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Happy ¿end?

    miércoles 10.dic.2014    por Arantxa Vela Buendía    1 Comentarios

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 No es la primera vez que me lo pregunto. ¿Para qué hace falta que todas historias tengan un final, un cierre? ¿No se podría parar y punto? Parar de escribir, de actuar, de dibujar… ¿Por qué es necesario que los relatos acaben con un redoble de sentido, un broche? ¿Porque la vida es absurda y su final nos resulta siempre impertinente? ¿Necesitamos que nos engañen, que nos consuelen?

         El otro día estuve viendo en el Naves de Español “Cuando deje de llover” de Andrew Bovell. Me interesó. Un texto complejo. Te obliga a saltar continuamente al pasado, al futuro y  a ir descubriendo poco a poco qué va antes y qué después, quién es el padre, el hijo, el nieto… La habilidad del autor reside en lograr que el espectador reescriba la historia sin agobios, según él va revelando información. El juego se hace entretenido, gimnástico, elocuente, incluso, a veces, fascinante. Cada vez que yo cambiaba de opinión sobre quién era un personaje y cuál era su relación con el resto, el cuento se enriquecía.

Deje_llover_escena_13         Me gustaría lanzar una propuesta impensable, molesta. Imaginemos que en vez de escribir un final, de buscar un punto  concreto dónde acabar, Andrew Bovell hubiera detenido la escritura sin más; la representación para porque no hay más escenas. Ya nos había contado lo que nos tenía que contar. Toda la elocuencia de la historia reside en el juego que hace con el tiempo. El final que yo vi se sobrentendía, era redundante. Es posible que Bovell persiguiera repescar a los espectadores que se hubieran perdido en el desorden temporal, no lo sé, pero a mí me pareció que todo lo que resultaba sutil se subrayó innecesariamente.

         Y me pregunté cómo habría concluido yo un relato semejante. Ni idea. Luego me vinieron a la cabeza todas esas cuestiones con las que he empezado el artículo.

Nao         El lunes por mañana he leído un comic que me ha producido una sensación parecida. Se titula “El nao de Brown” de Glyn Dillon.  Para mí ver dibujos supone un placer especial, y la historia, una mezcla entre fantasía y cotidianidad, me acariciaba el corazón, me sentía en casa, pero tampoco me convenció el final ¿Tengo que tirar por tierra todo lo que antes me había interesado? ¿Significa que la historia no me gusta?

         No es que crea que estas dos obras acaben de forma incongruente. Mis protestas interiores tienen que ver más bien justo con lo contrario, con su congruencia. Estos finales me resultan reiterativos y por eso tengo la sensación de que trivializan todo lo que antes se nos había presentado de una forma ambigua, ancha, rica. Al cerrar el relato, el final aparece como una especie de solución. Son finales conciliadores, reconcilian todas las fuerzas que antes generaban el conflicto, la angustia y por eso me molestan, porque la vida no concluye para dar sentido a lo que ha pasado. La vida concluye y punto. Inadecuada, inesperada, insensatamente. Sí ya sé que el arte es algo distinto de la vida, pero es que estos trabajos, en concreto, hablaban del arte de existir.

         Uno de los personajes del comic dice: “El ego es el precio que pagamos por la poesía”. Y la poesía es gerundio, no participio de pasado. El sentimiento que genera lo poético siempre está sucediendo. No hay posibilidad de que se pase, de que un acontecimiento lo tranquilice y lo extinga, de que podamos ponerle un nombre que nos ayude a domesticarlo. Somos la batalla que lidiamos para vivir. Si queremos ser (ego), batallamos. Un broche final nos banalizaría.

Y las dos obras que he mencionado, “Cuando deje de llover” y “El nao de Brown”, ponen en el tapete los malabares que tenemos que hacer para ser, estar o lo que se tercie. Ambas concluyen en una especie de suave final feliz con el que intentan recordarnos que se puede conseguir. El dolor, entonces, parece menor porque se nos ofrece un cierre que funciona como un bálsamo calmante. Un bálsamo que le roba complejidad al conflicto. Esa es la mentira.

344xhacialaalegria_portadaweb[1]         Fui al teatro de La Abadía y me topé con otro texto  que se sumó a estos pensamientos. “Hacia la alegría” de Olivier Py presenta un hombre angustiado que ya no cree en nada; todo le parece hueco, falso. Consciente de que esta sensación va implícita en la manera en la que funciona nuestra cabeza, el personaje concluye lamentando que no podamos liberarnos del deber de existir.

         Si escuchamos la música tribal, esa de tambores que no cesan, repetitiva, incansable, no parece tener otro sentido que transportarnos a otro estado, alterar nuestra consciencia. No va a ningún sitio, no tiene punto final, no es una canción estructurada, comprensible. En el proceso, en la duración, en el gerundio, se encuentra su razón de ser, en el efecto que produce en nosotros mientras suena. Yo creo que algunas obras occidentales surgen en la mente de los artistas con esa vocación, la del presente continuo.

         Cuando era estudiante, un profesor me hizo leer un texto de Roland Barthes que se titulaba “¿Por dónde empezar?”. En algunos casos yo lanzaría la siguiente pregunta ¿cómo acabar? y, sobre todo, ¿por qué acabar?

Arantxa Vela Buendía   10.dic.2014 00:30    

1 Comentarios

Me encanta esa expresión: "redoble de sentido", qué acertada. ¿Qué es el sentido sino un redoble, re-doble, redundante? ¿Y para qué se mete u redoble? Para dar sentido/fin a la música. Sobraría. Occidente se ha perdido en la búsqueda de sentido y ahora busca otra cosa, busca dónde se oculta la vida, cuando no se le exige sentido. Me cuentan que True Detective va de ese palo y que, a lo mejor le pasa lo mismo que a los textos que comentas...

jueves 11 dic 2014, 13:59

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