8 posts de marzo 2009

De las Juanolas a las Coprógenas

Una de las ventajas de volver es que ya no hace falta pedir a cada visitante que traiga consigo quince cajas de Pastillas Juanola. ¿Cómo es posible que no se hayan exportado ya a Estados Unidos y otros países? No sé cómo se puede vivir sin pastillas Juanola, igual que tampoco entiendo cómo se las apaña uno sin fregona, olla exprés o algodón en bolitas.

Ayer bajé a la farmacia a comprar mis pastillas (la cajita tradicional, la que no ha cambiado en los últimos 500 años ni falta que le hace). En el lugar más visible del mostrador, el farmacéutico –un hombre antipatiquísimo que regaña a sus clientes cuando confunden el nombre del medicamento– había colocado este producto “natural” contra el estrés que, como se aprecia en la imagen, cuesta 11 euros.

Me hace gracia el hombrecillo de la foto, lo prosaico de estas preocupaciones que ha superado gracias al milagro Seriane.

Recuerdo que tiempo atrás se pusieron de moda unas “medicinas” que, en lugar de comprimidos, incorporaban un poema. Para el mal de amores, Pablo Neruda. Para la soledad, Benedetti. Para la depresión, Walt Whitman. Y así sucesivamente.

¿Será que ni la poesía puede con la combinación explosiva de negatividad que se respira en ciertos ambientes? El del farmacéutico, sin ir más lejos. Retomo el post anterior: probemos a reír un rato antes de inflarnos a Seriane. Al fin y al cabo, la risoterapia hace estragos en Estados Unidos, de donde copiamos todo lo demás.

He de decir que yo, como castellana, no me veo forzando sonrisas para satisfacer a una monitora hippie de la escuela de risoterapia de Beverly Hills. Aunque quizá haya otras maneras. Nos quedamos sin las groserías de Cela, pero tenemos las Coprógenas:

Lamentábase el pobre Don Servando,
porque cagaba blando.
Y a los diablos se daba Don Arturo,
porque cagaba duro.
En el mundo, ¡oh lector! –¡es cosa fuerte!–
ninguno está contento con su suerte.

Como explica Quinta Tinta, se trata de un libro de autores anónimos que es

a) un larguísimo prólogo en el que se desarrolla un bonito tratado sobre la mierda y su relación con el arte, la literatura, la teoría jurídica y,

b) una recopilación de brevísimas y estupendas fábulas escatológicas, de consejos utilísimos de índole práctica y moral aromatizados con un tufillo a caca.

Entre alfileres

“Un régimen de justicia, paz, orden y armonía”. ¿El de Obama? Qué va. Así es como describe a la dictadura de Franco el ya famoso libro España, sueño imposible. El volumen está editado por la Diputación de Castellón (de la que es presidente Carlos Fabra). O sea que todos nosotros, los contribuyentes, sufragamos ese ensalzamiento a saco de la figura de Franco en una obra que Fabra describe como "total, ambiciosa y concluyente".

Tan surrealista que no sé si reír o llorar.

Supongo que eso es lo que le pasa a Pedro Piqueras. Que asegura que siempre tiene a mano un alfiler porque con un pinchazo a tiempo es capaz de evitar inoportunos ataques de risa en sus informativos en directo.

No es, desde luego, tan chistoso como aquel proceso por injurias al Rey contra los autores de un artículo satírico sobre la caza real del oso Mitrofán. “Señoría, desde mi infancia me considero un oso”, dijo el acusado. Y el juez venga a pincharse con el alfiler.

Esta historia del alfiler de Piqueras –y la repercusión del episodio en la blogosfera– lo enclavo dentro del humor genuinamente español, incombustible, capaz de resistir los Fabras, el no menos surrealista caso del Yak-42, el de Marta del Castillo, la crisis y la recrisis.

Por cierto que mientras escribía estas líneas (palabra, para los que dudan del principio de sincronicidad) me llegó al correo electrónico uno de esos ficheros que normalmente eliminaría sin más pero que hoy voy a atender, ya que llega cargadito de fotos como esta:

Menos mal que siempre nos quedará el alfiler.

Invasiones primaverales

El pueblecito de Patones, aquel que fue capaz de resistir el empuje de las tropas napoleónicas y convertirse en el equivalente español de la aldea gala de Astérix y Obélix durante siglos y siglos, sucumbió este fin de semana a la ola de madrileños ansiosos por sus migas con huevos de corral, asados y suculentas vistas.

El sábado no cabía un alfiler. Los bebés colapsaban las calles con sus carritos, los niños rodaban por las empinadas cuestas y, en las terrazas, los comensales enseñaban los dientes a quien osase oler su plato. No nos quedó más remedio que refugiarnos en un campo cercano, donde disfrutamos de un picnic de tortilla de patatas.

Las vistas tampoco estaban mal:

Se me había olvidado lo que era salir de puente en Madrid. Todos a una en las carreteras, los restaurantes de la sierra, las ciudades cercanas. No recordaba lo que era pasar horas y horas de una mañana de sábado en un atasco, una célula más de ese gigantesco tsunami que lo invade todo.

También es cierto que teníamos bastante que celebrar: la llegada de la primavera, que ya ha pasado de El Corte Inglés a los almendros en flor. Y dos acontecimientos más: el Día Mundial del Agua y el Día Mundial sin Carne.

El Roto reflejaba así este último:

Paseador de perros o controlador aéreo

Mi barrio apareció esta mañana forrado con unos carteles que no sé cómo interpretar. Primero pensé que, con la crisis, uno hace cualquier cosa por la pasta, especialmente si tuvo la mala idea de hacerse psicólogo en lugar de controlador aéreo. Pero me encuentro en el ascensor con un vecino muy viajado que, al ver el cartel, suelta: "Anda, como en Nueva York".

Es cierto que, hoy por hoy, el parque madrileño del Retiro no es precisamente Central Park. Pero no me extrañaría que, al igual que sucede con tantos otros usos del planeta norteamericano, más y más ciudadanos con sueldos de controlador aéreo adoptasen la costumbre de delegar el paseo del perro al paseador profesional.

Por otra parte, entre las taladradoras de las obras interminables y mastodónticas del alcalde Gallardón y los pitidos de los atascos, ser perro en Madrid no debe ser nada fácil. Si han llegado hasta aquí, a buen seguro que están un poco mal de la cabeza. Carlos, nuestro psicólogo canino colegiado, tiene buen olfato.

Carpas, ballenas y delfines (y un estanque)

El domingo me desperté con ganas de ver el mar. Sin embargo, al igual que todas esas hordas de domingueros en busca de esos pedacitos de naturaleza que la ciudad esconde, me tuve que conformar con un estanque. El del Retiro.

Olía un poco a basura. Como cuando entras a casa después de unas largas vacaciones y descubres que nunca tiraste los restos de aquel infame arroz tres delicias que nadie quiso probar. Este dato, por cierto, no aparecía en el reportaje del The New York Times al que hacía referencia en el post anterior. Lo digo porque, desde entonces, no hago más que pensar en lo que tiene, y no tiene, esta ciudad.

En el estanque me dio por explicarle a mi hija que desde el balcón de la casa donde vivíamos antes se veían delfines y, dos veces al año, las ballenas que recorren la costa, desde México hasta Canadá. Ballenas grises y ballenas jorobadas, casi tan grandes como las carpas hambrientas y monstruosas que pueblan este estanque. Pero mi hija es demasiado pequeña para añorar nada, así que continuó echándoles miguitas de pan como si tal cosa.

He aquí, me dije, una madrileña a la que le importa un comino que en algún lugar del mundo haya casas con balcones desde los que se ve a las ballenas emigrar.

A veces, cuando me toca ir de pie en el metro, me dedico a estudiar el plano en busca de estaciones que huelan a mar. Mar de Cristal. (Bambú, que está cerca, también me gusta). Islas Filipinas. Lago. Ríos Rosas. Barrio del Puerto. Pacífico. Pero después te bajas y resulta que no hay ni pizca de agua en ningún lugar.

Creo que eso es lo que le falta a esta ciudad.



¿Os imagináis?

36 horas en Madrid

El New York Times dedica un reportaje a Madrid. No me da para comer la langosta que sugiere el artículo, ni se me ocurriría ir a hacer footing al jardín Botánico, previo pago de dos euros. Pero otras recomendaciones pueden ser útiles al personal de visita de fin de semana.

No creo que esta vez los topicazos levanten tantas ampollas como hace un par de años, cuando el prestigioso diario sacó un reportaje que comenzaba así:

"Pobre Madrid. Anclada en la mitad de España, la ciudad ha sido vista mucho tiempo como la hermana provinciana y aletargada de Barcelona. Incluso hoy, puedes ver niñas vestidas igual que lo hacían sus madres, con vestidos al estilo de los años 40 y abrigos a juego. Pero ése es el encanto de Madrid".

En aquella ocasión citaban a Hemingway, como cada vez que desde Estados Unidos se habla de España (como si nadie más hubiese puesto los pies en este país). Y, por cierto, ¿Madrid es la más española de las ciudades?

Ni idea. Donde se vive más deprisa, eso desde luego que sí.


Templo de Debod, visto en este photoblog.

Los hueseros de la Casa de Campo

Me gusta esa canción brasilera que dice que cada vez que doy un paso, el mundo se descoloca también. El fin de semana di un paso (o mejor dicho una pedalada, porque iba en bicicleta) y aterricé en el planeta ecuatoriano de Madrid. O sea, en la Casa de Campo.

Parecen sentirse a gusto aquí, frente al estanque, en medio de un despliegue de salsa a tope, cerveza y humo de churrasco. Niños y viejos juegan al fútbol en varios partidos simultáneos. Hay multitud de manteros, pero parecen bastante tranquilos, despreocupados casi si se los compara con sus colegas africanos en la Puerta de Sol, esos que suelen llevar un policía montado en una Segway en la chepa.

Por haber, en la Casa de Campo hay hasta peluqueros y hueseros.

Lo cierto es que me desorienté un poco entre estos ecuatorianos. El ambiente era clavado al de Forrest Park, en San Luis (Missouri), o al de Fremont Peak, en Fremont (California), parques públicos estadounidenses donde los ecuatorianos (e inmigrantes de otros países latinoamericanos) se reúnen para reproducir durante unas pocas horas los fines de semana de buen tiempo la vida que tenían antes de salir de su país.

Supongo que tendremos que dar varios millones de pasos para que el mundo se mueva todavía mucho, mucho más.

Los besugos y la seguridad social

Esta mañana fui al centro de salud que corresponde a mi barrio (¿siguen llamándose ambulatorios?). Pegado con celofán en un lugar bien visible del mostrador, justo detrás de las dos administrativas que despachan las citas, hay un cartel que advierte de que las agresiones físicas y verbales al personal sanitario se penalizarán severamente.

No pensaba dar continuidad a ese último post sobre la atención sanitaria. Es un asunto muy complejo que no debería abordarse a base de anécdotas. Anécdotas como la que viví esta mañana: quiero cita para una consulta ginecológica. Todo completo hasta el mes de mayo.

Me resisto a dar un puñetazo en el mostrador, no vaya a considerarse una agresión. La administrativa se lleva la mano a la boca, para ocultar un bostezo, mientras le pregunto si es posible acudir a otro centro menos solicitado. Lleva las uñas larguísimas, pintadas de rosa pálido. Es la misma que, en diciembre, cuando fui a informarme por primera vez, me explicó que la tarjeta sanitaria tardaría unos seis meses en llegar a casa. Mientras tanto, me dijo, debía utilizar el papel impreso que me dio en ese momento. “Pero aquí dice que a los tres meses caduca y debe ser reemplazado por la tarjeta sanitaria”, dije yo. “Sí, pero la tarjeta sanitaria tardará seis meses en llegar”, respondió ella. Es el tipo de diálogo de besugos con el que a menudo se despacha la administración pública española.

Recuerdo a los madrileños, por cierto, que mañana se celebra una manifestación contra la privatización de la sanidad pública (esta es la verdadera excusa para escribir un segundo post sobre el tema). La salud no es un negocio, o eso dicen los organizadores.