Basureros sin fronteras

Las instalaciones de las organizaciones de ayuda humanitaria en Puerto Príncipe están rodeadas de gigantescos montones de basura. Ambulatorios, comedores infantiles, colegios... todos tienen en común la vecindad de desperdicios orgánicos que nadie se ocupa de retirar, o de aguas negras que escapan de una red de colectores obstruidos desde hace años. La capital de Haití es un inmenso estercolero, una constelación de focos infecciosos, una gigantesca colmena de nidos de ratas.

A escasos metros de un centro de atención a niños desnutridos en el barrio de Champ Aviation, una legión de ratas rebusca entre la basura. Pediatras, enfermeros y funcionarios internacionales aparentan desconocer su existencia. Será que su trabajo empieza y termina en la puerta del barracón donde pesan, miden, alimentan y vacunan a las criaturas del barrio. (Por cierto, sin aprovechar la ocasión para higienizarlas) ¿Termina también su responsabilidad cuando los desvalidos cruzan esa frontera y regresan al infierno donde malviven? La cámara de Buscamundos filmó a una madre que acababa de salir con su hijo de pocos meses y lo puso a defecar en el suelo, a un par de metros escasos de la puerta. Para limpiarlo empleó uno de los guantes utilizados y desechado por los enfermeros, que extrajo del cubo de basura del ambulatorio. Cubo que nadie había precintado, pese a contener residuos sanitarios, envases médicos y jeringuillas.

La basura forma parte del paisaje. Los cooperantes parecen haberse acostumbrado a convivir con ella y efectúan su trabajo como si no despreocupase su agobiante presencia. Pese a la incontestable evidencia de que la falta de higiene es la raíz de numerosas enfermedades, las ONG no se han planteado su urgencia ni han sabido articular una respuesta eficaz. Durante los últimos meses, la actividad de palas mecánicas y camiones ha logrado escombrar gran parte de los edificios derribados por el terremoto, dejando calles y solares limpios de cascotes. Sin embargo no se han llevado las montañas de basura. No estaba previsto hacerlo.

Desde que Bernard Kouchner tuvo el acierto de apellidar Sin Fronteras a la organización de ayuda médica que había fundado, numerosas ONG han adoptado el mismo nombre para definir su voluntad internacionalista: Farmacéuticos Sin Fronteras, Veterinarios Sin Fronteras, Bomberos Sin Fronteras, Payasos sin Fronteras y un largo etcétera en el que figuran incontables especialidades y ámbitos de acción. Falta, sin embargo, una: Basureros Sin Fronteras.

Porque tampoco bastaría con retirar los residuos. Sería como limitarse a cambiarlos de sitio. Hacen falta especialistas en la gestión de los desperdicios. Y hay que crear una mínima estructura para deshacerse racionalmente de la basura. Para evitar que contamine y para reciclarla en la medida de lo posible. Todo ello requiere planes específicos, medios, personal y presupuestos.

Si no fuera por la descoordinación entre las grandes agencias de Naciones Unidas, cabría esperar que articularan un servicio común de recogida y eliminación de basuras que invaden los barrios donde trabajan, amenazando la precaria salud de sus habitantes. Lo grave es que ninguna de ellas, por separado, trate de paliar la suciedad que rodea a sus propias instalaciones.

Especial 'No te olvides de Haití' en RTVE.es

Víctimas privilegiadas

Parece que los medios de comunicación hubieran descubierto la pobreza crónica de Haití a partir del terremoto. Y que este hubiera sacudido las conciencias. Sin embargo las carencias absolutas, el atraso y la falta de horizontes que los haitianos sufren eran ya intolerables desde mucho antes. Y a nadie parecía importarle demasiado.

En Japón se puede hablar de reconstrucción. En Haití, no. Que Japón vuelva a estar como un día antes del terremoto es una meta deseable y alcanzable. Pretender que Haití recupere lo que tenía, resultaría un despropósito. Porque la inmensa mayoría de su población malvivía en una situación de miseria extrema.

Las pobres gentes que no sufrieron directamente los daños del terremoto, no tardaron en descubrir que la ayuda humanitaria que llegaba del extranjero convertía a muchas de las víctimas en privilegiados. Las tiendas de campaña impermeables, en campos de acogida dotados de saneamientos, de agua potable y de luz eléctrica --y, sobretodo, los repartos de alimentos-- suponían unas condiciones de vida más dignas que las de muchos barrios de Puerto Príncipe, donde miles de familias carecían de esos bienes elementales.

Las organizaciones internacionales que llegaron a Haití hace un año y cuatro meses, como respuesta inmediata a la tragedia del terremoto, preparan ya su ‘estrategia de salida’. Es decir, debaten como abandonar el infierno social haitiano, una vez cumplido su deber de ayuda puntual para paliar los efectos del seísmo. No pueden quedarse, reemplazando al Estado haitiano donde este no llega, y aportando los recursos de que carece el país. Porque hay otros países en una situación semejante. Pero tampoco pueden marcharse cerrando los ojos ante una realidad amarga, insoportable.

Haití ha hecho visible el problema mundial de la extrema pobreza. O, con palabras más precisas, las consecuencias del orden económico criminal vigente en el mundo. La ayuda, siempre urgente e irrenunciable, acaba siendo un parche. Un remedio parcial y provisional, cuyo último efecto es tranquilizar nuestras conciencia y perpetuar la desigualdad.

Indignación

Las listas de libros de mayor éxito en Francia llevan cuatro meses encabezadas por un manifiesto ético de treinta páginas escrito por un anciano: Indignaos, de Stéphane Hessel ha vendido más de 1.700.000 ejemplares. Un inesperado fenómeno editorial y político que empieza a saltar fronteras en esta Europa desencantada y desconcertada. Ha sido traducido a veintitrés idiomas, y en España --editado por Destino, con prólogo de José Luís Sampedro-- ha superado los 170.000 ejemplares en menos de un mes. Una difusión que, a juicio del filósofo José Antonio Marina, resulta absolutamente incomprensible porque el libro es muy poquita cosa, pero actúa como catalizador.

El breve texto de Hessel no ofrece nada nuevo ni sorprendente. Se limita a denunciar los últimos retrocesos sociales. Y, frente a la pérdida de valores éticos, insiste en recuperar los viejos ideales de la izquierda europea. No pasa de ser un grito de alarma, un toque de atención ante lo que está sucediendo, como señalaba Nicolás Sartorius en Informe Semanal, porque la democracia ha perdido muchísimo terreno que ha sido ganado por poderes económicos que no están elegidos.

Stéphane Hessel llama a la indignación como motor de la protesta, ante el enriquecimiento amoral y la impunidad de los responsables de una crisis cuyas facturas pagan los sectores más débiles, y frente al abismo de la desigualdad entre pobres y ricos en un planeta sometido a una sobreexplotación de recursos insostenible. A sus 94 años este antiguo miembro de la resistencia contra los nazis, que fue uno de los redactores de la Declaración Universal de Derechos Humanos, alza su voz en el enorme vacío ético causado por quienes Jean Ziegler denomina los nuevos amos del mundo: las grandes corporaciones financieras internacionales. Y su eco resuena en un ambiente de inquietud ciudadana generalizada, ante la amenaza de recorte y desaparición de algunos logros sociales que se alcanzaron en Europa durante la segunda mitad del siglo XX.

Con el hablar pausado de quien se sabe ya en la última curva de un largo camino, Hessel proclamaba ante las cámaras de Informe Semanal que no basta con indignarse, pero que tras la indignación se encuentra la superación de una cierta pasividad, de la indiferencia, e incluso de un cinismo que es muy peligroso, con muchas formas de movilización posibles. Ziegler lleva mucho tiempo predicando una revolución de las conciencias frente al orden criminal del mundo. La indignación podría servir de detonante.

Tiene razón Hessel al decir que el enemigo está hoy mucho menos claro que hace setenta años: la perversidad del fascismo resultaba evidente y figuras tan siniestras como Hitler, Franco o Mussolini encarnaban el mal. Quienes manejan los hilos de la explotación mundial, los verdugos de pueblos, son una legión de ejecutivos que se sientan en todopoderosos consejos de administración. El horror de un mundo extremadamente injusto se dibuja cada día en los telediarios. Pero la identidad de sus principales responsables se difumina tras los nombres comerciales de grandes corporaciones, cuyas ganancias se multiplican al mismo ritmo que se incrementan las cifras de la pobreza en el mundo.

Mil millones de hambrientos en un planeta capaz de alimentar sobradamente al doble de su población actual es un motivo de indignación indiscutible. Lo es también la cifra que cuatro millones de jóvenes sin trabajo en España, como señalaba un Marina sorprendido por la pasividad general ante una situación intolerable. Frente al desgaste de los partidos y sindicatos, que comentaba Sartorius, hace falta algo más que los viejos instrumentos del casi desaparecido estado nacional.

¿Qué hacer? La antigua pregunta de Lenin sigue sin respuestas claras. Hessel no llama a la insurrección sino que se obstina en confiar en que el sistema político aún sea capaz de ofrecernos respuestas eficaces para conjurar las amenazas de un profundo retroceso. La indignación, si se manifiestara, si se dejara sentir de modo escandaloso, tendría que alumbrar nuevos mecanismos, esperanzas y soluciones.

Hambre: la tragedia secreta

Las crisis de Libia y Japón eclipsan en los medios de comunicación a otra crisis crónica aún más grave: el hambre. Todas las semanas alguna organización humanitaria lanza un grito de alarma, un informe angustiado sobre la situación de extrema carencia de alimentos que sufre alguna nación empobrecida. Pero raramente aparecen reflejados en los periódicos y en los telediarios. El hambre es una noticia devaluada por repetida. E incómoda por desesperanzadora.

Días atrás el UNICEF denunciaba que 300.000 niños padecen los efectos de la subalimentación en Sierra Leona. Las alarmantes cifras que ofrecía justificarían una movilización internacional: un tercio de los niños de ese país tan castigado por la guerra pasa hambre, el 10 por 100 no alcanza el peso que le correspondería, el 7 por 100 acusa desnutrición aguda. Sin embargo, la noticia a penas tuvo eco.

Sierra Leona tiene el índice de mortandad infantil más alto del mundo. Una estadística digna de atención, aunque tan discutible como todas las que se elaboran en países sin estructuras estatales. Nadie cuenta los muertos. Nadie nos cuenta, tampoco, por qué mueren. Son datos recurrentes, desagradables, inútiles, desechados en el mercadeo diario de las informaciones. Parece que los periodistas aceptemos ese horror como algo consustancial al orden económico mundial, sin darnos cuenta de que nuestro silencio nos hace cómplices de una injusticia intolerable, de un crimen masivo. Sin que provoquemos un escándalo informativo no se moverá ningún gobierno del mundo enriquecido. Y esos 300.000 niños de Sierra Leona agonizarán, faltos de la alimentación precisa, morirán o sobrevivirán con serias limitaciones en su desarrollo. Pero sin que nadie lo sepa. El hambre es un secreto bien guardado.


'Perdone que sea pobre'

La frase pretendía ser una disculpa amable pero me golpeó con dureza: ‘perdone que sea pobre’. La pronunció una mujer joven, con dulce acento peruano, a la que yo le había tendido la mano ante un pequeño problema que la angustiaba. ‘Le agradezco mucho, señor; y me gustaría corresponderle obsequiándolo, pero no puedo. Perdone que sea pobre’. En sus palabras no había ironía, sino resignación ante la fatalidad.

Aquella inmigrante sabía que en este país de nuevos ricos venidos a menos no está bien considerado eso de ser pobre. Que la carencia de recursos económicos es casi una vergüenza, una falta imperdonable, en nuestra despiadada sociedad. La pobreza se contempla como una lacra social que no permite a la gente consumir como es debido, además de impedirle ser todo lo cortés y generosa que algunas circunstancias exigen. Y lo menos que pueden hacer los desheredados es disculparse humildemente. Porque su misma existencia supone una afrenta política para un sistema que presume de justo. La economía social de mercado... ¿Les suena aquella vieja canción?

‘Perdone que sea pobre.’ Al escucharlo recordé lo que tantas veces le oí repetir a mi padre: ‘no conozco a nadie que se haya hecho rico trabajando; la única forma de enriquecerse es explotando el trabajo de otros.’ Y también lo que Brecht escribió: ‘detrás de toda gran fortuna se oculta siempre un gran delito.’

¿Tendrían que disculparse esos cinco grandes bancos españoles que, en plena crisis financiera mundial y en los peores momentos de la economía española, obtuvieron el pasado año una ganancia total de 14.000 millones de euros? No. Ese enriquecimiento, por amoral que resulte, es lo que se llama un éxito. La pobreza, por simple regla de tres, representa un fracaso.

Resulta lógico, pues, que millones de personas hagan en voz alta su acto de contrición social: perdón por ser pobre, perdón por tener un trabajo precario, perdón por estar parado, perdón por que no pueda gastar ni pagar mis deudas, perdón por aspirar a una ayuda, perdón por ocupar una plaza en un comedor de caridad o en un hospital... Perdonen que mi vida evidencie el fracaso del sistema político y la colosal estafa del sacrosanto libre mercado. Perdonen, sobre todo, que lo haga sin ser consciente de que mi pobreza desluce las estadísticas.

El prisionero de la Casa Blanca

El informe anual de Human Rights Watch (HRW, una de las más prestigiosas organizaciones internacionales de derechos humanos) describe la figura política de Obama como una esperanza frustrada. El balance que traza de su gestión es demoledor: desde el fracaso en sus intenciones de cerrar la cárcel ilegal de Guantánamo hasta su incapacidad para limitar las 'abrumadoras disparidades raciales' en el sistema penal, pasando por las injusticias en el trato a la inmigración y los abusos en la represión del terrorismo.

Uno de los muchos reproches de HRW a Obama es que no ha creado una comisión investigadora de los abusos contra los derechos humanos cometidos por el gobierno de su antecesor, George W. Bush. Unos delitos que permanecen impunes 'pese a la abrumadora evidencia de que altos funcionarios de la administración Bush aprobaron métodos ilegales de interrogatorio mediante tortura y otros malos tratos.'

Obama no ha dado pasos eficaces en contra de la pena de muerte, vigente en 35 de los estados de la Unión. Tampoco ha impulsado límites a la barbarie jurídica que significa la imposición de cadena perpetua a delincuentes menores de edad, situación en que se encuentran 2.574 jóvenes sin posibilidad de conseguir la libertad condicional. (Solo un paso positivo: la Corte Suprema redujo en 2010 esta pena a los casos de homicidio).

Otros borrones en el balance de derechos humanos de la presidencia de Obama son la situación penosa --malos tratos, marginación, discriminación-- de una multitud de inmigrantes, y un tan clamoroso como impune incumplimiento de la normativa laboral, lo que permite la explotación de niños como peones agrícolas con jornadas de más de diez horas diarias.

El incumplimiento de sus promesas electorales más llamativas y su pasividad en temas sociales tan escandalosos retrata a Barak Omaba como un político cuya gestión está hipotecada a la conveniencia de las grandes corporaciones económicas y a los intereses militares. Muy lejos de ser 'el hombre más poderoso del mundo', como define la mitología política norteamericana a su presidente, Obama se ha convertido en el Prisionero de la Casa Blanca. El cinturón de hierro que forman el Pentágono, las grandes agencias de seguridad, y las principales entidades económicas asfixia su gobierno.

Durante mi recién concluido periplo por Etiopía con el programa 'Buscamundos', he vuelto a comprobar la adoración africana por la figura de Obama. Es el político extranjero que más esperanzas concita. Pero la única base real de ese carisma africano es el color de su piel. Si no consigue imprimir un giro a su gestión, quedará en la historia como el primer presidente negro de Norteamérica. Una anécdota, finalmente.


Acusación contra Western Union

Una joven y combativa ONG llamada Avaaz convoca una protesta internacional contra la corporación norteamericana Western Union con el propósito de que ‘una fuerte presión pública le lleve a reducir sus escandalosas tarifas’. La cuestión va mucho más allá de la simple lucha por abaratar un servicio y alcanza una enorme dimensión social.

El principal negocio de Western Union es, desde 1879, la transferencia de fondos. Sus 380.000 agencias, a lo largo y ancho del mundo, la han convertido en un medio utilizado por millones de emigrantes para enviar dinero a las familias que dejaron atrás. Una clientela numerosa y siempre en posiciones de debilidad, a la que imponen unas tarifas que Avaaz califica de abusivas porque llegan a ser hasta del 20 por 100 de las cantidades giradas, frente al 5 por 100 que recomienda el Banco Mundial.



El dinero que los emigrantes mandan a sus países de origen resulta esencial para la supervivencia de millones de personas y constituye una fuente de recursos mayor que la suma total de la ayuda económica que de los países más desarrollados prestan a las naciones más empobrecidas. Sin embargo, en el plazo de un año, esa cantidad se ha visto mermada en más de 44.000 millones de dólares a causa de los cargos por envío. De ahí el carácter ético que adquiere la discusión de los porcentajes cobrados por Western Union y sus colegas, en un servicio que debería de ser prestado de forma gratuita por los bancos estatales.

Las cifras de negocios que exhibe Western Union resultan obscenas. Baste un dato: su directora ejecutiva, Cristina Gold (oro, se traduce su apellido) se ha embolsado 8.100.000 dólares en concepto de primas por los beneficios de su gestión durante 2009. Una cantidad chocante que resulta repugnante si pensamos que se ha deducido, dólar a dólar, de las pequeñas sumas ahorradas por los emigrantes.

Para formarse una opinión sobre los negocios y el carácter de Western Union basta con darse un paseo por la web. En su página oficial los lectores pueden deleitarse con la historia de la compañía: desde su fundación en 1851, con la épica del tendido del telégrafo en los Estados Unidos o la comedia de su invento de los telegramas cantados, hasta la modernidad de su flota de satélites de comunicaciones. Sin olvidar su lado caritativo, con la financiación de proyectos humanitarios que favorecen su buena imagen corporativa.

Pero quien busque otras fuentes independientes descubrirá también que la Western Union inició una estrecha colaboración con los servicios de información militar norteamericanos hace más de medio siglo; que su aportación a la llamada guerra contra el terrorismo se ha traducido muchas veces en el bloqueo de envíos de dinero a destinatarios con nombres árabes; que a través suyo se puede apostar en grandes casinos y partidas de póker, desde lugares donde el juego está prohibido; que ha sido utilizada como vehículo para numerosas estafas.... Sin embargo lo más sucio y doloroso está en el trato despiadado a los millones de pobres gentes honestas que forman su clientela más indefensa.

Los que mandan en los que mandan

A ver, ¿quien manda aquí? La vieja pregunta irónica nunca había tenido una respuesta tan clara: un complejo entramado de corporaciones económicas, tan impúdico como despiadado, agrupa a quienes mandan en los que mandan. Sin embargo, pese al descaro con que ejercen su poder, los medios de comunicación suelen ignorar esa evidencia.

Poco antes de las elecciones norteamericanas de noviembre, el irreductible Noam Chomsky formulaba la enésima denuncia de cómo las grandes sociedades financieras invierten en política para crear y mantener instrumentos de control sobre el aparato del Estado democrático. Chomsky citaba el análisis de Thomas Ferguson --uno de los más lúcidos economistas actuales-- sobre la metodología que han desarrollado para asegurarse la defensa de sus intereses por parte de legisladores y autoridades ejecutivas.

Esas inversiones en elementos de control político, que resultarían escandalosas en las democracias europeas, son perfectamente legales en los Estados Unidos. A este lado del Atlántico, los grandes grupos económicos todavía se mueven en las sombras; pero en Norteamérica disponen de agentes oficiales que actúan dentro del propio Congreso. Los lobbies forman parte de la vida política de Washington. Y su desfachatez ha ido en aumento durante los últimos años: más allá de la discreta actividad legal de sus oficinas políticas, las grandes compañías dedican enormes sumas de dinero a la publicidad electoral de candidatos dóciles a sus designios.

En las elecciones legislativas de noviembre se gastaron 3.000 millones de dólares en propaganda política transmitida por televisión. ¿Quién pagó las facturas? Según la acreditada periodista Laura Flanders, las principales compañías inversoras en política fueron British Petroleum (responsable del vertido del Golfo de México), y las empresas agrícolas que especulan con alimentos en la Bolsa de Chicago. Meses atrás la Corte Suprema estableció --mediante una resolución denominada Ciudadanos Unidos-- que las corporaciones económicas tienen los mismos derechos que las personas. Y, por increíble que resulte, dictaminó que limitar sus gastos en publicidad electoral equivaldría a impedir su libertad de expresión.

En su reciente libro Obama’s war, Bob Woodward, (el periodista que, junto a Carl Bernstein, destapó el escándalo Watergate y causó la caída de Nixon) demuestra que los intereses del todopoderoso complejo militar industrial norteamericano priman sobre los criterios del presidente de los Estados Unidos. Woodward asegura que Obama se enteró --durante una reunión del Consejo Nacional de Seguridad un año atrás-- de quien manda aquí cuando los principales jefes del Pentágono le impusieron sus criterios sobre Afganistán bajo amenaza de desobedecerle.

Juan Gelman --cuyos artículos en el diario argentino Página12 procuro no perderme-- cuenta que cuando Michael Moore leyó el libro de Woodward, comparó el título militar de Comandante en Jefe que ostenta Obama, con el de Empleado del Mes del Burguer King de su barrio. Recuerda Gelman que al presidente Johnson le pasó en 1963 lo mismo que a Obama, cuando sus centuriones le dijeron lo que tenía que hacer en la guerra de Vietnam. Y que el general Eisenhower, en 1961, fue el primero en denunciar el poder de los centuriones al servicio de la industria armamentista. Hoy las cosas están mucho peor que entonces. Porque ese grupo de intereses entrelaza sus tentáculos políticos con los de otras corporaciones económicas, formando una densa tela de araña que envuelve a la Casa Blanca y se extiende por todo el mundo.


Harpo y Luna

En poco más de tres meses Manuel Vicent ha escrito dos artículos sobre las muertes de sus perros, primero la rubia Linda y después el negro Ron. Sé que necesitaba hacerlo, rendirles ese homenaje absurdo de una necrológica. O, mejor, de una lágrima, como llamaba el viejo maestro Paco Cercadillo a esta clase de piezas, en el diario Pueblo. Porque sus dos columnas en El País traslucían el profundo dolor y la recién iniciada nostalgia del escritor.

Quienes seguimos con devoción a Manuel Vicent, lo conocemos y nos identificamos con lo que cada domingo dice en su rincón de la última página, notamos en esos dos textos el pudor intelectual de quien teme que muchos los consideren banales, y se escandalicen de que escriba ‘confieso que he aprendido más de los perros, que han pasado por mi vida, que de las lecturas de Horacio y Schopenhauer’.

Solo quienes tenemos o hemos tenido la experiencia íntima de compartir las cosas sencillas de la vida con uno o varios perros, podemos comprender el vacío que deja su muerte. Nadie más sabe valorar las miradas de amor, los gestos de complicidad y de apoyo, la complejidad de los sentimientos o el sentido del humor de los perros. Ni la profunda relación que se establece con ellos.

Contaba Manuel Vicent que enterró a Linda bajo un limonero, cerca del mar. Y se prometía llevar hasta a esa pequeña sepultura las cenizas de Ron, que no fue capaz de resistir su ausencia. Su relato me hizo recordar a Lucky que nunca pudo superar la muerte de Lina, tras haber vivido con ella una larga y poética historia de amor entre chuchos. Y tras ellos surgieron, como siempre, los demás perros de mi vida: Despiste, Eloísa, Lulu y Bambi, todos cruces recogidos de las calles. Todos habitan los rincones más preciados de mi memoria sentimental, junto a mis amigos y familiares muertos.

A esa nómina de ausentes añorados se han sumado dos perros ajenos, pero de seres muy cercanos. Luna, de mi compañera Mayte; Harpo, de mi hijo Miguel. Ambos tenían muchas cosas en común: habían nacido en la calle, sin sitio en el mundo; eran dos cachorros dulces, inseguros, con cierto aire de desamparo, tímidos, frágiles. Durante unos meses recibieron todo el amor que necesitaban y fueron felices. Pero sus cuerpos acusaban una debilidad congénita o desarrollada en los primeros tiempos difíciles de sus existencias.

Los perros nos hablan con los ojos y los gestos, haciéndonos comprender la inutilidad de las palabras. Todavía siento las últimas miradas de Harpo y Luna, con las que se despedían intuyendo que se les acababan las fuerzas. Y me desgarran el dolor de Miguel y el de Mayte, abrazándolos. Siempre los echarán en falta sin que nada los borre de sus vidas. Soñarán con ellos, los sentirán a su lado. Lo sé. Lo sabemos Manuel Vicent y cuantos entendimos sus artículos sobre Linda y Ron. Porque sentimos lo mismo.

Si tuviera que describir un mas allá gozoso en el que no creo, imaginaría un cielo donde estuviera rodeado por los que fueron --y siguen siendo, aún después de muertos, mis perros-- en los momentos de plenitud de cada uno de ellos. Correr y jugar juntos, abrazarlos, sentirme abrigado por su cariño. Y con ellos estarían Luna y Harpo, que también han sido un poco míos, esperando un día mucho más lejano para reunirse con Mayte y Miguel.

Fiesta de pobres en El Gallinero

El día de los derechos de los niños debería de ser cada día. Como todos los días de... que se suceden en el calendario para recordarnos la necesidad de cambiar el mundo injusto en que vivimos. Una conmemoración que a penas sirve para sembrar los periódicos con artículos sobre la infancia y los telediarios con imágenes de criaturas desvalidas en distintos rincones del planeta. Sin embargo no hace falta ir muy lejos para retratar criaturas que viven en la miseria y crecen entre basuras. Hay 300 en el poblado gitano de El Gallinero --permanentemente cercado por la policía-- a solo doce kilómetros de la madrileña Puerta del Sol.

Frente a todos los actos institucionales, destaca la celebración del día de los derechos de los niños organizada por un puñado de voluntarios que se esfuerzan en realizar las elementales tareas sociales que no cumplen el Estado, la Comunidad de Madrid ni ayuntamiento alguno en El Gallinero.


Semanas atrás se contaba en este blog la visita particular que efectuaron a El Gallinero el Vicepresidente del Consejo Asesor de Derechos Humanos de Naciones Unidas, Jean Ziegler, y el misionero español en Etiopía, Ángel Olaran , guiados por el cura de la iglesia vallecana de San Carlos Borromeo, Javi Baeza. Quienes deseen conocer pesonalmente ese rincón vergonzoso de Madrid tienen ahora una magnífica ocasión de hacerlo, participando en la jornada de fiesta del sábado 20 de octubre, desde las nueve de la mañana hasta entrada la noche.

A las 09.00 se colocarán columpios, balancines y toboganes infantiles. A las 11.00 habrá un pasacalles entre las chabolas. Al medio día, talleres de dibujo y escultura, disfraces y decoración de elementos urbanos. A las 13.00, música y baile. Después se leerá un manifiesto y se servirá una olla popular con paella y sarmale (una comida típica de Rumanía, parecida a los rollitos chinos y vietnamitas). A las 16.00, juegos, carreras de sacos, gymkana. Y tras la merienda, justo antes del atardecer, magosto (hogueras y castañas asadas). Finalmente, al llegar la noche, fuegos artificiales.

Una fiesta de pobres para enriquecer el corazón y la mente. Se puede ir en coche por la carretera de Valencia hasta Valdemingómez. O en la línea 339 de autobuses desde la plaza de Conde Casal. ¡Estáis todos invitados!

Vicente Romero


Vicente Romero es uno de los reporteros más veteranos de TVE. Desde este blog cuenta sus viajes a los lugares donde viven los más desfavorecidos del mundo. Si hace falta izar una bandera de palabras para definir contenidos e intenciones, puede servir el verso de José Martí que da título a este blog.
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