García-Alix en la línea 5
Me había propuesto dedicar unas líneas a la guerra entre creyentes y no creyentes que se libra en los autobuses urbanos, a instancias de amables lectores. Así, de entrada, la campaña me parecía tan absurda que no se me ocurría palabra. Imagino que son muchos ya los que han apuntado que hay causas más apremiantes en las que gastarse el dinero. El descalabro de la salud pública en la Comunidad a manos de Esperanza Aguirre, por ejemplo. Pero como eso de que en boca cerrada no entran moscas no suele aplicarse a quien escribe un blog, salí a la calle en busca de los autobuses en cuestión, a ver si así me inspiraba.
Una cosa condujo a la otra y terminé en De donde no se vuelve, la exposición de Alberto García-Alix en el Reina Sofía. García-Alix retrata a los vivos como si ya estuvieran muertos, así que delante de sus fotos te sientes al filo del abismo, como si de repente te faltase la tierra bajo los pies.
“La foto llega porque todo lo que miro me hace pensar que no es eterno”, dice.
Así que ante el desgarro de esas imágenes donde no se ve a Dios por ninguna parte -que no en la línea 5 del autobús-, me dio por deshojar esa margarita divina que centra la batalla publicitaria que tanto hace enfadar a Rouco Varela .
Al salir del museo, con el corazón en un puño, me dio en la nariz el olorcillo de los bocadillos de calamares de El Diamante y pensé que no estaría de más echarle a la cosa un poco de humor. Y recordé lo que, con gracia y salero, decía un cantaor flamenco en un espectáculo al que asistí recientemente:
No temo a la muerte porque es natural, la temo más a la vida porque no sé lo que trae.
Igual la frasecilla no quedaba mal del todo en la línea 5 de autobús.



