2 posts de octubre 2011

Adios, Juan Mari.

Dicen las encuestas de opinión que la mayoría de los españoles contemplamos a nuestros políticos como un problema. Incluso como uno de los problemas que más nos inquietan. Está claro que no inspiran confianza, ni mucho menos respeto, entre quienes -sin embargo- les votan. La razón es que se parecen muy poco a Juan Mari Bandrés: un hombre cercano, honesto, trabajador, esforzado y obsesionado por la defensa de  los derechos de todos.

Juan Mari ha muerto, cerrando definitivamente una larga etapa de ausencia, forzada por el derrame cerebral que sufrió en 1997. Aunque estuviera disminuido y enclaustrado en su hogar, sabíamos que continuaba entre nosotros, como referencia política, ética y humana. Ahora su falta definitiva hace mucho más notoria la carencia de políticos como él, capaces de devolvernos las ilusiones democráticas que nos han robado tantos ineptos y chorizos encumbrados en los aparatos del poder.

La última vez que lo vi fue en su casa de Donosti. Aunque llevaba tiempo impedido de expresar sentimientos y opiniones mediante el habla, sentí que me miraba con cariño. Un cariño mutuo, que habíamos desarrollado en el par de aventuras humanitarias que vivimos juntos, en Mozambique y en Bosnia. Los suyos me explicaron que continuaba amenazado por los energúmenos de la mal llamada izquierda abertxale. Casi aislado del mundo y postrado en una silla de ruedas, los inolvidables ejemplos de su coherencia, de la generosidad de sus ideas  y de su disposición a luchar contra la injusticia, todavía resultaban insoportables para quienes recurrían a las pistolas como argumento ideológico.

A aquella frase afortunada de que ‘el fascismo se cura leyendo’ se podía añadir otra receta, igualmente placentera, contra la enfermedad de la intolerancia y la violencia: el fascismo se previene y remedia escuchando a hombres como Juan María Bandrés. Lástima que escaseen tanto.

Gadafi: un cadáver que apesta

Qui prodest? El antiguo latinajo es una pregunta básica para esclarecer crímenes y atropellos contra el Derecho: ¿quién se beneficia? Aplicado a la muerte de Gadafi, la respuesta no admite dudas: la ejecución extrajudicial del tirano libio impide que testifique ante la Corte Penal Internacional, y sirve para ocultar las complicidades con su dictadura de los mismos gobiernos democráticos que han contribuido militarmente a su caída.

Con el estilo norteamericano heredado del far west, Hillary Clinton había exigido que Gadafi cayera muerto o prisionero. Lo anunció en el orden tradicional de los carteles de Wanted dead or alive. La sentencia se cumplió. El siniestro coronel fue apresado vivo y, tras implorar clemencia en vano, asesinado de un tiro en la sien izquierda. Se le hurtaba así un importante reo a la Justicia Universal. Tampoco fue el único crimen del último día de la guerra en Libia: un hijo del dictador, Mutasim, fue igualmente detenido y ejecutado. Lo filmaron sentado, fumando y dando unos tragos de agua. Pero poco después llegó la imagen de su cadáver.

Nadie puede llorar por un canalla como Gadafi. Pero nadie puede aceptar que fuera tiroteado como un chacal. La noticia de su muerte fue festejada por sus enemigos, demostrando ser partícipes de la misma barbarie que decían combatir. En Informe Semanal, la fiscal Dolores Delgado lamentaba el asesinato ‘por la civilización, porque necesitamos mantener unos valores y unos principios de justicia penal universal.’ Se quejaba de que esta no pudiera imponerse sobre las presiones diplomáticas y económicas, pese a que ya existan los instrumentos precisos para juzgar internacionalmente, con plenas garantías, a criminales políticos como Muamar el Gadafi.

A lo largo de más de cuarenta años en el poder, Gadafi compuso figuras políticas opuestas. Primero fue un panarabista a lo Nasser; después, pasó por ser un líder revolucionario islamista, laico y tercerista; más tarde, apoyó a los tiranos más sanguinarios de África y patrocinó acciones terroristas en Europa, convirtiéndose en el enemigo público de Occidente. A finales del siglo XX abominó del terrorismo, indemnizó a sus víctimas, apoyó la llamada guerra contra el terrorismo, y fue aceptado como socio preferente por sus antiguos enemigos mortales. Todo fue posible gracias a la inmensa riqueza petrolera de Libia. Por último, la denominada primavera árabe --las triunfantes revueltas populares en Túnez y Egipto-- hicieron creer a los países de la OTAN que había llegado la hora de librarse de tan incómodo como excéntrico personaje.
 
Da grima contemplar las todavía recientes imágenes de Gadafi con Obama, con Sarkozy, con Berlusconi... pero también con José María Aznar (a quien regaló un caballo) y con José Luís Rodríguez Zapatero. El delicado aroma del petróleo embellecía al inaceptable sátrapa libio. El mismo perfume tapará ahora la peste de su cadáver, embriagador hasta olvidar el común ejercicio cínico de los gobernantes más democráticos del mundo, siempre dispuestos a cerrar los ojos ante la barbarie, y a abrazar a los tiranos más abyectos a cambio de garantizarse unos contratos de suministro energético.

La herencia maldita que deja Gadafi es su propio cuerpo, trizado por las balas, y expuesto de forma indigna sobre una colchoneta, en una cámara frigorífica. Una evidencia de la barbarie que alienta entre los triunfadores de una rebelión armada, que --con el trasfondo del dominio sobre el petróleo de Libia-- se presentó como una lucha por los ideales de la libertad y la democracia, y fue impulsada hasta la victoria por el poderoso martillo militar de la OTAN. Otra vergüenza histórica.

 

Reportaje sobre la caída de Gadafi en Informe Semanal.

Vicente Romero


Vicente Romero es uno de los reporteros más veteranos de TVE. Desde este blog cuenta sus viajes a los lugares donde viven los más desfavorecidos del mundo. Si hace falta izar una bandera de palabras para definir contenidos e intenciones, puede servir el verso de José Martí que da título a este blog.
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