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Infancia clandestina

    domingo 23.dic.2012    por Miguel Castro    0 Comentarios

Debió de ser muy complicado ser hijo de montoneros en plena dictadura argentina. Tan difícil como perder una identidad que ni siquiera está formada. Tan desesperante como conocer las reglas del amor cuando uno todavía no sabe ni quién es, ni cómo hay que jugar la partida.

Infancia clandestinaInfancia clandestina, la opera prima del argentino Benjamín Ávila, nos habla de todo esto en una excelente película, generadora de una catarsis emocional por todos los festivales por donde pasa. Así fue cuando la vimos en San Sebastián y lo mismo ocurrió en Toronto, en Cannes. Nuestras manos no paraban de aplaudir. La gente, en pie, se unía en una larguísima ovación y proclamaba que ellos también eran Juan, el nombre del joven protagonista, de ese personaje que tiene que mentir hasta en la  fecha de su cumpleaños para que los milicos no descubran a sus padres.

Uno se preguntaba en mitad de aquel estruendo: ¿cuántas infancias clandestinas había en aquella sala? ¿Cuántas identidades rotas se podían ver reflejadas en la pantalla? Y, ¿cuántos habían descubierto el amor en circunstancias parecidas a las de Juan?

Nos contaba Ernesto Alterio en San Sebastián que la película no habla de ideas sino de emociones, y estas son universales. Las ideas, a menudo, son difíciles de compartir. Es la principal característica que tiene Infancia clandestina: es universal porque desde una historia personal los espectadores se sienten identificados con los sentimientos de los protagonistas. Probablemente ese sea el secreto del buen cine: hacer universal lo personal a través del mundo de las emociones.

No es fácil. Hay muchísimos casos donde se ve la impostura: el deseo de hacer sentir al público algo que el director no siente. En esos casos decimos que la película chirría, que se le ve el artificio narrativo, el deseo del director de manejar a la sala como si fuera una orquesta sinfónica de lágrimas, de dolor, o de sonrisas, como se demuestra en un exitoso título, Lo imposible.

Benjamín Ávila esconde las imágenes de violencia explícita tras la cortina de un tratamiento visual: el del dibujo, el cómic. Y con ese ocultamiento hace que activemos nuestra imaginación, que veamos una realidad propia tras esos dibujos: la de cada uno. Y así nos identifiquemos subconscientemente con el protagonista.

El azar hizo que viera esta película en San Sebastián. No estaba en mi agenda, un encuentro casual en un avión con Ernesto Alterio y Benjamín Ávila me hicieron reservar unas horas para asistir a la sala donde se proyectaba. Allí, me vi envuelto en una de las situaciones más inolvidables que he vivido en un cine. Días más tarde, Ernesto Alterio (medio argentino, medio español, el chico que dejó un país a los cuatro años y que en la película hace del tío del protagonista) me comentaba que para él, Infancia clandestina le había llevado a comprender hasta que punto se sentía vinculado a un lugar del que le habían sacado sin preguntarle si quería marcharse de allí. Sin saber muy bien cómo, recuperó ese sentimiento en uno de los archivos olvidados de su cerebro, del que sacó a relucir algo que explicaba una ruptura y un arraigo, una parte oculta de su identidad.

Gracias, Benjamín. Gracias, Ernesto. Yo también soy Juan.

[email protected]

@Detrasdlatrama

@MiguelCastroU

 

 

Categorías: Actualidad , Cine

Miguel Castro   23.dic.2012 10:42    

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Miguel Castro Uceda

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“La cura contra el aburrimiento es la curiosidad. No busques un remedio para la curiosidad: no tiene cura.” Dorothy Parker. De esta cita nació este blog, con el propósito de poner remedio a esa curiosidad que nos hace buscar, escarbar, investigar… Una búsqueda a la que hay que intentar añadir un pequeño esfuerzo para que el trabajo no sea en balde, e intentar que surja…, de una imagen, de una palabra, de una música…, algo parecido a una idea. Y, si fuera posible, trabajar esa idea y conectarla a otras áreas del conocimiento. Un viaje que me gustaría que hiciésemos juntos. Atentos pero relajados: con el corazón y la razón dispuestos a abrir los sentidos; con la precaución necesaria para evitar que, como dice el refrán, la curiosidad mate al gato. Cuento contigo.
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