6 posts de abril 2009

Algo es algo

Cuando viajan por primera vez a Estados Unidos, algunos españoles se quedan asombrados con las máquinas expendedoras de periódicos en ese país. Al echar la moneda se abre la puertecilla que da acceso a la pila de periódicos, sin más. Esto es, la máquina no sabe si estás cogiendo uno o veinte diarios.

Recuerdo que algunos visitantes se hacían con varios ejemplares de una vez sólo porque no había ningún impedimento, como impulsados por una fuerza mayor que ellos. La misma, quizás, que al parecer lanzó a la rapiña al tesorero del PP, Luis Bárcenas, y a tantos otros compañeros de partido.

Supongo que no es casualidad que uno de los ritos de pasaje entre los adolescentes de este país –al menos cuando yo lo era– culminase cuando te pillaban mangando en algún sitio, preferiblemente perfumes en El Corte Inglés. Así que también a mi al principio me parecía una exuberancia que cualquier americanito de a pie echase tres monedas para coger tres diarios. O que se tomase la molestia de recoger las colillas en la playa.

Todo esto viene a cuenta de las numerosas estructuras de metal huérfanas de banco con que me topé el domingo, cuando paseaba por la Casa de Campo.

Claro que ni tú ni yo, ni probablemente ninguno de nuestros familiares y amigos (aunque nunca se sabe) vamos arramplando por ahí con la madera de las mesas y los bancos de los parques públicos (¿para alimentar una hoguera por la noche? ¿construir una caseta al perro? ¿un columpio para el niño? ¿una empalizada?).

Sin embargo creo que predomina la idea de que nuestra propiedad acaba estrictamente en la puerta de nuestra casa. De otra forma no veríamos tantas papeleras y farolas rotas, bolsas de plástico tiradas por el campo, lavabos públicos con los goznes de las puertas arrancados a cuajo, pintadas en las casas recién restauradas…

La lista es larga, la vida corta, mejor pasamos a otra cosa: el columnista Javier Ortiz se fue ayer a Jamaica, victima de un ataque al corazón. Él mismo dejó escrito su obituario, que concluye así:

…y todo para acabar con algo tan vulgar como la muerte. Por parada cardio-respiratoria, como queda dicho. En fin, otro puesto de trabajo disponible. Algo es algo.

A Don Quijote se le fuga el cerebro

Toda esta gente que aparece en el humilde vídeo de aquí abajo esperaba su turno ayer noche para leer unos párrafos de El Quijote. Esta es la decimotercera edición de la lectura pública de El Quijote en el Círculo de Bellas Artes, pero yo no supe de su existencia hasta el jueves, cuando salí a ver de qué iba eso de la Noche de los Libros.

Me quedé impresionada al ver tanto abuelete, colegialas de uniforme y hasta una drag queen haciendo cola en este maratón que te permite poseer El Quijote durante algo menos de un minuto.

De allí bajamos a Blanquerna, la librería catalana, donde nos hicimos con la rosa roja de rigor. Con ella bien arrimada al pecho, para protegerla en el trayecto en moto, atravesamos la Gran Vía atestada de coches.

¿Por qué se dirá tan a menudo eso de que Nueva York es la ciudad que nunca duerme? Una dormidina, eso me parece a mi si la comparo con Madrid.

Mi rosa se fue al garete en un frenazo frente a la alfombra roja del cine Capitol. Porque ayer, por si no lo sabíais, la Noche de los Libros compartía agenda con el preestreno de Fuga de Cerebros, un filme que tiene pinta de ser tan instructivo como Confesiones de una compradora compulsiva. Pero no lo digo yo, lo dicen ellos: "la comedia más descerebrada de la temporada", aseguran.

Por un acontecimiento así merece la pena que se tapone el carril-bus.

Sorteamos a los seguidores de Amaia, la de Sin tetas no hay paraíso. Nos apetecía terminar la noche escuchando a Allan Poe en el Ateneo de Madrid, dejarnos embrujar un poco con su Anabel Lee. Pero nos atrapó Benji El Mago en la minúscula librería Graphicbook. Benji hizo aparecer y desaparecer pañuelos, gomitas y cartas, jugó con moscas y con fuego y nos mostró lo amable que puede llegar a ser la noche de Madrid.

Y aquí, para que no nos quedemos con las ganas, Poe y su Annabel Lee:



El cole

La pregunta de rigor estos días entre padres y aficionados es: ¿ya has elegido colegio para tu hija? Me había quedado un poco asustada tiempo atrás con esas historias de bebés matriculados en guarderías antes incluso de nacer bajo la lógica de que determinada guardería conduce a determinado cole, determinado cole a determinado instituto, determinado instituto a tal universidad, y desde ahí, supongo, no hay obstáculo para alcanzar el éxito profesional, social, mundial y sideral.

Ahora mi susto es bien real, porque me queda poco más de una semana –el plazo acaba el 4 de mayo– para decantarme por un centro educativo que, según los abundantes conocidos que rigen su existencia por la lógica apuntada en el párrafo anterior, va a ser absolutamente determinante para el futuro de la niña. O sea, que su desgracia o su fortuna para siempre jamás está ahora mismo en mis manos. Y yo tan tranquila escribiendo estas líneas sin morderme una sola uña.

No suelo concebir la vida en esos términos, como si se tratase de un programa de software en lugar de un milagroso accidente capaz de sorprendernos en cualquier momento. Pero me dejé arrastrar un poco por los dimes y diretes y me sumé a la ola de padres que peinan los barrios colindantes en busca del colegio perfecto, peldaño seguro hacia la fortuna.

Hasta que, de repente, como sucede con tantas cosas, me di cuenta de que estaba perdiendo de vista algo esencial: lo importante no es tanto –o no solamente– que tu descendiente disfrute de un cuidado exquisito desde tan corta edad, sino que este privilegio se convierta en un derecho al alcance de todos. Esta es la esencia de lo público.

Con esto quiero decir que dispongo de tres colegios públicos a diez minutos andando desde mi casa (nada excepcional, hasta donde sé). Cualquiera de ellos parece cumplir con creces con los requisitos por los que, de haber continuado viviendo en Estados Unidos, ahora estaría pagando un mínimo de 1.200 euros al mes durante los próximos tres años, o sea hasta que la niña cumpla seis. A esa edad comienza en el país más poderoso del mundo la educación obligatoria, notablemente penosa en su versión pública.

Todo necio confunde valor y precio, ya lo repetía machaconamente Antonio Machado. La parte más necia de mi lanza hoy esta loca sugerencia: que cada madre de niño escolarizado en un centro público reciba en su buzón, mensualmente, una factura simbólica –ya abonada por Mamá Estado– de 1.200 euros. Y si a eso añadimos otra factura correspondiente a los gastos médicos de la Seguridad Social por hogar ya sería la bomba.

Todos ricos, aunque sólo sea por lo que nos ahorramos.

Botija, Tocina, Aceituna

Lo cierto es que viajar por las carreteras de España, ya sea en platillo volante o en vulgar Renault Mégane, puede resultar muy divertido, aunque sólo sea por toparte con Cachorrilla, Cebolla, Pescueza, Botija, Tocina, Aceituna o Morasverdes.

Me gustan los pueblos que se engalanan con artículos, como La Bomba, La Carronya, La Gangosa, La Paca, La Polla, La Rajita, Las Abiertas, Las Delgadas, La Churra, Las Galletas, Los Calvos o Los Cojos.

Me asustan, sin embargo, los que intentan decirte algo. Especialmente cuando lo único que deseas es pasar de largo lo más rápidamente posible: Dios le Guarde , Adiós, Repudio, Ultramort, Triste, Escucha.

Y luego están las localidades que directamente te insultan: Cerda, Feas, Cotillas, Cansinos, Chillón, Moscardón, Guarromán.


Lo que es seguro es que todos ellos, hasta Botija, tienen su casita rural. Me parece que no queda un solo urbanita que no haya soñado alguna vez con escapar a la suya propia.

Secuestrada por un ovni

Ahora que los secuestros se han puesto de moda, os diré que estas vacaciones de Semana Santa fuimos secuestrados, coche incluido, por un ovni escondido detrás de la nube que aparece aquí abajo. Por momentos me acordé de ese bicho grande, verde y feo que, según dicen, es capaz de tragarse enterito un todoterreno.

Sólo que nuestro ovni en cuestión era pacífico. Gracias a él pasamos una semana sin acceso a Internet, periódicos, tele ni móvil. Sin enterarnos del terremoto en el Gobierno y sin fregar un plato.

En este extraño viaje por las tierras de España tuvimos acceso a interesantes imágenes del pasado. Es así como, por ejemplo, supimos que el restaurante Cándido, el mayor dispensador de cochinillos del reino, fue pescadería antes que mesón, y que en su afamado horno guardaba el pescadero las chirlas cubiertas por el hielo. Aquí abajo tenéis el testimonio gráfico, con unos mulos correteando por el Azoguejo segoviano, justo donde los comensales se sientan ahora a degustar sus asados.

¿Significa algo este detalle en un blog en el que cada dos por tres se pone en cuestión el consumo de carne? Para nada.

Apenas si tuvimos tiempo de comprarnos unas truchas en el establecimiento susodicho cuando el ovni nos capturó de nuevo para elevarnos por los aires, marearnos un poco y soltarnos, caprichosamente, en un gran parque eólico. O quizá no tan caprichosamente, pensándolo mejor: lo cierto es que si te dejan caer en cualquier punto de la península elegido al azar tienes inmensas posibilidades de aterrizar en
a) un chalé adosado a medio construir
b) un huerto de paneles solares
c) las astas de un moderno molino de viento.

Don Quijote se volvería más loco todavía en estos tiempos.

Tres tristes tigres

Son estos que aparecen en la imagen de aquí abajo.

Están flanqueados por unos leones igualmente amodorrados y unos monos que el domingo pasado, cuando tomé la foto, se afanaban en desgarrar pedazos de una gran bolsa de basura negra. Suponemos que esa cosa verde que rodea a los felinos algún día fue agua. Sobre ella flotan ahora los desperdicios: botellas de plástico, un envoltorio de bombón helado, una bolsa de gusanitos.

La panthera tigris altaica,dice el Zoo, “…ha conservado el comportamiento típico de los félidos, de cazador solitario y al acecho. Su silencio, su velocidad en distancias cortas y su finísimo oído hacen de él un enemigo temible”.

Estos tres enemigos temibles, repanchingados al sol de primavera, dan tanta pena que me apunto a la petición de José Saramago para que se cierren todos los zoos del mundo, incluido, por supuesto, el de Barcelona, donde la elefanta Susi las está pasando canutas.

La última vez que visité el zoo de Madrid tenía unos doce años, y era una de esas excursiones en la que los escolares se pasan el viaje de ida y vuelta en autobús machacando los oídos de los maestros con la cabra y otras perlas nacionales.

El otro día, curioseando un álbum familiar, me topé con una foto de grupo de aquella visita.

Ahí estaba Cristina, hoy azafata de Iberia, que casi pierde un ojo a merced de la afilada punta de una diadema en un enrevesado accidente que nos tuvo revolucionados durante varios días. Me han dicho que, si te fijas bien, continúa teniendo el ojo derecho un poco a la virulé. O María José, con el pelo tan sucio que se podía freír un huevo en su cabeza, escarnio de las otras niñas de clase y en la actualidad madre devota de una niña de esponjosos tirabuzones rubios.

A mi me cuesta trabajo reconocerme en esa cara lustrosa y redondita que aparece en la foto. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos, como dice Neruda. La lástima es que el zoo siga, veintitantos años después, más o menos igual.

Natalia Martín Cantero


Este blog ha dado tantas vueltas como su autora. Ahora, en China.
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