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De qué se arrepienten los moribundos

El libro "30 Razones para vivir", que mencioné recientemente, recoge los testimonios de más de mil personas de diferentes niveles educativos y extracción social mayores de 65 años. Lo que estos hombres y mujeres revelan sobre sus errores y aciertos coincide en gran medida con lo que cuenta la enfermera australiana Bronnie Ware.

Durante muchos años, Ware estuvo al cuidado de personas en su lecho de muerte, a las que preguntó sobre aquello de lo que se arrepentían. Ware agrupó estas cuestiones  en cinco bloques y escribió sobre ello en su blog, Inspiration and Chai, cuya popularidad dio lugar a un libro (The Top Five Regrets of the Dying, sin traducción al español por el momento).

Casi cabría hablar de cinco mandamientos en lugar de cinco arrepentimientos, tal es la popularidad del escrito de la enfermera. Algo que, en mi opinión, tiene mucho que ver con la sed de cuestiones importantes y bien contadas que los medios tradicionales ofrecen con cuentagotas.  

Un detalle interesante es que los lamentos de los moribundos se refieren a cosas que no hicieron: la gente no parece arrepentirse de algo que sí hizo. Quizá porque, como dijo Ware en declaraciones a la BBC, "todo lo que hacemos en nuestra vida, bueno o malo, nos ayuda a aprender algo. Por eso es más común arrepentirse de algo que no hicimos"

Si ya lo conoces, puedes saltar al final del post. En caso contrario, estas son las cinco principales cosas de las que se arrepienten los moribundos, de acuerdo con Ware:  

1. Ojalá hubiera tenido el coraje de ser fiel a mi mismo y vivir la vida que quería en lugar de la que otros esperaban de mi.

"Este es el arrepentimiento más frecuente. La mayoría de la gente no ha cumplido ni la mitad de sus sueños y va a morir con el conocimiento de que esto se debe a las decisiones que ha tomado o dejado de tomar. La salud trae consigo una libertad de la que muy pocos son conscientes hasta que ya no la tienen". 

2. Me gustaría no haber trabajado tan duro.

"Es la reflexión de todos los hombres a los que cuidé. Echan de menos la infancia de sus hijos y la compañía de sus parejas. Se arrepienten profundamente de haber pasado tanto tiempo en la rutina de una existencia dedicada al trabajo". 

3. Ojalá hubiera tenido la valentía de expresar mis sentimientos.

"Muchas personas suprimieron sus sentimientos para evitar conflictos. Como resultado, se conformaron con una existencia mediocre y nunca llegaron a lo que podrían haber sido capaces de alcanzar. Muchos desarrollaron enfermedades relacionadas con la amargura y el resentimiento". 

4. Me gustaría haber estado en contacto con mis amigos.

"A menudo no se percataron de lo valiosos que son los viejos amigos hasta que llegaron al final. Todo el mundo que está muriendo echa de menos a sus amigos". 

5. Ojalá me hubiera permitido ser más feliz.

"Muchos no comprendieron, hasta el final, que la felicidad es una elección. Se mantuvieron apegados a sus antiguos hábitos. El miedo al cambio les hizo fingir, ante ellos mismos y ante los demás, que estaban satisfechos".   

   

Lo que dice la enfermera me parece triste y bello, como este monólogo final. Lo sabemos, lo hemos leído muchas veces. Pero ¿de verdad es posible cambiar?  Un conocido me explicaba hace poco que, si pudiera volver atrás, se daría un gran abrazo. Creo que eso mismo haría yo. 

¿Demasiado sexy?

Donde unos ven "una bailarina moviéndose en un escenario, la expresión última de la belleza pura y del poder de la forma humana" otros ven porno blando  y comercialización dura. ¡Hasta lo han comparado con la teta de Janet Jackson! La mojigatería al otro lado del Atlántico es tan notable como su capacidad para hacer dinero.

Me refiero al vídeo de aquí abajo, un anuncio de una cadena de gimnasios donde la instructora de yoga Briohny Smyth muestra su exquisita técnica vestida con lo mínimo mientras un maromo duerme, impasible, al fondo. La empresa dice que Smyth lleva "la sensualidad y el arte de los equilibrios sobre los brazos a un nuevo nivel". Los críticos señalan que lo que sí ha alcanzado un nuevo nivel es la falta de escrúpulos a la hora de utilizar la etiqueta "yoga" para vender lo que haga falta, en este caso un estilo de vida que incluye el cuerpo, el apartamento y el novio que a mucha gente le gustaría tener.      

    

Buscaba más información sobre el vídeo cuando me he encontrado a mi profesora en la distancia, Kathryn Budig (que también lo fue de  Smyth) en pelotas anunciando calcetines.

Budig2

A Budig todo le parece bien si sirve para conseguir que más gente se acerque a la esterilla. Es consciente, no obstante, de que su atrevimiento tiene un precio: "Si sacas la cabeza por encima de las masas, alguien puede lanzarte un tomate". Ahí va el mío. 

¿Cuánto dura un minuto?

Haz la prueba. Toma un cronómetro. Cierra los ojos y, cuando calcules que ha pasado el minuto, observa el reloj de nuevo. El catedrático de la Universidad Complutense Carmelo Vázquez,  a quien entrevisté recientemente, hace este experimento cada año con sus alumnos. Por lo general, los que están más ocupados -los que, por ejemplo, toman clases de idiomas extra por las tardes- abren los ojos a los 30 o 40 segundos. Los más relajados (según Vázquez, los que suelen sentarse al fondo del aula), abren los ojos bien pasado el minuto. Lo interesante de esta anécdota (por lo demás nada científica) es que la percepción de lo que dura un minuto es cada vez menor. Dicho de otra forma, un minuto cada vez dura menos.  

Sabemos que el número de personas que padecen depresión crece a pasos agigantados. Pero desconocemos cómo afecta el cambio radical en el uso de tiempo, fruto del mundo siempre conectado, a nuestro bienestar emocional.   

El libro "30 razones para vivir", elaborado por la Universidad de Cornell (en EEUU), recopila las reflexiones de más de 1.000 personas de más de 65 años de todos los estratos sociales y niveles educativos a los que se plantea la siguiente pregunta: ¿cuáles son las lecciones más importantes que has aprendido a lo largo de tu vida?

El libro, que se enmarca dentro del "Proyecto Legado", derrocha sabiduría sobre lo que nos hace o no felices, el trabajo o la familia, entre otras cosas. Es reconfortante saber, por ejemplo, que la mayoría de los entrevistados no siente miedo ante la muerte, según declara, y cree que la felicidad depende mucho más de nuestras propias decisiones que de las circunstancias que rodean nuestra vida.

En algo están todos de acuerdo: la vida es corta. Cortísima, incluso cuando se llega a los 100 años.  "No se lo parece a un veinteañero, que se cree que tiene un tiempo infinito por delante. Pero la cosa es que llegas a los 60, igual tienes 20 o incluso 30 años por delante, ¿cómo quieres vivir tu vida?", dice Karl Pillemer, el profesor de Cornell a cargo del proyecto. 

Si la vida ya es corta para ellos, ¿cómo será para nosotros? 

  Bailalento

¿Alguna vez has visto a los niños jugando?
¿O escuchado el chisporroteo de la lluvia en el suelo?
¿Alguna vez has seguido a una mariposa en su errático vuelo?
¿U observado al sol desvaneciéndose en la noche?
Mejor detente,
No bailes tan deprisa,
El tiempo es corto
La música no durará.

Texto: Pedro García Morales. Extracto de su poema Baila lento. Fotografía de Ferran Jordà
Visto en Vida Sencilla

 

Un mundo a una pantalla pegado

“Cada mañana me despierto deseando que Internet no exista”, dice un hombre que, según Cooking Ideas, perdió su negocio por culpa de la red. En días malos, yo deseo algo parecido y siento nostalgia de esos tiempos en los que recibía y escribía largas cartas a mano, participaba en conversaciones que no se interrumpían cada 30 segundos con avisos de sms, what´s app, e-mail o llamada entrante.  Érase un mundo a una pantalla pegado…   

En otros tiempos, por otra parte, no estaría aquí. Ni, por supuesto, podría establecer esa gran red de contactos a través del e-mail. En el post anterior hablábamos de lo que revela de uno mismo la forma en que se escribe un correo (esos puntos suspensivos atornillados a nuestra psique, por ejemplo). Pero no es únicamente el cómo, sino el cuánto. Al parecer una manera sencilla de conocer tu grado de proximidad con una persona es observar cuánto tiempo tardas en responder a su email.

La cosa no es baladí. Los que trabajan con información, y aquí se engloban desde los programadores informáticos hasta los abogados, dedican la mitad de su jornada al correo electrónico, de acuerdo con un estudio de la Universidad Northwestern, de EEUU, sobre cómo influye el correo electrónico en el tipo de persona con el que interactuamos. El mayor volumen de email, señala el estudio, se intercambia con personas a las que conocemos muy poco.

Esta investigación compara 1,5 millones de mensajes enviados por más de 1.000 empleados a lo largo de seis meses con un detallado mapa de sus relaciones sociales. De esta comparación surge un algoritmo que permite predecir la naturaleza de una relación basándose solamente en el intercambio de emails. “Con mirar a la velocidad a la que se responde es suficiente”, señala  Brian Uzzi, uno de los responsables del estudio. ¿Así de predecibles somos?

La gente responde a sus amigos cercanos siete horas después de recibir su correo, como media. La espera se alarga a 11 horas cuando se trata de un contacto profesional. Si es alguien a quien no conocemos apenas, un amigo de un amigo, por ejemplo, lleva 50 horas dar al botón de responder.

“Aunque los mensajes de personas a las que apenas conocemos son mayoría, la gente tarda mucho más en responder. Damos clara prioridad a nuestros amigos, como en la vida real”, dice Uzzi.  (Si se han tomado la molestia en llevar a cabo un estudio de esta magnitud supongo que será porque cabía la posibilidad de obtener un resultado diferente; esto en sí ya es sorprendente).

Con las redes sociales ocurre lo mismo. El usuario tipo de Facebook tiene más de 130 “amigos”, pero sus amistades con el mundo real siguen igual que antes. Aquellos con el mayor número de contactos en Facebook mantienen, como media, el mismo número de relaciones estrechas que los demás.

He dado un gran rodeo para llegar hasta aquí. Pero, además de cerrar negocios y consumir nuestro tiempo, ¿la red nos ha cambiado tanto?

Puzle

 Edificio de Hong Kong

La rutina produce tedio. Imprime esta foto, recórtala y fabrica un puzle. Cuando hayas recompuesto el puzle, tendrás de nuevo la monotonía de lo simétrico al alcance de tu mano. Tú eliges.
(Foto y texto de Tilomilo. Visto en Vida Sencilla).  

Cómo abrir una puerta y escribir un e-mail

"Es posible saber el estado de ánimo de una persona por el modo en que abre y cierra una puerta", dice Phap Dung, un monje budista Zen al que tuve la suerte de entrevistar hace poco. 

Quien dice abrir una puerta dice guardar tu turno en la frutería, dirigirte a un camarero en el restaurante o escribir un correo electrónico. Pero tomemos el ejemplo de la puerta y tomemos mi caso: soy de las que nunca jamás tiene a mano las llaves de casa; todavía confundo la llave del portal con la de mi vivienda; con frecuencia me adelanto para pasar delante de los vecinos, en especial los lentos, esos que tardan horas en llegar a la puerta del portal; de vez en cuando se me escapa un portazo... Además de hablar bastante mal de mi capacidad organizativa, estos detalles seguro que revelan algo importante. 

Es curioso cómo, con un poco de experiencia, puedes adivinar un montón de cosas de una persona sólo con observar cómo interactúa con su cuerpo. Lo tengo comprobado en las clases de yoga, aunque imagino que en otras disciplinas sucede igual. En cuestión de minutos, excepciones aparte, sabes si la persona es tirando a vaga o, por el contrario, se esfuerza más de lo que debería. Si te fijas bien, también puedes adivinar si alguien es tímido o extrovertido; si ha tenido un buen día o está triste; si está relajado o preocupado y, en general, su forma de desenvolverse te da una idea de cómo se valora a sí mismo. Todo ello independientemente de que sea capaz de retorcerse como un espagueti cocido o esté tieso como un palo. A la mente, cuando se lo propone, se le da bien mentir. Al cuerpo, no tanto. 

Y digo cuando se lo propone porque, en cuanto se descuida, es igual de torpe. Me refería antes a la tarea de escribir un email; quizá existan ya investigaciones al respecto. En caso contrario, creo que pronto se harán estudios de personalidad a partir de los mensajes que enviamos en el día a día. Esas personas que invariablemente escriben sáltandose lassletrss... juntando palavras, abusando de los....  y, por descuudo, que no por ignoranncia, haciendo caso omiso a la ortografía osintactica. Luego están los que siempre se saltan cualquier preámbulo cordial, tipo hola qué tal, buen fin de semana, etc... O los que te atizan largas parrafadas sin puntos y aparte.  También hay quien nunca responde, y punto. O quien te envía cinco correos seguidos con el mismo mensaje. 

Reflexiona un momento, ¿cómo se comportan estas personas en otros aspectos de su vida?

Y, si te apetece, nos lo cuentas. 

Ejercicios de agudeza visual

Hay tantas cosas que la publicidad podría hacer y no hace. Como el vídeo de aquí arriba, por ejemplo, o este  otro. Claro que en lugar de canal transmisor y magnificador de los innumerables miedos y desgracias que acechan a la humanidad el periodismo también podría reflejar aquellos aspectos de la realidad que ayudan a no perder la esperanza en los seres humanos. Como ese reportaje que pone lado a lado el terrible Ébola con la generosidad inmensa del equipo de Médicos Sin Fronteras que deja de lado su vida cómoda, la ducha calentita y la tostada por la mañana para combatir el terrible virus.

La versión metafísica supongo que está en el dicho "Dios está en los detalles". La versión light podermos encontrarla en, por ejemplo, esos ejercicios de agudeja visual que acostumbraba dibujar Forges. Y la versión de andar por casa yo me la encuentro en casi cualquier elemento de mi cotidianidad, que por arte de magia suele ser susceptible de transformarse en su contrario o, al menos, en otra cosa.  Ya lo dice la canción:  depende. Todo depende.

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La primera de las diez estrategias de manipulación mediática atribuidas a Noam Chomsky. 

Y, por cierto, al hilo del post anterior: Fraga y Garzón,  ¿pato/conejo?

¿Pato o conejo?

Una fuente constante de bienestar en mi vida procede de las lecturas de mi hija de cinco años.  Un mal día con frecuencia se transforma en una buena noche después de leerle un cuento. Ayer, sin embargo, discutimos. Donde ella veía un conejo, yo veía un pato.

Ocurre a menudo. Donde unos ven progreso, otros ven retroceso.  Donde unos ven un hombre, otros ven una lagartija. Y así. Sólo decir que está bien empezar el año viendo lo que a uno le dé la gana; aquí un pato, allá una lagartija.   Pato_conejo

De la foto se deduce que no pretendo ponerme sesuda en mi primer post del año.

Pero me he topado con un artículo de un catedrático de fisiología que se pregunta (a raíz de la misma imagen pero en versión aburrida) qué poderoso mecanismo del cerebro nos permite tener conciencia de cuanto vemos. Para encontrar la respuesta a esa pregunta, puedes leer su texto. A mí lo que realmente me interesa no es tanto lo que vemos como lo que NO vemos.

Igual que mi hija no es capaz de ver el pato y yo sólo adiviné el conejo cuando le vi con la zanahoria en la boca, me pregunto cuántas otras cosas importantes se me escapan. Como el héroe de la película de John Carpenter Están vivos, que por casualidad encuentra una caja repleta de gafas de sol que le permiten ver el mundo tal como es. Los anuncios en las paredes o las revistas esconden, en la película, un mensaje subliminal de servidumbre en el que se nos ordena reproducirnos, obedecer, dormir, comprar compulsivamente, no cuestionar la autoridad. Un anuncio de un nuevo televisor, por ejemplo, en realidad dice "¡No penséis, consumid!". Entre nosotros hay seres con apariencia humana pero de verdadera apariencia alienígena, reptiloide, y son los ricos y poderosos y las fuerzas del orden: las gafas permiten ver el verdadero mensaje por debajo de la superficie.

También funcionarían, digo yo, en el otro sentido: estas gafas descubrirían a ese viejecito amable que siempre nos abre la puerta; al compañero que nos trae un café con la medida justa de azúcar cada mañana; a la buena gente que tan a menudo pasa desapercibida. En conclusión: yo, para los Reyes próximos, me pido unas de esas. Pato conejo pato conejo pato conejo lagartija.  

2012: abajo los propósitos, arriba las intenciones

Familia bloguera: en el último post del año, es obligado hablar de propósitos y buenas intenciones. Aunque yo más que propósitos me voy a librar de cosas. Lo apuntaré todo en un papelito que irá a parar a una gran hoguera, casi como en San Juan.

¿De qué quieres librarte tú? ¿Cuáles son tus propósitos para el nuevo año?

Junto a los propósitos, las intenciones. Al contrario de lo que afirma el dicho popular,  es el camino al cielo el que está sembrado de buenas intenciones. “Sólo recordando tus intenciones puedes reconectar contigo mismo en tiempos emocionalmente tormentosos. Esa conexión da un sentido a tu vida, independientemente de que hayas alcanzado esos propósitos o no”, señala Philip Moffitt, un tipo que de estas cosas sabe mucho: abandonó la dirección de la revista Esquire para lanzarse sin paracaídas a la vida espiritual.

Hoy es maestro de meditación en California, desde donde plantea cuestiones como esta: ¿Qué ocurriría si, en lugar de medir los éxitos por lo que consigues o no consigues, dieses similar o mayor prioridad a una forma de vivir respetuosa con tus valores?

Así que abajo los propósitos, arriba las intenciones. Sobre todo si son tan bellas como estas:

EMPEZAR DE NUEVO009

 ¡Os deseo un feliz, próspero, venturoso, amoroso, supercalifragilistico-expialidoso 2012!

Budas a 1€

Adivina adivinanza: ¿Qué hay debajo del arbolito navideño del escaparate, un poco más allá del Belén? Un pequeño Buda de donde cuelga bisutería barata. Los tenemos hasta por un euro, oiga, y eso que todavía no estamos de rebajas. Y mira que las fotos son de Segovia, tierra del cochinillo, donde la Novena de la Virgen de la Fuencisla es el acontecimiento del año.

De la misma forma que –supongo– a los Católicos o simpatizantes no les haría felices ver la Virgen de la Fuencisla en topless anunciando tangas o a Jesucristo en su cruz entre botellas de Johnnie Walker, es chocante, absurdo e irritante encontrarse figuras de Buda en los lugares más inverosímiles, desde las tiendas de bisutería hasta los salones de masaje erótico (los he visto hasta en una carnicería, palabra).

Buda
Un Buda, 1€, y eso que todavía no estamos de rebajas.
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En una tienda de Segovia, tierra del cochinillo y la Virgen de la Fuencisla

Por otra parte, quiero pensar que el uso y abuso del imaginario budista-zen en la publicidad, los comercios e incluso en las casas, como elemento decorativo, podría responder a la necesidad de paz y sosiego que se desprende de estas figuras.

En los últimos tiempos, por otra parte, me he topado con el Zen de Steve Jobs,  el Zen de Martin Scorsese, el  Zen de las judías, ¡el Zen de los pedos! .

Por no hablar del montón de Zen y el arte de __________  

Hay, en fin, un millón de ejemplos de uso y abuso de la palabra Zen en formas que no tienen nada que ver con el Zen. La cosa da hasta para alimentar un blog (de donde extraje el vídeo de aquí abajo).

He aquí a Avalokitesvara, el Bodhisattva de la compasión, vendiendo telefonía. Como si tal cosa.

Si Zen lo abarca todo, ¿representa algo? Esto es lo que llega a plantearse la revista Tricycle. Una de las cosas que transmite el budismo Zen es elegancia. Belleza. Gracilidad. Cuando usamos la palabra Zen, a menudo queremos transmitir la idea de que hay algo espiritual en la simplicidad.

“Supongo que colectivamente empleamos mal la palabra Zen y la sacamos fuera de su contexto budista. ¿Pero es un abuso?", prosigue el artículo. "Como amor o felicidad, la palabra Zen casi siempre tiene connotaciones positivas. Extendamos la palabra Zen indefinidamente, hasta que cubra el mundo por completo”. Me gusta como mensaje navideño. 

Loteria y racionalidad

Supongo que la mayoría de la gente sabe que el juego de la lotería atenta contra la lógica. Aún así, continuamos haciéndolo. A más crisis, más jugadores de lotería, y menos raciocinio.  Como dijo el matemático Roger Jones, "la lotería es un impuesto voluntario para los que no saben de probabilidad".  

Mi justificación para comprar lotería es, creo, la más extendida, aunque no deja de ser ruin: el temor a que les toque a personas cercanas y yo me quede con las manos vacías pesa más, año tras año, que los argumentos en contra de un juego que no sólo es absurdo desde el punto de vista matemático, sino que fomenta unos valores que me parecen erróneos.

Luego está la cuestión de definir "personas cercanas". Uno comienza por comprar lotería en el trabajo; después en el colegio de los hijos; en las asociaciones y actividades en las que participa; en la panadería del barrio; la comunidad de vecinos... así hasta gastarse una pasta que habría quedado más mona como recortable en forma de Papá Noel en el árbol de Navidad.

La parte de nosotros que compra la lotería es la irracional. La otra, la que usamos para hacer la declaración de impuestos, se queda muda ante esta y otras muchas fechorías.

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La distinción entre esos dos sistemas que conviven en nuestro cerebro –uno rápido e intuitivo, experto en sacar conclusiones a velocidad de vértigo y hacer bobadas como la de la lotería, y el otro deliberado y lento, hábil con la calculadora– es el eje del último libro del premio Nobel Daniel Kahneman, que acaba de ser reseñado como uno de los diez mejores del año por The New York Times.

De acuerdo con Kahneman, somos tremendamente irracionales; tanto, que la mayor parte de nuestro pensamiento sucede por debajo de nuestro nivel de conciencia. Y esto no se debe –o, al menos, no únicamente– a nuestras pasiones. No es que nos dejemos llevar por el amor o el odio o sucumbamos ante los numerosos complejos freudianos; es que nuestro cerebro funciona así.  ¿Algún psicoanalista en la sala?  

Otro ejemplo actual de irracionalidad pública: la campaña que acaba de sacar Metro de Madrid con el eslogan "Más por Menos", en la que aparece el precio de un billete sencillo en Madrid junto con el de otras ciudades presuntamente más caras, como Nueva York o Ámsterdam.  ¿Qué quiere decir eso? Nada, por supuesto. Lo que cueste un billete –o cualquier  otro bien–  sólo importa en relación al nivel adquisitivo de la ciudadanía. Si se tiene en cuenta ese pequeño detalle, resulta que el transporte en Madrid sale más caro que el de Ámsterdam o Berlín.  

Es esta, sin embargo, el tipo de lógica por la que nos movemos y en la que picamos una y otra vez.  Tal y como expone Kahneman en su fascinante libro, estamos llenos de prejuicios cognitivos que nublan nuestra capacidad de ver lo que tenemos delante.    

En un día como hoy, con los bolsillos vacíos, me pregunto: ¿qué es ser racional, al fin y al cabo? Esta observación me parece brillante: "tampoco es más racional quien rechaza las emociones en nombre de una inexistente razón desencarnada, sino aquella persona que es capaz de examinar sus propios prejuicios y de asumir que errar es natural". 

Natalia Martín Cantero


Soy periodista y profesora. En este espacio hablo de bienestar integral; si lo consigues me cuentas cómo.
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