Dejar de pensar

"La mayoría de nosotros vive en un mundo de abstracciones mentales, conceptualizaciones, y fabricación de imágenes –un mundo de pensamientos. Estamos inmersos en un constante flujo de ruido mental. Parece que somos incapaces de dejar de pensar”.

En los últimos días he vivido una serie de acontecimientos que quizá determinen el rumbo de mi vida. Aunque no son acontecimientos negativos (más bien dependerá de lo que sea capaz de hacer con ellos),  han sucedido deprisa y no me ha dado tiempo a procesarlos. Como consecuencia, nado a la deriva en un turbulento mar de pensamientos.

La imagen me recuerda una interesante observación de un escritor norteamericano (no recuerdo el nombre) que tuvo que someterse a un intenso tratamiento a base de hormonas “femeninas” para combatir el cáncer que padecía. Este tratamiento no solo repercutió en su cuerpo; también en su psique.

Pasado el tiempo, el autor escribió un libro sobre la experiencia. Entre otras cosas, el escritor observa que antes de comenzar este tratamiento –es decir, cuando su mente era típicamente de “hombre”,  por así decir– sentía que navegaba (por la vida, se entiende) a bordo de un trasatlántico. Mientras que, como “mujer” (por el influjo de este tratamiento hormonal) le parecía que navegaba a bordo de un velero, pasto de las olas…

Las mujeres que me entiendan que levanten la mano. El resto puede pasar directamente a esta viñeta:

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Traducción :  

–Estaba pensando en todos mis problemas  –Estaba pensando en todo el dolor del pasado y… –Estaba pensando en toda la incertidumbre del futuro –Y estaba pensando pobre, pobre de mí –Y después estaba pensando en lo rápido que pasa el tiempo –Y estoy pensando en que nada tiene sentido. ¿Qué puedo hacer? –Deja de pensar.

La viñeta y la cita pertenecen al libro Guardians of Being. Spiritual Teachings from our Dogs and Cats

Soledad, narcisismo y Facebook

Todo lo que mueve Facebook es mastodóntico. El precio fijado para su salida a bolsa, esta mañana, equivale a valorar la empresa en unos 82.000 millones de euros. Significa que la red social vale en el mercado casi lo mismo que Telefónica y el Banco Santander juntos. Tiene 845 millones de usuarios, nunca se cansa y sus usuarios generan millones de comentarios y fotografías cada día.  

Hasta ahora, las preocupaciones con respecto a Facebook se centran en las polémicas con respecto a la privacidad y la recolección de datos. Pero su capacidad para redefinir nuestro concepto de identidad y satisfacción personal es mucho más preocupante. E igualmente mastodóntica. 

A pesar de que las redes sociales, como Facebook o Twitter, nos permiten estar más conectados que nunca, nunca hemos estado más solos, ni hemos sido más narcisistas. Esta es la tesis de un interesante ensayo de Stephen Marche en la revista The Atlantic del tipo que nunca, jamás de los jamases, se lee en la prensa española, para nuestra desgracia. 

“Vivimos en una acelerada contradicción: cuanto más conectados, más solos estamos”, señala Marche. El autor apunta a la paradoja de que las redes sociales podrían estar contribuyendo al aislamiento que querían conquistar, y explica por qué. Entre otras cosas: es la calidad y no la cantidad de interacciones con otros lo que importa. Por otra parte, la soledad es un estado psicológico, independiente de las condiciones de fuera.

“En el mundo occidental, los médicos han comenzado a hablar abiertamente de una epidemia de soledad”, dice Marche. Y, aunque se refiere principalmente al planeta americano, cabe sospechar que los satélites no andamos tan lejos. Allí, al igual que aquí, crecen como setas los psicólogos, trabajadores sociales, terapeutas de todo pelaje, coaches. Un montón de profesionales que se ganan la vida procurando alivio de una versión u otra de la soledad, un mal con nefastas consecuencias para la salud. Si te sientes solo tienes más posibilidades de estar obeso, padecer depresiones y desajustes hormonales, insomnio, y, en suma, morir antes.

Pero volvamos al tema que nos ocupa, cuyos orígenes están mucho más atrás. Ya en el 1998 comenzó a hablarse de la  “paradoja de internet”: hay más oportunidades para contactar pero una gran falta de contacto humano. De ahí podemos saltar a  la pregunta del huevo y la gallina: ¿produce soledad internet, o la gente solitaria se siente atraída a la red?

Un estudio elaborado en Australia hace cuatro años podría tener la respuesta. Titulado ¿Quién usa Facebook?, esta investigación muestra, entre otras cosas, la tendencia de los individuos neuróticos y solitarios a pasar más horas en Facebook que los individuos no solitarios.

John Cacioppo, autor del libro Loneliness (Soledad), cree que la gente traslada traslada a Facebook sus amistades, así como sus sentimientos de conexión o soledad. La profundidad de tu red social fuera de Facebook es lo que determina la profundidad de la red social dentro, y no al revés. En esta transferencia, lo que ocurre es que Facebook no destruye amistades, pero tampoco las crea. En un experimento, Cacioppo estudió la conexión entre la soledad de los individuos y la frecuencia con que interactuaban online. El resultado es que cuanto más grande sea la proporción de interacciones frente a frente, menos soledad experimentas. Y viceversa: a mayor interacción online, mayor soledad.

Si las redes sociales te sirven para organizar un partido de fútbol entre tus amigos, eso es saludable. Si usas las redes sociales en lugar de jugar al fútbol, eso es no saludable.

La otra cara de la moneda de la soledad es el narcisismo, cuyo crecimiento es similar al de aquella, y su correlación con Facebook es significativa: "Facebook nos niega un placer cuya profundidad habíamos subestimado: la posibilidad de olvidarnos de nosotros mismos durante un rato, la  posibilidad de desconectar".  

Un minuto de vida

En los últimos días me he topado con varios vídeos en los que los autores, cada uno a su estilo, recogen los primeros años de vida de sus hijos en un "fast forward" que dura unos pocos minutos. Esto quiere decir que vemos al niño en la cuna, regordete y sonriente y, un momento después, con acné y cara de malas pulgas. Ahora que cada vez más personas supuestamente amigas me recomiendan que me tiña el pelo, y cuando todo ha de resumirse a los dichosos 140 caracteres, estos vídeos me causan desasosiego.

¿Cómo sería tu vida si tuvieras que resumirla en unos cuantos minutos? ¿Qué momentos escogerías? ¿Qué asuntos vitales quedan pendientes? ¿Y qué has tachado ya de la lista, como la mosca de aquí abajo? El árbol, el hijo, el libro, ¿están pasados de moda?  

 

De mosquita muerta, nada.

Mi ruta de los 140 caracteres: @nataliamartin

Dos idiomas, dos mundos

Esta andadura comenzó hace casi cuatro años, cuando escribía sobre la España que encontré tras pasar varios años fuera. Ha pasado el tiempo, pero no me he quitado de encima la manía de las comparaciones. Y últimamente, ahora que la lista de despropósitos que afligen al país es más larga que los cabellos de Julieta, me descubro comparando insistente, enfermizamente.

¿Tendrá el lenguaje, nuestra forma de expresarnos, parte de la culpa? No, claro que no. Pero me llama poderosamente la atención este artículo sobre bilingüismo recién publicado en la revista New Scientist (hay que registrarse para acceder) que pone de manifiesto hasta qué punto nuestra memoria, valores e incluso personalidad pueden cambiar en función del idioma que se utilice.

El lenguaje está tan ligado al pensamiento y al razonamiento que los investigadores citados en el artículo se preguntan si las personas bilingües actúan de forma diferente en función del lenguaje que están usando en cada momento.

Por ejemplo, un experimento muestra que los bilingües en japonés e inglés usan finales muy diferentes dependiendo del idioma. Al terminar la frase “los amigos de verdad deben…” en japonés respondían “… ayudarse los unos a los otros”. Mientras que en inglés optaban por “… ser muy honestos”. Los bilingües, explican los investigadores, usan diferentes canales mentales. Uno para cada lenguaje, casi como si tuvieran dos mentes diferentes.

Lera Boroditsky, de la Universidad de Stanford, cree que a los hispanohablantes se les da peor recordar quién causó un accidente que a los anglosajones. ¿La explicación? El uso constante de frases impersonales en las que se excluye el sujeto. En el estudio se cita la frase “se rompió el florero”. Pero a mí me vienen a la mente un montón de discusiones sobre política o la vida en general en las que el sujeto brilla por su ausencia, del tipo “no nos van a dejar nada”, “se van a quedar con todo” o “a la gente le toman el pelo”.

Este uso del lenguaje potencia la idea de que los errores y las mentiras del gobierno de turno o las numerosas corruptelas forman parte de una gran conspiración orquestada por una mano invisible e inteligente, y nos convierte en indefensos y vulnerables. Porque tenemos, así, la sensación de que nada se puede hacer contra unas omnipotentes (e innombrables) Fuerzas del Mal.  

El bilingüismo es, en fin, un “microscopio extraordinario en la mente humana”, en palabras de Laura Ann Petitto, de la Universidad Gallaudet en Washington DC. Cuanto más se estudia, más beneficios se descubren. Entre otras: la gente bilingüe es más empática y se le da mejor colocarse en el lugar de otra persona; el bilingüismo ayuda a combatir el envejecimiento y mejora lo que los investigadores llaman el “sistema ejecutivo” del cerebro: un conjunto de habilidades mentales que incluyen la capacidad de saltar de una tarea a otra sin confundirte o bloquear la información irrelevante para concentrarte en la tarea que tienes delante.

Nunca es tarde para dejar que crezca esa "segunda mente". O eso dicen los investigadores, que aseguran que puedes aprender un lenguaje a cualquier edad y mejorar así tu sistema cognitivo. Con un poco de suerte, las próximas generaciones dejarán de favorecer las frases impersonales, contra las que nada podemos hacer, y optarán por los nombres y apellidos. 

Obesidad mental

Es el título de un polémico libro escrito en 2011 por Andrew Oitke, un profesor de antropología de Harvard, que dice que la obesidad mental –el exceso de información “basura”, que sustituye al conocimiento sostenible y duradero– es el principal problema de la sociedad moderna.

A pesar de que lleva tiempo rulando por Facebook y otras redes sociales, el libro no existe. Y el profesor, tampoco (al menos, hasta donde he podido averiguar). Pero eso no quiere decir que no sea interesante:

“Nuestra sociedad está más abarrotada de preconceptos que de proteínas; más intoxicada de lugares comunes que de hidratos de carbono; la gente está viciada de estereotipos, de juicios apresurados, de prejuicios, de pensamientos tacaños, de condenas precipitadas; todos opinan de todo, pero no saben de nada”, dice el supuesto libro del supuesto profesor.

Ignoro cuál es la fuente, pero imagino que la idea de colocar en un texto corto las palabras mágicas Harvard + antropología + profesor + “obesidad mental” ha obrado el milagro de lo viral. Su propia existencia es una prueba más de la necesidad de hacer dieta mental.

Leer los diarios es, desde hace tiempo, deprimente. Días de poco, vísperas de nada, nos repiten machaconamente, una y otra vez, sin dejar alternativas a ninguna otra posibilidad.

Pero siempre es posible mirar hacia otro lado. Sin ir más lejos yo ayer miré a la pantalla para ver Blackthorn (Sin destino). El genial Sam Shepard interpreta a un envejecido Butch Cassidy, el ladrón de bancos de “Dos hombres y un destino”. Cassidy pierde su fortuna cuando el caballo, cargado con las alforjas  llenas de dólares, sale corriendo asustado. Y entonces dice algo así como “estoy en posesión de mi mismo. No hay ninguna riqueza superior a esta”.

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En los Western –incluído este– siempre hay alguien que dice algo así como "este es un día tan bueno como cualquier otro para morir". Claro que son vaqueros sin hijos, ni iPhone ni perro que los ladre. Es otra opción. Y de obesos, nada; flaquitos, flaquitos. 

Simplicidad voluntaria

"No se trata de apretarse el cinturón. El concepto de simplicidad voluntaria es la elección de un nuevo arte de vivir que privilegia el ser al estar, el ser al parecer, la frugalidad al despilfarro. Al desoír las sirenas del consumo excesivo, accederéis de manera natural a una mayor libertad, plenitud y conciencia ecológica en la vida diaria".

Parafraseo de un librito muy recomendable, La simplicidad voluntaria en 130 consejos prácticos, donde el francés Philippe Lahille ofrece recetas sensatas (aunque a contracorriente) para simplificar la salud, la comida, los viajes, la vivienda o la familia. En suma, todos los aspectos de la vida.  

Lahille advierte de que si esta simplificación no se compensa con una riqueza interior, la distancia tomada con relación a los bienes materiales creará un vacío: “La compensación vendrá del interior: la amistad, el amor, la creatividad, el don de uno mismo, de sus talentos o de su tiempo, el compartir, la cultura, el enriquecimiento interior. Esa riqueza que no os abandonará jamás, esa fortuna que haréis nacer en lo más profundo de vosotros mismos. Aprenderéis a ser vosotros mismos, a forjar vuestras propias opiniones en una sociedad que no ha cesado de orientar vuestros deseos en el sentido de sus propios intereses”.  

Recomiendo el librito al mismo tiempo que una película, Le Havre. Los protagonistas de la última entrega del director finlandés Kaurismäki me hicieron recordar la idea que ya expresé hace unos días cuando hablaba de la importancia de ocupar tu interior: son gente que no posee nada, pero se tienen a ellos mismos.

En la idea de la simplicidad voluntaria no hay misticismos de ningún tipo. Al contrario; es bien práctico ya que, como recuerda Lahille, los decrecentistas serán los mejor preparados para soportar cualquier crisis económica o social, tanto en el plano material como psicológico.

¿Cómo ponerlo en práctica ya mismo? Se aproxima el Día de la madre. Quizá puedas obsequiar a tus hijos con un certificado de exención de regalo. O quizá puedas presentar a tu madre un vídeo tan gracioso como este: 

 

Juntos, podemos

Los animales que aparecen en el dibujo de abajo quieren probar a qué sabe la Luna. ¿Será dulce o salada? La tortuga lo intenta, subiéndose a la montaña más alta, pero no llega. Pide ayuda al elefante. Sobre el elefante se encarama la jirafa; sobre la jirafa la cebra. Y así sucesivamente hasta que el ratón, por fin, llega tan alto que puede probar un pedacito. Es uno de mis libros infantiles favoritos.Luna

¿A qué sabe la luna? es un libro de Michael Grejniec

Ya que la cosa iba de vídeos, quizá no hayáis visto todavía esta serie protagonizada por otros animales que también se juntan para conseguir lo que quieren y defenderse. Que viene a ser lo que más necesitamos en este momento. 

   

 

El primer baño de un bebé

Tengo la sensación de que todo lo que escriba  aquí estará de más.

Únicamente decir que he encontrado este vídeo en una revista dedicada al yoga y la meditación, donde se decía lo siguiente:

"Este vídeo conseguirá en cinco minutos lo que, meditando, te llevaría dos horas.(...) ¿Cuál es la diferencia entre estar aburrido y estar en paz? Probablemente, la magia y belleza de la inocencia que emerge cuando estamos verdaderamente abiertos". 

  

 

La inspiración de la Barbie calva

La muñeca Barbie ha sido objeto de controversias de todo tipo desde su nacimiento, allá por 1959. Pero ahora su fabricante, Mattel, acaba de apuntarse a una buena causa: se quedará calva para consolar a los niños con cáncer en Norteamérica.

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Yo no estoy calva, pero esta mañana durante el desayuno –y tras pasar una noche no de perros, sino más bien de insectos– descubrí que tengo la cabeza infestada de piojos. La familia entera necesita rociarse la cabeza con gasolina. A esto se añade que el artículo que debería tener para listo hoy no me sale ni para atrás, quizá porque no soy capaz de separar las uñas de la cabeza durante más de dos segundos. Para colmo vivo en un país donde se incumple una promesa electoral cada vez que una mariposa bate sus alas en el otro extremo del globo. Y llueve.

Un día gris, en suma. Abro el correo electrónico y me encuentro con un montón de fotos y mensajes de inspiración del tipo “tú eres tu propia obra de arte”. Lejos de levantar el ánimo, me deprimen más. Creerse estas cursiladas sería como comerse la tarta de chocolate que desde hace varios siglos decora el escaparate de la panadería.

La anti-inspiración es lo que funciona. Lo que necesitas recordar, al fin y al cabo, es que no eres el único niño calvo en el mundo, ni la única plumilla quemada, ni la única ciudadana decepcionada. Eso es lo verdaderamente reconfortante.

El columnista Oliver Burkeman recopila interesantes ejemplos de cómo las personas exitosas también pecan de desordenadas, vagas o inseguras. Como el resto de nosotros, vaya.  En 1883, después de haber publicado Retrato de una dama, el novelista británico Henry James todavía se consideraba a sí mismo un fracaso, tal y como se refleja en su diario: “Debo hacer grandes esfuerzos durante los próximos años, si no quiero ser un fracasado total (…) Seré un fracaso a menos que haga algo grande”.

Yo no pegaría palo al agua sin mi Pomodoro, pero lo de BF Skinner, uno de los psicólogos más renombrados (y polémicos) de la corriente conductista, es peor: para obligarse a trabajar encadenada un reloj a la lámpara de su mesa y se obliga a fichar cada vez que salía de su oficina. Y eso que él no tenía cuenta en Facebook.

Los diarios de Leo Tolstoy son otro ejemplo de anti-inspiración. Al parecer el novelista estaba obsesionado con la disciplina, y constantemente se imponía nuevas normas como levantarse a las 5 de la mañana o caminar durante una hora todos los días. Reglas que se saltaba constantemente para acudir a los burdeles y a las casas de apuestas.

O sirva el ejemplo de Harry Truman, cuya suegra nunca llegó a considerarlo como suficientemente bueno para su hija, ni siquiera cuando era presidente de EEUU.

No se trata de aprobar la reprensión a uno mismo, señala Burkeman. El propósito de la anti-inspiración es recordarte que tu atmósfera mental es una guía muy poco fiable de tus éxitos o fracasos. Y, como sólo tienes acceso a tu atmósfera interior, no te das cuenta de hasta qué punto otras personas, incluso cuando al alcanzado los mayores éxitos, son víctimas de lo mismo.

La felicidad es relativa, concluye Burkeman. Una manera segura de sentirse bien es convencerte de que eres superior, de alguna forma, a otras personas. Igualmente alentador es encontrar el modo de percibir que los otros no son superiores a ti.

Si os sirve de algo, aquí sigo rascándome la cabeza. 

Contradicciones en tiempo de crisis

Son tantas que podríamos emplear a varios cientos de parados en catalogarlas. He aquí una pequeña muestra de antes de la guinda, la escapada del Rey. El Rey, el hombre que en su último discurso televisado, la pasada Nochebuena, dijo que “todos, sobre todo las personas con responsabilidades públicas, tenemos el deber de observar un comportamiento adecuado, un comportamiento ejemplar”.

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Me estremecí al ver esta imagen, hace unas semanas (tomada de aquí). Según la ONG WWF-Adena, cuyo presidente de honor es, como se sabe, el rey Juan Carlos, se augura la extinción de los paquidermos en 50 años en muchos lugares si no se implantan más medidas de conservación.

El final de los elefantes no es como el de los escarabajos, con perdón para estos bichos. Una aplasta un escarabajo y sigue haciendo vida normal, sin que el orden del universo sufra alteración aparente. Con un elefante es distinto. Ahí está la deidad Ganesha, el destructor de obstáculos en la simbología india, para recordárnoslo.

Salvo, claro está, que no hagas distingos; el mundo parece ser, para algunos, un inmenso recipiente lleno de seres a los que abatir. Creo que tenía razón quien dijo que, desde el Titanic, no hemos dejado de hundirnos.

Las contradicciones que más duelen llegan de las personas a las que admiramos. A mí me ha dolido, por poner un ejemplo reciente, que el monje budista Matthew Ricard haya participado en el Congreso de la Felicidad organizado por Coca-Cola la semana pasada. En sus libros, Ricard expone con brillantez cómo la felicidad es algo que va de desde dentro hacia fuera, a la inversa de lo que propone Coca Cola, y no necesita elementos externos para sostenerse. El siguiente paso es encontrarse al Dalai Lama esponsorizado por Rolex. 

Así las cosas, cada vez es más difícil distinguir entre las noticias reales, las de los medios “de verdad”, y las de coña. Como dice Toni Garrido en su blog aquí al lado, la labor de los cómicos en este país nunca ha sido tan complicada: tienen a toda la clase dirigente haciendo su trabajo. 

Natalia Martín Cantero


Soy periodista y profesora. En este espacio hablo de bienestar integral; si lo consigues me cuentas cómo.
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