Sólo eso (relato triste para una noche de verano)
— ¿Te metes? —pregunta el hijo.
Lleva un bañador azul oscuro que le queda demasiado grande. Sus piernecillas morenas parecen más delgadas todavía bajo las amplias bermudas. El hijo juega con la espuma, da vueltas sobre sí mismo. Se adentra un poco más. Cuando el agua le llega más arriba de la cintura y apenas puede sostenerse en pie con cada nueva ola, el socorrista, a lo lejos, hace sonar su silbato, le ordena que vuelva. Él remolonea unos segundos, da patadas a la espuma y sale del agua despacio, agachándose para coger un par de caracolas blancas que deja sobre el mantel de hule amarillento de la barraca.
—Menos mal, ya iba yo a buscarte — dice el padre.
—Papá, esto pasa todos los días. Aunque tú no te enteres.
El padre hace una seña al camarero, que se acerca para cobrarles su agua de coco. Es todo lo que han consumido. Es domingo pero las mesas están medio vacías y en la playa sólo se ve al socorrista, que mira al horizonte, flotador en mano, como esperando un milagro.
El padre sostiene la toalla alrededor de la cintura del hijo para ayudarle a que se cambie el bañador mojado.
—No te vuelves a meter con bandera roja, ¿eh? ¿me lo prometes?
El padre sacude la arena de las toallas y las mete en la bolsa grande de lona, la que siempre usan para ir a la playa. Recoge un cómic, su novela (que no ha tocado), mete las raquetas y la pelota en la malla de color amarillo.
En el aparcamiento ven una ambulancia destartalada. Los portones de atrás están abiertos, hay una camilla vacía. Un hombre con camisa azul claro —el chófer, seguramente— fuma un pitillo aprovechando la sombra exigua de un cocotero cercano. Otros dos hombres en uniforme blanco conversan entre ellos. Unos metros más allá está la familia, sentada en la acera. La madre tiene la cabeza entre las rodillas, el padre le abraza. Otra mujer —la tía del crío, quizás— sostiene en brazos un bebé con chupete que sólo lleva un pañal y un gorrito que le tapa los ojos.
—Qué caña— dice el hijo.
—¿Entonces me lo prometes?
—Aparecerá flotando en la playa de al lado.
—¿Te imaginas? Estás nadando y de repente…
—Qué caña.
—Esa pobre mujer.
—Para ya, papá.
Recorren en silencio el camino de vuelta a casa. El padre pone el aire acondicionado a tope pero continúa sudando. Las manchas bajo las axilas se extienden a la espalda. El hijo no para de cambiar de emisora. Va del forró a la samba. Anuncian un concierto de Motumbá que incluye feijoada. Cuando llega el noticiero, el padre le pide que deje de toquetear los botones.
—A ver si dicen algo.
—Pero si acaba de pasar, papá.
El hijo enciende el televisor nada más llegar a casa. Dan dibujos animados de los de antes, Popeye y después la Pantera Rosa. De la cocina sale olor a fritanga: huevos con patatas y filete de lomo, la comida favorita de ambos. El hijo se acerca, pica unas cuantas patatas. En lugar de regañarle, el padre le señala el rincón del plato donde están las primeras que sacó de la sartén, las que ya no queman.
Cuando se sientan a la mesa, comienzan las noticias.
—¿Tú crees que darán algo?
—Papá, es que te ahogas en un vaso de agua.
— No tiene gracia.
De postre, toman los restos de un bizcocho de coco que ya ha quedado un poco reseco. El hijo lo moja en un vaso de leche, pesca los trozos que caen con una cuchara. El padre se sirve una copa de vino. Esa noche tomará más. Irá a la habitación del niño, se sentará en la esquina de la cama y observará durante largo rato cómo respira, el pecho subiendo y bajando suave, dulcemente.
Sólo eso.



