Dientes de leche (y otros objetos prescindibles)
Si los objetos tienen historia, ¿al deshacerte del objeto también te desprendes de la historia?
Me dice mi madre, que es de las que conserva desde el huevo de madera con que mi abuela remendaba los calcetines de sus ocho hijos hasta un par de entradas de "La naranja mecánica", que hace unos días tiró mis dientes de leche. Hasta ese momento, los guardaba en una cajita forrada de terciopelo azul, al fondo de su joyero.
Como yo misma estoy a punto de recolectar el primero de esos dientes, pequeño como una lenteja, me siento doblemente aludida con la noticia. ¿Los habrá tirado a la basura, así sin más, perdidos entre las cáscaras de plátano y las espinas del pescado? ¿Se habrá deshecho, también, de la historia?
¿Y qué ha ocurrido con la cajita de terciopelo azul? ¿La habrá conservado? ¿Es más valioso el continente que el contenido? ¿Qué joya puede ocupar el lugar de los dientes de leche de tu primer hijo? ¿Acaso confía en que le ceda el que pronto tendré en mis manos? ¿Una historia puede ocupar el lugar de otra historia, como un clavo el lugar de otro clavo?
En su blog Todo tiene que salir, la escritora neoyorquina Chappell Ellison se propone liberarse de un objeto cada día. “En un intento de vivir con menos”, dice Ellison, “regalo mis cosas, una a una. Algunas veces el objeto estará acompañado de una narrativa personal que quizá haga que desees más el objeto (o menos). Al dejar ir esos objetos y sus memorias, espero comprender más sobre la forma en que colocamos significados sobre las cosas que nos rodean”.
Hasta la fecha, Ellison ha venido regalando camisas con arrugas y pelotillas, libros, Dvds y parafernalia como la familia elefante de aquí abajo. Pero el verdadero reto, creo, es desprenderse de esas cosas que una salvaría de un incendio, y dejar que se quemen sus historias.
“El verano en Londres es horrible. Los turistas. El calor. La lata de sardinas del metro. Me metí en el cuerpo una buena cantidad de Shakespeare, comí pizza deliciosa y bebí un montón de Guinness. Caminando por Covent Garden, compré estos elefantes amarillos de plástico, un premio de consolación por un bolso más caro que no me podía permitir. Ahora agradezco que tuviera un presupuesto limitado: el bolso tenía la forma de una tetera”. (Chapell Ellison)




