7 posts de febrero 2011

Educación, valores y ego

1. Un ego honesto en un cuerpo saludable. 2. Ojos para ver la naturaleza. 3. Corazón para sentir la naturaleza. 4. Coraje para seguir la naturaleza. 5. Sentido de la proporción (humor). 6. Apreciar el trabajo como idea y la idea como trabajo. 7. Imaginación fértil. 8. Capacidad para la fe y la rebelión. 9. Indiferencia hacia la elegancia tópica 10. Cooperación instintiva.

Mi debilidad por las listas –no sólo las literarias– me ha llevado hasta los diez puntos que Frank Lloyd Wright dedicó a sus alumnos en su autobiografía. Lo he tomado del Proyecto Felicidad, un sitio elaborado, en gran medida, a través de inventarios y enumeraciones.

Llama la atención que Wright incluya el sentido del humor como una expresión de la proporción: sin duda por eso el humor resulta tan útil en tiempos difíciles/ extremos. La cuestión es que escribir un manifiesto personal es un ejercicio que te fuerza a articular tus valores. ¿Es el humor uno de ellos? ¿El coraje, la creatividad, la solidaridad, o quizás la paz interior? Algunos padres dicen que prefieren enviar a sus hijos a un colegio religioso "para que les inculquen valores". ¿No es irresponsable dejar esa tarea en manos de otros? ¿O acaso es que ellos no los tienen?

Durante un tiempo introduje en mi meditación diaria esta cuestión: ¿qué es lo que da sentido a mi vida? Y observé con curiosidad cómo mi mente hacía todo lo posible para escurrir el bulto. De repente era importantísimo limpiar la nevera, bajar a comprar azafrán, planchar unas sábanas o devolver un libro a la biblioteca. A tu ego no le gusta que le fuercen a articular valores; tiene miedo de que le roben una parte importante de su pastel. Prueba y nos lo cuentas.

Molinillos de viento/ plantas artificiales

Me gusta: las cajas de pinturas, las pompas de jabón, los juguetes de madera, las sandalias, las fresas con nata, las mariposas de colores, las hogueras en la playa, estrenar cuadernos, los molinillos de viento; no me gusta: los palillos, la cebolla cruda, los relojes en las paredes, el rosa palo, la mayonesa de bote, las toallas sucias, las plantas artificiales, los teléfonos que comunican, los jefes de planta, el pescado rebozado.

Si has tomado algún taller de creación literaria probablemente hayas elaborado tu propia lista al estilo de las de arriba y quizás, como me ocurrió a mí, haya sido lo más interesante de todo el curso.

Esta manera de presentarse, tomada del grupo de literatos franceses y matemáticos OuLiPo ("Literatura Potencial", al que pertenecía mi amado Italo Calvino) asume que el uso de inventarios y enumeraciones aparentemente caóticos permite que el subconsciente surja y aflore nuestra sinceridad.

"Cada nuevo ´me gusta´ que uno añade a la lista, ensancha los límites de la evidencia de nuestra capacidad para gozar con lo que el mundo nos ofrece”, escribía Antonio Jiménez Morato, coordinador de susodicho taller. "No como una apuesta al optimismo gratuito, sino confirmando que por encima de tragedias o espantos que acorralen nuestras vidas, siempre hay cosas con las que disfrutamos -que son precisamente las que deben reforzarnos en momentos de debilidad. Es como si ir juntando todo lo que nos gusta nos revelase el verdadero tamaño de nuestra capacidad de gozo. Asumir el placer de estar vivos y asomarnos a la concreción de sus detalles (...)".

En días malos, elabora tu lista de favoritos y hazlo soltando la mente, sin dirigir, permitiendo que las palabras se amontonen sin orden y dejando que te invada el efecto terapéutico sobre el ánimo de la combinación de olores, sabores y absurdo. ¿Te atreves? Prometo que cuando comencé este post llovía a mares sobre Madrid, y ahora el cielo está azul. Aunque, eso sí, probablemente contaminado .

Molinillo de viento, por Martino.

La partida la gana el tiempo (2): contra los 140 caracteres

Una de las explicaciones más sencillas y asequibles sobre el tiempo --lo que hacemos con él y lo que hace con nosotros-- es, creo, la de Eckhart Tolle. En otras ocasiones, me he frenado a la hora de citarlo por su condición de mega-súper-ventas (semejante emporio espiritual hace dudar a cualquiera). Pero hoy voy a ceder.

Tolle se refiere al tiempo "de reloj", el que nos permite no sólo planear un viaje sino también aprender del pasado y fijar objetivos para el futuro, y el "tiempo psicológico", que es la identificación con el pasado y la proyección compulsiva y constante hacia el futuro.

Si te fijas un objetivo y trabajas para conseguirlo, estás usando tiempo de reloj. “Eres consciente de hacia dónde quieres ir, pero llevas toda tu atención al paso que estás dando en este momento”, escribe Tolle. “Si te centras excesivamente en el objetivo, quizás porque estás buscando felicidad, realización o crees que ese objetivo dará sentido a tu vida, el ahora deja de honrarse y se convierte en un paso más hacia el futuro, sin valor intrínseco. El tiempo de reloj se convierte entonces en tiempo psicológico. La aventura de tu vida deja de ser una aventura y se convierte en una necesidad obsesiva por llegar… "

Longform es otro interesante proyecto "anti-140 caracteres". La web incluye artículos de no ficción "demasiado largos y demasiado interesantes para que se lean en la web". Como un museo, vaya, donde se almacenan esas piezas por las que más de uno decidió hacerse periodista.

La liebre y la tortuga. Imagen de Helenalaballena

Posdata 1: "A veces, sobre todo cuando voy en moto por la autovía, imagino que un accidente me mata en ese momento y comienzo a pensar en cómo quedaría mi vida. Qué dirían de mí mis cercanos, qué me habría quedado por hacer, qué sería de mis proyectos sin acabar... Es curioso, imaginando que muero, me doy más y mejor vida (...) A veces he cambiado repentinamente de dirección o de sentido y como motorista he ido a otro sitio (…) a dar un beso que alguna vez negué, a escuchar unas palabras que nunca me dijeron, a formular una pregunta que me impidió la timidez… Sí, de esas imaginaciones nació ese "os quiero" al finalizar mis mensajes.

Pero no es todo, pensar en mi muerte también me ha ofrecido la inmortalidad. Sí. Por ejemplo en esas largas rectas, a 120 Km/h, donde el horizonte se pierde en algún bosque inclinado de una montaña. Entonces recuerdo que también porto vidas colectivas, la misma que lleva aquel bosque o los animales que contiene, la misma que viven los pasajeros y conductores de los autocares que adelanto con la moto. Y de repente la vida que llevo es más fuerte de lo que creía y el tiempo se dispara, y en los escasos cien años de una vida individual crecen miles de millones de años de la Evolución. Entonces acelero la moto como si me sintiese un dios, no porque sea inmortal, sino porque llevo una vida capaz de serlo. Humana, planetaria, universal..." (reflexiones del lector CiudadanoNick).

Posdata 2: Ejercicio

Primero, olvida qué hora es durante sesenta minutos.
Hazlo regularmente cada día.
Después, olvida qué día de la semana es,
y hazlo regularmente durante una semana.
Después olvida en qué país estás,
y practica durante una semana,
y después hazlo todo junto,
con las menores interrupciones posibles.
Tras estas instrucciones, olvida cómo sumar o cómo restar.
No hay ninguna diferencia.
Puedes intercambiar ambas después de una semana.
Las dos te ayudarán más tarde a olvidar cómo se cuenta.
Olvida cómo contar,
comenzando por tu propia edad,
comenzando por cómo contar hacia atrás,
comenzando con los números pares,
con los números enteros,
comenzando por las fracciones,
con el calendario antiguo
continuando con el alfabeto,
olvidándolo todo hasta que cada cosa
sea continua y completa de nuevo.

(W.S. Mervin)

La partida la gana el tiempo

“El tiempo se me escapa entre las manos, como si fuese arena”, se queja un colega que se dedica a tiempo completo a esto de escribir para Internet. El periodismo, claro, siempre ha sido un asunto efímero. Vales lo que tu última historia publicada, me han dicho en más de una ocasión. Pero antes tu artículo duraba un día, con suerte hasta una semana; ahora madura y muere en nanosegundos, lo que tarda en que otro lo pise. Desde que el mundo se puede contar en 140 caracteres todo se ha vuelto todavía más vertiginoso.

He aquí una composición musical diseñada para durar mil años. Sonará hasta el final de 2999. Y en ese momento, si es que los humanos hemos dejado títere con cabeza para entonces, habrá completado su ciclo y volverá a comenzar de nuevo. Longplayer, como se llama esta iniciativa, se puede escuchar en el faro del puerto Trinity Buoy, en Londres, desde donde lleva sonando desde 1999. Y, globalmente, en streaming por Internet.

Esta música reproduce el sonido de los cuencos tibetanos, con resonancias armónicamente muy ricas y fáciles de reproducir, y una cualidad que es al mismo tiempo física y etérea, como caminar entre algodones.

El proyecto nació de una preocupación conceptual con la representación y la comprensión de la fluidez y la expansión del tiempo. Tiene la forma de una composición musical, pero también puede interpretarse como un proceso vivo de 1.000 años, una forma de vida artificial diseñada para sobrevivir todo este tiempo.

"Al hacer el tiempo tangible, el continuo de Longplayer ayuda a reducir el vertiginoso miedo al infinito y, de alguna manera, endulza el pensamiento de nuestra mortalidad", dice el creador del proyecto. "La música puede verse como un faro que indica el camino, una estrategia de supervivencia de las especies en una cultura de cambios rápidos".

Y a todo esto, ¿cómo suena? Llevamos un par de horas escuchándolo (un 0,00002 de su duración total, si no me equivoco con las cuentas) y mi marido ya está haciendo las maletas.


Fotografía promocional del Museo Cerralbo

El aire que respiras

"El aire que respiras": una bella línea para titular un poema. "Ni del Este ni del Oeste (...) / ni natural ni etéreo / no pertenezco a ningún sitio / sólo soy ese ser humano que respira", dice el místico persa Rumi.

La respiración, si me permitís volver por un instante al post anterior, es en yoga (y otras disciplinas) nada menos que la llave con la que controlamos nuestras emociones, estado mental y, en última instancia, nuestra conciencia. "¿Qué es Dios?", interroga Kabir, otro gran místico, a sus estudiantes. "Dios es la Respiración dentro de la Respiración", responde.

Lo que pasa es que los místicos no vivían en Madrid. De haber elegido estas coordenadas para asentar sus místicos traseros, irían con la mascarilla a todas partes a fin de evitar la tremenda boina negra que rodea la ciudad.

Un amigo me envió ayer desde su trabajo un mensaje con la noticia de que, pese a las advertencias sobre el altísimo grado de polución, los madrileños pasan de usar el transporte público. "¿Y tú, cómo has ido a trabajar hoy?" Le pregunté a mi amigo en otro e-mail. "En coche", respondió. Y así estamos, esperando la lluvia.

Fin del poema.

Tengo un móvil, luego existo

La vida es lo que sucede mientras hablamos por el móvil, parafraseando a John Lennon y tomando prestado de aquí. Para el 70 por ciento de los niños españoles, la inocencia –o la vida, vete tú a saber– se acaba pronto: entre los 10 y 13 años, de acuerdo con el estudio "Menores y Redes Sociales".

A esa edad, indica este trabajo, el móvil comienza a usarse como "correa digital" para que los padres tengan más control sobre sus hijos. Pero pronto pasa a funcionar como plataforma multimedia desde donde pueden mandar mensajes, jugar o chatear. De ahí a que se convierta en un rasgo importante de su personalidad hay un paso, y en herramienta clave para formar parte de la comunidad always on (siempre conectado), un suspiro: tres de cada cuatro menores de 18 nunca lo apaga.

Así las cosas, no cabe esperar que cuando estos niños lleguen a los 20 años sean capaces de mantener la atención durante más de uno o dos segundos, el tiempo que, según mis estimaciones, un humano de esa edad es capaz de escuchar a otro sin echar un vistazo furtivo a la pantalla más cercana.

Vivimos sin tiempo para pensar
, y lo que nos queda. Para atenuar la dureza de esta aseveración sucumbo al humor endiablado de la Niña Repelente. Que nadie se ofenda.


La ciencia del yoga

Ya pueden decir que caen ranas del cielo, como en Magnolia. En casa de mi familia política, lo que sale en la tele va a misa. Algo parecido ocurre con la ciencia. Después de años proclamando a los cuatro vientos sus ventajas, de practicarlo y enseñarlo, el otro día un amigo cercano va y me dice: “¿Has visto este artículo sobre los beneficios del yoga? ¡Es muy bueno para el dolor de espalda!”

Suspiro. A falta de tele, buena es la ciencia.

El pasado fin de semana, por cierto, se celebró en el Círculo de Bellas Artes de Madrid el Campeonato Europeo de Yoga. El yoga es al espectáculo lo que un abeto al fondo del mar, o eso creía yo. Como tantos y tantos asuntos en estos tiempos convulsos en que vivimos, esta disciplina se resiste a una clasificación fácil.

Tomemos, por ejemplo, el Doga, o yoga para perros; los retiros de yoga y vino; el aeroyoga, o yoga en un columpio. A esto se suman las numerosas denominaciones de origen (la mayoría made in USA) como Anusara, Kripalu, Acroyoga o Yin, basadas a su vez en las escuelas más tradicionales. Un totum revolutum que despista a cualquiera.

Tal frenesí ha dado lugar al Take yoga back, un movimiento para recuperar sus raíces en el hinduismo y concienciar al personal de que el hatha yoga (el yoga físico de las posturas) es sólo una de las ocho vías del raja yoga, una disciplina que abarca todos los aspectos de la vida. “Centrarse exclusivamente en el yoga físico sin la espiritualidad es rudimentario y deficiente”, dice Aseem Shukla, uno de los impulsores de una campaña que ha desatado una fuerte discusión que se mantiene viva en influyentes medios de EEUU.

Lo más conveniente, me parece, es olvidarse de todo este tinglado: “Cuando el dedo está apuntando a la Luna, no mires al dedo”, dice el dicho Zen. Cortémoslo. Más allá del comercialismo brutal que lo acosa, del ejército de gurús de medio pelo, de las Jane Fonda de turno, el yoga funciona. Lo dice la ciencia.