Es más fácil tropezarse con buenas ideas cuando uno deja que la mente deambule. Esta es la tesis del artículo de portada de New Scientist. Una feliz lectura para los que tendemos a despistarnos de más. O sea, casi todos: se calcula que pasamos en torno al 50 por ciento de nuestras vidas en nuestra cabeza en lugar de en el momento presente. Es posible que en el transcurso de los 10 o 20 segundos que llevas leyendo este post se te hayan cruzado dos o tres pensamientos ajenos al texto. Y es prácticamente seguro que no llegarás al final sin haberte salido por la tangente mental varias veces.
Este divagar, dice el artículo, es señal de una mente sana. Entre otras cosas, nos permite planear el futuro imaginando diferentes eventos. Dejar que la atención vaya a la deriva indica que nuestra creatividad está en marcha. “Cuando se trata de tener ideas brillantes, la capacidad para concentrarse está sobrevalorada. Si ha de resolver tareas que implican flashes de inspiración o comprensión, la mente de una persona que divaga funciona mejor”, dice el artículo. Por eso las mejores ideas llegan en la ducha, o fregando los platos. Es decir: la mejor manera de resolver un problema es, precisamente, no centrarse en él.
Las limitaciones de una mente muy concentrada podrían explicar por qué las buenas ideas parecen inalcanzables cuando uno está bajo presión. Numerosas investigaciones prueban que la ansiedad es tu peor enemigo cuando necesitas que se te ocurra algo original. Los estudios que cita este artículo muestran que, tras ver a un comediante de humor, la gente resuelve mejor puzles mentales. Si, por el contrario, se proyecta una película de terror (que induce a la ansiedad y aprensión), el efecto es el contrario.
Hasta hace poco, se consideraba que el pensamiento inteligente siempre viene acompañado de la habilidad para filtrar distracciones y centrarse en una tarea (lo que los científicos llaman “control ejecutivo”). Sin embargo, parece que la gente con un alto nivel de memoria de trabajo (memoria a corto plazo, lo que da fuelle a ese “control ejecutivo”) se le da bien resolver problemas analíticos, pero no tanto tareas que requieren inspiración.
¿Por qué tendemos a evadirnos del presente con tanta frecuencia? Todas las investigaciones apuntan en esta dirección: para pensar creativamente, más allá de los rígidos límites impuestos por ese “control ejecutivo”. Se producen más revelaciones cuando uno sueña despierto que cuando está concentrado.

"Las estanterías de los supermercados americanos ofrecen sólo una pequeña porción de todo lo que ofrece el mundo", dicen los autores de Man Eating Bugs, el libro de donde está tomada esta fotografía. ¿Como la mente cuando se concentra demasiado?
Me encanta pensar que el "multitasking", del que soy víctima, tiene alguna ventaja. Desde que comencé este artículo hasta ahora me he enterado de que una tarántula sabe como un pollo recién nacido pero sin huesos; he cruzado varios correos con una amiga que se dedica a la terapia sexual para obesos y he hecho publicidad de Yikmik, una interesante iniciativa que lanzan hoy unos amigos.
Pero la falta concentración que observo a mi alrededor, empezando por la que suscribe, canta y baila, me parece excesiva. Quizá, entre medias, uno haya tenido alguna idea brillante. Pero es probable que no nos enteremos porque, por falta de concentración, no la habrá llevado a término.
Todavía más importante: ¿cuál el precio que pagamos por distraernos? Ni más ni menos que nuestra felicidad: está más que comprobado que una mente que divaga –que no está anclada en el presente– es una mente infeliz.
PS. ¿A qué sabe una tarántula?
"Las tarántulas son grasientas, pero buenas. Las patas son crujientes, y cada uno de esos grandes y peludos cuerpos son un bocado decente (...) No hay en inglés palabras para definirlo. Si los pollos de un día no tuvieran huesos, tuvieran pelos en lugar de plumas y fueran del tamaño de un gorrión recién nacido, podrían saber como las tarántulas".
(extraído de Man Eating Bugs, Hombre comiendo insectos).