2 posts de diciembre 2010

Los que mandan en los que mandan

A ver, ¿quien manda aquí? La vieja pregunta irónica nunca había tenido una respuesta tan clara: un complejo entramado de corporaciones económicas, tan impúdico como despiadado, agrupa a quienes mandan en los que mandan. Sin embargo, pese al descaro con que ejercen su poder, los medios de comunicación suelen ignorar esa evidencia.

Poco antes de las elecciones norteamericanas de noviembre, el irreductible Noam Chomsky formulaba la enésima denuncia de cómo las grandes sociedades financieras invierten en política para crear y mantener instrumentos de control sobre el aparato del Estado democrático. Chomsky citaba el análisis de Thomas Ferguson --uno de los más lúcidos economistas actuales-- sobre la metodología que han desarrollado para asegurarse la defensa de sus intereses por parte de legisladores y autoridades ejecutivas.

Esas inversiones en elementos de control político, que resultarían escandalosas en las democracias europeas, son perfectamente legales en los Estados Unidos. A este lado del Atlántico, los grandes grupos económicos todavía se mueven en las sombras; pero en Norteamérica disponen de agentes oficiales que actúan dentro del propio Congreso. Los lobbies forman parte de la vida política de Washington. Y su desfachatez ha ido en aumento durante los últimos años: más allá de la discreta actividad legal de sus oficinas políticas, las grandes compañías dedican enormes sumas de dinero a la publicidad electoral de candidatos dóciles a sus designios.

En las elecciones legislativas de noviembre se gastaron 3.000 millones de dólares en propaganda política transmitida por televisión. ¿Quién pagó las facturas? Según la acreditada periodista Laura Flanders, las principales compañías inversoras en política fueron British Petroleum (responsable del vertido del Golfo de México), y las empresas agrícolas que especulan con alimentos en la Bolsa de Chicago. Meses atrás la Corte Suprema estableció --mediante una resolución denominada Ciudadanos Unidos-- que las corporaciones económicas tienen los mismos derechos que las personas. Y, por increíble que resulte, dictaminó que limitar sus gastos en publicidad electoral equivaldría a impedir su libertad de expresión.

En su reciente libro Obama’s war, Bob Woodward, (el periodista que, junto a Carl Bernstein, destapó el escándalo Watergate y causó la caída de Nixon) demuestra que los intereses del todopoderoso complejo militar industrial norteamericano priman sobre los criterios del presidente de los Estados Unidos. Woodward asegura que Obama se enteró --durante una reunión del Consejo Nacional de Seguridad un año atrás-- de quien manda aquí cuando los principales jefes del Pentágono le impusieron sus criterios sobre Afganistán bajo amenaza de desobedecerle.

Juan Gelman --cuyos artículos en el diario argentino Página12 procuro no perderme-- cuenta que cuando Michael Moore leyó el libro de Woodward, comparó el título militar de Comandante en Jefe que ostenta Obama, con el de Empleado del Mes del Burguer King de su barrio. Recuerda Gelman que al presidente Johnson le pasó en 1963 lo mismo que a Obama, cuando sus centuriones le dijeron lo que tenía que hacer en la guerra de Vietnam. Y que el general Eisenhower, en 1961, fue el primero en denunciar el poder de los centuriones al servicio de la industria armamentista. Hoy las cosas están mucho peor que entonces. Porque ese grupo de intereses entrelaza sus tentáculos políticos con los de otras corporaciones económicas, formando una densa tela de araña que envuelve a la Casa Blanca y se extiende por todo el mundo.


Harpo y Luna

En poco más de tres meses Manuel Vicent ha escrito dos artículos sobre las muertes de sus perros, primero la rubia Linda y después el negro Ron. Sé que necesitaba hacerlo, rendirles ese homenaje absurdo de una necrológica. O, mejor, de una lágrima, como llamaba el viejo maestro Paco Cercadillo a esta clase de piezas, en el diario Pueblo. Porque sus dos columnas en El País traslucían el profundo dolor y la recién iniciada nostalgia del escritor.

Quienes seguimos con devoción a Manuel Vicent, lo conocemos y nos identificamos con lo que cada domingo dice en su rincón de la última página, notamos en esos dos textos el pudor intelectual de quien teme que muchos los consideren banales, y se escandalicen de que escriba ‘confieso que he aprendido más de los perros, que han pasado por mi vida, que de las lecturas de Horacio y Schopenhauer’.

Solo quienes tenemos o hemos tenido la experiencia íntima de compartir las cosas sencillas de la vida con uno o varios perros, podemos comprender el vacío que deja su muerte. Nadie más sabe valorar las miradas de amor, los gestos de complicidad y de apoyo, la complejidad de los sentimientos o el sentido del humor de los perros. Ni la profunda relación que se establece con ellos.

Contaba Manuel Vicent que enterró a Linda bajo un limonero, cerca del mar. Y se prometía llevar hasta a esa pequeña sepultura las cenizas de Ron, que no fue capaz de resistir su ausencia. Su relato me hizo recordar a Lucky que nunca pudo superar la muerte de Lina, tras haber vivido con ella una larga y poética historia de amor entre chuchos. Y tras ellos surgieron, como siempre, los demás perros de mi vida: Despiste, Eloísa, Lulu y Bambi, todos cruces recogidos de las calles. Todos habitan los rincones más preciados de mi memoria sentimental, junto a mis amigos y familiares muertos.

A esa nómina de ausentes añorados se han sumado dos perros ajenos, pero de seres muy cercanos. Luna, de mi compañera Mayte; Harpo, de mi hijo Miguel. Ambos tenían muchas cosas en común: habían nacido en la calle, sin sitio en el mundo; eran dos cachorros dulces, inseguros, con cierto aire de desamparo, tímidos, frágiles. Durante unos meses recibieron todo el amor que necesitaban y fueron felices. Pero sus cuerpos acusaban una debilidad congénita o desarrollada en los primeros tiempos difíciles de sus existencias.

Los perros nos hablan con los ojos y los gestos, haciéndonos comprender la inutilidad de las palabras. Todavía siento las últimas miradas de Harpo y Luna, con las que se despedían intuyendo que se les acababan las fuerzas. Y me desgarran el dolor de Miguel y el de Mayte, abrazándolos. Siempre los echarán en falta sin que nada los borre de sus vidas. Soñarán con ellos, los sentirán a su lado. Lo sé. Lo sabemos Manuel Vicent y cuantos entendimos sus artículos sobre Linda y Ron. Porque sentimos lo mismo.

Si tuviera que describir un mas allá gozoso en el que no creo, imaginaría un cielo donde estuviera rodeado por los que fueron --y siguen siendo, aún después de muertos, mis perros-- en los momentos de plenitud de cada uno de ellos. Correr y jugar juntos, abrazarlos, sentirme abrigado por su cariño. Y con ellos estarían Luna y Harpo, que también han sido un poco míos, esperando un día mucho más lejano para reunirse con Mayte y Miguel.

Vicente Romero


Vicente Romero es uno de los reporteros más veteranos de TVE. Desde este blog cuenta sus viajes a los lugares donde viven los más desfavorecidos del mundo. Si hace falta izar una bandera de palabras para definir contenidos e intenciones, puede servir el verso de José Martí que da título a este blog.
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