6 posts de marzo 2011

Grandes experimentos nunca hechos

¿Qué ocurriría si a los pacientes con psicosis se les tratase con la máxima bondad y la mínima medicación?

¿Y si los detectives privados se dedicasen a investigar las paranoias?

¿Por qué el aprendizaje es lento?

¿Podemos saber con precisión lo que ocurre en el desarrollo de un niño cuando cambia de progenitores pero no de casa, colegio, barrio, grupos culturales o, en suma, entorno?

En un ambiente extremo, como la vida en prisión, ¿somos libres o está determinada nuestra conducta?

¿Qué ocurre cuando morimos?

Ya que hablábamos de psicología, estas son algunas de las sesudas cuestiones expuestas por el grupo de expertos que respondieron a la pregunta que en su momento les planteó la Sociedad Británica de Psicología en su blog : ¿cuál es el experimento psicológico más importante y nunca hecho?

Entre las 13 propuestas está la de Martin Seligman, uno de los padres de la psicología positiva. Seligman propone que la psicología, que durante los últimos cien años se ha centrado en lo problemático, las patologías, dé un golpe de timón para fijarse en las fortalezas, virtudes, emociones positivas, gratitud, esperanza, etc, de las personas. El experimento que propone es tratar a un grupo numeroso de pacientes con depresión, dividirlos en dos grupos y asignarlos bien a terapeutas especializados en psicología positiva o bien psicoterapia más tradicional, y ver qué ocurre.

Me llama igualmente la atención la propuesta del psicólogo social Alex Haslam: echar por tierra definitivamente el famoso –e infame– experimento de la Prisión de Stanford sobre la influencia de un ambiente extremo –en aquel caso, la vida en una cárcel–, en la conducta de las personas. Esto supondría, indica Haslam, emprender un estudio que desafíe la idea de que la tiranía es la consecuencia inevitable de asignar a la gente un rol de poderoso (carcelero, en el experimento) o indefenso (prisionero).

De todas las propuestas, he aquí la cuestión más llamativa y difícil de resolver: “La mayoría de los científicos piensa que la muerte supone el final de nuestra conciencia personal, mientras que los creyentes piensan que el alma o el espíritu sobrevive", señala Susan Blackmore. Y se pregunta: "¿cómo encontrar la verdad?”.

Ahí es nada. Un post tan ligero como la pata de un elefante.

La siesta y la cama

Del sueño a la siesta. Sin alejarnos demasiado del tema anterior, he aquí la excusa perfecta para echarse una cabezadita. Un equipo de la Universidad de Berkeley acaba de publicar un estudio que indica que, cuando nos mantenemos despiertos durante todo el día (o sea, sin siestecita) somos cada vez más sensibles a las emociones negativas. Frente a ello, las personas que duermen un rato al mediodía se muestran menos susceptibles a las emociones negativas y más receptivas a las positivas.

Me pregunto qué haríamos sin científicos que nos descubran el mundo. Lo que más me interesa, en cualquier paso, es saber de dónde procede esta mayor negatividad. Una posibilidad, respaldada por investigaciones anteriores sobre los problemas que ocasiona la falta de sueño, es que la parte del cerebro encargada de procesar emociones se va fatigando más y más a lo largo del día y, por tanto, es menos capaz de capear los temporales.

Otra explicación es que la mayor sensibilidad al miedo y a la ira son fruto de estrategias de adaptación: a medida que nos cansamos, tiene sentido que estemos más vigilantes ante las señales que indican peligro. Lo que queda claro es que una pequeña siesta proporciona una recarga emocional y altera la forma en que reaccionamos a los estímulos de fuera.

Y hablando de siestas y la felicidad de las pequeñas cosas: haz la cama. Esta es la resolución favorita de muchos lectores del Proyecto Felicidad, que indican que la práctica de esta modesta actividad contribuye de forma importante a su nivel de satisfacción personal.

“La felicidad es una aspiración sublime, y hacer tu cama es una actividad tan prosaica. ¿Por qué incrementa la felicidad de una forma tan efectiva?” se pregunta la autora del blog. Y ofrece dos explicaciones: hacer la cama es una tarea que, a pesar de su rapidez y sencillez, transforma el ambiente. Todo parece más arreglado. Es más fácil encontrar tus zapatos. Tu dormitorio es un lugar que inspira mayor tranquilidad. Y, para la mayoría de las personas, el orden de fuera contribuye a la paz interior.

Por otra parte, mantenerse fiel a una resolución, sea cual sea, trae consigo satisfacción. Si adquieres este pequeño compromiso, comienzas el día sintiéndote eficiente y productivo.

Claro que si te criaste en la casa de Bernarda Alba, en una atmósfera rígida y disciplinada, lo más probable es que dejarlo todo desordenado sea lo que te procure esa satisfacción. Pero a lo que íbamos: con las sábanas revueltas o bien estiraditas, échate la siesta.

La poesía y el sueño

La poesía siempre viene bien. Pero hoy parece que toca. ¡Y es primavera! Además, ¿nunca habéis pensado dónde va uno cuando duerme? ¿A la infancia, al futuro, a un lugar sin tiempo? ¿A un tiempo sin lugar? ¿Hay alguien que no se enternezca al contemplar un niño durmiendo?

Descubrir lo que hay más allá del sueño,
lo impredecible,
lo certero,
lo más que imaginado,
lo que los ojos buscan cubrir en el sueño.

Ver en ti mi cara,
mi cara interpretada:
mitad mía, mitad clara.

Frederico Barbosa ("Cantar de Amor entre os escombros").

(La traducción del portugués es mía. La foto, también).

El poema en portugués, esa lengua tan poética:

Descobrir o além do sonho
o impensado,
o certo,
o mais que imaginado,
o que os olhos buscan cubrir no sonho.

Ver em você, minha cara,
minha cara interpretada:
metade minha, metade clara.

Frederico Barbosa ("Cantar de Amor entre os escombros")

Alerta amarilla en Japón

Tengo una amiga japonesa, una antigua compañera de piso, que vivía cerca de la zona afectada por el tsunami. No tengo noticias sobre su paradero.

A diferencia de mis otros roommates, que parecían sonajeros andantes, Kumiko era silenciosa como un ratón. No dejaba pelos en el baño ni restos de pizza por el sofá; por la noche, no tiraba de la cadena para no molestar. Fue una de las pocas épocas de mi vida en las que no necesité tapones para dormir.

Me cuesta sudores comprender los detalles técnicos de lo que está ocurriendo en esa central nuclear, por bien explicado que esté. La cuestión emocional, sin embargo, me queda bastante más clara.

Y, desde ahí, también yo me pregunto: ¿es cierto que Japón vive en el caos? Da que pensar:

Felicidad, desdicha y Facebook

Leo en su perfil de Facebook sobre el más reciente de la larga lista de éxitos de una antigua compañera de trabajo. Otra conocida coloca en su perfil unas fotos donde aparece morenísima, rodeada de amigos sonrientes en un entorno paradisíaco. Una tercera cuelga la imagen de su tarta de cumpleaños, un gigantesco pastel de fresas con nata en una mesa que parece dispuesta para cientos de comensales. Y yo aquí, aporreando el ordenador bajo el cielo gris y contaminado de Madrid.

¿Qué tiene de veraz todo esto? Como veremos enseguida, poco.

Un estudio de la Universidad de Stanford publicado hace unas semanas en la revista Personality and Social Psychology Bulletin analiza precisamente esto: hasta qué punto uno se siente mal después de navegar por Facebook y observar las fotos, biografía y actualizaciones invariablemente dichosas de tus contactos. Los participantes en este estudio –estudiantes elegidos al azar– se mostraron convencidos de que “todo el mundo disfrutaba de una vida perfecta”. Todo el mundo menos ellos, claro.

Hay incontables maneras de hacerte sentir mal. Asumir que estás solo en tu infelicidad es otra de ellas, indica Libby Copeland en la revista Slate.

Imagen de Lin Chia Hui

“Si solo quisiéramos ser felices, sería fácil; pero queremos ser más felices que los demás, y esto es casi siempre difícil, ya que los creemos más felices de lo que son”, dijo Monstesquieu varios siglos atrás. Si las conclusiones de esta investigación son correctas, Facebook tiene un poder especial para hacernos sentir más tristes y más solos. “Subrayando la versión más inteligente, divertida de la vida de la gente, e invitando las comparaciones constantes en las que tendemos a vernos como los perdedores, Facebook parece explotar el telón de Aquiles de la naturaleza humana", indica el estudio.

Los investigadores comprobaron hasta qué punto los participantes subestimaban las experiencias negativas de sus amigos en Facebook y, por el contrario, sobreestimaban las positivas. Por otra parte, resulta que cuanto más subestimaban las emociones negativas de otras personas, más solos y desdichados de sentían.

Pero resulta que Facebook se caracteriza precisamente por eso: por la exhibición de las “propiedades” de uno en forma de un ejército de amigos, observaciones inteligentes, fotos de bebés perfectos que no lloran ni se hacen caca.

El mismo diseño de Facebook, con ese botón de “me gusta”, sin el correspondiente “odio” o “no me gusta”, refuerza ese tipo de discurso de permanente –y falso– buen rollo. Copeland propone el siguiente ejemplo: a nadie le gustará tu actualización de que tu gatito ha muerto, pero sí saber que el animal fue valiente hasta el final. “La felicidad es impersonal, pero el dolor no, concluye.

Quizá conozcáis la fábula budista en la que un hombre se lamenta ante su maestro de la cantidad infinita de desdichas que lo afligen. Y el maestro propone lo siguiente: que todos los habitantes del pueblo introduzcan sus desdichas en un saco, y coloquen este saco en el centro del pueblo. E invita al infeliz a escoger otro saco diferente al suyo. A lo que, por supuesto, el hombre renuncia. Queremos la felicidad de los otros, pero no sus penas. ¿Hacía falta Facebook para recordárnoslo?

Debilidad, vulnerabilidad y lo femenino

"Nuestra sociedad es masculina, y hasta que no entre en ella la mujer, no será humana", dice Ibsen, el dramaturgo, en una célebre cita. ¿La mujer o los “valores femeninos”? No me he fumado nada: el otro día hablábamos de elaborar un manifiesto personal como oportunidad para articular nuestros valores, aquello que uno cree que es importante. ¿Crees que podríamos asignarles un género?

He aquí uno de los puntos que pienso incluir en mi manifiesto: abrazar mi vulnerabilidad. Hace poco escuchaba a Brené Brown, una investigadora especialista en indagar en lo que subyace tras las conexiones humanas. Su trabajo da pistas muy interesantes sobre las diferencias entre ser débil y ser vulnerable, lo que viene a equivaler, si no entendí mal, con comparar una medusa con un baobab.

La vulnerabilidad, indica Brown, es el punto de partida de la creatividad, de la dicha, la pertenencia, el amor. Sin ella, por mucho que nos empeñemos, no hay nada. La investigadora lanza estas preguntas importantes, sobre las que te propongo reflexionar: ¿Qué ocurre cuando intentas ser invulnerable? ¿Qué es lo que te hace sentir vulnerable?

Día de la Mujer, Ayuntamiento de Burgos (primer premio), por Virginia Pedrero

“Y en el fondo me convencí de que las mujeres no somos únicamente la casta oprimida que se rebela, no somos sólo compañeras en una lucha de liberación (…). Las mujeres pueden ser para las mujeres criaturas de las que una puede fiarse, en quienes se puede confiar, con las que una está bien, con la que una se puede pasar noches tocando flautas, con quienes es divertido bailar, discutir, hacer proyectos y convertirlos en realidad”.

Librería de mujeres de Milán. Extraído por Entredós de la Agenda de las mujeres ‘fotógrafas’.

Natalia Martín Cantero


Este blog ha dado tanta vueltas como su autora. De Madrid a Pekín y vuelta. Hablo de bienestar integral: si lo consigues, me cuentas cómo.
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