedia del terremoto, preparan ya su ‘estrategia de salida’. Es decir, debaten como abandonar el infierno social haitiano, una vez cumplido su deber de ayuda puntual para paliar los efectos del seísmo. No pueden quedarse, reemplazando al Estado haitiano donde este no llega, y aportando los recursos de que carece el país. Porque hay otros países en una situación semejante. Pero tampoco pueden marcharse cerrando los ojos ante una realidad amarga, insoportable.

Haití ha hecho visible el problema mundial de la extrema pobreza. O, con palabras más precisas, las consecuencias del orden económico criminal vigente en el mundo. La ayuda, siempre urgente e irrenunciable, acaba siendo un parche. Un remedio parcial y provisional, cuyo último efecto es tranquilizar nuestras conciencia y perpetuar la desigualdad.

Indignación

Las listas de libros de mayor éxito en Francia llevan cuatro meses encabezadas por un manifiesto ético de treinta páginas escrito por un anciano: Indignaos, de Stéphane Hessel ha vendido más de 1.700.000 ejemplares. Un inesperado fenómeno editorial y político que empieza a saltar fronteras en esta Europa desencantada y desconcertada. Ha sido traducido a veintitrés idiomas, y en España --editado por Destino, con prólogo de José Luís Sampedro-- ha superado los 170.000 ejemplares en menos de un mes. Una difusión que, a juicio del filósofo José Antonio Marina, resulta absolutamente incomprensible porque el libro es muy poquita cosa, pero actúa como catalizador.

El breve texto de Hessel no ofrece nada nuevo ni sorprendente. Se limita a denunciar los últimos retrocesos sociales. Y, frente a la pérdida de valores éticos, insiste en recuperar los viejos ideales de la izquierda europea. No pasa de ser un grito de alarma, un toque de atención ante lo que está sucediendo, como señalaba Nicolás Sartorius en Informe Semanal, porque la democracia ha perdido muchísimo terreno que ha sido ganado por poderes económicos que no están elegidos.

Stéphane Hessel llama a la indignación como motor de la protesta, ante el enriquecimiento amoral y la impunidad de los responsables de una crisis cuyas facturas pagan los sectores más débiles, y frente al abismo de la desigualdad entre pobres y ricos en un planeta sometido a una sobreexplotación de recursos insostenible. A sus 94 años este antiguo miembro de la resistencia contra los nazis, que fue uno de los redactores de la Declaración Universal de Derechos Humanos, alza su voz en el enorme vacío ético causado por quienes Jean Ziegler denomina los nuevos amos del mundo: las grandes corporaciones financieras internacionales. Y su eco resuena en un ambiente de inquietud ciudadana generalizada, ante la amenaza de recorte y desaparición de algunos logros sociales que se alcanzaron en Europa durante la segunda mitad del siglo XX.

Con el hablar pausado de quien se sabe ya en la última curva de un largo camino, Hessel proclamaba ante las cámaras de Informe Semanal que no basta con indignarse, pero que tras la indignación se encuentra la superación de una cierta pasividad, de la indiferencia, e incluso de un cinismo que es muy peligroso, con muchas formas de movilización posibles. Ziegler lleva mucho tiempo predicando una revolución de las conciencias frente al orden criminal del mundo. La indignación podría servir de detonante.

Tiene razón Hessel al decir que el enemigo está hoy mucho menos claro que hace setenta años: la perversidad del fascismo resultaba evidente y figuras tan siniestras como Hitler, Franco o Mussolini encarnaban el mal. Quienes manejan los hilos de la explotación mundial, los verdugos de pueblos, son una legión de ejecutivos que se sientan en todopoderosos consejos de administración. El horror de un mundo extremadamente injusto se dibuja cada día en los telediarios. Pero la identidad de sus principales responsables se difumina tras los nombres comerciales de grandes corporaciones, cuyas ganancias se multiplican al mismo ritmo que se incrementan las cifras de la pobreza en el mundo.

Mil millones de hambrientos en un planeta capaz de alimentar sobradamente al doble de su población actual es un motivo de indignación indiscutible. Lo es también la cifra que cuatro millones de jóvenes sin trabajo en España, como señalaba un Marina sorprendido por la pasividad general ante una situación intolerable. Frente al desgaste de los partidos y sindicatos, que comentaba Sartorius, hace falta algo más que los viejos instrumentos del casi desaparecido estado nacional.

¿Qué hacer? La antigua pregunta de Lenin sigue sin respuestas claras. Hessel no llama a la insurrección sino que se obstina en confiar en que el sistema político aún sea capaz de ofrecernos respuestas eficaces para conjurar las amenazas de un profundo retroceso. La indignación, si se manifiestara, si se dejara sentir de modo escandaloso, tendría que alumbrar nuevos mecanismos, esperanzas y soluciones.

Vicente Romero


Vicente Romero es uno de los reporteros más veteranos de TVE. Desde este blog cuenta sus viajes a los lugares donde viven los más desfavorecidos del mundo. Si hace falta izar una bandera de palabras para definir contenidos e intenciones, puede servir el verso de José Martí que da título a este blog.
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