4 posts de junio 2012

La ciudad pirata

La Ciudad Pirata5

Hasta ahora no he sido capaz de entender la naturaleza de Nouadhibou. Hablando hoy con Sergio, de la Fundación Habitáfrica, lo he comprendido en una sola palabra: Pirata. Nouadhibou es la ciudad pirata. 

Cuando entré en Nouadhibou creí hacerlo en una ciudad del salvaje Oeste. Una ciudad sin orden, sin ley, donde reinan la anarquía y cierta forma de libertinaje. Los animales hacen de la vía su territorio; los coches adelantan por los espacios en que nunca llegó a haber aceras; la arena del desierto invade la ciudad; allí donde no hay arena se amontona la basura; una sutil nube de polvo y humedad cubre la ciudad; el viento sopla a lo largo de las calles y entre los edificios; y la potente luz del sol recrea un escenario sin sombras, del que parece surgir todo esto de una manera irreal y en el que las figuras tienen algo de inanimado.

Saint-Exupéry escribió que Mauritania es tierra de hombres y patria del viento. Sin duda, Nouadhibou lo es. Encajada entre un océano y un desierto, es territorio solo para gente dura o acorazada. Sus pobladores son personas de carácter recio. Tienen algo de nómadas del desierto, y algo de pescadores de alta mar. Y en cuanto a la ciudad propiamente dicha, tiene el aspecto de ser algo provisional. Da la sensación de que ha sido construida para no durar. O, quizá mejor expresado, para que dure el poco tiempo que sus pobladores tengan previsto permanecer allí. Los edificios son a lo sumo de dos plantas, iguales entre sí, inacabados la mayoría, muy pocos de ellos han sido pintados. Si considero que el aspecto de la ciudad es definitivo, entonces indudablemente Noadhibou es una ciudad fea donde las haya. Pero si doy por bueno que se trata de una ciudad sin acabar, sin estética, a la que le falta todo lo necesario para parecer algo concreto, entonces Nouadhibou empieza a parecerme una ciudad interesante; una ciudad que todavía no es, pero que podría ser.

Aquí he conocido a José Luís, recién llegado de Las Palmas y camino de algún lugar en el corazón del desierto, donde gestiona un equipo de quince personas dedicado a agujerear el desierto en busca de granito azul. Pasará un mes entero en el campamento, a casi 50º, antes de volver a la civilización. 

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Juan y Dani dirigen la obra de construcción del nuevo dique del puerto. Son de Cádiz, y traen consigo la gracia y el salero que se les presupone. Jugar con ellos a la Escoba es algo más que jugar a las cartas. Tienen información de primera mano sobre lo que se cuece en el puerto. Los chinos han desembarcado en la ciudad por cientos para construir el nuevo puerto comercial. Se dice que su gestión la llevará a cabo un consorcio del que forman parte los chinos y el hijo del presidente de la nación.

Los restaurantes chinos se suceden en la calle que lleva al puerto, y a sus propietarios se los puede ver por la mañana bien temprano en los mercados y puestos de fruta, arramplando con cuanto haya de buena calidad. A las mujeres chinas las he visto por la calle vistiendo mallas o pantalón corto, lo cual no deja de ser chocante en una república islámica de población mayoritariamente negra.

 A Antonio le trajo aquí el rally Paris-Dakar, en el que participó siete veces a bordo de su camión. Ahora dirige su propia empresa arenera, ubicada a unos setenta kilómetros de distancia hacia el interior del desierto. Con él hablo de la posibilidad de llegar a Chum por el desierto, siguiendo la vía del tren, y bajar desde allí hasta Chinguetti. Lo sabe todo sobre  meterse en el desierto con algo dotado de ruedas y motor, y si dice que no debo hacerlo solo y con tanto peso en la moto, estoy seguro de que no debo. Es gallego. Me cuenta que está aquí de paso, para ganar dinero. Como todos, dice.

Nos hemos encontrado en el restaurante Gallego que pertenece a los padres de Guille, un chaval con el temperamento propio de los 20 años, que se está forjando con el espíritu anárquico que le es propio a todo navegante pirata cuando está en tierra. A la mesa está sentada también Sonia. “¡No te jode!” exclama, “no le da miedo follar a pelo pero le da miedo mi perro”. Lo dice refiriéndose a la camarera, y de forma perfectamente audible por ésta, que recela de acercarse a la mesa porque debajo de ella está acostado el perro de Sonia, del que se sabe que ya ha mordido a alguno. Sonia es bestia, soez y racista. En su beneficio solo puedo decir que tiene más cojones que la mayor parte de los hombres que conozco. Y es de ese tipo de personas que cuando las cosas se ponen feas y llega el momento de partirse la cara, quisieras tener de tu lado. Tal vez todo ello sea consecuencia lógica de haber nacido en El Aiunn en época de la Colonia, ser hija de militar, y llevar la mayor parte de su vida en diferentes países de África. Quizá, la única forma de sobrevivir en África siendo una mujer, sin dejar de ser una misma ni sucumbir al exacerbado machismo imperante, sea convertirse en un hombre.

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Hay lugares en el mundo de los que se diría que nunca llegarán a existir del todo. Son las ciudades pirata. Lugares en los que todo y todos parecen estar de paso. Y da la sensación de que Nouadhibou es uno de ellos. Todos los que he mencionado, chinos incluidos, no están para quedarse. Un día llegará en que uno tras otro regresen al lugar de donde vienen. O cambien de ciudad, quizá a otra tan pirata como ésta lo es ahora. Y tal vez sea entonces cuando Nouadhibou deje de ser todo lo pirata que es para convertirse en lo que hoy no parece que pueda llegar a ser.

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TanTan-Dakhla

Escucho afuera un zumbido como de autopista muy transitada, pero el asfalto más cercano es el de la carretera, a un par de kilómetros, y no se parece en nada a una autopista ni está muy transitada. Aún estoy en el saco, sin haberme despertado del todo, y doy por buena la hipótesis de que será cosa del sueño. 

Se me han pegado las sábanas. Quería estar en ruta a las 7 de la mañana. Son las 7 y todavía no me he duchado. Me asomo a la puerta para comprobar que los italianos siguen en el camping, y que a Paquita no le falta nada que no esté conmigo. Lo que veo al abrir la puerta me deja atónito. Frente a mí, a cincuenta metros, una sucesión de olas azotadas por el viento rompen unas sobre otras creando ese sonido como de rumor ronco de fondo. Era el zumbido que escuchaba desde dentro de mi saco, y no podía imaginar ni remotamente al despertar que ese rumor se debía a que un océano se me había venido a la puerta de la habitación.

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No hay agua caliente en la ducha. Los italianos aseguran haberse duchado con agua caliente y me dejan ducharme en una de sus habitaciones. Pero tampoco hay agua caliente en la suya. Decido no pelearme con mi sino, me ducho con agua fría y doy el tema por zanjado. Lo cierto es que la ducha fría me pone en órbita y me siento repleto de energía. Va a ser un día largo y duro, pero me propongo disfrutarlo, y no correr. Cuando arranco son las 8:30.

La luz de la mañana es preciosa. No puedo evitar parar varias veces para hacer fotos. Tardo tres horas en cubrir 170 kilómetros de asfalto en línea recta y sin tráfico. Eso es ir muy tranquilo. Además, no puedo dejar de parar en Tarfaya todo el tiempo que la situación requiera. Es un lugar anodino, pero vinculado a Antoine de Saint-Exupéry, autor de El Principito, por quien siento debilidad. Cubría la ruta postal en su avioneta entre Saint Louis y Casablanca, y paraba en Tarfaya para repostar. En esta ciudad hay un monumento y un museo en su memoria.

El monumento es como de juguete. Por el tamaño, y porque se trata de un avión de hélice de época, como en el que volaba, y como el que aparece en El Principito. Además, no se trata de una interpretación artística del autor, sino de una reproducción literal del que aparece en el libro, sin ninguna gracia ni talento creador incorporado a la obra. Tal vez por esa razón resulta tan asequible, tan propio. El monumento respira una inocencia casi infantil, y me digo que quizá fuera esa la intención del autor, y acercarse así cuanto es posible al espíritu de Saint-Exupéry y de El Principito.

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En estas estoy, dándole vueltas a la intención del autor en la creación de su obra, cuando de pronto se apean de tres todoterrenos un grupo de ocho chicas canarias. Me cuentan que están allí el fin de semana, participando en un encuentro relacionado con la danza. Juro que no miento. Ocho chicas con un coordinador y un guía. Canarias. Y todas ellas relacionadas con la danza. De pronto tengo la sensación de ser yo el centro de atracción, porque todas me piden hacerse fotos conmigo. Yo quiero una foto con él, que es como un Principito pero en grande, dice una. Y no se imagina ni por lo más remoto lo acertada que está.

Me invitan a comer con ellas. Siento la enorme tentación de aceptar, pero decido continuar. En cuanto me monto en la moto sé sin lugar a dudas que me he equivocado. No voy a tener muchas ocasiones de divertirme, y para divertirme no se me ocurren muchos planes mejores que pasar un rato con ocho chicas canarias. Me prometo a mí mismo no tratarme tan mal en lo sucesivo, y permitirme un rato de ocio y diversión en cuanto se presente la ocasión. Por si fuera poco, todas ellas tienen fotos de mí, pero no me di cuenta de hacerme una foto con ellas, así que no podré demostrar que lo que cuento es tal cual lo cuento.

El museo en memoria de Saint-Exupéry está cerrado. Más bien parece clausurado. Y no hay señal de vida humana alrededor que pueda informarme de su situación. Y digo que pueda informarme porque los quince niños que registran la moto en busca de algo que llevarse no cuentan. No tienen ni idea de quién era Saint-Exupéry, y solo cuando doy un grito y amenazo con llamar a la policía se tranquilizan y se están quietos. La bolsa sobre el depósito está abierta, al igual que las bolsas laterales delanteras, pero afortunadamente no falta nada. Me ven enfadado, y se inquietan. Entonces varios señalan al más pequeño como el culpable, y es cuando de verdad me enfado un poco con los que han señalado. Se puede ser ratero, pero no cobarde.

A medida que me acerco a El Aaiún se intensifica la presencia militar y policial. El tráfico es escaso, pero una gran parte de los vehículos son camiones o furgones del ejército o la policía. Y cada vez son más frecuentes los controles en carretera. Llevo conmigo las fichas con todos mis datos del pasaporte, incluidos los datos relacionados con el sello de entrada en Marruecos (frontera y fecha de entrada, y número de visado), y eso agiliza mucho el trámite. En algún puesto ni siquiera me piden el pasaporte y se conforman con ese papelito. En todo caso, no deja de ser un incordio pararse a cada tanto para responder a las mismas preguntas.

El Aaiún no es un lugar tan inhóspito como imaginaba. De hecho, es un lugar en cierto modo agradable a la vista. Veo árboles, y pienso que hace tiempo que no veía uno, aunque en realidad solo hace un par de días de eso. Y es que el tiempo parece ahora ser de goma, y cada día de este viaje vale en intensidad por cuatro. Cruzo la ciudad, pero no me detengo. Dejo atrás El Aaiún, pero no los puestos de control de la policía.

Las poblaciones están más separadas entre sí que el día anterior. Dos gasolineras consecutivas llegan a estar a 120 kilómetros de distancia una de otra, pero teniendo siempre el depósito entre lleno y medio lleno no tengo problema. Ni cualquier moto sin un depósito de 38 litros pero con piloto precavido lo tendría. Sin embargo, se hace fuerte una sensación injustificada de escasez, y eso se debe a la ansiedad que provoca tanto espacio abierto, de horizontes infinitos que parecen ser siempre el mismo. 

El mar ha viajado a mi vera todo el día, conmigo. Unos kilómetros lo hace algo más allá, y otros junto a mí, pero siempre presente. Viajo entre las inmensidades del océano y del desierto, y eso me provoca la ilusión de convertir mi carretera en una cuerda floja sobre la que mantengo un delicado equilibrio. 

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La tarde resulta monótona, y me aplico en cubrir distancia. Solo paro a descansar de vez en cuando durante unos minutos, y un par de veces para hacer unas fotos. Llego a Dakhla completamente agotado después de doce horas de viaje y algo más de ochocientos kilómetros de recorrido. Otra vez el camping. El que me atiende es un chaval joven, simpático, amable y educado. No casa en este lugar. Esta vez no se aplica el impuesto de porque sí a los que llegan a última hora, y pago 5 euros, que considero un precio justo. Aparco a Paquita junto a dos quads preparados para largo recorrido, con un aspecto imponente (a cuyos dueños no llegaré a ver), saco de las maletas lo imprescindible para pasar la noche y me instalo. La manta tiene el mismo tacto grasiento que la de la noche anterior, y hay arena sobre la sábana, además de un rastro oscuro en el lugar que ocuparía una persona. Retiro todo y coloco mi bendito saco.

Me doy una larga ducha en el baño público, con las chanclas bien calzadas y procurando no rozar mucho las paredes cuyas manchas tienen relieve. No hay nada que cenar a tiro. Con mi infiernillo me preparo un té bien caliente con leche condensada y miel, y me lo tomo a pequeños sorbos dando cuenta de mis últimas existencias de galletas Chiquilín.

Limpito y cenado me acuesto. Estoy molido, pero me llevo la cámara de fotos a la cama y aprovecho los últimos minutos antes de dormir para visionar las fotos que he hecho durante el día. Al verlas me doy cuenta de por qué estoy tan cansado. Me parece que el día ha tenido cien horas. No creo haber terminado de pensar la frase, y me quedo dormido.

 

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Una frontera mítica

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He cruzado multitud de fronteras a lo largo y ancho del mundo. En mi imaginario siempre ha habido unas cuantas que me han atraído particularmente. Todas ellas por razones diferentes. Algunas las he llegado a cruzar en algún momento de mi vida, como el Puente de la Amistad que une Nepal con China, o la que une Pakistán con India por Amristar, o la que une China con Pakistán por la Karakorum Highway, o la que une Estados Unidos con Méjico por El Paso, o la que une Irán con Turquía por el lugar desde donde se divisa el Monte Ararat, o la que une Camboya con Vietnam a lo largo del Mekong (ésta la llegué a cruzar, pero era ilegal y los militares me devolvieron a Camboya agarrándome del brazo). Sin embargo, me quedan otras por cruzar que tienen para mí un significado especial, me atrevería a decir que incluso mítico. Entre éstas últimas se encontraba la que separa Marruecos de Mauritania.

Traspasar esta frontera se había llegado a convertir para mí, por diferentes motivos, en algo que no podía dejar de hacer en algún momento de mi vida. Sobre ella había leído y escuchado todo tipo de historias relacionadas con la aventura en su estado más puro: habría que superar la franja de territorio entre los dos países que no pertenece a ninguno de ellos, o del que ambos se desentienden, exponiéndose a ciertos riesgos y peligros, y habría que sortear un territorio de minas, legado de la guerra, con riesgo de la propia vida, decían.

Been there, done that, que dicen los estadounidenses. 

La Tierra de Nadie no es una franja de unos 30 kilómetros de ancho, como me han llegado a contar quienes no conocían el lugar personalmente, sino de 3  kilómetros, como he podido comprobar. Se trata de un paraje desierto de vegetación y de almas. Teniéndolo a la vista no da la sensación de ser un lugar con ese aspecto inspirador y evocador que tenía sobre el mapa. Sobre el terreno es un lugar inhóspito, agresivo, cuya desolación no sugiere otra cosa que desamparo. Es medio día. El calor va en aumento, y casi puedo notar como la temperatura sube por minutos. Del sol salen unos inmensos tubos que vierten sobre el lugar una luz blanca, cegadora. Me doy cuenta de que mi sombra me ha abandonado. No tengo sombra. 

Cuenta la leyenda que el lugar está habitado por personas, subsaharianos normalmente (a algunos por aquí les cuesta creerlo, pero a fe mía que los subsaharianos son también personas), que han quedado varadas entre dos países, a los que se ha impedido entrar en aquel al que iban y sin posibilidad de pedir visado para regresar a aquel del que procedían, y que sobreviven de asaltar coches que, desprotegidos o a deshora, transitan de una frontera a la otra. Se dice que desvalijan a sus conductores y desguazan sus coches, cuyas piezas venden en un mercado negro que, como en todo puesto fronterizo, se ha generado en las inmediaciones. Después, queman los restos para borrar rastros. 

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En ese territorio no hay país y, por tanto, no hay policía que persiga a los malos, ni jueces que los detengan y encarcelen. Sencillamente, no hay ley. Es la patria de los apátridas, y en su patria no hay otra ley que su ley. Ten esto bien presente, me digo un momento antes de ponerme en marcha. 

Me aventuro en esos tres kilómetros en solitario. Las emociones y los sentimientos se cruzan en mi interior: estoy donde quiero estar, pero quizá estoy donde no debo estar. Siento emoción, pero siento también cierta aprensión. El corazón me palpita con fuerza, y me siento muy vivo. Y si por mis venas corre la pasión por la vida que me invade en ese instante, debo suponer que hago lo que tengo que hacer. Vivir, me digo, es esto, y todo lo demás es hacer planes.

A un lado y otro no consigo ver a nadie, pero eso no significa que no haya alguien oculto tras los promontorios que salpican toda la zona. 

Efectivamente, hay cadáveres de coches diseminados. Y veo también lo que debió ser un cargamento de televisores, del que solo queda un gran montón de carcasas de plástico castigado sin piedad por el sol. No lo puedo evitar. Es más, creo que en cierto modo es mi obligación. Y me bajo de la moto con la cámara de vídeo en mano. Es cómo hacer señales inequívocas de a quién hay que robar. Me acuerdo de cómo entré en la frontera marroquí, con el piloto rojo de la cámara parpadeando sobre el casco, y eso me hace sonreír para mis adentros y quitarle peso y trascendencia al momento.

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Me alejo un poco de la moto y ruedo unos planos. Ver el mundo a través de un visor te obliga a pensar sobre lo que estás viendo, y no puedo dejar de hacerme preguntas. Entonces tengo la sensación de que hay más mito que verdad en lo que se refiere a ese cruce fronterizo. Pienso que si verdaderamente las cosas fueran como se cuenta debería haber muchos más cadáveres de coches además de la docena que cuento. Entonces aparece un coche. El conductor toca el claxon. El copiloto se asoma a la ventanilla. Me grita algo así como que qué cojones estoy haciendo, y hace un gesto con la mano que interpreto como que si me he vuelto loco. Eso me enchufa de nuevo a la realidad del momento. Hago todavía unas fotos, guardo las cámaras y salgo de allí, sin prisa pero sin pausa, detrás de un tuareg al volante de un Peugeot que saluda amablemente cuando pasa junto a mí.

El tuareg, como suponía, elige el que parece ser el mejor camino entre tantas variantes como hay, y en cinco minutos tengo a la vista el puesto fronterizo mauritano. No he visto a nadie sin vehículo. Y nada ha sucedido.

Del otro lado, alguien con uniforme militar me pregunta si viajo solo, si he cruzado solo, y contesto que sí. Has tenido suerte, me dice, pero me resisto a creerlo. Tengo la sensación de que hay cierta tendencia a alimentar el mito. Yo, como tanta gente, solo me acuerdo de la suerte cuando es mala. Si es buena, tiendo a buscar explicaciones, o a atribuirme un mérito que no me corresponde. Debo revisarme lo concerniente a este asunto. En todo caso, me alegro por esta vez de haber tenido una suerte que nunca podré saber si realmente he tenido.

Superado el puesto fronterizo, la carretera es de asfalto de buena calidad. Ni rastro de pistas o sendas sembradas de minas. En menos de media hora, por mis propios medios y en solitario, podré estar en Nouadhibou, dándome una larga ducha antes de cenar. 

No sé muy bien qué esperaba. No me cabe duda de que las cosas, hasta hace bien poco, eran muy distintas. Conozco el caso de alguno que perdió la vida como consecuencia de pisar una mina en ese tramo ahora asfaltado, o el de otro que quedó mal parado cuando su coche pasó por encima de otra. Evidentemente, mi decepción no tiene que ver con que no me haya ocurrido nada. Tiene más bien que ver con la idea de que va resultando menos difícil llegar a cualquier lugar, cruzar cualquier territorio, y el ritmo al que eso va resultando cada vez más fácil es, en contra de lo que parece, vertiginoso.

Todo lo que puedo decir de la frontera entre Marruecos y Mauritania es que se trata de una frontera tan incómoda y antipática como tantas otras. Y que ha dejado de ser un mito en mi cabeza para convertirse en un recuerdo. Hay mitos que no deben ser desvelados, que no deben dejar de serlo. La obsesión por viajar y conocer nos lleva a lugares a los que nunca deberíamos ir. Son esos lugares capaces de generar recuerdos aún cuando jamás hemos estado allí. La frontera entre Marruecos y Mauritania era uno de ellos. Me consuelo pensando que tampoco había otro camino por el que entrar en Mauritania.

 

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Marrakech - TanTan

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Se me hace tarde. No consigo salir de Marrakech antes del mediodía. Se me acumulan los preparativos de última hora. Tacho la pastilla de jabón de la lista, que en este viaje sustituye al champú y al gel de baño, y al fin me considero listo para marchar. 

Es 28 de abril, y se cumple el primer aniversario del atentado con bomba en el restaurante de la plaza de Yamaa el Fna. La zona está atestada de policía, de uniforme y de paisano. Las inmediaciones de la plaza están cortadas al tráfico. El aparcamiento donde tengo a Paquita está dentro del perímetro de seguridad. Organizar el equipaje en las maletas de la moto me lleva media hora. Termino en el momento en que cesa la triste música con que se señala el instante final del evento que se ha preparado en memoria de las víctimas. 

Conecto la cámara del casco, me lo pongo, me coloco los guantes, engrano primera, acelero y Paquita se pone en marcha a las 12:30. Adiós, Marrakech. 

Renuncio a pasar siquiera un día en Essaouira. No me lo puedo permitir. Ni por tiempo ni por presupuesto. Relajarme un día en cada país supondría un mes de retraso en la Expedición. Otra vez será. Giro hacia el sur. Tengo más de 1.700 kilómetros por delante hasta la frontera con Mauritania, y voy a llegar hoy tan lejos en el mapa como sea posible. 

El viaje por Marruecos está resultando demasiado fácil. Me siento ridículo calzando cubiertas con tacos. Pero parece que las cosas pronto serán diferentes. Sigo en el mapa esa línea roja, que por la ausencia de poblaciones parece atravesar la luna, y me doy perfecta cuenta de que la cosa va a cambiar. En las inmediaciones de Agadir hay cierto lío de tráfico, pero paso de largo y, a medida que me alejo, el paisaje y el ambiente comienzan a cambiar con rapidez. Paro a descansar en un bar de carretera, y se me acerca un español que ha visto mi matrícula. Es David. Vive en Agadir. Tiene una empresa de envasado de frutas y verduras. Juraría por su buen aspecto que le va muy bien. Me da su número de teléfono, por si tengo algún percance. Y lo agradezco sinceramente. Espero no necesitarlo. 

Aparecen tímidamente los primeros turbantes y túnicas tuareg, y las primeras mujeres envueltas en telas de llamativos colores. Echaba de menos los colores en las mujeres. Estoy en Sáhara Occidental, y se nota. Inmediatamente después de los turbantes noto la presencia del desierto. No es exactamente que lo divise, que me vea rodeado de dunas o que la sed y el calor me acosen. No es eso. Es una sensación de otra naturaleza. Hay algo bestial oculto en mi horizonte, algo sobrecogedor que no veo pero presiento. Es el Sáhara. 

La densidad de tráfico ha disminuido, y la distancia entre poblaciones aumenta progresivamente. Nunca hay problemas de gasolina o de avituallamiento, sin embargo me doy cuenta de que mi cuerpo se ha puesto en estado de alerta. Hasta que llegue a Namibia, es territorio no viajado para mí. Viajo solo, y mi organismo es consciente de este hecho. Mi piel lo percibe.

Dejo atrás Tiznit y entro en Guelmim, una ciudad pequeña y caótica en mitad de la nada. Cae el sol, y necesito encontrar un sitio donde dormir. Un hombrecillo encaramado como pasajero al transportín de una Mobilette me hace señales para que me detenga. Y lo hago, necesitado como estoy de información. Habla un español tan malo como mi francés, pero agradezco no tener que pensar para hablar. Me somete a un tercer grado y me da consejos e indicaciones para el viaje. Me pregunto qué querrá venderme, pero es amable y parece no querer hacerme la envolvente. No consigo provocar un espacio en su verborrea para lanzar mi pregunta. Me advierte de las complicaciones de cruzar la frontera Mauritana. La clave es preguntar por el capitán de la policía, cuyo nombre es Bachir. Ése, me perjura, es el secreto para no padecer calamidades en el paso fronterizo. Bachir es amable y educado, me dice. Y no es corrupto. No acepta dinero. Pero es buena idea hacerle un regalo. A Bachir le gusta el té, asegura el hombrecillo. Un té especial que él conoce. Un té que a medida que me aproxime a la frontera me resultará más caro comprar. Con dos kilos será suficiente. Entonces se descubre el pastel. Me indica que le siga, que gustoso me acompañará a comprar esos dos kilos de té al mejor lugar que yo podría encontrar. 

Me resulta admirable la creatividad, la capacidad inventiva y el espíritu de supervivencia del hombrecillo. Yo sería absolutamente incapaz de articular semejante historia, tan bien estructurada, tan bien contada, al paso completamente inesperado de un viajero en moto con pinta de extraterrestre. Lo de menos es que tratara de liarme.

Salgo de Guelmim sin haber encontrado camping, o alojamiento a mi medida presupuestaria sin tener que compartirlo con otros seres vivos. Sigo camino, faltando a mi palabra de no conducir de noche casi tan pronto como he tenido ocasión de hacerlo. Tengo el depósito prácticamente lleno, lo que en mi moto, a una velocidad media de 100 kilómetros por hora pero cargada hasta el palco, supone una autonomía de unos 500 kilómetros, así que puedo aventurarme en la noche con tranquilidad, aunque extremando las precauciones. En ocasiones así, se agradece poder encender las luces antiniebla y alumbrar también ambos lados de la carretera.

En dos agotadoras pero maravillosas horas de viaje nocturno llego a Tan-Tan. A mi derecha, el mar. A mi izquierda, el Sáhara. Y sobre mi cabeza un cielo bien apretado de estrellas. Carezco de muchas habilidades. Es más, me sé incapaz para un gran número de menesteres. Pero puedo presumir de ciertas destrezas que compensan tanta torpeza como hay en mí. Algunas son de muy dudosa utilidad, pero otras son verdaderamente valiosas. Entre las valiosas cuento con mi habilidad para detectar los momentos importantes. Y entre mis habilidades puedo presumir también de una más rara que la anterior;  soy capaz de detener la vida unos instantes y disfrutar esos momentos. Y éste, el de hacer de bisagra de un cielo con un desierto y con un océano, es uno de esos momentos verdaderamente importantes.

Tan-Tan no es una ciudad, aunque en el mapa pretenda ese rango. Yo diría que tampoco es un pueblo, sino más bien un montón de casas cúbicas, sin pintar, de ese color agrio que tiene el cemento, desparramadas por un descampado con ínsulas de otra cosa venida a más.

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El camping Sable D’Or es ¿cómo diría yo? mmm… infecto. Sí, creo que esa es una buena palabra para definirlo. Se trata de una explanada árida y polvorienta, sin rastro de sombra. Es tarde, no hay luz, estoy muy cansado y no tengo el cuerpo para montar tienda. El tipo me cobra 14 euros por dormir en eso que él llama bungalow. He dormido ya en unos cuantos lugares por menos de 10 y todos eran mejores. Es lo que ocurre por llegar a última hora. El retraso se paga en forma de porque sí. Pero no hay alternativa. El aliciente es que en el mismo lugar se alojan siete italianos que suben en moto desde El Aaiún. Un grupo de lo más variopinto, tanto por ellos, de todas las edades, como por sus motos, entre las que hay desde una como Paquita hasta una Dominator 650, a cuyos mando viaja el más veterano del grupo, de unos 60 años de edad.

La manta tiene un tacto grasiento, así que la echo al suelo y coloco mi saco de dormir sobre la sábana, que tiene rastro de haber sido usada. Creo que mi saco de dormir es ahora mi posesión más preciada. Son los últimos días del mes de abril. En esta época del año, por el día no hace todavía un calor desagradable, y se conduce a través del desierto disfrutando del viaje. Pero por la noche la temperatura baja rápidamente, y afuera hace frío. Escucho el viento silbar contra las ventanas. Me arrebujo dentro del saco, cubierto por completo. El sueño viene a recogerme, y mientras me lleva asaltan mi memoria imágenes de lo vivido durante el día. Ha sido un día intenso. Un día que vale la pena haber vivido. Entonces me siento bien conmigo. Y me duermo.

 

Nacho Gasulla


Nacho Gasulla pertenece al a ONG 'Escritores sin fronteras', y lleva a cabo un proyecto apasionante: un viaje de 45.000 kilómetros a lo largo de 28 países de África. El objetivo: proporcionar las herramientas y la oportunidad de aprender a leer y escribir a niños de comunidades desfavorecidas del continente africano. Este es el cuaderno de bitácora de ese viaje fascinante.
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