5 posts de octubre 2009

El crimen farmacéutico

Un grupo de Jefes de Estado y líderes políticos africanos, convocados en Cotonou (Benin) por la Fundación Chirac, ha lanzado un llamamiento internacional contra el comercio de medicamentos falsificados: un tráfico criminal que, según la Organización Mundial de la Salud (OMS) ocupa el 10% del mercado farmacéutico mundial, produce un volumen anual de negocios ilegales en torno a los 45.000 millones de euros, y causa más de 200.000 muertes en países empobrecidos cada año.

Nadie podría discutir la necesidad de luchar contra esa forma piratería con mayores medios que los empleados en combatir mundialmente al comercio fraudulento de películas en DVD, CD de música y programas informáticos o imitaciones de ropa de marca. Sin embargo, no se le presta la atención debida, ni las grandes corporaciones farmacéuticas aportan unos recursos semejantes a los que invierten contra la piratería las grandes compañías textiles, las empresas discográficas o los estudios de Hollywood. Razón: ese mortífero negocio se centra en naciones que carecen de los recursos mínimos para ser consideradas como clientes potenciales de productos farmacéuticos legales.

Hay que apoyar el llamamiento de la organización creada por el ex presidente francés. Pero enseguida hay que criticarlo por insuficiente. Porque no basta con denunciar el tráfico de medicamentos falsos sin señalar la causa principal que lo alimenta: existe una demanda de productos básicos para la salud --antibióticos, antipalúdicos, analgésicos-- por parte de poblaciones cuyo limitado poder adquisitivo les impide pagar los altos precios fijados por las grandes corporaciones químicas, y que constituyen presas fáciles para los criminales que ofrecen falsificaciones a bajo precio.

Igualmente resulta encomiable que la fundación Chirac se proponga ayudar a que algunos estados africanos se doten de laboratorios capaces de efectuar controles de calidad de medicamentos. Pero sería mucho más realista y eficaz que se esforzara en presionar a las compañías multinacionales farmacéuticas para que aplicaran precios justos a sus productos, y no se opusieran tan fieramente a la fabricación de genéricos.

Amor Toumi, el Director de Farmacia de la OMS, critica con dureza los abusivos márgenes de beneficio en el comercio legal de fármacos, que en algunos casos llegan a alcanzar el 20.000 por ciento. Pero la gran industria de la enfermedad ignora sistemáticamente cualquier planteamiento ético. Su única ley es el beneficio, y sus consejos de administración sólo responden al principio de la rentabilidad. Los fabricantes legales se equiparan a los falsificadores en la falta de escrúpulos para hacer negocios con la salud de millones de seres humanos.

La leche agria de Nestlé

La amenaza de un boicot internacional ha conseguido que la multinacional alimentaria Nestlé suspenda sus compras de leche en las granjas de Grace Mugabe, esposa del presidente de Zimbabue. Ello supone un triunfo en la lucha contra las prácticas comerciales contrarias a la ética, que son habituales entre las grandes corporaciones internacionales.



Numerosas organizaciones de derechos humanos se habían mostrado dispuestas a secundar el llamamiento a los consumidores, hecho por la sudafricana AfriForum, para que dejaran de adquirir productos de Nestlé si esta empresa mantenía sus negocios con la señora Mugabe, cuya producción láctea proviene de la granja Gushungo y otras fincas usurpadas a punta de pistola.


Al principio Nestlé desafió a la opinión pública y pretendió justificar su desvergonzada política comercial afirmando que, al tratarse de una empresa suiza, no estaba obligada a respetar las medidas restrictivas impuestas por la Unión Europea. Así, aunque el Parlamento Europeo mantuviera a madame Mugabe en su lista negra oficial desde el 22 de julio de 2002, Nestlé no vacilaba en comprarle un millón de litros de leche al año. La multinacional se declaró ‘obligada’ a adquirirla, a causa de la ruina de otros proveedores locales... ruina provocada por el régimen de Robert Mugabe. Pero, finalmente, el miedo a que el anunciado boicot le hiciera perder clientes en todo el mundo hizo que Nestlé anulara los contratos que jamás debió firmar con la esposa del tirano de Zimbabue.


Llovía sobre mojado. A finales de 2002 Nestlé reclamó que Etiopía le pagase una factura de alimentos infantiles por seis millones de dólares, sin importarle la hambruna que en esos momentos azotaba al país africano. Yo estaba rodando un reportaje sobre aquel inmenso drama para Informe Semanal y la noticia me llegó por teléfono, cuando mi compañero Jesús Mata acababa de filmar a un grupo de mujeres que, a falta de comida, llenaban las bocas de sus hijos más pequeños con tierra vegetal seca. Lo conté en Radio Nacional, jurando que nadie me vería comprar ningún fabricado de la corporación suiza.


Pocos días después recibí un correo firmado por un tal Peter Brabeck, adornado con el membrete de executive chairman de Nestlé, explicándome que no era su Central europea la que exigía el pago al estado etíope, sino un simple concesionario alemán. Monsieur Brabeck, ante las críticas de la Prensa internacional, argumentaba que las garantías de seriedad en los tratos comerciales impedían que Nestlé renunciara a tan despiadado cobro. Pero que el dinero que recibiera del gobierno etíope lo entregaría a la Cruz Roja.


Seis millones de dólares suponen una cantidad muy pequeña para compañías tan grandes como Nestlé. Es mucho mayor el daño económico que puede causarles el que los consumidores conozcan algunas de las prácticas comerciales contrarias a la ética más elemental. Como fue entonces la factura etíope de Nestlé y acaba de ser ahora su negocio de la leche en Zimbabue.

¡Que no se entere nadie!

Está costando muchos esfuerzos, discretamente realizados en los entretelones de la economía y la diplomacia internacionales. Pero la alambicada estrategia del silencio está dando los frutos deseados: los grandes medios de comunicación no prestan atención al tema que debería de ocupar sus portadas. Y prácticamente nadie habla de lo que constituye el mayor escándalo mundial: el hambre se agrava cada día más.

Un mes atrás Josette Sheeran, directora del Programa Alimentario Mundial (PAM) de Naciones Unidas, anunció que la cifra de hambrientos había superado por primera vez los mil millones de personas. Y advirtió que continuaría aumentando, ya que la ayuda humanitaria se encuentra ‘en un mínimo histórico’. El PAM solo dispone de 1.179 millones de euros, frente a los 4.585 millones que precisa para dar de comer a 108 millones de empobrecidos en 74 países.


Las grandes potencias económicas mundiales hacen oídos sordos ante los gritos de alarma que surgen de las agencias humanitarias. Los embajadores escuchan en silencio las peticiones de ayuda económica del PAM. Y los burócratas que administran presupuestos multimillonarios, argumentan en voz baja que ‘a causa de la crisis económica internacional, no hay fondos para afrontar el problema.’ Sin embargo, Josette Sheeran asegura que bastaría con dedicar a la lucha contra el hambre ‘menos del uno por ciento del dinero público invertido en ayudar a las entidades financieras’ durante el último año.


Pero no es sólo la crisis. Hay otra razón (¡cuesta emplear esta palabra!) para explicar la disminución de la ayuda alimentaria, más allá del extremo latrocinio bancario que denominamos crisis financiera: la producción de agrocombustibles. Los Estados Unidos han suspendido su aportación mayoritaria de excedentes de granos, porque los dedican a fabricar biodiesel. (El año pasado quemaron así 138 millones de toneladas de maíz, un tercio de su cosecha). Y una directiva de la Unión Europea impulsa las energías alternativas de origen vegetal. Así, en nombre de la estabilidad económica (hacer frente a la crisis), de la ecología (producir combustibles más limpios), y de la geoestrategia de las naciones dominantes (reducir la dependencia de sus importaciones de petróleo) se condena a la desnutrición y la muerte a millones de seres humanos.


Se trata de un exterminio tan políticamente correcto como fríamente programado. Basten dos ejemplos: se limita drásticamente o se suprime la ayuda a países como Bangla Desh (donde 700.000 niños están amenazados de muerte por el hambre), y se reduce la alimentación de la población desplazada en Somalia o de los refugiados en Kenya de 2.200 calorías diarias a tan sólo 1.500, lo que significa que la ONU distribuya raciones insuficientes muy por debajo del mínimo vital.


La mayor vergüenza está en la propia Secretaría General de la ONU que, desde el relevo de Kofi Annan por Ban Ki-moon, está desarrollando una tan sorda como despiadada política de complicidad con los grandes núcleos del poder económico mundial. Los reemplazos de algunos altos funcionarios han sido claves. Resulta especialmente llamativo el cambio de tono en los informes y posicionamientos del Relator Especial sobre Derecho a la Alimentación: mientras que Jean Ziegler denunciaba a los fabricantes del hambre exigiendo que se pusiera fin a la mortandad, su sucesor en el puesto, Olivier de Schutter, plantea la necesidad de discutir la cuestión más a fondo. Lo que en palabras de Ziegler era un crimen intolerable, para Schutter parece reducirse a un problema administrativo.


¡Que no se entere nadie! Que las cotizaciones de Bolsa ocupen sus minutos diarios en los informativos y sus páginas habituales en los periódicos. Que nadie pierda el sueño. Y que nadie recuerde las cifras que Ziegler nos arrojó a la cara: cada cinco segundo muere de hambre un niño menor de diez años, cada cuatro minutos fallece alguien por falta de vitamina A, cada día 24.000 seres humanos perecen por falta de alimentación y 100.000 por las consecuencias derivadas de la desnutrición.

Porque nos faltan utopías

Los comentaristas políticos de todo el mundo se preguntan y debaten por qué se ha concedido el Premio Nobel de la Paz a Barack Obama. Y aunque haya respuestas y argumentos para todos los gustos, la mayoría coincide en que la institución noruega ha distinguido al presidente norteamericano simplemente por hablar de paz. Pero las palabras resultan poca cosa, sobre todo cuando las pronuncia un político y, especialmente, cuando se trata del jefe de estado de una superpotencia, puesta al servicio del conglomerado de corporaciones financieras que constituye el núcleo duro del injusto reparto mundial de la riqueza.


Es cierto que Obama ha hablado mucho de diálogo y negociación en un mundo multipolar, que ha anunciado su propósito de acabar con la amenaza nuclear, que ofreció un gesto de concordia al mundo musulmán en su ya histórico discurso en El Cairo, que ha renunciado al absurdo escudo antimisiles en Europa... Pero en su lista de méritos para el Nobel abundan más las nobles intenciones que los hechos relevantes. En menos de nueve meses de ejercicio del poder tampoco cabía esperar otra cosa. Y el propio Obama ha tenido la vergüenza de declararse no merecedor de estar entre tantas figuras transformadoras premiadas con el Nobel.


Tal vez debieran ser los psicólogos y no los analistas políticos quienes nos explicaran la polémica decisión del Instituto encargado de blanquear el nombre del inventor de la dinamita, que amasó una fortuna íntimamente ligada al comercio de armas. Porque, más allá de las intrigas y las conveniencias políticas, da la impresión de que la organización noruega haya querido respaldar la esperanza que Obama supone, tras la época de mentiras y crímenes que representó Bush. Seguramente hubiera que buscar los motivos más profundos de su fallo en la falta de esperanzas de nuestra sociedad desengañada, en la necesidad de encontrar o fabricar figuras que encarnen los sueños de paz y las ambiciones de justicia de un mundo huérfano de utopías.

Argentina: el escándalo de la pobreza

La emisión en ‘Informe Semanal’ de un reportaje tituladoEl escándalo de la pobreza ha provocado bastante ruido mediático/político en Argentina. Numerosos periódicos lo han debatido, incluyendo conexiones a la web de RTVE donde puede verse. Sin embargo no se trataba de un trabajo de investigación periodística que aportara nuevos datos sobre el empobrecimiento de buena parte de la población en un país potencialmente rico. Tampoco se denunciaba en él una situación oculta, un problema desconocido para la opinión pública de una nación culta y con una Prensa de alto nivel.

Para toparse con la tragedia colectiva de la pobreza extrema basta con pasear al anochecer por el centro de Buenos Aires; para comprobar su extensión, es suficiente un recorrido por las barriadas de marginación social --las llamadas villasmiseria-- que rodean a la capital, con enormes bolsones de inmigrantes, sobre todo de Bolivia y Paraguay; para conocer su profundidad, no hay más que recorrer las olvidadas zonas rurales de esa otra Argentina que los porteños llaman el interior.

¿Por qué escandaliza en Argentina el que una televisión extranjera --la menos extranjera de las televisiones europeas-- muestre esa realidad amarga que los argentinos conocen perfectamente y cuyos efectos padecen o contemplan a diario? Lo realmente escandaloso no es que se retrate sino que exista. Pero la pobreza, por las dimensiones atroces que alcanzado, se ha convertido en un arma arrojadiza entre el gobierno y su abundante clientela política, de una parte, y los grupos de oposición, su aparato mediático y los obispos, de otra.

Las estadísticas más fiables hablan de trece millones de pobres, con cinco millones de indigentes. La Iglesia Católica eleva las estimaciones hasta el 40 por 100 de la población. Y el gobierno admite que por lo menos uno de cada cuatro ciudadanos sufre grandes privaciones. La pobreza, que llegó a alcanzar al 57 por 100 de la población en el año 2002 (cuando la crisis económica que se conoció como el corralito), se redujo a la mitad en 1998. Pero nadie puede discutir que ha vuelto a aumentar en los dos últimos años. Más allá de la guerra de cifras, resultan evidentes los efectos de la miseria y la amenaza del hambre en regiones como el Chaco, donde la desnutrición afecta a la tercera parte de la población infantil.

El gobierno de Cristina Fernández de Kirchner ha anunciado un plan de emergencia contra la pobreza, con un presupuesto de 272 millones de euros. Poco dinero para las dimensiones del problema. Pero, además, distintas organizaciones humanitarias denuncian que el Estado no libra los fondos con la agilidad necesaria. El caso es que gobernantes y opositores dedican a la pobreza más palabras que recursos. Que ni unos ni otros disponen de un plan radical para atajarla. Y que ni siquiera han hecho una evaluación objetiva y realista de la gravísima situación social que comporta.

Los empobrecidos constituyen una enorme molestia política, cuando hay tantos negocios que hacer en Argentina. Su existencia masiva no sólo pone en evidencia las contradicciones irresolubles del sistema económico, sino la validez de las estructuras estatales que sustentan un modelo social tan poco modélico. Ese es el verdadero escándalo, no un breve reportaje en ‘Informe Semanal’.

Vicente Romero


Vicente Romero es uno de los reporteros más veteranos de TVE. Desde este blog cuenta sus viajes a los lugares donde viven los más desfavorecidos del mundo. Si hace falta izar una bandera de palabras para definir contenidos e intenciones, puede servir el verso de José Martí que da título a este blog.
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