Castañas puntocom
Parece que no hay escritor que se precie que no haya dedicado algún artículo a las castañas asadas. Que si el paso del tiempo, que si el aroma del invierno de su infancia, que si los delantales sucios de las castañeras… “No necesita otra propaganda ese modesto negocio que el suave, el fragilísimo olor de las castañas asadas propagándose perezosamente en el aire frío”, escribe, por ejemplo, Trapiello.
Las castañas asadas son un poco la versión española de la famosa magdalena de Proust, y su llegada una excusa para abundar en la nostalgia.
Este post aparece con retraso, claro, y además pretendo darme un respiro antes de volver a hincar el diente al nutritivo asunto de la saudade. A estas alturas del año más bien tocaría hablar de esas luces navideñas que se acaban de encender (porque a determinados asuntos nunca llega la crisis) o incluso de la llegada de este frío tan intenso que tenía ya olvidado; vivir con estaciones puede llegar a hacerse raro.
El caso es que el otro día me encontré con una versión cibernética de las castañas asadas y me dio no sé qué. Castañas para reuniones de empresa, para reuniones sociales, para centros educativos… Al toparme con sucursales de este imperio castañil en varias ciudades españolas y recorrer la página en Internet de la tienda me pregunté dónde habría quedado, entre otras cosas, la figura de la castañera, “envejecida criatura del averno con el rostro tiznado” (de nuevo Trapiello).
Entonces sí que sentí una cierta morriña, aunque no sabría muy bien explicar de qué.



