8 posts de mayo 2011

Camino y carretera

"Claro que hay lugar para la esperanza, pero lo malo es que no sabemos dónde", dice Garrido hoy. La frase casi me gusta tanto como aquella otra: "lo que hay que saber no es lo que hay detrás de la noticia, sino delante de ella". En la famosa canción de Manu Chao, la esperanza siempre queda en la próxima estación. En este bellísimo pasaje de Milan Kundera, forma parte del propio camino:

 “Camino: franja de tierra por la que se va a pie. La carretera se diferencia del camino no sólo porque por ella se va en coche, sino porque no es más que una línea que une un punto con otro. La carretera no tiene sentido en sí misma; el sentido sólo lo tienen los dos puntos que une. El camino es un elogio del espacio. Cada tramo del camino tiene sentido en sí mismo y nos invita a detenernos. La carretera es la victoriosa desvalorización del espacio, que gracias a ella no es hoy más que un simple obstáculo para el movimiento humano y una pérdida de tiempo.

Antes de que los caminos desaparecieran del paisaje, desaparecieron del alma humana; el ser humano perdió el deseo de andar, de caminar con sus propias piernas y disfrutar de ello. Ya ni siquiera veía su vida como un camino, sino como una carretera: una línea que va de un punto a otro, del grado de capitán al grado de general; de la función de esposa a la función de viuda. El tiempo de la vida se convirtió para él en un simple obstáculo que hay que superar a velocidades cada vez mayores.

El camino y la carretera son también dos concepciones diferentes de la belleza. Cuando alguien dice que en tal o cual lugar hay un paisaje hermoso, eso significa: si paras el coche verás un hermoso castillo del siglo XV y junto a él un parque; o: hay allí un lago y, por su brillante superficie, que se extiende a lo lejos, navegan los cisnes. En el mundo de las carreteras un paisaje hermoso significa una isla de belleza unida por una larga línea a otras islas de belleza.

En el mundo de los caminos la belleza es ininterrumpida y constantemente cambiante; a cada paso nos dice: ¡Detente!”

 

Españistán, Shiva y los cubos de basura de Sol

La megafonía de Sol insta repetidamente a los acampados a que sean cuidadosos y separen los diferentes tipos de desperdicios. Los cubos de basura,  que se alinean detrás de la boca de metro en forma de burbuja, llevan carteles pegados para distinguir el plástico, papel, vidrio y orgánico.

Paso casi todas las tardes por allí y esta pequeña ciudad cada vez me recuerda más, salvando las distancias, a Berkeley: abunda la comida vegetariana, los espacios feministas, de defensa de los animales, chiringuitos "del amor y la espiritualidad"... También hay mucho fumado, tatuajes y piercing que acentúan más y más ciertos estereotipos.

Ayer una señora mayor muy enjoyada, de esas que por las tardes se junta con sus amigas para merendar tortitas con nata en el Vips, se quejaba ante dos policías de que había “unos jóvenes sin camisa lavándose los pies en la fuente”. La pobre señora necesitaba contactar con alguien que le ayudase a restablecer un cierto orden en el universo. Los policías no le hicieron ni caso y la escena me hizo reír.

Hasta que me di cuenta de que también yo, a mi modo, me había enfadado un poco con la música machacona, la marihuana, el desorden, los millones de asambleas, la edad media de una congregación que me hace sentir anciana.

El caso es que, volviendo a la cuestión de las basuras, la hora de la recogida me pilló ayer por causalidad al lado de los cubos. A eso de las 9 de la noche llegó el camión municipal, se bajaron los empleados con sus monos naranjas y ¿qué hicieron? Pues echarlo todo al mismo camión. Ni reciclaje ni leches.

Veo cómo Shiva se frota las manos ante la apabullante capacidad que tenemos los españoles para construir en una respiración y destruir en la siguiente. Así somos: capaces de organizar esta revolución (o, para el caso, montar una mastodóntica conferencia internacional de la noche a la mañana) y tirarlo todo por la ventana un momento después.

Está haciendo gran mella el comic y vídeo que lo acompaña Españistán. País de mierda: ¿no es este el tipo de crítica cínica, dañina, destructiva, que incide en los mismos defectos que pone sobre la mesa, sin aportar ninguna solución? 

Qué alivio

Joan Ribó, el político valenciano que ha renunciado a su escolta y a su coche oficial y ha dicho que irá en bici a la oficina, me recuerda lo grandes que pueden ser los pequeños gestos.  

Lo usual es que poco tiempo después de hacerse con el poder los gobernantes se conviertan en gentes de otro planeta (contando con que no lo fueran antes; a menudo es el caso). Consejeros de Transportes que desconocen la existencia del Metrobús; consejeros de Cultura que no van al cine desde El lago azul; políticos incapaces de poner precio a la barra de pan o al cartón de leche: hay muchas maneras de justificar estas omisiones, pero a mí todas ellas me parecen una extravagancia.

El modisto o el cineasta pueden ser extravagantes si lo desean. Pero yo quiero que me representen hombres y mujeres que no hayan perdido su condición de humanos, de seres que sufren los empujones del autobús, las colas del médico, los timos de la compañía telefónica de turno, la cola de la frutería, la mediocridad del colegio público. ¿No son estos detalles, acaso, los que conforman nuestro día a día? ¿Cómo vas a resolverlos si nunca has estado en contacto con ellos?

“Tampoco quiero coche oficial, yo siempre voy en bicicleta y el transporte público sirve mucho para conversar con los vecinos y conocer sus problemas”, dice Ribó. No recuerdo el nombre de ese alcalde de Londres que iba a trabajar en metro todos los días y aprovechaba el trayecto para leer la prensa y tomar el pulso a sus paisanos. Entonces una piensa: puede equivocarse, pero es de este mundo. Qué alivio. 

 

Felicidad Interior Bruta en Sol

"No somos anti-sistema, el sistema es anti-nosotros", es uno de los eslóganes que más se repite entre los acampados y manifestantes de Sol. Lo anti-sistema es, por supuesto, la corrupción, la injusticia, la impunidad, las prácticas deshonestas que han conducido al 15M. Pero también el perverso sistema financiero en que nos movemos.  

Desde que leí a Erich Fromm, cuando todavía tenía hora para volver a casa, me quedé enredada con su idea de que lo bueno para el funcionamiento de la economía es nocivo para nuestra salud mental. Han pasado muchos años pero ese jeroglífico sigue en pie; sólo hay que darse una vuelta por el centro de Madrid.

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¿Qué bien haré hoy? La agenda de Franklin

Me parece tan inimaginable como deseable que un político de nuestros días se levante por la mañana y, mientras se afeita o se maquilla, se haga esta pregunta: ¿qué bien haré hoy? Impregnada de la indignación que por fin nos rodea, una los visualiza maquinando mangoneos y choriceos, ausentes en la presentación de sus propios programas electorales, inaugurando hospitales en medio de descampados... Nada más lejos, en fin, del espíritu con el que al parecer Benjamin Franklin comenzaba y terminaba su jornada.  

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La agenda de Benjamin Franklin. Visto en Vida Sencilla

Es interesante, por otra parte, observar el número de horas que este hombre, que además de político era escritor, científico o inventor (del pararrayos, entre otras cosas) dedicaba al trabajo. Traduzco: 

La pregunta de la mañana. ¿Qué bien haré hoy? Actividades: De 5 a 8: levantarse, asearse, arreglar los negocios del día, tomar la resolución del día; proseguir el estudio y desayunar. De 8 a 12: trabajar. De 12 a 2: leer, mirar mis finanzas y comer. De 2 a 6: trabajar.

La pregunta de la tarde: ¿Qué bien he hecho hoy? Actividades: De 6 a 10: Colocar las cosas en su sitio; cena, música, entretenimiento o conversación. Análisis del día. De 10 a 5: dormir.

Meditación y estrés

¿Cómo puede ser que el simple hecho de centrarte en tus pensamientos tenga estos impresionantes efectos físicos? La pregunta llega del post anterior y reconozco que me da un poco de yuyu adentrarme en cuestiones de este calibre, pero peor sería dejarlo colgando.

Como bien puntualizaba la pequeña Jackie Hawkins, ese hecho no es nada simple y, la misma manera de formular la pregunta está impregnada de la educación cartesiana que la que suscribe, aunque a veces le gustaría, no puede negar haber recibido.

Pero comencemos por el principio. Quizá la manera más sencilla y directa de aproximarse –digo aproximarse, ojo, quizá un centímetro o dos– a lo que la meditación puede hacer por nosotros sea en relación a la manera de responder al estrés.

Cuando el cerebro detecta una amenaza en el ambiente (te persigue un perro rabioso, por ejemplo), envía al cuerpo las señales de alarma que te permitirán enfrentarte al perro o salir corriendo con más efectividad: el corazón y la respiración se aceleran, tus pupilas se dilatan, la digestión se detiene, etc.

Es una respuesta muy útil para escapar o luchar contra este animal, y es lo que permite que consigas correr como una bala o saltar un muro que unos momentos antes parecía infranqueable. Pero el precio es alto: son momentos de gran desgaste para el cuerpo.

Ocurre que el cerebro no distingue entre una amenaza real e inmediata (se desata un incendio en tu casa) y otra imaginaria (una discusión, por ejemplo). Hay gente que va por ahí como si tuviera un perro rabioso permanentemente amarrado al trasero. O sea, con estrés crónico a causa de problemas en el trabajo, presión ante las deudas o una ex-novia que no le llama. Este estrés crónico incrementa el riesgo de contraer desde diabetes a enfermedades del corazón. Y, cómo no, también afecta a los telómeros, volviendo al post anterior.

La meditación –que, por cierto, es una cosa distinta a la reflexión, aunque a veces la palabra se utilice en ese sentido– es una poderosa herramienta para transformar la manera en que respondemos a los eventos externos. Una mente calmada y estable reacciona de forma muy diferente a otra agitada. Y es esta respuesta –nuestra percepción de lo que sucede y no el acontecimiento en sí– lo que determina la cantidad de estrés que vamos a experimentar.

Obsérvese cómo lo que a uno le supone un estrés tremendo a otro le parece una tontería, y viceversa. Nada es verdad ni mentira, todo depende del cristal con que se mira, le gustaba repetir a mi abuelo. Quien, por cierto, en su vida había oído hablar de meditación.

Un centímetro o dos, ya lo había advertido... Conciencia
¿Qué es, para ti, la conciencia? Una genial visualización (en inglés).

Contra las arrugas, medita

La meditación es mucho más que una experiencia espiritual o mental: tiene efectos a largo plazo en la salud física. Y entre estos efectos podría estar el de retrasar el envejecimiento. ¿Palabrería? ¿Pseudociencia? La relación, tan estrecha, que la meditación guarda con la religión y la espiritualidad suele plantear dudas sobre la credibilidad científica de los investigadores que estudian estos asuntos. El proyecto Shamatha podría acabar con ello.

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Imagen de Tilomilo

Se trata de un esfuerzo de ocho años en el que se embarcó un equipo de científicos norteamericanos, con el neurocientífico Clifford Saron, de la Universidad de California en Davis, a la cabeza, para probar más extensamente las bondades de la meditación. Se ha demostrado, por ejemplo, que la meditación “mindfulness” (aquella que lleva la atención consciente a las cadenas de pensamientos) es más efectiva que los medicamentos para prevenir la recaída en pacientes con depresiones recurrentes. La práctica puede bajar la presión arterial o mejorar la respuesta inmunológica de pacientes con cáncer, entre otros numerosos beneficios. 

También se sabía que la meditación protege contra el declive cognitivo que acompaña el proceso de envejecimiento. Pero esta investigación es la primera en sugerir que tiene un papel importante en el envejecimiento celular, según explica Jo Marchant en este excelente artículo de The Guardian (en inglés).

Los investigadores observaron los efectos de la meditación en 60 personas que participaron en un retiro de tres meses en el Shambhala Mountain Center, un centro budista de las montañas de Colorado. Colocaron sensores en los participantes y transformaron el sótano del centro en un sofisticado laboratorio equipado con monitores para el cerebro y el corazón. Los científicos se dedicaron a observar los efectos de la meditación en la percepción y el bienestar de los participantes, entre otras cosas.

Pero esto ya se había hecho antes (aunque no en un experimento de esta magnitud). La principal novedad procede de las investigaciones de la psicóloga de la Universidad de California en San Francisco (UCSF) Elissa Epel, que se dedicó a observar los cromosomas de los participantes, en particular sus extremos, llamados telómeros. Los telómeros juegan un papel importante en el envejecimiento de las células, y actúan como un "reloj" que limita su tiempo de vida. Cada vez que una célula se divide, sus telómeros se acortan.

La psicóloga se planteó, explica Marchant, si los telómeros pueden o no verse afectados por factores psicológicos. Lo que encontró fue que al final del retiro, los meditadores tenían una actividad en los telómeros mucho más elevada que el grupo de control. “Si el incremento en la telomerasa –una enzima– se sostiene durante el tiempo suficiente”, indica Epel, “es lógico inferir que este grupo puede desarrollar telómeros más estables y posiblemente largos a lo largo del tiempo”.

¿Cómo puede ser que el simple hecho de centrarte en tus pensamientos tenga estos impresionantes efectos físicos? No quiero abusar: lo dejo para el siguiente post. Mientras tanto, seguro que nuestro Nexus Budista -y demás contertulios- tienen algo interesante que aportar.

Los ricos también lloran

"No me sentí seguro financieramente hasta que no tuve 1.000 millones de dólares en el banco".

¿Te imaginas? La respuesta es real y pertenece a uno de los 165 multimillonarios que participaron en un estudio del Centro para la Riqueza y la Filantropía de Boston, publicado recientemente en la revista The Atlantic.

Tengo una amiga de la infancia que desde hace años trabaja como odontóloga en una clínica de su propiedad. Cuando ella conducía su propio coche, nosotras, sus amigas, todavía comíamos migas de patatas. Y, sin embargo, el mayor miedo de mi amiga siempre fue quedarse de patitas en la calle. Que esta exitosa profesional, con sus vistosas camisas de Custo y sus zapatos de piel de cocodrilo vaya a acabar en el banco del parque agarrada a un cartón de Don Simón es tan absurdo como que mi gato se ponga a cantar el Ave María.

Quizá no tengas que mirar muy lejos para encontrar tu propia versión de persona acomodada y miedosa (y, por tanto, infeliz). La abundancia, como se ha dicho tantas veces, es un estado mental que procede de dentro y que no tiene que ver con la cuenta corriente. Por eso es frecuente toparse con personas "pobres" que desprenden generosidad, y viceversa.

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Portada de Dinero, del dibujante Miguel Brieva.

¿Qué es suficiente? El estudio revela que muchos entrevistados no se consideran lo suficientemente ricos; para serlo, deberían incrementar sus fortunas en una cuarta parte, como media. Cuando se trata de gente con decenas de millones de dólares en el banco, la cosa se pone fea.

“Al igual que el cuerpo humano no se ha desarrollado para lidiar con el exceso actual de abundantes grasas y azúcares, y reclamará otra hamburguesa de queso cuando no debería, la mente humana no se desarrolló para lidiar con el exceso de dinero, y deseará más incluso cuando se ha convertido en un problema más que en un apoyo”, escribe Graeme Wood en  la revista.

Ni seguridad ni tampoco bienestar emocional. La desconfianza que surge cuando temes que sólo te quieran por tu dinero te convierte en un desgraciado, indica el estudio. Por otro lado, está el temor a que tus hijos sean unos mimados con vidas disipadas, o a que se te perciba como un desagradecido si te quejas.

"Se preocupan por perderlo, se preocupan por cómo invertirlo o las repercusiones de tenerlo. A medida que se incrementan los ceros, crecen los dilemas", dice el psicólogo Robert A. Kenny, uno de los responsables del trabajo.

El estudio está sesgado, porque sólo incluye las confesiones de aquellos que se tomaron la molestia de responder el cuestionario de los investigadores. Pero, aún así, deja claro que los que no nadamos en oro "disfrutamos" de otras cosas, como la ilusión de que el aumento de sueldo o ganar la lotería nos vayan a procurar felicidad. Los millonarios ya saben, indica Kenny, que ningún yate es tan estupendo, ningún vino es tan maravilloso como para curar el alma o garantizar que tus hijos no se conviertan en unos crápulas.

“El dinero es como el fuego: calentará tus pies o te quemará los calcetines”, dice el Deuteronomio. Por aquí ya sospechábamos que la distancia entre uno y otro evento es pequeña; por el ojo de la aguja no caben ni los pelos del camello. 

Natalia Martín Cantero


Este blog ha dado tantas vueltas como su autora. Ahora, en China.
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