7 posts de noviembre 2008

Castañas puntocom

Parece que no hay escritor que se precie que no haya dedicado algún artículo a las castañas asadas. Que si el paso del tiempo, que si el aroma del invierno de su infancia, que si los delantales sucios de las castañeras… “No necesita otra propaganda ese modesto negocio que el suave, el fragilísimo olor de las castañas asadas propagándose perezosamente en el aire frío”, escribe, por ejemplo, Trapiello.

Las castañas asadas son un poco la versión española de la famosa magdalena de Proust, y su llegada una excusa para abundar en la nostalgia.

Este post aparece con retraso, claro, y además pretendo darme un respiro antes de volver a hincar el diente al nutritivo asunto de la saudade. A estas alturas del año más bien tocaría hablar de esas luces navideñas que se acaban de encender (porque a determinados asuntos nunca llega la crisis) o incluso de la llegada de este frío tan intenso que tenía ya olvidado; vivir con estaciones puede llegar a hacerse raro.

El caso es que el otro día me encontré con una versión cibernética de las castañas asadas y me dio no sé qué. Castañas para reuniones de empresa, para reuniones sociales, para centros educativos… Al toparme con sucursales de este imperio castañil en varias ciudades españolas y recorrer la página en Internet de la tienda me pregunté dónde habría quedado, entre otras cosas, la figura de la castañera, “envejecida criatura del averno con el rostro tiznado” (de nuevo Trapiello).

Entonces sí que sentí una cierta morriña, aunque no sabría muy bien explicar de qué.

Mario Conde y los pimientos de padrón

Cosas que no han cambiado: este título es un filón. Me da para escribir sobre los tricornios de la Guardia Civil, las fiestas de Cantimpalos y las batas de guata de mis vecinas, por lo menos.

Comienzo por Mario Conde. Me llega por casualidad la dirección de su blog, una bitácora con reflexiones bien escritas y fotografías muy monas. Me quedo embelesada con su vídeo sobre los Picos de Europa y por unos momentos se me olvida quién es el autor. Después me topo con la cabeza engominada y me da un poco de yuyu. La última vez que oí hablar de él tenía para rato en la cárcel Alcalá-Meco, y se me hace raro imaginármelo ahora de claustro en claustro y de montaña en montaña.

Hago una búsqueda en Internet y me encuentro con lo que todos sabéis. Que pagó una fianza de 500 millones de pesetas para eludir la cárcel (¿de dónde saca alguien 500 millones de pesetas?). Que se presentó a las elecciones en el 2000.

Perdonad mi ignorancia, seguro que en su día leísteis artículos a porrillo que le ponían a caldo. Yo acabo de enterarme de que anda tan pimpante por ahí, arrullado por los cantos gregorianos. Creo que a veces las personas cambian, y los chorizos dejan de serlo. Pero incomoda ver al responsable de semejante rapiña subido al púlpito espiritual.

Me mosqueo tanto que estoy a punto de darle la razón a Elvira Lindo, que el domingo concluía un artículo así: “A veces pienso que si yo fuera extranjera me encantaría España. Lástima que no”.

A mí con España me pasa como con los pimientos de padrón. Cuando me entero de esto de Conde, o cuando veo que la Preysler, la Obregón y la pandi de siempre continúan ocupando las portadas de las revistas de cotilleo –por no hablar de las entrevistas a los ex presidiarios Luis Roldán y Julián Muñoz, culminación del género telebasura– este país al que he vuelto me pica en el estómago.

La hoguera se extiende por todo el cuerpo al leer la última perla de Esperanza Aguirre :“… hay héroes como Miguel Ángel Blanco y canallas como el Che Guevara”.

Cielos, ¿dónde queda la salida de incendios?

Como en casa, en ningún sitio

Vuelvo al líquido elemento en una de sus manifestaciones más ordinarias: el café con leche. Cada vez que saboreo un simple cafelito en la barra del bar al son de la máquina tragaperras me acuerdo de las lamentaciones de mis familiares de visita en Estados Unidos. Sus quejas eran muchas y variadas, pero la que viene al caso es la siguiente: “¿Y esto? –ante la taza hasta arriba de café americano– ¡Pero si es agua de fregar los platos!”

He llegado a la conclusión de que el café con leche (o su falta) es una de las piedras angulares de las quejas de los españoles cuando viajan fuera. Los otros dos mantras que se escuchan con más frecuencia a la hora del almuerzo son:
a) una comida sin pan no es comida y
b) como en casa, en ningún lado.

Antes de pasar página hacia asuntos más sólidos comparto con vosotros una curiosidad. En uno de esos restaurantes que se resisten a ponerte la jarrita de agua famosa nos sirvieron el otro día una botella con la siguiente denominación de origen:

“Procedente de una de las zonas donde se elaboran unos de los vinos más solicitados de la buena mesa”.

Quien adivine el acertijo se lleva una buena taza de café con leche. Pero del de verdad, oiga, nada de agua de fregar los platos.

San Francisco y la nostalgia

El programa de viajes de RNE Nómadas dedica el capítulo de esta semana a San Francisco. En mi casa lo escuchan (está colgado online, basta pinchar en el enlace) se ríen con la pequeña aportación de mi hija Ananda y nos preguntan si sentimos nostalgia.

Continúo leyendo el “San Francisco Chronicle”, sobre todo para no perder la pista de mis columnistas favoritos, como Paul Madonna. Reproduzco aquí abajo su última tira/dibujo/columna/poema –es difícil de clasificar– junto con la transcripción y traducción del texto que lo acompaña.

“On warm San Francisco nights you dangled a small microphone out the open window and sat in a chair with your eyes closed.
Do you ever listen to any of those recordings?
And if so, what stories play in your head as the sounds take you back?”

“En las noches templadas de San Francisco sacabas un pequeño micrófono por la ventana y te sentabas en una silla, con los ojos cerrados.
¿Escuchas alguna vez esas grabaciones?
Y si es así, ¿qué historias te vienen a la cabeza, mientras esos sonidos te llevan atrás?”

¿Sentimos nostalgia? Pues claro.

Agua, por favor

–Y una jarrita de agua, por favor.
–No, agua no tenemos.
–¿Cómo que no tienen agua?
–Bueno, agua sí, sí tenemos. Mineral.
–Pero queremos agua del grifo. Una jarrita de agua del grifo.
–No, lo siento, no servimos.
–O sea, que sí tienen pero no sirven.
–Eso, no servimos.
–Pero si sólo queremos agua del grifo…

Se trata de un diálogo de besugos que se repite con frecuencia en Madrid, ciudad que goza de excelente agua del grifo que buena parte de sus restaurantes es reticente a servir.

Como estoy acostumbrada a que automáticamente me pongan, sin siquiera pedirlo, un vaso de agua gratis nada más sentarme a la mesa (helada, eso sí, una extraña costumbre norteamericana) a veces mantengo conversaciones con los camareros que hacen sonrojar a los comensales que pagan sin rechistar por lo que a mi juicio debería ser gratis.

Lo del pago es sólo una pequeña parte del problema, claro está. ¿Por qué contribuir al despilfarro y la gigantesca degradación medio ambiental que generan las botellas de agua? ¿Por qué colaborar al enriquecimiento de imperios como Coca-Cola o Pepsi que básicamente se dedican a vender el agua del grifo , previa expropiación? Think before you drink . Piensa antes de beber.

Recomiendo a quien disponga de unos minutos –o sea, todos vosotros, puesto que estáis leyendo estas líneas– que eche un vistazo a los enlaces que incluyo en el párrafo anterior. Y, sobre todo, paciencia para reclamar nuestra próxima jarrita de agua. A ver quién se atreve en su próxima comida de trabajo.

¿Galleta de la suerte o chupito de pacharán?

Todavía guardo en la cartera el papelito que me encontré en el interior de mi última galleta de la suerte en el restaurante chino Koi Palace, en Daly City. Dice algo así como “los consejos, cuanto más se necesitan, menos se siguen", algo que procuro obedecer a rajatabla. Así que ayer, mientras celebraba con unos amigos la victoria de Obama en un chino cercano a mi casa, esperé con anticipación los buenos augurios que a buen seguro traería esa pequeña tira de papel escondida en el interior de la oblea.

Lo necesitaba, porque a título personal (y sumamente egoísta, desde luego) lo sucedido el martes me ha entristecido un poco. Resulta que me he tragado dos mandatos seguidos de Bush y ahora me pierdo esa energía, esas sonrisas, esos llantos y abrazos con desconocidos como los que menciona Anna Bosch .

La cuestión es que, tras el arroz con gambas y los rollitos de langostinos, no nos sirvieron las tradicionales galletas de la suerte, sino una copita de pacharán. Expliqué a mis amigos este asunto de las galletas que ningún chino-estadounidense que se precie deja de servir al final de la comida, pero ellos no lo comprendieron. Donde esté el chupito, para qué quieres la galletita esa, decían. ¡Pero esto es un chino, no un mesón!, protesté. Ni caso.

Mi amiga Rosa, neoyorquina de Zaragoza, me cuenta que nunca había visto a tanta gente “sin la careta del cinismo, expresando una alegría tan pura, creyendo que las cosas pueden cambiar de verdad”.

Sería bonito, en fin, vivir esa experiencia aquí. Que aparezca ese líder capaz de generar semejante entusiasmo y unidad y de decir “Sí, podemos” sin que suene a mensaje de galletita china.

Obama y las piedras

Ayer, cuando me enteré de la muerte de la abuela de Obama (la persona que lo cuidó de niño, para el caso como una madre), traté de imaginar lo que sentiría cualquiera en su pellejo. Te la juegas como presidente del país más poderoso del mundo unas horas después de la muerte de ese ser tan querido y tan próximo.

¿Se atiborrará a tranquilizantes? ¿Se hará hipnotizar? ¡Pero si hasta yo estoy nerviosa ante este resultado tan crucial!

Nos recuerdan los sabios que todo pasa, que todo llega, que no somos más que una confederación de células reunidas en un saco protector al que llamamos piel…
Antes de que me ponga demasiado filosófica y pierda los pocos lectores que hayan llegado hasta aquí voy al quid de este post: las piedras.

Me explico. Antes vivía frente al mar, en medio de una naturaleza desbordante. Aquí, en Castilla, es difícil encontrar refugio en este campo repelado, exprimido por siglos de humanos alrededor; en cuanto a la playa esa de Gallardón, de momento no me la imagino yo. Pero tenemos unas piedras que son un primor.

Si perdiese Obama (diosas y dioses no lo permitan) refugiémonos en esa mirada tranquila y clarísima de la piedra de Zbigniew Herbert:

La piedra es la criatura
perfecta
igual a sí misma
vigilante de sus fronteras
exactamente repleta
de pétreo sentido
con un aroma que a nada recuerda
a nadie espanta, no despierta codicia
su ardor y su frío
son justos y están llenos de dignidad
siento su duro reproche
cuando la apreso en mi mano
y su noble cuerpo
absorbe el falso calor
-Las piedras no se dejan domesticar
hasta el final nos mirarán
con su mirada tranquila y clarísima.

(Versión de Xaverio Ballester).

Natalia Martín Cantero


Este blog ha dado tantas vueltas como su autora. Ahora, en China.
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