8 posts de enero 2010

El futuro de la prensa y los lápices de colores

Estoy tan saturada con el asunto que casi paso por alto este vídeo. Y habría sido una pena, porque me ha puesto de tan buen humor que no me resisto a compartirlo con vosotros. No sé qué pensarán en El País, pero es que peor no nos puede ir...

Aprovecho que hoy voy de prestado para atizaros esta viñeta de 233grados que, al menos, me he tomado la molestia de colorear:

Por cierto que si queréis saber dónde está el armario del que salen los gays, no dejéis de visitar El Mundo Today, revista a la que pertenece el vídeo.

Virginia Woolf y el toro del autobús

Los hombres no son bien recibidos en el local-café-restaurante de Entredós, una fundación feminista en el centro de Madrid creada a partir de la Librería Mujeres. Literalmente: sólo pueden entrar un determinado día de la semana.

Cuando fui por primera vez, esta medida me pareció una exageración, y pensé en la que se montaría si ellos creasen un local donde no nos dejasen pasar. Pero es cierto que se respira un ambiente muy distinto al de los cafés unisex. A una le entran ganas de reunir a las mujeres importantes de su vida en torno a un té con pastas al ritmo de Ella Fitgerald para hablar un poco de todo, incluso de los hombres.

El caso es que recibo semanalmente un correo con las actividades que organizan, desde talleres de poesía y teatro hasta cursos sobre la menstruación. En el más reciente, recuerdan el aniversario del nacimiento de Virginia Woolf, tal día como hoy en 1882. Y añaden esta cita:

"Vale más, pensó, estar vestida de ignorancia y pobreza, que son los hábitos oscuros de nuestro sexo; vale más dejar a otros el gobierno y la disciplina del mundo; vale más estar libre de ambición marcial, de la codicia del poder y de todos los deseos varoniles con tal de disfrutar en su plenitud los arrebatos más sublimes que de la mente humana es capaz, que son [...] la contemplación, la soledad, el amor. ¡Gracias a Dios que soy una mujer!, gritó y estuvo a punto de incurrir en la suprema tontería -nada es más angustiante en una mujer o en un hombre-, de envanecerse de su sexo, cuando se demoró en la extraña palabra [...] amor. El amor, dijo Orlando."

(Orlando: Una Biografía.)

Volvía a casa esta mañana en el 37 dándole vueltas a la dichosa cita cuando se sentó a mi lado un tipo curioso, que me hizo contemplar las palabras de Woolf -y las de las fundadoras de Entredós- con otra luz.

Valga este detalle:

Gato encerrado

Entro en el ascensor junto con dos vecinos: un hombretón muy circunspecto de mediana edad que lleva una barra de pan espachurrada bajo el brazo y una señora rubia con la cara arrugada como una pasa, tan bajita que apenas si alcanza al botón del cuarto piso. El señor suspira a modo de adiós y se baja en el segundo.

Se cierra la puerta metálica. La vecina-pasa levanta la cabeza y se me queda mirando. "Pobre hombre", dice. En condiciones normales, soy lo que se dice una vecina cotilla, de esas que fabrican historias a costa de la intimidad de los demás. Hoy, sin embargo, llevo prisa y me hago la sorda. Ya en el descansillo del cuarto, insiste: "Pobre hombre".

Da rienda suelta a la historia del pobre hombre mientras busco las llaves en el bolso. Resulta, en resumidas cuentas, que el pobre hombre encontró a su mujer muerta hace un par de semanas, tendida en el suelo de la cocina, con la masa de las croquetas todavía entre en los dedos. El viudo tenía, al parecer, la costumbre de acostarse muy temprano. Esa noche, ella se había quedado cocinando. La difunta había disfrutado de buena salud hasta la fatídica noche de las croquetas, de acuerdo con el relato de la vecina-pasa.

“Fíjate que esa misma mañana, mientras tendía la ropa, le escuché cantar", asegura.

"Así es la vida", respondo.

"Pobre hombre", repite.

Lo cierto es que en este portal hay gato encerrado. En el tablón de anuncios junto a la portería hemos llegado a tener cinco esquelas, como si todos los vecinos se hubieran puesto de acuerdo para morirse al mismo tiempo. Desde que vivo aquí, hace algo más de un año, ya he perdido la cuenta del número de fallecimientos. Entre ellos el del antiguo portero, un hombre joven que se suicidó lanzándose desde la azotea este otoño, y el de la vecina de la puerta de al lado de mi casa, a la que nunca llegué a ver en vida.

Se trataba de una anciana enferma, así que el desenlace era previsible. Fue, sin embargo, un poco raro: estaba abrochándome el abrigo en el rellano del ascensor cuando me di cuenta de que la puerta de su casa estaba entreabierta. Una mujer descalza, vestida con una bata azul claro, el pelo desordenado y el rostro blanquísimo me miraba,

“La señora Ana se ha muerto”, dijo con un hilo de voz.

“¿Cuándo?” pregunté con alarma.

“Ahora mismo”, respondió ella.

Espié el pasillo en busca de alguna señal y me pareció ver a Claudia, la enfermera venezolana, a través del cuerpo traslúcido de la señora. Seguramente fue un efecto óptico, pero hasta que no bajé a la calle y me dio el sol en la cara no se me quitó de la cabeza la idea de que la propia señora Ana me anunció su muerte.

Mi madre, que cada vez que viene a visitarnos se detiene en la portería para leer las esquelas, insiste en que nos mudemos de casa. Yo le digo que no se preocupe, que este es un portal con muchos ancianos y nosotros somos jóvenes. Sólo que, como acabo de explicar, no es cierto. No sé si enviarle este post a mi casera para que, por lo menos, nos baje el alquiler.

La hora del cuento

Cuando estuvo en Haití, tres años atrás, mi marido se dormía todas las noches con los tambores del vudú sonando a lo lejos. Según me contó entonces, el tam tam comenzaba al atardecer, desde algún lugar al otro lado del río. Una noche de luna llena se decidió por fin a cruzar el precario puente en dirección al enigmático sonido. Caminó durante un trecho, pero al rato sintió miedo y emprendió la vuelta hacia la pequeña aldea donde se alojaba.

No me había vuelto a acordar de esta anécdota hasta que anoche, de repente, me dio por preguntarme si allí, en ese minúsculo pueblo entre las montañas donde él estuvo, continuarán retumbando los tambores del vudú, y qué tipo de consuelo encontrarán los haitianos al escucharlos.

Era la hora del cuento. Mi hija se resiste a apagar la luz; siempre quiere una página más, una última historia. Se cuela a esas horas en su habitación al fondo del pasillo el violín del vecino del séptimo, el telediario, el crujir de las cuerdas al tender la ropa. Es lo que tienen los patios de aguas (y parece que no hay quien se libre de ellos viviendo en Madrid).

Esta semana tocaba un cuento muy especial. Lo traje de San Francisco hace un par de años, y lo había mantenido en la reserva, bien guardadito en su papel de celofán, hasta ahora. El protagonista es este delicioso oso:




Se llama Stillwater, que quiere decir agua tranquila: "Cuando observas el reflejo del agua en una piscina, y el agua está en calma, es posible ver el reflejo de la luna. Pero si el agua está agitada, la luna aparece rota, fragmentada. Es más difícil verla tal como es. Nuestras mentes son así. Cuando están agitadas, no podemos ver el mundo como realmente es”, explica el autor del libro en la introducción .

Stillwater cuenta historias como la del tío Ry y la Luna. Dice así:

“Mi tío Ry vivía solo en una pequeña casa en las colinas. No poseía muchas cosas. Su vida era muy simple.

Una noche, se dio cuenta de que tenía un visitante. Un ladrón había entrado en la casa y estaba hurgando en las pocas posesiones de mi tío.

El ladrón no se percató de que mi tío lo había sorprendido. Cuando mi tío le dijo hola, se quedó tan sorprendido que casi se cae al suelo.

Mi tío sonrió al ladrón y le tendió la mano. ´Bienvenido, bienvenido, qué bien que vengas a visitarme´. El ladrón abrió la boca para hablar, pero no se le ocurrió nada que decir.

Pero como mi tío Ry nunca deja que nadie se vaya con las manos vacías, buscó en su minúscula cabaña algo con que obsequiar al ladrón. No había nada que darle, y el ladrón comenzó a retirarse hacia la puerta. Quería marcharse.

Al final, el tío Ry decidió qué hacer. Se quitó su único vestido, que estaba viejo y andrajoso, y se lo entregó.

El ladrón pensó que mi tío estaba loco. Cogió el vestido, se dirigió a la puerta y se esfumó en la noche.

Mi tío se sentó fuera y se quedó mirando hacia la luna. Su luz de plata se derramaba por las colinas y lo hacía todo muy bello. ´Pobre hombre´, se lamentó mi tío. ´Todo lo que he podido darle ha sido mi pobre vestido. Si al menos le hubiera podido dar esta maravillosa luna´".


Siempre queda la luna. Y los cuentos.

El alma de la nieve

La nieve que cae sobre media España lo embellece todo. Incluso Madrid. Y a mi, con tanta nieve, la cabeza se me llena de nada: la nada que sí está y la nada ausente.

Por otro lado, a su paso por casa los Reyes Magos nos han dejado un montón de muñecos. Algunos tienen los ojos brillantes y resulta imposible mirarlos sin intuir vida dentro.

Unamos ahora estos dos ingredientes –la nada de la nieve y la mirada de un muñeco– y tendremos... Bueno, entre otras cosas tendremos este vídeo recién nominado con un Goya al mejor corto de animación:


Alma from Rodrigo Blaas on Vimeo.


PS. El Hombre de Nieve

Se debe poseer un espíritu de invierno
Para observar la escarcha y las ramas
De los pinos recubiertas de nieve;

Y haber pasado frío durante largo tiempo
Para contemplar los enebros erizados de hielo,
Los rudos abetos en el distante resplandor

Del sol de enero; y no pensar
En ningún dolor en el sonido del viento,
En el sonido de unas pocas hojas,

Que es la voz de la tierra
lLena del mismo viento
Que está soplando en el mismo paraje desnudo

Para el que escucha, el que escucha en la nieve,
Y, siendo nada en sí mismo, contempla
Esa nada que no está allí y la nada que sí está.

(Wallace Stevens)

De Reyes y Tuaregs (y un reloj y el tiempo)

Protesto al ver este burrito cargado de regalos en una cabalgata navideña en Extremadura y mis acompañantes se me echan encima. Que si sólo veo las formas y no el fondo. Que si prefiero que el animal siga tirando de la noria. Etc, etc. Bueno.

Dice Gustavo Martín Garzo en este artículo que la enseñanza principal de la Noche de Reyes es que "el regalo más grande que podemos hacer a los niños es el regalo de una historia que les haga sentirse amados. Una historia que les diga que existe la gracia en el mundo, que es lo que prometen todas las historias de amor. Por eso, más que unos simples juguetes, lo que de verdad quiere el niño es que sean los Reyes Magos quienes se los den..."

No sé, no sé. ¿Será, Martín Garzo, un agente de ventas infiltrado de Juguetes Mattel? Ya estamos, de nuevo, con la cuestión de las formas y el fondo.

Por cierto que con tanta carroza real atravesando el desierto me he acordado de esta interesante entrevista a un Tuareg:

Reláteme un momento de felicidad intensa en su lejano desierto.
Es cada día, dos horas antes de la puesta del sol: baja el calor, y el frío no ha llegado, y hombres y animales regresan lentamente al campamento y sus perfiles se recortan en un cielo rosa, azul, rojo, amarillo, verde…

Fascinante, desde luego…
Es un momento mágico… Entramos todos en la tienda y hervimos té. Sentados, en silencio, escuchamos el hervor… La calma nos invade a todos: los latidos del corazón se acompasan al pot-pot del hervor…

Qué paz…
Aquí tenéis reloj, allí tenemos tiempo.

Haití y la oscuridad

La impotencia del ser humano ante un mundo tragado por la oscuridad centra el relato del escritor brasileño André Carneiro, que he encontrado traducido aquí. Publicado, por cierto, muchos años antes de que el premio Nobel portugués José Saramago escribiese su popular y de argumento sospechosamente parecido "Ensayo sobre la ceguera".

No somos nada: página tras página, te invade esa desasosegante sensación. El relato concluye cuando vuelve la luz, pero se trata de una luz que no aporta claridad. O, si acaso, aporta sólo la necesaria para hacer ver a los protagonistas –en realidad, todos nosotros– su condición insignificante, microscópica:

"Había planetas, sistemas solares y galaxias. Ellos eran simplemente dos hombres, cercados por caminos impasibles, volviendo a casa con sus problemas".

No se me ocurre mejor manera de referirme al horror de Haití. A la impotencia de ver a esas madres llevando en brazos los cuerpecidllos de sus hijos sin vida, sucios de sangre y tierra. No hay, no puede haber nada peor que eso.

Mientras tanto aquí estamos, sorbiendo nuestros capuccinos. Porque la vida sigue y tenemos que continuar lavándonos los dientes y tirando la basura por las noches. No somos nada.

Uvas, dietas y artesanos

Al final de "esa cosa que llamamos año", como dice un amable lector, siempre me propongo lo que al final no son más que variaciones del mismo propósito. Como el que intenta la dieta de la sopa después de haber fallado con la Atkins, la South Beach o la Jenny Craig. Mi resolución alcanzó una dimensión especial en esos últimos momentos antes de abandonar el año, cuando la nueva nariz y antiguos modales de Belén Esteban dando las campanadas me hicieron pensar que, como país, tenemos pocas esperanzas.

Sin entrar en detalles, la decisión tiene bastante que ver con un poema de Charles Simic que comienza así:


“Queridos filósofos: me pongo triste cuando pienso.
¿A vosotros os pasa lo mismo?”


Así que me tragué las uvas y el champán y a otra cosa mariposa. Y estaba yo tan a gusto con la mente en blanco en mi sonrosada niebla navideña cuando voy y me topo con la noticia de que las máquinas pronto sustituirán a los plumillas. Resulta que somos artesanos de la era industrial. Que tenemos los días contados.

Lo cierto es que yo pensaba hablaros de una artesanía bien diferente:

Un pequeño destello del mundo al que me he acercado estas Navidades: estas dos mujeres tardan más de tres meses en terminar una alfombra como la que aparece en el vídeo. Si echas las cuentas del coste del producto y el tiempo que tardan en elaborarlo, resulta que no ganan más de 50 euros al mes. Quéjate ahora de la rutina de tu trabajito. (Y piénsalo dos veces antes de colocar eso bajo tus pies).

Lo que se escucha al fondo, por cierto, es la llamada al rezo. Cinco veces al día, cada día del año.


Qué alivio, ¿no? Para el creyente, digo, poner a cero la mente nada menos que cinco veces cada día con sólo postrarte en dirección a La Meca. Yo me conformo con una. Sobre todo después de tomar las uvas con Belén Esteban.

Natalia Martín Cantero


Este blog ha dado tantas vueltas como su autora. Ahora, en China.
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