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Marrakech - TanTan

Marrakech2

Se me hace tarde. No consigo salir de Marrakech antes del mediodía. Se me acumulan los preparativos de última hora. Tacho la pastilla de jabón de la lista, que en este viaje sustituye al champú y al gel de baño, y al fin me considero listo para marchar. 

Es 28 de abril, y se cumple el primer aniversario del atentado con bomba en el restaurante de la plaza de Yamaa el Fna. La zona está atestada de policía, de uniforme y de paisano. Las inmediaciones de la plaza están cortadas al tráfico. El aparcamiento donde tengo a Paquita está dentro del perímetro de seguridad. Organizar el equipaje en las maletas de la moto me lleva media hora. Termino en el momento en que cesa la triste música con que se señala el instante final del evento que se ha preparado en memoria de las víctimas. 

Conecto la cámara del casco, me lo pongo, me coloco los guantes, engrano primera, acelero y Paquita se pone en marcha a las 12:30. Adiós, Marrakech. 

Renuncio a pasar siquiera un día en Essaouira. No me lo puedo permitir. Ni por tiempo ni por presupuesto. Relajarme un día en cada país supondría un mes de retraso en la Expedición. Otra vez será. Giro hacia el sur. Tengo más de 1.700 kilómetros por delante hasta la frontera con Mauritania, y voy a llegar hoy tan lejos en el mapa como sea posible. 

El viaje por Marruecos está resultando demasiado fácil. Me siento ridículo calzando cubiertas con tacos. Pero parece que las cosas pronto serán diferentes. Sigo en el mapa esa línea roja, que por la ausencia de poblaciones parece atravesar la luna, y me doy perfecta cuenta de que la cosa va a cambiar. En las inmediaciones de Agadir hay cierto lío de tráfico, pero paso de largo y, a medida que me alejo, el paisaje y el ambiente comienzan a cambiar con rapidez. Paro a descansar en un bar de carretera, y se me acerca un español que ha visto mi matrícula. Es David. Vive en Agadir. Tiene una empresa de envasado de frutas y verduras. Juraría por su buen aspecto que le va muy bien. Me da su número de teléfono, por si tengo algún percance. Y lo agradezco sinceramente. Espero no necesitarlo. 

Aparecen tímidamente los primeros turbantes y túnicas tuareg, y las primeras mujeres envueltas en telas de llamativos colores. Echaba de menos los colores en las mujeres. Estoy en Sáhara Occidental, y se nota. Inmediatamente después de los turbantes noto la presencia del desierto. No es exactamente que lo divise, que me vea rodeado de dunas o que la sed y el calor me acosen. No es eso. Es una sensación de otra naturaleza. Hay algo bestial oculto en mi horizonte, algo sobrecogedor que no veo pero presiento. Es el Sáhara. 

La densidad de tráfico ha disminuido, y la distancia entre poblaciones aumenta progresivamente. Nunca hay problemas de gasolina o de avituallamiento, sin embargo me doy cuenta de que mi cuerpo se ha puesto en estado de alerta. Hasta que llegue a Namibia, es territorio no viajado para mí. Viajo solo, y mi organismo es consciente de este hecho. Mi piel lo percibe.

Dejo atrás Tiznit y entro en Guelmim, una ciudad pequeña y caótica en mitad de la nada. Cae el sol, y necesito encontrar un sitio donde dormir. Un hombrecillo encaramado como pasajero al transportín de una Mobilette me hace señales para que me detenga. Y lo hago, necesitado como estoy de información. Habla un español tan malo como mi francés, pero agradezco no tener que pensar para hablar. Me somete a un tercer grado y me da consejos e indicaciones para el viaje. Me pregunto qué querrá venderme, pero es amable y parece no querer hacerme la envolvente. No consigo provocar un espacio en su verborrea para lanzar mi pregunta. Me advierte de las complicaciones de cruzar la frontera Mauritana. La clave es preguntar por el capitán de la policía, cuyo nombre es Bachir. Ése, me perjura, es el secreto para no padecer calamidades en el paso fronterizo. Bachir es amable y educado, me dice. Y no es corrupto. No acepta dinero. Pero es buena idea hacerle un regalo. A Bachir le gusta el té, asegura el hombrecillo. Un té especial que él conoce. Un té que a medida que me aproxime a la frontera me resultará más caro comprar. Con dos kilos será suficiente. Entonces se descubre el pastel. Me indica que le siga, que gustoso me acompañará a comprar esos dos kilos de té al mejor lugar que yo podría encontrar. 

Me resulta admirable la creatividad, la capacidad inventiva y el espíritu de supervivencia del hombrecillo. Yo sería absolutamente incapaz de articular semejante historia, tan bien estructurada, tan bien contada, al paso completamente inesperado de un viajero en moto con pinta de extraterrestre. Lo de menos es que tratara de liarme.

Salgo de Guelmim sin haber encontrado camping, o alojamiento a mi medida presupuestaria sin tener que compartirlo con otros seres vivos. Sigo camino, faltando a mi palabra de no conducir de noche casi tan pronto como he tenido ocasión de hacerlo. Tengo el depósito prácticamente lleno, lo que en mi moto, a una velocidad media de 100 kilómetros por hora pero cargada hasta el palco, supone una autonomía de unos 500 kilómetros, así que puedo aventurarme en la noche con tranquilidad, aunque extremando las precauciones. En ocasiones así, se agradece poder encender las luces antiniebla y alumbrar también ambos lados de la carretera.

En dos agotadoras pero maravillosas horas de viaje nocturno llego a Tan-Tan. A mi derecha, el mar. A mi izquierda, el Sáhara. Y sobre mi cabeza un cielo bien apretado de estrellas. Carezco de muchas habilidades. Es más, me sé incapaz para un gran número de menesteres. Pero puedo presumir de ciertas destrezas que compensan tanta torpeza como hay en mí. Algunas son de muy dudosa utilidad, pero otras son verdaderamente valiosas. Entre las valiosas cuento con mi habilidad para detectar los momentos importantes. Y entre mis habilidades puedo presumir también de una más rara que la anterior;  soy capaz de detener la vida unos instantes y disfrutar esos momentos. Y éste, el de hacer de bisagra de un cielo con un desierto y con un océano, es uno de esos momentos verdaderamente importantes.

Tan-Tan no es una ciudad, aunque en el mapa pretenda ese rango. Yo diría que tampoco es un pueblo, sino más bien un montón de casas cúbicas, sin pintar, de ese color agrio que tiene el cemento, desparramadas por un descampado con ínsulas de otra cosa venida a más.

Marrakech-TanTan1

El camping Sable D’Or es ¿cómo diría yo? mmm… infecto. Sí, creo que esa es una buena palabra para definirlo. Se trata de una explanada árida y polvorienta, sin rastro de sombra. Es tarde, no hay luz, estoy muy cansado y no tengo el cuerpo para montar tienda. El tipo me cobra 14 euros por dormir en eso que él llama bungalow. He dormido ya en unos cuantos lugares por menos de 10 y todos eran mejores. Es lo que ocurre por llegar a última hora. El retraso se paga en forma de porque sí. Pero no hay alternativa. El aliciente es que en el mismo lugar se alojan siete italianos que suben en moto desde El Aaiún. Un grupo de lo más variopinto, tanto por ellos, de todas las edades, como por sus motos, entre las que hay desde una como Paquita hasta una Dominator 650, a cuyos mando viaja el más veterano del grupo, de unos 60 años de edad.

La manta tiene un tacto grasiento, así que la echo al suelo y coloco mi saco de dormir sobre la sábana, que tiene rastro de haber sido usada. Creo que mi saco de dormir es ahora mi posesión más preciada. Son los últimos días del mes de abril. En esta época del año, por el día no hace todavía un calor desagradable, y se conduce a través del desierto disfrutando del viaje. Pero por la noche la temperatura baja rápidamente, y afuera hace frío. Escucho el viento silbar contra las ventanas. Me arrebujo dentro del saco, cubierto por completo. El sueño viene a recogerme, y mientras me lleva asaltan mi memoria imágenes de lo vivido durante el día. Ha sido un día intenso. Un día que vale la pena haber vivido. Entonces me siento bien conmigo. Y me duermo.

 

4 Comentarios

Hay algo bestial oculto en mi horizonte, algo sobrecogedor que no veo pero presiento.
http://www.youtube.com/watch?v=6OXJR4NyD74

Que ésta necesitado de información?, será de índole geo-estratégica y no de orientación (con el equipazo que lleva incluirá un gps). Habla de un atentado, por lo que deduzco no es la primera vez que viaja por la zona él mismo reconoce tal circunstancia, ademas, para escribir es necesario ir de esa guisa, no inspira confianza y parece más, ocultarse tras el traje.

¿Qué te pasa, qué sientes? Nada, respondían sus personajes. Una nada inmensa es lo que me provoca la estupidez y la locura que vivimos estas semanas. Se me agotó la capacidad de asombro. Se me secaron las recetas.

http://www.youtube.com/watch?v=PHDrGjIUk9U

Llevo varios días acordándome de dos novelas: Nada, de Carmen Laforet, y La Rebelión de Atlas, de Ayn Rand. Desconozco los vericuetos por los que ambas me vienen a la cabeza. Supongo que de la primera me atosiga aquel ambiente asfixiante de la posguerra española: el odio, la pobreza, el pesimismo. ¿Qué te pasa, qué sientes? Nada, respondían sus personajes. Una nada inmensa es lo que me provoca la estupidez y la locura que vivimos estas semanas. Se me agotó la capacidad de asombro. Se me secaron las recetas.

;)...Saludos Cordiales...:D...:)

http://islakokotero.blogsome.com/images/sahara-8-edit1.jpg

http://apod.nasa.gov/apod/image/0906/Tassili-Lines_tafreshi.jpg

http://observatorio.info/2009/06/noche-estrellada-saharaui/

...:)

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Nacho Gasulla


Nacho Gasulla pertenece al a ONG 'Escritores sin fronteras', y lleva a cabo un proyecto apasionante: un viaje de 45.000 kilómetros a lo largo de 28 países de África. El objetivo: proporcionar las herramientas y la oportunidad de aprender a leer y escribir a niños de comunidades desfavorecidas del continente africano. Este es el cuaderno de bitácora de ese viaje fascinante.
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