Halloween y el anticristianismo
Pensé que me iba a librar, pero no: "Entonces, ¿de qué vas a disfrazar a tu hija?" Me pregunta una madre al salir de la guardería. "Clara se va a vestir de Sevillana", añade. Resulta que por 20 euros puedo conseguir un traje igual al de Clara en el bazar chino dos calles más allá de mi casa (el mismo donde me he provisto de dos escobillas para el baño, seis tenedores, un azucarero que se rompió al día siguiente y gomas para el pelo).
Siempre he tenido un poco de manía a esta fiesta tan insulsa, tan yanqui y tan exportable. Ya me reventaba el bombardeo de las calabazas iluminadas en el mall de Stonestown, en San Francisco, pero eso no es nada comparado con verlas en los escaparates de la calle Preciados.
De todos modos hoy he encontrado un motivo para encariñarme un poquito con este día. Resulta que la Conferencia Episcopal está mosca con esta fiesta ya que, según dice, "no es inocente, pues tiene un transfondo de ocultismo y de otros tipos de corrientes que va dejando su huella de anticristianismo".
Corro a comprarme mi traje de sevillana y una careta de Hulk.



