9 posts de octubre 2008

Halloween y el anticristianismo

Pensé que me iba a librar, pero no: "Entonces, ¿de qué vas a disfrazar a tu hija?" Me pregunta una madre al salir de la guardería. "Clara se va a vestir de Sevillana", añade. Resulta que por 20 euros puedo conseguir un traje igual al de Clara en el bazar chino dos calles más allá de mi casa (el mismo donde me he provisto de dos escobillas para el baño, seis tenedores, un azucarero que se rompió al día siguiente y gomas para el pelo).

Siempre he tenido un poco de manía a esta fiesta tan insulsa, tan yanqui y tan exportable. Ya me reventaba el bombardeo de las calabazas iluminadas en el mall de Stonestown, en San Francisco, pero eso no es nada comparado con verlas en los escaparates de la calle Preciados.

De todos modos hoy he encontrado un motivo para encariñarme un poquito con este día. Resulta que la Conferencia Episcopal está mosca con esta fiesta ya que, según dice, "no es inocente, pues tiene un transfondo de ocultismo y de otros tipos de corrientes que va dejando su huella de anticristianismo".

Corro a comprarme mi traje de sevillana y una careta de Hulk.

Botox, pero en la sesera

–¿Cuántos años tienes?
–Por lo que puedo recordar, siempre he existido.
("Momo")

Qué manía la de los bares y restaurantes de tener encendida la televisión a todas horas, aunque entre el estruendo de las conversaciones y los de la máquina del café siempre se quede muda y casi nadie la esté viendo. Bueno, casi nadie, no: en el transcurso de una de esas inacabables comilonas familiares que te dejan tiesa es fácil que la mente se quede en blanco y que los ojos se te vayan, involuntariamente, a la pantalla.

Es así como el otro día me topé con un reportaje sobre “tratamientos precoces contra el envejecimiento”. Casi me atraganto con el hueso de la aceituna: una mujer de unos 20 años cubierta por una exigua toalla se tendía en una camilla y se dejaba aplicar diferentes lociones y jeringuillas (de Botox , supongo. Es lo que tiene ver la tele sin sonido).

A partir de aquel momento creí percibir lo que se me antoja como una plaga de anuncios publicitarios antiarrugas, del estilo de los que incluyo en las imágenes de arriba, en farmacias y otros establecimientos. ¿Qué pasa con las mujeres españolas? ¿Se han vuelto todas viejas de repente?

Supongo que a mi edad debería cerrar el pico y salir corriendo a comprarme uno de esos tratamientos “precoces”. En lugar de eso, me quedo con este ingenuo eslogan publicitario: tus arrugas tienen los días contados.

¡Pues claro!

Filetes de merluza y sugus de naranja

A veces las cosas sencillas son las que marcan las grandes diferencias. Pero como resulta difícil hablar de ellas, suelen caer en el olvido. Pongamos por caso: la pescadería. Asunto marujil donde los haya, una no quiere/no sabe cómo abordar el relato de una visita al mercado sin caer en la retórica de las amas de casa a tiempo completo (sin ofender), o sin copiar a un Millás de la vida, uno de esos capaces de escribir varios folios sobre la tapa de un bolígrafo Bic sin aburrir a su audiencia.

Vamos allá: pido mi vez y me sumerjo en un mundo fantástico de mi marido y las alubias con chirlas, mi hijo y la pescadilla; ponme unos mejillones, la cabeza para el caldo, a cuánto está el lenguado, también unas gambitas. La crisis: “cuando llueve, nos salpica a todos”, sentencia el pescadero mientras enchufa la mesa de cortar con la manguera, raspa, pesa, envuelve, me da el cambio y un sugus de naranja para mi hija.

En la panadería la niña escupe el sugus para zamparse su correspondiente pedazo de pan. El panadero, que ya nos conoce, le da la vuelta y ella la guarda cuidadosamente en el monedero del carrito de la compra. ¡Carrito de la compra! Resulta que ya no hace falta conducir cinco kilómetros para comprar un cartón de leche y una magdalena. Resulta, de hecho, que en la manzana alrededor de mi casa hay mercado, panadería, quiosco, farmacia, zapatería, herbolario o tienda de decoración de hogar. (De todo, en fin, menos acceso a Internet) .

Los que conozcan o hayan vivido en el mundo norteamericano –o en uno de tantos otros donde es imposible encontrar un filete de merluza de menos de un año de antigüedad– que levanten la mano y, por favor, me digan si esto es o no un pequeño milagro.

(foto de Sergio)

Angels, Lolitas, Preteens


Con la imagen de esos niños de El Gallinero todavía en la retina, me apunto a esta campaña contra la pornografía infantil en Internet que lanza hoy La Huella Digital:


La pornografía infantil en la Red es una lacra imparable que ensucia nuestras vidas cada día. La presión policial con macroredadas no es suficiente para detener las malas prácticas de estos individuos, que actúan desde el anonimato que puede brindar la Red golpeando las vidas de cientos de niños, incluso bebés, en busca de un deseo sexual depravado y enfermizo.


Por eso entre todos los internautas debemos ponernos manos a la obra y meter el máximo de ruido en el ciberespacio. El objetivo de esta blogocampaña, que arranca hoy, es que el próximo 20 de noviembre (Día Universal del Niño ) cientos de blogs escribamos un post en el que aparezca la frase Pornografía infantil NO para sembrar los buscadores de Internet de severas críticas a esta vergüenza humana y social.

De esta forma conseguiremos que las ciberbúsquedas de las palabras pornografía+infantil al menos golpeen las conciencias de tanto salido mental. En el post podéis colar términos de búsqueda empleados por los pederastas y pedófilos como "angels", "lolitas" o "preteens" para llegar adonde queremos llegar.


El gallinero


Ya estaba yo con la pila puesta para dedicar más espacio a ese montón de asuntos de naturaleza positiva con los que me estoy topando desde que volví. Pero abro el diario y me encuentro con estas espeluznantes fotos sobre la pobreza extrema del asentamiento de El Gallinero, en Madrid, y no sé muy bien qué hacer con ello excepto colocar alguna imagen en este blog.

Aprovecho, eso sí, para recordar que hoy es el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, aunque ese título tan rimbombante no me da muy buena espina. (Y, sobre todo, sugiere que los demás días no lo son).

Vaya lujazo

Mi amiga T. me dice que soy injusta con España por lo negativo de algunos posts, como este último de las guarderías. Pero como T., que vive en Washington, lleva varios meses dedicada a escribir unas quince crónicas diarias sobre Obama, McCain y el fontanero Joe, inicialmente descarto su comentario e imagino que ya no debe “pensar derecho”, como dicen los brasileños.

Pero no. Tiene razón. Echo las cuentas y resulta que, si continuase viviendo en Estados Unidos (o en Brasil: su sistema educativo es todavía más penoso que el estadounidense) tendría que pagar guardería hasta que mi hija cumpliese seis años. O sea, otros tres años. A razón de unos 1.200 dólares mensuales (lo que cuesta, como media, un centro infantil en San Francisco, donde vivía antes de salir del país), me parece que daría para un descapotable.

Escuela pública y de relativa calidad a partir de los tres años, más seguro médico gratis (como sabéis, en Estados Unidos no existe la seguridad social al estilo europeo) pueden considerarse motivos más que suficientes para decidir volver a tu país.

Vaya lujazo.

La guardería

Dejamos atrás la caja registradora y entramos, tras empujar una barra de metal al estilo de las que antes había en el metro, en una gran habitación con piscina de bolas de colores, toboganes de plástico y otros divertimentos infantiles. ¿La sala de juegos de un McDonald´s? No. Se trata de Chiquitín, una inmensa cadena de guarderías (más de 20 en Madrid) que amenaza con hacer con los niños lo que ya nos sucede a los mayores. O sea: que vivimos en Ikea, vestimos de Zara y comemos de Carrefur. Como quien dice.



Cuando pensé que mi hija, esa inocente criatura, podría pasar el año ahogada en esa piscina de bolas de colores, comiendo croquetas congeladas en una habitación decorada exactamente igual a la de otros cientos (o miles) de niños en España me acordé de Orwell y de ese cuento de Quim Monzó ("Casa con Jardín" es el título) en el que un hombre que vive en una moderna urbanización de las afueras donde todos los chalés son idénticos entra en una casa que no es la suya, pero ni se entera. De modo que proseguimos nuestra misión en busca de una guardería privada (las plazas en las públicas se agotaron en primavera, como asumo que todo el mundo sabe), objetivo todavía más difícil si se tiene en cuenta que la niña, como los progenitores, no come carne.


“Si tiene una alergia, pues sí. Pero por capricho, no”, nos explicó el director de un centro infantil que, por el módico precio de 500 euros al mes, estaba dispuesto a alojar a nuestra hija, en compañía de otros 18 mocosos, en aproximadamente tres metros cuadrados, sin patio de juegos ni perro que los ladrase. Como ese y otros “caprichos” nos parecían importantes, salimos de allí escaldados. Sólo para toparnos con otros centros que, sin llegar al extremo de Chiquitín, caen en una especie de robotización infantil, con métodos educativos que consisten en tener a los niños sentaditos en sus mesas día sí y día no repasando los dibujos del método Everest.

El edredón

Voy a comer a casa de unos familiares y me sacan una moderna vajilla blanca con un dibujito negro y cubertería, me dicen, diseñada por Mariscal. Unos días después, mi amiga P. pone la mesa con idénticos platos y cubiertos. ¿Ikea? Qué va: se trata de la promoción que lanzó un diario unos años atrás, según me explica.

Desafortunadamente, he llegado tarde a los platos, que tan bien me irían en estos días de mudanzas; a la bicicleta plegable para llevar en el metro; al patinete que ofrecía el deportivo Marca; a las variadas colecciones de libros y vídeos y a los ya famosos croissants de La Razón. Pero el lunes comencé a pegar los cupones para hacerme con el edredón nórdico que ahora regala El País.

Me parece que se trata de un fenómeno sin parangón. En otros países, salvo curiosas excepciones, como la del diario estadounidense que regalaba un examen médico para detectar el cáncer de próstata, lo más que te llevas son dos kilos de cupones de descuentos con el periódico del domingo. Pero aquí esta parece ser la solución más popular ante la crisis del papel. Sin éxito a medio o largo plazo, por supuesto (Prisa, el grupo editor de El País, se desplomó ayer en bolsa, por cierto). Casi lo prefería cuando el periódico se utilizaba para envolver bocadillos.

¿Un poco mayor?

Me cuentan que, de niña, solía decir “nesecita” en lugar de necesita. En otro cruce de letras, todavía ahora en ocasiones dudo entre “catapaz” y capataz, quizá para disimular lo horroroso del palabro. El caso es que la falta de ortografía en el cartel de la imagen de arriba me llamó tanto la atención que, inicialmente, ni me percaté del resto: 16 a 21 años.

Cuando pensé que sobrepasaba en más de quince años la edad límite apropiada para despachar botas y abrigos me entró un súbito dolor de cabeza y tuve ganas de entrar y armar la bronca, o probarme varios pares de zapatos de diferentes números sin comprar ninguno. Claro que entonces tendría que hacer lo mismo en la tienda de ropa infantil donde a una conocida de 35 años le explicaron que estaba “un poco mayor”, o protestar ante esas empresas periodísticas que buscan redactores de no más de 28 años (y siempre con carné de conducir, lo que resulta de lo más sospechoso).

En otros mundos (EEUU entre ellos) es ilegal preguntar la edad del candidato –entre otras cuestiones, como estado civil– en una entrevista de trabajo, excepto en el caso de que se trate de un condicionante que imposibilite su desempeño. A ver si algún día, entre Starbucks y Starbucks, esas cafeterías estadounidenses que crecen como setas en Madrid o Barcelona, se nos cuela esta buena costumbre yanqui.


Natalia Martín Cantero


Este blog ha dado tantas vueltas como su autora. Ahora, en China.
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