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Daños colaterales, de Xavier Blanco, guanyador de la setmana

    viernes 18.mar.2016    por Rosa Gil    0 Comentarios

Aquesta setmana el guanyador és un relat sobre els efectes devastadors de la guerra. No us el perdeu. Ni us perdeu la secció!

 

 

 

Relat guanyador: Daños colaterales, Xavier Blanco
“Hola Juan,
Han suspendido las visitas. Dicen que la guerra ha terminado. Los soldados ya no hostigan el pueblo y las bombas dejaron de caer. Demasiado tarde. El corazón de tu madre no pudo soportar tanto odio. Lo siento. Perdona por la letra. He regalado la cuna, pero he guardado la ropita y los patucos. No he sido capaz. Estoy bien, no te preocupes. Cuando regreses lo volveremos a intentar. Por el hambre, dijo el médico. He vendido el gramófono. Hemos perdido. Dale las gracias al guardia, parece un buen hombre. Dicen que pronto saldrás libre. Dicen tantas cosas. Besos”


Finalistes:

CSI: Anchuras de los montes (sí, anchuras en plural). Jovier Ximens
El cabo Martínez presumía ante su mujer —analfabeta y observadora— de ser más rápido y sagaz que cualquiera de los investigadores que aparecían en las novelas policíacas que le prestaba el boticario. Ni Poirot, ni Holmes, ni Dupin, ni la mismísima Miss Marple, ni su colega el brigada Bevilacqua descubrían al criminal antes que él. Su método era infalible por la sencilla razón de que siempre empezaba la investigación literaria por la última página.
Ella asentía sin dejar de tejer unos gruesos calcetines para los pies fríos de su marido, sabía que la cabeza la tenía caliente bajo el tricornio.

Entrega total. Ángel Saiz
Al principio recibía respuestas educadas, con un ligero tono compasivo. Pronto las palabras se volvieron más ásperas, pero no por ello abandonó su empeño. Perdidamente enamorado, tampoco podía hacer otra cosa, aparte de albergar alguna esperanza de que la constancia diera su fruto. Un día, inevitablemente, ella amenazó con denunciarle por acoso si volvía a recibir sus sentidos poemas diarios. Consciente de la seriedad de la advertencia, el siguiente envío fue distinto, también complejo, pues requirió la ayuda de terceros. Dentro del paquete postal a nombre de la joven esta vez puso todo su corazón, con sus aurículas y ventrículos.

La boda del tio Juan. Patricia Collazo
- Vivir del cuento, eso pretende la muy zorra– dice mi madre cuando llegamos a la iglesia.
- Siempre tan mal pensada – murmura papá.
Mi madre me lleva ante la novia que espera para entrar.
- Pero qué guapa… Dale un beso, cariño – me empuja hacia la mujer.
Retrocedo aterrado. Cuando digo que las zorras me dan miedo y que no la quiero besar, me cae tal cachete que termino con la pajarita en la nuca.
Suena la música. Mi madre, tan roja como su vestido, me coge de la chaqueta, y con los pies colgando, me obliga a entrar.


La piel amiga, Javier Palanca
Me despiertas de la siesta a timbrazos que se me antojan andanadas de enormes buques.
Cuando te abro, percibo en ti el olor de carajillos del valor antes de que te sientes en el sofá y se vea en tus labios el trémulo movimiento de la infructuosa intención de hablar.
Ante tu inutilidad, intervengo yo, y te digo que he visto demasiadas veces a Audrey Hepburn besar a William Holden y abrazarse finalmente a Humphrey Bogart para que ahora tus arrumacos con Laura pinchen en otro sitio que no sea un duro callo.
Cuando te vas, ya no puedo dormir.

El desengaño más grande de la historia, Rosy Val
El silencio podría cortarse en rebanadas. Su mirada, proyectada a los ojos de los jueces, pretendía piedad. Las de ellos, ávidas de “porqués”, esperaban impacientes a que se pronunciase. Tras unos kilométricos segundos;
“No sé… no me acuerdo bien... ahora no caigo... no me consta”.
Estaba segura que eso funcionaría, ya lo había oído antes. Sobrada de aires y con ademanes ensayados, se sentó con su cansancio a esperar la resolución.
Camina muy despacio. A cada lado, un recio caballero. Al mismo tiempo en que el pesado enrejado caía, también lo hacía un mito; el principio de la igualdad legal.


Mama, M. Sergia Martin
Entrar apresurada en la habitación para intentar calmar sus chillidos. Abrir las ventanas para que el aire fresco humedezca las paredes. Hablarle. Hablarle durante horas para que el griterío no despierte a los niños. Encender una varita de incienso de canela y dejar que el humo se hospede en cada rendija del cuarto. Ayudarle a iniciar una respiración pausada. Sacar su silla de ruedas al pasillo y asomarle al mirador canturreando esa vieja coplilla que tanto le gusta. Conseguirle paz. Luego, cepillarle los cabellos y prometerle que el próximo domingo, sin falta, iremos a llevarle sus flores favoritas al camposanto.

Rosa Gil   18.mar.2016 19:49    

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