7 posts de enero 2009

García-Alix en la línea 5

Me había propuesto dedicar unas líneas a la guerra entre creyentes y no creyentes que se libra en los autobuses urbanos, a instancias de amables lectores. Así, de entrada, la campaña me parecía tan absurda que no se me ocurría palabra. Imagino que son muchos ya los que han apuntado que hay causas más apremiantes en las que gastarse el dinero. El descalabro de la salud pública en la Comunidad a manos de Esperanza Aguirre, por ejemplo. Pero como eso de que en boca cerrada no entran moscas no suele aplicarse a quien escribe un blog, salí a la calle en busca de los autobuses en cuestión, a ver si así me inspiraba.

Una cosa condujo a la otra y terminé en De donde no se vuelve, la exposición de Alberto García-Alix en el Reina Sofía. García-Alix retrata a los vivos como si ya estuvieran muertos, así que delante de sus fotos te sientes al filo del abismo, como si de repente te faltase la tierra bajo los pies.

“La foto llega porque todo lo que miro me hace pensar que no es eterno”, dice.

Así que ante el desgarro de esas imágenes donde no se ve a Dios por ninguna parte -que no en la línea 5 del autobús-, me dio por deshojar esa margarita divina que centra la batalla publicitaria que tanto hace enfadar a Rouco Varela .

Al salir del museo, con el corazón en un puño, me dio en la nariz el olorcillo de los bocadillos de calamares de El Diamante y pensé que no estaría de más echarle a la cosa un poco de humor. Y recordé lo que, con gracia y salero, decía un cantaor flamenco en un espectáculo al que asistí recientemente:

No temo a la muerte porque es natural, la temo más a la vida porque no sé lo que trae.

Igual la frasecilla no quedaba mal del todo en la línea 5 de autobús.

Lavaperros

Al hilo de lo de las gincanas en Madrid, esta mañana se me ocurrió salir a dar una vuelta en bicicleta por la ciudad. Es descabellado, sí, pero lo hice empujada por la energía del grupo Bici Crítica (su eslogan: usa la bici a diario, celébralo una vez al mes). Salen, por cierto, mañana, jueves, desde Cibeles, y es un espectáculo que merece la pena ver (y participar).

Una señora me atiza con el bolso y a poco me hace perder el equilibrio cuando rozo su abrigo de piel. Las aceras son para los peatones, grita. Ocurre, sin embargo, que salvo que quieran suicidarse en el carril bus, los ciclistas no tienen más opciones. Eso es lo que denuncia Bici Crítica.

Lo que más me gusta de ir en bicicleta por la ciudad –además de hacer enfadar a señoras como esa–, es que te fijas en cosas que de otro modo pasarían desapercibidas.

Por ejemplo, voy a poner aire a la rueda (porque a mi bici siempre le falta aire en la rueda) y me encuentro con esto:

Ya me había fijado antes en la proliferación de servicios y tiendas pijas para animales (o tiendas para animales pijos, no sabría decir). Pero hasta ahora no era consciente de que en la gasolinera, además de repostar y limpiar los cristales, también se puede despulgar al chucho.

A este se le ve, desde luego, la mar de contento.

La gincana de Madrid

Que si así se amortizan las obras de la M-30, que si siempre caen sobre los mismos, que si los pobres pagan el pato… Las multas por aparcamiento en Madrid son un tema recurrente en las conversaciones que, hasta ahora, no había conseguido comprender del todo: la ciudad, al fin y al cabo, me parece mucho más “ordenada” ahora que antes.

Sin embargo acabo de experimentar el asunto en carne propia y no me extraña que la gente se queje: 580 euros por aparcar en carga y descarga (con cartel medio escondido, he de decir) más 90 euros por estacionar en la zona 031 en lugar de la 032 (o sea, una calle más allá).

Total, casi 700 euros por dos descuidos de nada.

El espíritu recaudador de este ayuntamiento me parece fascinante. Si se dedicasen con el mismo fervor a, digamos, llevar el deporte a los vecindarios, el medallero español dejaría en pañales al chino en las Olimpiadas. Infracciones como las que he mencionado no entorpecen el tráfico (a diferencia de, por ejemplo, aparcar en doble fila). Sería suficiente –como sucede en otras ciudades donde he vivido– con dar un toque al conductor con un modesto pellizco en su bolsillo. Aquí la advertencia se come el sueldo de los mileuristas.

Me quedo pensando que nada de esto afecta a los que tienen garaje propio (y, en principio, mayor nivel adquisitivo). Sólo a quienes han de deambular como locos en busca de la pintura verde que marca las zonas donde los residentes pueden estacionar. Pintura, por cierto, que de noche cuesta horrores distinguir de la azul, como si el Ayuntamiento se hubiera propuesto castigar todavía más a los conductores con esta ridícula gincana.

Aquí, mi multa. Multiplicar por dos días, más grúa, más depósito. Tiesa, ya digo.

La Vaca Verónica

Un buen día la ciudad amanece llena de vacas. A primera vista la idea resulta graciosa, y se agradece la nota de color en estas semanas de invierno tan plomizas. Los viandantes parecen encantados con ellas, desde luego. Se sacan un montón de fotos junto a las vacas, suben a sus lomos a los chiquillos –a pesar de las prohibiciones al respecto– y hay, incluso, quien opta por llevarse una vaca a casa, a pesar de vivir en un quinto sin ascensor.

Yo, que sí tengo ascensor, daría asilo a la Vaca Verónica, que es esta de aquí abajo:

La vaca se siente humillada, no hay más que mirarle a los ojos. Yo nada más verla me acordé de no sé qué marca de lácteos, una que se promocionaba con imágenes de vacas que pastaban armoniosamente en infinitas praderas verdes mientras utilizaba -como la mayoría de los productores, me temo- la leche de animales estabulados en reductos infames.

No nos conformamos con entretenernos a su costa en los encierros y plazas de toros, comernos a sus crías casi recién paridas: además nos burlamos de ellas. Imagino que esto, y mucho más, es lo que piensa la Vaca Verónica.

Y hasta es posible –esto también parece expresarlo en sus ojos llenos de fuego– que Verónica esté urdiendo venganzas, terribles venganzas...

Tan terribles como esta:

El próximo post hablo de otra cosa. Palabra.

Segovia en Disneylandia

“Anda, pero si es como el castillo de Disney”, dice mi amiga G., californiana de visita en España, cuando contempla por primera vez el Alcázar de Segovia. No es la primera vez que escucho un comentario de este tipo, desde luego, pero me resulta todavía más extraño en boca de alguien cultureta y sofisticado como ella. Querrás decir que el castillo de Walt Disney se parece a nuestro Alcázar, corrigen rápidamente los segovianos que nos acompañan.

La cosa tiene poco remedio. La guía turística de G., la respetada Lonely Planet, recomienda la visita al monumento con estas palabras:

...sueña con Disneylandia en el Alcázar de Segovia...

El imaginario colectivo está tan embadurnado con simbología del planeta norteamericano que primero llega el calco y después, si acaso, el original. Supongo que, a este paso, las orejas de Mickey Mouse pronto se incorporarán al catálogo de estereotipos jungianos.

Viendo esta foto pienso que si el Alcázar pudiera hablar, quizás diría que todo esto no son más que majaderías. Que nada puede comparársele. Especialmente en un día como este, recubierto con ese manto blanco que multiplica su halo de magia. En cualquier momento podrían abrirse los grandes portones y dar paso a una carroza en forma de calabaza que cruza el puente sobre el foso…

Pieles

El Alcázar de Disneylandia, las patatas bravas o el Guernica de Picasso no son los únicos elementos de la vida española que impresionan a mi amiga G. en su visita por estas tierras. Junto a ellos (o, sin exagerar, en un más modesto cuarto o quinto lugar) se encuentran los abrigos de piel que lucen tantas señoras.

“Parece que aquí no hay ningún estigma por vestir eso, ¿no?”, preguntaba G. mientras nos abríamos paso entre un mar de pieles una tarde reciente por el centro de Cáceres.

La verdad, no lo había pensado.

Recuerdo que cuando era niña y la principal actividad del grupo de amigas consistía en recorrer la Calle Real arriba y abajo con diez pesetas en el bolsillo, un entretenimiento frecuente durante los meses de invierno (además de comprar con los dos duros una bolsa de migas de patatas atiborradas de sal) consistía en ir tocando abrigos de piel. Ganaba, claro, quien se acercarse a un mayor número de señoras y disimuladamente pasase los dedos por los restos del animalito. Había muchas, muchísimas. Y tristemente, como advierte G., las sigue habiendo.

Las señoras continúan pululando por las Calles Reales con sus abrigos de piel a pesar de la multitud de campañas que denuncian con todo lujo de detalles las prácticas tremendamente crueles en las granjas de visones, zorros, conejos, mapaches, linces o chinchillas (más del 70 por ciento de estas granjas, por cierto, están en Europa, según el grupo de defensa de los animales PETA).

Estigma, ninguno: ¡pero si saltan chispas con la sola mención de los cadáveres de cochinillo! Eso sí, luego explicamos cariñosamente a nuestros hijos, nietos o sobrinos que el corderito hace beeee y el cerdito oink oink.

Y el visoncito despellejado vivo, ¿cómo hace?


Guernica

Comienzo el año al ralentí a pesar de que, por primera vez, conseguí acabar con todas las uvas a tiempo. Se me atragantaron, claro, pero más que nada por esa publicidad de MasterCard que aparecía en varias cadenas simultáneamente mientras daban las campanadas. Si tuviera unos años más, diría que ya no respetan nada. Quizá es que me estoy haciendo un poco abuelo Cebolletas.

Menos mal que mi amiga G., de visita desde San Francisco para pasar unas semanas en España, enseguida me ha dado ideas para este post. En sus primeros días aquí ya se ha aprendido la canción del elefante sobre la tela de la araña (para los diez elefantes ya era capaz de medio acompañarnos), que los polvorones primero hay que aplastarlos y que la principal atracción madrileña de la temporada que se acaba consiste en Cortylandia.

También ha visto el Guernica.

La verdad, me daba bastante pereza ir a ver el Guernica de nuevo. Guernica está estos días en todas partes: esas devastadoras imágenes de Gaza que nos recuerdan que el mundo no ha avanzado demasiado. Por eso hay que ir, dice G. Y fuimos. Por eso y porque también nos prometió un soufflé de albaricoques (su especialidad) por acompañarla.

Los comentarios banales de un grupo de adolescentes intrigadísimos por la fisonomía del toro no ayudaron a la contemplación del cuadro. Pero mi amiga se quedó muy quieta ante la pintura, ni se inmutó ante los empujones de los chavales ni las advertencias del guardia de seguridad por poner el pie dos centímetros más allá de lo permitido.

Si yo viviese tan cerca iría más veces a verlo, nos decía G. ayer por la noche, mientras batía las claras de huevo para el soufflé. ¡Y la entrada es gratis! G. tiene razón. Es un lujo vivir ahí, prácticamente al lado. Pero insisto. No hace falta desplazarse. Enciendes la tele y ahí están: más y más Guernicas. ¿Así comenzamos el año?

Natalia Martín Cantero


Este blog ha dado tantas vueltas como su autora. Ahora, en China.
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