3 posts de enero 2010

Terremoto en el infierno

Por muchas imágenes que los telediarios ofrezcan de edificios destruidos, de cadáveres en las calles o de la desesperación de los supervivientes, es imposible transmitir el horror colectivo que Haití está viviendo. El desamparo de miles de heridos que no tienen a dónde acudir, la sensación de impotencia de quienes escuchan los gemidos de las víctimas bajo los escombros sin medios para rescatarlos, la angustia de millones de personas que han perdido las miserables casuchas donde formaron sus hogares, el aturdimiento colectivo por el dolor... resultan imposibles de explicar y comprender.

La palabra infierno se repite en las crónicas que describen la situación en Haití tras el terremoto. Pero el pequeño país caribeño ya era un infierno social antes de que este enésimo desastre redujera a escombros los edificios más emblemáticos de su capital y, sobre todo, las frágiles y precarias casuchas donde se incuba y reproduce la miseria en que vive la mayoría de su población.

Los datos estadísticos, peores cada año, describen fríamente una nación atrasada donde un 80 por 100 de sus habitantes sobrevive bajo el umbral de la pobreza: mientras un 60 por 100 de la población dispone de menos de 70 céntimos de euros diarios, un 4 por 100 que constituye el núcleo central de la clase dominante posee el 64 por 100 de la riqueza nacional. La mitad de los haitianos carece de ingresos y la inmensa mayoría no tiene acceso a agua potable. Uno de cada cuatro niños sufre los efectos de la desnutrición, la mayoría del resto padece anemia y un seis por 100 no llega a superar el primer año de vida.

La pobreza crónica determina la fragilidad de las infraestructuras haitianas, devastadas por el terremoto. Y la profundidad de la miseria explica la vulnerabilidad de la mayoría de la población, cuyas infraviviendas se han desplomado masivamente, y que permanece privada de atención médica. Se calcula que tres millones de desamparados están sufriendo directamente las consecuencias del desastre natural y el caos social. Pero su desgracia es muy anterior este terremoto y a los cuatro huracanes que devastaron la misma zona hace año y medio, durante quince trágicos días de agosto y septiembre de 2008. Porque las principales raíces de la extrema miseria de Haití se encuentran en el despiadado reparto desigual de la riqueza. Y su constante agravamiento demuestra la falta de voluntad real para aplicar los tan anunciados planes para la reducción de la pobreza en el mundo. En este sentido, la responsabilidad de los organismos económicos internacionales sobre la situación haitiana resulta más grave que los efectos del terremoto.

Tras los huracanes hubo zonas de Haití --como Baïe d’Orange, cerca de Jacmel-- a las que la ayuda humanitaria tardó dos meses en llegar. Ahora la eficacia de la solidaridad internacional supone un reto aún mayor, por la falta de canales estatales para efectuar su distribución entre una sociedad desestructurada, y por el alto riesgo potencial de estallidos sociales. Desde hace seis años las fuerzas de Pacificación de la ONU conjuran esta amenaza con 7.000 militares y 2.000 policías, que ante el caos actual podrían resultar insuficientes. Las próximas semanas supondrán una etapa crítica en la siempre atormentada historia de la nación más desafortunada de América.

Magnates y mangantes

Un periódico tan prestigioso como ‘El País’ no podía tolerar tal equivocación en sus siempre rigurosas páginas (excepción hecha de las que dedica a anuncios de prostitución) y tuvo que rectificar, aunque la corrección se prestara al pitorreo. La correspondiente fe de erratas decía así: ‘en el artículo publicado el miércoles en la sección de Deportes titulado “Briatore gana la batalla a la FIA” se produjo un error de edición y en la frase que decía “y levantó la condena indefinida que pesaba sobre el mangante italiano...” debía decir “sobre el magnate italiano”.

Habría sido mucho más grave que el error de edición se hubiera cometido en la sección de Economía. No porque los financieros disfruten de un derecho al honor mayor que los jefes de escudería en la fórmula 1, sino porque la confusión habría provocado más simpatía y mayor cachondeo entre los lectores. ¿Se imaginan ustedes la imagen de una reunión de insignes magnates de la banca privada cuyo pie de foto les denominase mangantes? Sería para enmarcarlo.

No cabe sospechar que tal error se cometiera intencionadamente, para no poner en aprietos a algún compañero de oficio con tan estupendo sentido del humor. Parece más bien el clásico lapsus linguae hecho tinta. Porque a estas alturas de la crisis, quien más y quien menos identifica magnate con mangante. En todo caso, se trata de una falta disculpable a la luz de la jurisprudencia periodística disponible en las hemerotecas. La fuente principal donde recurrir es la añorada revista humorística ‘La Codorniz’ --que tantas veces sorteó la censura franquista a base de inteligencia-- cuyas páginas albergaban, a modo de picota profesional, dos secciones de recortes de Prensa ambas a cargo de Evaristo Acevedo: ‘La comisaria de papel’ y ‘La cárcel de papel’. Según la importancia de las faltas cometidas, los autores acababan en la imaginaria comisaría periodística o eran enviados una semana tras unos metafóricos barrotes. Estoy seguro de que Acevedo habría absuelto al anónimo autor del error de edición, considerando en su descargo que --aún sin pretenderlo-- hubiera reflejado el criterio de la inmensa mayoría de los ciudadanos.

Mi padre, que me enseñó a leer las dos columnas de Acevedo, solía decir que no conocía a nadie que se hubiera hecho rico trabajando honradamente. Y, como buen andaluz, empleaba mucho el término mangante para referirse a los magnates enriquecidos a costa de los demás. ‘Todos son unos mangantes’, repetía. Tenía toda la razón. Lo de ‘El País’ es mucho más que una simple errata. Cuando se produce un error de edición así la verdad sale a la superficie, burlando el falso lenguaje de eufemismos que los periódicos emplean para hablar de los poderosos.

Las vergüenzas de Caritas

Caritas Madrid ha suspendido el uso por la comunidad de San Carlos Borromeo de las llamadas hojas de caridad, documentos que suponen la entrega de una cantidad máxima de 900 euros anuales a las familias más necesitadas del barrio. La noticia, pese a su fondo amargo y escandaloso, no ha sido publicada. El arzobispado prefiere que no se airee su decisión de abandonar a los más necesitados en Vallecas. A Caritas también le conviene silenciar una medida que daña gravemente su imagen. Y los sacerdotes de San Carlos Borromeo desean evitar otro enfrentamiento con la jerarquía eclesiástica.

Recordemos que dos años y medio atrás, el cardenal Rouco Varela pretendió acabar con las actividades sociales de la parroquia vallecana, acusada públicamente de prácticas litúrgicas tan irregulares como dar la comunión utilizando el pan dulce (rosquillas, llegaron a decir) elaborado por mujeres del vecindario. Una enorme reacción popular impidió el cierre del templo. Finalmente Rouco se limitó a degradar la parroquia al rango inferior de capellanía, tras pactar con sus curas --en una visita nocturna-- el dejarlos en paz a cambio de que mantuvieran un discreto silencio. Y ahora ha ordenado que Caritas Madrid les retire las hojas de caridad. ¿Motivo oficial? La iglesia de San Carlos Borromeo perdió la facultad de distribuir ayudas diocesanas entre sus feligreses cuando dejó de ser parroquia, aunque nunca hubiera funcionado como tal sino como centro contra la exclusión social.

No puedo decir que la posición de Caritas Madrid me haya sorprendido. Al contrario, resulta coherente. Y eso es lo peor. Porque no se trata de una torpeza, ni siquiera de una negligencia como la cometida al cerrar por vacaciones de verano su albergue junto al Senado, privando de cama y comida a su numerosa clientela de indigentes. Este caso parece una despiadada forma de castigo contra el sector más progresista de la Iglesia, mediante una patada en el culo de los pobres.

Durante años colaboré con Caritas España, especialmente cuando estuvo presidida por Pepe Sánchez Faba, un hombre tan honesto y tolerante como enérgico en la defensa de sus principios éticos. En incontables ocasiones elogié el apoyo que Caritas brindaba, generalmente a través de los misioneros, a numerosos proyectos sociales en los rincones más empobrecidos del planeta. Incluso llegué a recomendar a los oyentes de RNE que --aunque fueran agnósticos como yo-- canalizaran a través de Caritas su ayuda para construir un mundo mejor. Mi larga empatía con los misioneros hizo que la Conferencia Episcopal --a la que Faba denominaba el obispero-- me concediera en 1999 el premio Bravo por los supuestos valores cristianos de mi trabajo. Lo devolví en 2007 cuando Rouco puso cerco a la parroquia de San Carlos Borromeo, precisamente por los valores cristianos demostrados en su trabajo.

Había roto toda relación con Caritas España dos años antes, durante la hambruna de 2005 en Níger, tras comprobar sobre el terreno que su enviado especial --un sacerdote secularizado, encargado de evaluar las necesidades urgentes-- renunciaba a visitar Maradi, la región más castigada por la crisis, por ser zona musulmana. (Donde un misionero español, José Collado, hizo cuanto pudo sin preguntar a qué dios rezaban los hambrientos). Menos importancia tuvo que, casi al mismo tiempo, se produjeran algunos escándalos internos, incluyendo casos de nepotismo, en la Central de Caritas. Pero fueron las gotas que colmaron mi vaso. Caritas España presidida por un antiguo policía que hizo su carrera durante el franquismo y Caritas Madrid dirigida por un constructor inmobiliario estilo Jesús Gil y Gil, dan la imagen de una institución que humanamente ya no es lo que era pocos años atrás. Reconozco que Caritas continúa realizando tareas tan meritorias como imprescindibles. Pero basta un chorrito de mierda en un tanque de agua potable para que esta deje de ser recomendable, la bendigan o no.

Vicente Romero


Vicente Romero es uno de los reporteros más veteranos de TVE. Desde este blog cuenta sus viajes a los lugares donde viven los más desfavorecidos del mundo. Si hace falta izar una bandera de palabras para definir contenidos e intenciones, puede servir el verso de José Martí que da título a este blog.
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