¿Hay algo que el dinero no pueda comprar?
Cuando Victor Grifols, el presidente de la multinacional farmacéutica española del mismo nombre, sugirió que los parados podrían obtener unos euros extra vendiendo su sangre, muchos nos echamos a temblar. “Es un síntoma, uno más, de la enorme gravedad de lo que nos está pasando con la crisis; del pozo en que nos estamos metiendo y de lo desnortados que acabaremos por estar”, señala Patricio de Blas, catedrático de historia jubilado. “El hecho tiene componentes legales, éticos y hasta estéticos de enorme interés y, por nuestra salud mental y física y por el futuro de nuestros nietos, sería menester que reaccionáramos ante cosas como esta”, apunta.
Como recuerda de Blas, tener deudas fue uno de los motivos que, en el pasado, conducían a la esclavitud. “No les extrañe que algún listo esté pensando proponer que, en lugar de castigar con cárcel a los que no pagan –con el gasto de alimentación y alojamiento que eso supone–, se legalice la esclavitud”.
El profesor no va desencaminado. En Estados Unidos (donde la sangre sí tiene un precio, al igual que en algunos países europeos), no hay esclavitud, pero se puede pagar una celda mejor: los convictos por crímenes no violentos pueden mejorar sus condiciones en la cárcel por unos 70 € la noche. Y es que no hay, respondiendo a la pregunta del encabezado, demasiadas cosas que el dinero no pueda comprar.
Otros ejemplos:
*El derecho a disparar un rinoceronte negro en peligro de extinción (lo del elefante ya lo sabéis): 195.000 €. Sudáfrica establece una cuota anual para que algunos terratenientes maten a un número limitado de rinocerontes.
*El derecho a emitir dióxido de carbono en la atmósfera: 8€ unidad métrica. La Unión Europea controla un mercado de dióxido de carbono que permite que las compañías compren y vendan, con créditos, el derecho a contaminar.
*Servir como conejillo de indias en pruebas con medicamentos para una farmacéutica: variable, dependiendo de la peligrosidad del medicamento.
*Servicios de una madre de alquiler india: 6.200 €. Las parejas (especialmente norteamericanas) que buscan madres de alquiler con frecuencia externalizan el trabajito a madres Indias, porque desembolsan una tercera parte de lo que les costaría en EEUU.
*En EEUU se paga a los niños de algunas escuelas en zonas desvaroecidas por leer libros para fomentar la lectura (dos dólares por libro); a las mujeres embarazadas que ofrecen sus vientres como espacio publicitario al mejor postor en la Red o incuso por tatuarse en la frente el nombre de un casino.
Algunos de estos ejemplos tienen un toque genuinamente americano. Pero ¿qué está pasando aquí? Que cada vez hay que pagar por más cosas. Que los mercados gobiernan nuestras vidas, y sus valores impregnan esferas de la vida tradicionalmente ajenas a esta dinámica. Considera la proliferación de escuelas y hospitales con ánimo de lucro, la publicidad en las escuelas, las fronteras, cada vez más confusas en el periodismo, entre las noticias y la publicidad.
Poner un precio a las cosas buenas de la vida las corrompe. “Hemos pasado de ser una economía de mercado a ser una sociedad de mercado”, señala el filósofo estadounidense Michael J. Sandel en este ensayo en The Atlantic (de donde he tomado los ejemplos de más arriba).
La diferencia es esta: una economía de mercado es una herramienta para organizar la actividad productiva. Una sociedad de mercado es un estilo de vida en el cual los valores de mercado se cuelan en todos los aspectos de las actividades humanas. “El gran debate que deberíamos tener en la política contemporánea es sobre el papel y el alcance de los mercados”, señala Sandel. Y se pregunta: ¿Qué rol deberían jugar en la vida pública y en las relaciones personales? ¿Qué bienes deberían ser comprados y vendidos y cuáles deberían mantenerse gobernados por valores no de mercado?






