Resulta difícil pensar en médicos-poetas en un momento como este, donde predomina la imagen de consultorios atiborrados y médicos fríos, autómatas expendedores de recetas. Y, sin embargo, la medicina ha sido tradicionalmente caldo de cultivo de poetas. No en vano Apolo era dios de la poesía y de la medicina, dos artes que, en la mente de los antiguos griegos, aparecían íntimamente ligadas entre sí.
Ahí están John Keats, Oliver Wendell Holmes, el muy influyente William Carlos Williams, Más cerca de nosotros, recordemos al famoso endocrinólogo Gregorio Marañón.
Eran otros tiempos. Así que cuando la escuela de medicina de la Universidad de Yale, en EEUU, organizó en colaboración con otra escuela de medicina de Londres un concurso de poesía para sus estudiantes, la pasada primavera, no vaticinaban una acogida a su propuesta particularmente calurosa. Pero se ve que las musas –junto con los 1.500 dólares de premio para la poesía ganadora– hacen milagros, y al final el número de participantes ascendió a la nada despreciable cifra de 160.
“Habíamos infravalorado el interés de los estudiantes en poesía (…) y la calidad de su trabajo”, señaló John Martin, organizador del concurso y profesor de medicina cardiovascular del University College, en Londres. A Martin se le saltaron las lágrimas con el poema Mastectomía, uno de los ganadores, que comienza así (traducido del inglés):
será un honor limpiar las cicatrices
no creas que mis lágrimas
suponen una pizca de lástima
sólo alegría
podría bañar mis ojos.
será un placer
abrazarte
Martin cree que la buena acogida que ha tenido el concurso refleja una resurrección del interés entre los médicos por la poesía. Al fin y al cabo, la habilidad para conectar emocionalmente con el paciente siempre fue algo necesario. Al menos hasta que numerosos doctores comenzasen a integrarse en el engranaje de una fábrica de tratar enfermos al servicio de la industria farmacéutica (y, más recientemente, de los recortes).
La poesía se nos antoja un buen antídoto contra esta maquinaria que amenaza con tragarse a unos y otros. Con ella, señala Thomas Duffy, profesor de medicina de Yale, los médicos estarán “más preparados para plantear a los pacientes las preguntas adecuadas”. Duffy no es el único en creerlo: la escuela desarrolló recientemente una lista de lecturas obligatorias, poesía incluida, para sus estudiantes.
¿Qué mejor manera de expresar, por ejemplo, lo que siente un paciente al que se le acaba de diagnosticar un cáncer? Como concluye el poema Cáncer de Invierno, de Marilyn Hacker,
Tu voz le pide a la noche indiferente:
“Todavía no sé cómo morir. Déjame vivir.”
Más poesía y menos recetas. Lo dejó dicho Robert Graves: "Una bien seleccionada antología es un dispensario completo de medicina contra los trastornos mentales más comunes, pudiendo emplearse lo mismo para prevenirlos que para curarlos".