7 posts de septiembre 2010

Botones y otras pequeñeces

La señora de la mercería, que continúa tras el mostrador pese a que probablemente debería haberse jubilado cuando los Mundiales de Naranjito, reclama seis céntimos por la tira de color naranja de ocho centímetros que he de coser en el babi de mi hija.

Y eso que acabo de comprarle dos babis de cuadritos azules para el colegio, hilo de varios colores y dos pares de calcetines. Hace unas semanas me llevé cuatro botones blancos, sosos, pequeñajos, y me cobró setenta céntimos. Una barra de pan.

¿Pero cómo iba a sobrevivir este comercio sin este culto a lo pequeño?

Hoy arrasan los grandes titulares sobre la huelga (el segundo y tercer periódico del país, por cierto, llevan exactamente el mismo a portada, lo cual no lo hace más cierto), pero me siento más inclinada por estas pequeñeces:

"Mi abuelo abrió este local en 1910, pero mi bisabuelo también se dedicaba a las sillas", dice el dueño de esta rejillería de Madrid a Tiendas de Barrio. La ilustración también pertenece al blog.

Un relato nada peliculero

¿Cómo se las apaña uno para seguir adelante tras haber presenciado escenas como esta en los rincones más conflictivos del planeta?


Imagen de la portada de Apocalipsis, de Álvaro Ybarra Zabala.

Yo, que pierdo horas de sueño cuando la protagonista de la novela que estoy leyendo describe la llegada del féretro donde reposan los restos de su hermano adolescente, muerto en Afganistán (y se mete dentro, todo hay que decirlo, hasta que no soporta más el olor), no lo concibo. Claro que yo no me he largado a Ruanda con 19 años, como hizo el fotógrafo Álvaro Ybarra. Y, además, como se me ha acusado recientemente, siento cierta debilidad por los relatos peliculeros.

El otro día tuve ocasión de conocerle y aproveché para hacerle la pregunta que planteo ahí arriba. En esos lugares, vino a responder, te encuentras con lo peor, pero también con lo mejor del ser humano.

¿Es suficiente?

Pero qué absurdo andarse con retóricas cuando él se juega el pellejo para ser testigo del horror que los seres humanos somos capaces de infringirnos unos a otros en Afganistán, Birmania, Colombia, Darfur o Irak.

El autor del prólogo de Apocalipsis explica que Ybarra aspira a conmover a un público que se ha vuelto, si no inmune, sí aislado y protegido por la avalancha constante de belleza y glamour manufacturados por parte de los medios de comunicación, que actúan como una barrera a la realidad. Y se pregunta: ¿hay todavía espacio para estimular la conciencia? Ybarra piensa que sí. Y, cuando habla de sus sujetos, esto es lo que quiere: que no nos olvidemos de ellos. Esa es su motivación.

“Mi compromiso absoluto ha sido mostrar esa realidad que tan lejos queda de nuestro mundo y que, sin embargo, es parte sustancial de él”, dice.

“Nuestros actos son el legado que dejamos a generaciones futuras. La historia demuestra que el ser humano es capaz de una crueldad inconcebible pero también de una nobleza que apenas podemos sospechar. La elección continúa en nuestras manos”.

Viene a decir lo mismo que el anterior, pero nadie se atreverá a decir que este es un relato peliculero.

Abandona toda esperanza de un pasado mejor

El viernes sale a la venta “No hay silencio que no termine”, las memorias de Ingrid Betancourt sobre sus seis años de cautiverio a manos de las FARC. Me sumo al batallón de gente atraída por su polémica figura. Pero más allá de la controversia sobre Betancourt, me llama la atención lo que dice aquí: que se ha perdonado, y ha perdonado a los demás.

Son fascinantes las historias de secuestrados: ¿cómo hacen para salir adelante? Observas esos microespacios donde han pasado años y años y te preguntas cómo es posible sobrevivir más de una hora allí si ya se hace difícil pasar en casa el fin de semana. Pero, sobre todo, ¿cómo se las arreglan para perdonar a sus captores?

La celda de dos por dos metros donde Mandela pasó 18 años, con un cubo como letrina. Foto de Darío Pescador en Khoisan.

Todos conocemos a alguna persona que ha chascado su vida por no saber perdonar. Por mi parte, en este momento tengo familiares atascados en un conflicto que entre otras cosas amenaza con hacer añicos un matrimonio hasta ahora bien sólido, y la única solución es abrir un poco más el corazón.

Aunque carezca de mis amados dragones, me gusta esta historia, extraída de una charla de Eugene Cash titulada “Abandona toda esperanza de un pasado mejor”. Muestra hasta qué punto saber perdonar nos coloca en una posición no de debilidad, sino de enorme fuerza.

Un joven que vive en una barriada marginal de Washington D.C. mata a un chaval de 14 años para probar su valía y pagar, así, su admisión en una banda. El joven es detenido y enjuiciado. En el juicio, y tras escuchar el veredicto del juez, la madre del chaval asesinado (su único hijo) se levanta, totalmente impasible y tranquila, se acerca al asesino y le dice: “voy a matarte”.

El joven ingresa en un centro para delincuentes juveniles. Después de medio año, la madre del chico acude a visitarlo. El asesino había vivido en la calle antes del asesinato, de modo que ella se convierte en su único visitante. Charlan un rato, y antes de irse, la mujer le da algo de dinero para tabaco. Poco a poco, la mujer comienza a visitarlo regularmente. Le trae comida, cigarrillos, algún detalle.

Cuando la sentencia de tres años está a punto de concluir, la mujer pregunta al joven por sus planes. Él está confundido, no sabe por dónde tirar. Así que ella le ofrece un trabajillo en la empresa de un amigo. Le pregunta dónde piensa vivir, ya que no tiene familia a la que volver. Y, como el chico tampoco tiene techo, le ofrece usar durante un tiempo la habitación de invitados de su casa. Entonces él se muda y vive ahí, con ella, durante ocho meses.

Una tarde le llama al salón de su casa, y le dice que tienen que hablar. Le pregunta si recuerda sus palabras de aquel día en el juicio, cuando le dijo que le iba a matar.

“Claro que me acuerdo”, dice el chico.

“Bueno, pues lo hice”, responde ella.

“No quería que el chaval que mató a mi hijo sin ninguna razón continuase vivo en este planeta. Por eso quería que muriese. Por eso comencé a visitarte, y a traerte cosas, te dejé vivir en esta casa y te busqué un trabajo. Esa fue mi manera de cambiarte. Ahora aquel chico se ha ido. Ya no está. Por eso quiero preguntarte, ya que mi hijo no está, y el asesino tampoco, si quieres quedarte conmigo”.

Y se convirtió en la madre del asesino de su hijo.

PS. Un añadido. Darío Pescador me remite a esta otra foto de la celda de Mandela. Sólo que está tan pintandita...

El dragón y el dinosaurio

"El dinosaurio ha reemplazado al mito del dragón", dice un catedrático de paleontología en una entrevista publicada el jueves. Quizá porque llueve y llega el otoño o porque es altamente improbable que encuentre un dragón sobrevolando el cielo gris de la ciudad, el titular se me quedó pegado al cuerpo desde que lo lei.

El del dragón siempre me pareció un símbolo muy bello. Los dinosaurios, en cambio, no me dicen mucho. Esos bichos de plástico fabricados en Hollywood y replicados hasta el infinito por la industria juguetera no pueden compararse con los dragones poderosos, fieros, humeantes, temibles y redentores que dormitan en nuestra imaginación. Como dijo la poetisa Muriel Rukeyser, el universo está hecho de historias, no de átomos.

Una historia tradicional sueca:

Por culpa de una metedura de pata de sus padres, una joven princesa ha de casarse con un temible dragón. El rey y la reina informan a su hija de lo que le espera, y la princesa queda, como es natural, aterrorizada. Pero en cuanto se recupera del susto, corre a pedir consejo a una mujer sabia que ha criado 12 niños y 29 nietos y que lo sabe todo sobre los dragones y los hombres.

La mujer sabia dice a la princesa que, efectivamente, ha de casarse con el dragón, pero que lo haga siguiendo sus recomendaciones. De modo que le da ciertas instrucciones para la noche de bodas: concretamente, ha de llevar diez bonitos vestidos, uno encima del otro.

Y así, llega el día de la boda. En el palacio se celebra un gran banquete. Después de hartarse, el dragón lleva a la princesa en volandas a sus aposentos. Pero cuando, ya allí, se acerca a su esposa, ella le frena y le explica que, antes de entregarle su corazón, ha de desprenderse cuidadosamente de su traje de novia. Y, siguiendo las instrucciones de la mujer sabia, la princesa le explica que también él debe desprenderse de su indumentaria. El dragón accede de buen grado.

"Con cada capa que me quite, tú también has de quitarte otra", dice la princesa a su esposo. Entonces, tras deshacerse del primer vestido, la princesa observa cómo el dragón se quita la capa de fuera de su armadura escamosa. A pesar de que es doloroso, el dragón está acostumbrado a hacerlo periódicamente. Pero entonces la princesa se quita otro vestido, y otro y otro. Y cada vez el dragón encuentra con que debe despojarse de capas más y más profundas. Cuando llega a la quinta capa, el dragón comienza a llorar copiosamente. Pero la princesa continúa.

Con cada capa, la piel del dragón se va haciendo más y más tierna, y su forma se suaviza. Se hace más y más ligero. Cuando la princesa llega a la última capa, el dragón se deshace de los últimos vestigios de su forma de dragón y emerge como un hombre. Y, tratándose de un cuento tradicional, he aquí que aparece un apuesto príncipe con ojos brillantes como los de un niño. La princesa y su nuevo marido se dedican entonces a seguir el último consejo de la mujer sabia de los 12 hijos y 29 nietos. Y, por supuesto, a ser felices y a comer perdices.

Bailando yoga en Navarra

¿Bailar yoga? ¿Meditar mientras subes un cortafuegos, descalzo por más señas? ¿Elevarte por los aires como un pajarito, impulsado por un compañero? ¿Bailar como lo haría un niño de tres años? ¿Como un anciano de 90? ¿A cámara lenta? Estas son algunas de las actividades que uno hace cuando llega a Yoga Witryh en Navarra.

Si es que llega: tras haber recorrido varios kilómetros de pista, pensé que se trataba de una inocentada y que, al final, el todoterreno caería por un precipicio. Así de remota es esta escuela en el prepirineo que a Xabier Satrústegi, su fundador, le costó 20 años encontrar tras recorrer media España en busca del sitio ideal.

Satrústegi, que aterrizó en el yoga desde la danza (a los 26 años montó su propia compañía, pero una “comunicación interna” le indicó que se dejase de historias y se dedicara al yoga en cuerpo y alma) es enjuto y bajito, con un punto mesiánico aligerado por un gran sentido del humor. Tiene 58 años pero, viéndole moverse, nadie lo diría. Debe ser cierto eso de que la edad se mide por la vitalidad de la médula espinal.

¿De dónde procede esta combinación, danza y yoga? Muchas escuelas de yoga no lo aprobarían…
Hay clases rígidas, serias y dramáticas, pero la vida y el universo son ricos en creatividad, no tiene sentido limitarnos. El yoga y la meditación deberían ser una fiesta, una alegría, un éxtasis. La meditación crónica, fanática y rígida no sirve para nada. Uno debe salir de la meditación con una alegría profunda, queriendo amar a todo. Somos los creadores de amor: tú eres la chispita, depende de ti, igual que la tristeza…

En Occidente la danza encaja muy bien. La gente se entusiasma con la danza. Si liberas las articulaciones, los ásanas (las posturas) salen bordados, el cuerpo está listo.

¿Listo para qué? ¿Qué es, para ti, el yoga?
El yoga es una manera de entrar en contacto con Dios. Si no conectamos con Dios no podemos ser felices. Tendremos la felicidad que da la salud, el dinero, la comida, lo que yo llamo “felicidad con nombre”. Pero lo que busco es la felicidad sin nombre. La felicidad porque sí. Te levantas de la cama y estás inundado de gozo. Estás entusiasmado. Lleno de Dios. La causa de tanta ansiedad es que no hay Dios. No hay vibración, no hay nada que te invada el alma. Tu vida no tiene sentido. Una vida sin metas es un barco sin timón.

¿Cómo hace una para saber cuál es la meta en su vida? No parece tan sencillo…
La aspiración es el primer paso. Yo quiero saber quién soy. Esto es algo que uno tiene que preguntarse. ¿Quién eres tú? ¿Qué haces aquí? Después hace falta tener autodominio de las emociones como la ira, por ejemplo. De otra forma, estás perdido con tu modo de vida. La alegría y el entusiasmo son la segunda condición de libertad. Esta es una decisión que tú tomas. Y esta decisión nace de dentro, no viene de fuera.

Yoga es lo más directo para sentir a Dios. Mucha gente llega a Witryh hecha polvo, pero se marcha feliz. Porque invocamos esa vibración. Y, cuando llamas, cuando pides, se te da. No harás lo que no seas capaz de imaginar.

Pero entonces, ¿qué es Dios?
Todo lo que existe es Dios. Está en la esencia de todas las cosas. Puedes usar la fórmula del típico Dios con barbas blancas si quieres, e invocarlo… Cada cual, dependiendo de su nivel, de dónde esté, puede hacer un Dios a su medida. Pero invócale. Pídele su fuerza, su amor, luz y energía.

Y ese autodominio, ¿cómo lo consigues?
Haciendo tu Sadhana (práctica). Esta es la clave para que la vida de un ser humano brille. Me retiro un tiempo cada día, hago una especie de burbuja y contacto con la esencia de mi corazón. Retirarse es prioritario. Cultívate, y entonces dispondrás de energía para dar a los otros.

¿Qué tiene que decir este Dios del que hablas acerca de la desigualdad, las injusticias rampantes? ¿Qué decirle, por ejemplo, a una madre que acaba de perder a su hijo?
Cuando ocurre algo inesperado, acéptalo. Ese niño, por ejemplo, ha cumplido una misión: hay más vida en el otro lado que aquí.

Pero esto no es más que una creencia...
No puedes saberlo: es un acto de fe. Una fuerza que nace del corazón. Es un don. Las creencias se han deshecho, pero la fe no. La fe va creciendo, es una fuerza que nace de la entrega, del amor, del servicio.


Soma (Xabier Strústegi) y Meila, de Yoga Witryh, en la postura del trineo.

Pájaros, lluvia, fuego... gente

De vacaciones en Pirineos, salimos a ver pájaros con Edu, un aficionado a la ornitología que vive en un Tipi en medio de una pradera, tiene dos o tres dientes, pesa lo que un chaval de 12 años y se gana la vida trabajando el cuero. Caminamos un rato, y al llegar a un claro Edu apaga su cigarro y levanta la vista al cielo, donde un grupo de rapaces quizá lo ha elegido como aperitivo: "¡Mirad cuánta gente más guapa!", dice.

Desde entonces, cada vez que vemos alguna aglomeración pajarera, mi compañero le hace eco: "¡Cuánta gente!".

Recordé esta anécdota ayer por la noche con Dersu Uzala (El Cazador), del director de cine japonés Akira Kurosawa. Para Dersu, todo es gente: los animales, la lluvia, el fuego que se queja a través del crepitar de la hoguera. Dersu es un personaje anacrónico y entrañable, tan entrañable que hace daño: ¡cuánto lo necesitamos! No sólo en las películas, sobre todo en la vida real.

En esta creencia también se fundan las idas de Thich Nhat Hanh: cada organismo forma parte de un todo, y cada uno de ellos está interconectado entre sí. Si haces daño a uno, hieres a todos los demás. Me parece apropiado volver a su figura en este tercer post para clarificar cuestiones que quedaron colgando en los comentarios anteriores.

Thich Nhat Hanh es un humanista y un ecologista. Su movilización por la paz y contra la Guerra de Vietnam le llevó al exilio de su Vietnam natal durante 40 años, y se convirtió en una influencia tan importante para el activista de los derechos humanos Martin Luther King que le propuso para el Nobel de la Paz. Es una voz muy crítica con las guerras de Irak y de Afganistán, y en sus centros de Plum Village, donde vive, celebra regularmente retiros en los que invita a líderes israelitas y palestinos para su reconciliación.

Desde el punto de vista ecologista, su alcance también es considerable, como prueba el éxito de su libro The World We Have donde desarrolla la idea que apunto en el párrafo anterior.

Lo que nos llega de figuras como la suya (gracias, Juanjo, por recordar esta importante cuestión), no es religión sino filosofía (sobre si el budismo es una cosa u otra se ha escrito largo y tendido, y al final supongo que depende de dónde se sitúe cada cual). Se trata, además, de una filosofía en la que apoyarse para defender el futuro de la Tierra. En una entrevista reciente titulada Zen y el arte de salvar el planeta, Thich Nhat Hanh decía cosas como esta:

“La gente está más y más ocupada. Somos como peces que viven en un lugar donde falta agua. No estamos cómodos, no tenemos espacio, nos falta tiempo. Podemos tener más dinero que en el pasado, pero tenemos menos espacio, menos felicidad y menos amor. Así que deberíamos tener una revolución que debería comenzar con un despertar colectivo. Tenemos que frenar y buscar otra dirección”.

Saludos, Gente.

Mensajes del pasado para guiar el futuro

Dentro de un año, ¿qué desearé haber hecho hoy?

Transito por uno de esos días espesos en los que la actividad se reduce a cortar a cero el pelo infestado de piojos de mi hija; observar los detritos, hace sólo unos instantes tan preciosos, y reflexionar sobre la vida, la muerte, la belleza, el negocio que hacen las farmacias con los productos anti-parásitos y la barbaridad que acabo de acometer.

Así que opto por este otro mensaje. Hoy me parece tanto o más importante: "Dentro de un año, ¿qué desearé no haber hecho hoy?".

Moraleja: hay que estar atenta para no meter la pata. Y usar aceite de árbol de té.

Póster visto en TreeHugger.

Natalia Martín Cantero


Este blog ha dado tantas vueltas como su autora. Ahora, en China.
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