7 posts de mayo 2012

¿Hay algo que el dinero no pueda comprar?

Cuando Victor Grifols, el presidente de la multinacional farmacéutica española del mismo nombre, sugirió que los parados podrían obtener unos euros extra vendiendo su sangre, muchos nos echamos a temblar. “Es un síntoma, uno más, de la enorme gravedad de lo que nos está pasando con la crisis; del pozo en que nos estamos metiendo y de lo desnortados que acabaremos por estar”, señala Patricio de Blas, catedrático de historia jubilado. “El hecho tiene componentes legales, éticos y hasta estéticos de enorme interés y, por nuestra salud mental y física y por el futuro de nuestros nietos, sería menester que reaccionáramos ante cosas como esta”, apunta.   

 Como recuerda de Blas, tener deudas fue uno de los motivos que, en el pasado, conducían a la esclavitud. “No les extrañe que algún listo esté pensando proponer que, en lugar de castigar con cárcel a los que no pagan –con el gasto de alimentación y alojamiento que eso supone–, se legalice la esclavitud”.

El profesor no va desencaminado. En Estados Unidos (donde la sangre sí tiene un precio, al igual que en algunos países europeos), no hay esclavitud, pero se puede pagar una celda mejor: los convictos por crímenes no violentos pueden mejorar sus condiciones en la cárcel por unos 70 € la noche. Y es que no hay, respondiendo a la pregunta del encabezado, demasiadas cosas que el dinero no pueda comprar.

Otros ejemplos:

 *El derecho a disparar un rinoceronte negro en peligro de extinción (lo del elefante ya lo sabéis): 195.000 €. Sudáfrica establece una cuota anual para que algunos terratenientes maten a un número limitado de rinocerontes.

 *El derecho a emitir dióxido de carbono en la atmósfera: 8€ unidad métrica. La Unión Europea controla un mercado de dióxido de carbono que permite que las compañías compren y vendan, con créditos, el derecho a contaminar.

 *Servir como conejillo de indias en pruebas con medicamentos para una farmacéutica: variable, dependiendo de la peligrosidad del medicamento.

 *Servicios de una madre de alquiler india: 6.200 €. Las parejas (especialmente norteamericanas) que buscan madres de alquiler con frecuencia externalizan el trabajito a madres Indias, porque desembolsan una tercera parte de lo que les costaría en EEUU.

 *En EEUU se paga a los niños de algunas escuelas en zonas desvaroecidas por leer libros para fomentar la lectura (dos  dólares por libro); a las mujeres embarazadas que ofrecen sus vientres como espacio publicitario al mejor postor en la Red o incuso por tatuarse en la frente el nombre de un casino.  

Capitalismo
Imagen: Programa de lavado para reformar el capitalismo, por David Yerga

Algunos de estos ejemplos tienen un toque genuinamente americano. Pero ¿qué está pasando aquí? Que cada vez hay que pagar por más cosas. Que los mercados gobiernan nuestras vidas, y sus valores impregnan esferas de la vida tradicionalmente ajenas a esta dinámica. Considera la proliferación de escuelas y hospitales con ánimo de lucro, la publicidad en las escuelas, las fronteras, cada vez más confusas en el periodismo, entre las noticias y la publicidad.

Poner un precio a las cosas buenas de la vida las corrompe. “Hemos pasado de ser una economía de mercado a ser una sociedad de mercado”, señala el filósofo estadounidense Michael J. Sandel en este ensayo en The Atlantic (de donde he tomado los ejemplos de más arriba).

La diferencia es esta: una economía de mercado es una herramienta para organizar la actividad productiva. Una sociedad de mercado es un estilo de vida en el cual los valores de mercado se cuelan en todos los aspectos de las actividades humanas. “El gran debate que deberíamos tener en la política contemporánea es sobre el papel y el alcance de los mercados”, señala Sandel. Y se pregunta: ¿Qué rol deberían jugar en la vida pública y en las relaciones personales? ¿Qué bienes deberían ser comprados y vendidos y cuáles deberían mantenerse gobernados por valores no de mercado?


El arte del yoga

“Muy a menudo, la vida está impregnada de un alto nivel de negatividad, insuficiencia y dudas  hacia uno mismo. Para algunos es casi un milagro sentirse bien de vez en cuando”, dice en una entrevista por e-mail  desde Los Ángeles Robert Sturman,  al que considero algo así como el “fotógrafo oficial” del yoga.

“Observar la otra cara de nosotros mismos puede transformar tu vida. Las personas que aparecen en mis fotografías son gente normal, luchadora, profundamente dedicada a su práctica. Podría haber optado por retratar las flaquezas y la fealdad de la gente. Pero no es lo mío. Creo que la belleza inspira un florecimiento del que la humanidad está muy necesitada”.  

Hablé antes de la ciencia del yoga, pero el arte retratado por Sturman es así de bello.

 

En la imagen: Tao Porchon Lynch. Una mujer a la que, a sus 93 años, se considera la profesora de yoga más vieja del mundo.  “No me interesaba tanto el aspecto atlético de las posturas”, dice Sturman. “Estaba más preocupado con honrar su elegancia. ¿Cuál sería el sentido de hacer arte si nuestras piezas no estuvieran a la altura de la belleza que vemos en la vida real?”

"De todo lo que he visto", dice Sturman, el yoga es lo que mejor muestra a la humanidad cuando mejor se porta, gente que aspira a tocar algo mayor que sí mismos. Lo hacen de una forma muy pura y anhelante. No sólo plasma el gozo de vivir; también abraza el  sufrimiento. Cuando alguien está inmerso en un asana (postura de yoga) y elevando sus manos, en medio de la naturaleza o donde sea, hay algo extremadamente humano sobre eso. Creo que es lo que mueve a la gente por encima de cualquier cosa. Es lo que me motiva". 

Yoga_sturman

"Creo que todas las formas externas que reflejan las fotografías, por bellas que sean, son sólo una metáfora de la serenidad y presencia disponibles en la morada de nuestro propio corazón... El forcejeo con el ásana es sólo una metáfora imperfecta".   

 

Dejar de pensar

"La mayoría de nosotros vive en un mundo de abstracciones mentales, conceptualizaciones, y fabricación de imágenes –un mundo de pensamientos. Estamos inmersos en un constante flujo de ruido mental. Parece que somos incapaces de dejar de pensar”.

En los últimos días he vivido una serie de acontecimientos que quizá determinen el rumbo de mi vida. Aunque no son acontecimientos negativos (más bien dependerá de lo que sea capaz de hacer con ellos),  han sucedido deprisa y no me ha dado tiempo a procesarlos. Como consecuencia, nado a la deriva en un turbulento mar de pensamientos.

La imagen me recuerda una interesante observación de un escritor norteamericano (no recuerdo el nombre) que tuvo que someterse a un intenso tratamiento a base de hormonas “femeninas” para combatir el cáncer que padecía. Este tratamiento no solo repercutió en su cuerpo; también en su psique.

Pasado el tiempo, el autor escribió un libro sobre la experiencia. Entre otras cosas, el escritor observa que antes de comenzar este tratamiento –es decir, cuando su mente era típicamente de “hombre”,  por así decir– sentía que navegaba (por la vida, se entiende) a bordo de un trasatlántico. Mientras que, como “mujer” (por el influjo de este tratamiento hormonal) le parecía que navegaba a bordo de un velero, pasto de las olas…

Las mujeres que me entiendan que levanten la mano. El resto puede pasar directamente a esta viñeta:

001

Traducción :  

–Estaba pensando en todos mis problemas  –Estaba pensando en todo el dolor del pasado y… –Estaba pensando en toda la incertidumbre del futuro –Y estaba pensando pobre, pobre de mí –Y después estaba pensando en lo rápido que pasa el tiempo –Y estoy pensando en que nada tiene sentido. ¿Qué puedo hacer? –Deja de pensar.

La viñeta y la cita pertenecen al libro Guardians of Being. Spiritual Teachings from our Dogs and Cats

Soledad, narcisismo y Facebook

Todo lo que mueve Facebook es mastodóntico. El precio fijado para su salida a bolsa, esta mañana, equivale a valorar la empresa en unos 82.000 millones de euros. Significa que la red social vale en el mercado casi lo mismo que Telefónica y el Banco Santander juntos. Tiene 845 millones de usuarios, nunca se cansa y sus usuarios generan millones de comentarios y fotografías cada día.  

Hasta ahora, las preocupaciones con respecto a Facebook se centran en las polémicas con respecto a la privacidad y la recolección de datos. Pero su capacidad para redefinir nuestro concepto de identidad y satisfacción personal es mucho más preocupante. E igualmente mastodóntica. 

A pesar de que las redes sociales, como Facebook o Twitter, nos permiten estar más conectados que nunca, nunca hemos estado más solos, ni hemos sido más narcisistas. Esta es la tesis de un interesante ensayo de Stephen Marche en la revista The Atlantic del tipo que nunca, jamás de los jamases, se lee en la prensa española, para nuestra desgracia. 

“Vivimos en una acelerada contradicción: cuanto más conectados, más solos estamos”, señala Marche. El autor apunta a la paradoja de que las redes sociales podrían estar contribuyendo al aislamiento que querían conquistar, y explica por qué. Entre otras cosas: es la calidad y no la cantidad de interacciones con otros lo que importa. Por otra parte, la soledad es un estado psicológico, independiente de las condiciones de fuera.

“En el mundo occidental, los médicos han comenzado a hablar abiertamente de una epidemia de soledad”, dice Marche. Y, aunque se refiere principalmente al planeta americano, cabe sospechar que los satélites no andamos tan lejos. Allí, al igual que aquí, crecen como setas los psicólogos, trabajadores sociales, terapeutas de todo pelaje, coaches. Un montón de profesionales que se ganan la vida procurando alivio de una versión u otra de la soledad, un mal con nefastas consecuencias para la salud. Si te sientes solo tienes más posibilidades de estar obeso, padecer depresiones y desajustes hormonales, insomnio, y, en suma, morir antes.

Pero volvamos al tema que nos ocupa, cuyos orígenes están mucho más atrás. Ya en el 1998 comenzó a hablarse de la  “paradoja de internet”: hay más oportunidades para contactar pero una gran falta de contacto humano. De ahí podemos saltar a  la pregunta del huevo y la gallina: ¿produce soledad internet, o la gente solitaria se siente atraída a la red?

Un estudio elaborado en Australia hace cuatro años podría tener la respuesta. Titulado ¿Quién usa Facebook?, esta investigación muestra, entre otras cosas, la tendencia de los individuos neuróticos y solitarios a pasar más horas en Facebook que los individuos no solitarios.

John Cacioppo, autor del libro Loneliness (Soledad), cree que la gente traslada traslada a Facebook sus amistades, así como sus sentimientos de conexión o soledad. La profundidad de tu red social fuera de Facebook es lo que determina la profundidad de la red social dentro, y no al revés. En esta transferencia, lo que ocurre es que Facebook no destruye amistades, pero tampoco las crea. En un experimento, Cacioppo estudió la conexión entre la soledad de los individuos y la frecuencia con que interactuaban online. El resultado es que cuanto más grande sea la proporción de interacciones frente a frente, menos soledad experimentas. Y viceversa: a mayor interacción online, mayor soledad.

Si las redes sociales te sirven para organizar un partido de fútbol entre tus amigos, eso es saludable. Si usas las redes sociales en lugar de jugar al fútbol, eso es no saludable.

La otra cara de la moneda de la soledad es el narcisismo, cuyo crecimiento es similar al de aquella, y su correlación con Facebook es significativa: "Facebook nos niega un placer cuya profundidad habíamos subestimado: la posibilidad de olvidarnos de nosotros mismos durante un rato, la  posibilidad de desconectar".  

Un minuto de vida

En los últimos días me he topado con varios vídeos en los que los autores, cada uno a su estilo, recogen los primeros años de vida de sus hijos en un "fast forward" que dura unos pocos minutos. Esto quiere decir que vemos al niño en la cuna, regordete y sonriente y, un momento después, con acné y cara de malas pulgas. Ahora que cada vez más personas supuestamente amigas me recomiendan que me tiña el pelo, y cuando todo ha de resumirse a los dichosos 140 caracteres, estos vídeos me causan desasosiego.

¿Cómo sería tu vida si tuvieras que resumirla en unos cuantos minutos? ¿Qué momentos escogerías? ¿Qué asuntos vitales quedan pendientes? ¿Y qué has tachado ya de la lista, como la mosca de aquí abajo? El árbol, el hijo, el libro, ¿están pasados de moda?  

 

De mosquita muerta, nada.

Mi ruta de los 140 caracteres: @nataliamartin

Dos idiomas, dos mundos

Esta andadura comenzó hace casi cuatro años, cuando escribía sobre la España que encontré tras pasar varios años fuera. Ha pasado el tiempo, pero no me he quitado de encima la manía de las comparaciones. Y últimamente, ahora que la lista de despropósitos que afligen al país es más larga que los cabellos de Julieta, me descubro comparando insistente, enfermizamente.

¿Tendrá el lenguaje, nuestra forma de expresarnos, parte de la culpa? No, claro que no. Pero me llama poderosamente la atención este artículo sobre bilingüismo recién publicado en la revista New Scientist (hay que registrarse para acceder) que pone de manifiesto hasta qué punto nuestra memoria, valores e incluso personalidad pueden cambiar en función del idioma que se utilice.

El lenguaje está tan ligado al pensamiento y al razonamiento que los investigadores citados en el artículo se preguntan si las personas bilingües actúan de forma diferente en función del lenguaje que están usando en cada momento.

Por ejemplo, un experimento muestra que los bilingües en japonés e inglés usan finales muy diferentes dependiendo del idioma. Al terminar la frase “los amigos de verdad deben…” en japonés respondían “… ayudarse los unos a los otros”. Mientras que en inglés optaban por “… ser muy honestos”. Los bilingües, explican los investigadores, usan diferentes canales mentales. Uno para cada lenguaje, casi como si tuvieran dos mentes diferentes.

Lera Boroditsky, de la Universidad de Stanford, cree que a los hispanohablantes se les da peor recordar quién causó un accidente que a los anglosajones. ¿La explicación? El uso constante de frases impersonales en las que se excluye el sujeto. En el estudio se cita la frase “se rompió el florero”. Pero a mí me vienen a la mente un montón de discusiones sobre política o la vida en general en las que el sujeto brilla por su ausencia, del tipo “no nos van a dejar nada”, “se van a quedar con todo” o “a la gente le toman el pelo”.

Este uso del lenguaje potencia la idea de que los errores y las mentiras del gobierno de turno o las numerosas corruptelas forman parte de una gran conspiración orquestada por una mano invisible e inteligente, y nos convierte en indefensos y vulnerables. Porque tenemos, así, la sensación de que nada se puede hacer contra unas omnipotentes (e innombrables) Fuerzas del Mal.  

El bilingüismo es, en fin, un “microscopio extraordinario en la mente humana”, en palabras de Laura Ann Petitto, de la Universidad Gallaudet en Washington DC. Cuanto más se estudia, más beneficios se descubren. Entre otras: la gente bilingüe es más empática y se le da mejor colocarse en el lugar de otra persona; el bilingüismo ayuda a combatir el envejecimiento y mejora lo que los investigadores llaman el “sistema ejecutivo” del cerebro: un conjunto de habilidades mentales que incluyen la capacidad de saltar de una tarea a otra sin confundirte o bloquear la información irrelevante para concentrarte en la tarea que tienes delante.

Nunca es tarde para dejar que crezca esa "segunda mente". O eso dicen los investigadores, que aseguran que puedes aprender un lenguaje a cualquier edad y mejorar así tu sistema cognitivo. Con un poco de suerte, las próximas generaciones dejarán de favorecer las frases impersonales, contra las que nada podemos hacer, y optarán por los nombres y apellidos. 

Obesidad mental

Es el título de un polémico libro escrito en 2011 por Andrew Oitke, un profesor de antropología de Harvard, que dice que la obesidad mental –el exceso de información “basura”, que sustituye al conocimiento sostenible y duradero– es el principal problema de la sociedad moderna.

A pesar de que lleva tiempo rulando por Facebook y otras redes sociales, el libro no existe. Y el profesor, tampoco (al menos, hasta donde he podido averiguar). Pero eso no quiere decir que no sea interesante:

“Nuestra sociedad está más abarrotada de preconceptos que de proteínas; más intoxicada de lugares comunes que de hidratos de carbono; la gente está viciada de estereotipos, de juicios apresurados, de prejuicios, de pensamientos tacaños, de condenas precipitadas; todos opinan de todo, pero no saben de nada”, dice el supuesto libro del supuesto profesor.

Ignoro cuál es la fuente, pero imagino que la idea de colocar en un texto corto las palabras mágicas Harvard + antropología + profesor + “obesidad mental” ha obrado el milagro de lo viral. Su propia existencia es una prueba más de la necesidad de hacer dieta mental.

Leer los diarios es, desde hace tiempo, deprimente. Días de poco, vísperas de nada, nos repiten machaconamente, una y otra vez, sin dejar alternativas a ninguna otra posibilidad.

Pero siempre es posible mirar hacia otro lado. Sin ir más lejos yo ayer miré a la pantalla para ver Blackthorn (Sin destino). El genial Sam Shepard interpreta a un envejecido Butch Cassidy, el ladrón de bancos de “Dos hombres y un destino”. Cassidy pierde su fortuna cuando el caballo, cargado con las alforjas  llenas de dólares, sale corriendo asustado. Y entonces dice algo así como “estoy en posesión de mi mismo. No hay ninguna riqueza superior a esta”.

  Blackthorn12x
En los Western –incluído este– siempre hay alguien que dice algo así como "este es un día tan bueno como cualquier otro para morir". Claro que son vaqueros sin hijos, ni iPhone ni perro que los ladre. Es otra opción. Y de obesos, nada; flaquitos, flaquitos. 

Natalia Martín Cantero


Este blog ha dado tantas vueltas como su autora. Ahora, en China.
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