1 posts de mayo 2009

El oro que mata

Justina Palacio apenas recuerda la última vez que consiguió un poco de oro a orillas del río Quito. Justina tiene 60 años y lleva ya medio siglo comiéndose la ribera a paladas en busca de una piedra dorada que le cambie la vida.

Y como ella, todo el pueblo de Paimadó se acerca cada mañana a estas aguas turbulentas con la esperanza de que un trocito de oro les saque de la miseria. Pero hace tiempo que la suerte les da la espalda, y las decenas de afrocolombianos que pueblan esta zona regresan de noche a casa con la batea vacía y las esperanzas rotas.

Paimadó es, según la estadística oficial, uno de los pueblos más pobres de Colombia. El 98% de la población no cubre sus necesidades básicas. Es parte de la Colombia olvidada por el Estado, de la Colombia inmersa en una selva inaccesible, donde el trabajo escasea y la gente pasa los días aferrada a un milagro que entierre sus días de escasez y miseria. Ese milagro hasta hace muy poco eran las minas de oro escondidas en el Departamento del Chocó. Una pequeña pieza del preciado metal costaba semanas de esfuerzo, pero garantizaba el sustento de las familias numerosas (con 10 o más miembros) que son la norma en esta región.

Todo eso cambió hace una década. En 1999 los habitantes de Paimadó vieron perplejos cómo unas enormes máquinas navegaban río arriba y se instalaban en sus orillas. Eran las dragas, auténticos mastodontes de metal que han cambiado la historia del pueblo.

Llegaron de la mano de brasileños sin escrúpulos que se casaron con colombianas para regularizar su situación, y que durante una década han esquilmado el oro de una región pobre y mísera como pocas en Colombia. Y lo han hecho de manera ilegal, porque no tienen ni el permiso minero, ni la licencia ambiental, ni el permiso de las autoridades locales para trabajar.

Estas casas flotantes, con capacidad para unas diez o doce personas, remueven la tierra en busca de oro. Lo hacen mediante gigantescos tubos que succionan la tierra, y luego la filtran para separar el oro del resto de sedimentos. Y trabajando unas 20 horas diarias, con ese apetito insaciable, se han comido la ribera del río y han provocado una catástrofe ecológica irreparable.

Las dragas han acabado con 400 hectáreas de masa forestal, en una zona rica en oro, pero también en fauna y flora, con una biodiversidad que es la envidia de muchas regiones del mundo. Han desviado el curso del río y han creado islas artificiales con los desechos de su digestión, con las piedras que expulsan una vez separado el oro del material inservible. Y han vertido casi 4 toneladas de mercurio y aceites tóxicos en las aguas del río. Y a todo esto se añade el drama humano. En muchas de esas dragas trabajaban niños por sueldos irrisorios, y muchas menores del pueblo acabaron prostituyéndose en los pequeños camarotes de esas casas flotantes.

Duele ver cómo en esas mismas aguas que bajan contaminadas los niños se bañan, las madres lavan la ropa, los padres lanzan la caña en busca de un pez rezagado y el pueblo entero se sumerge en busca de oro. Pero en un lugar sin agua potable el río sigue siendo la vida, aunque muchos de ellos quizás no sepan que cada vez que se asoman al río se les escurre un poco de vida. Hoy las dragas están amarradas a orillas del río Atrato, porque una operación conjunta de las Fuerzas Armadas y la fiscalía se incautó de 27 máquinas hace ya unos días.

Y la pregunta que muchos se hacen ahora es por qué no se actuó antes. Porque todos, fiscales, militares, políticos y por supuesto los criminales que manejaban las dragas, saben de sobra que lo que se han hecho los dragueros en Paimadó en su desesperada búsqueda de oro, mata. Mata fauna y flora, y puede que termine matando a una población con un medio ambiente destrozado y que busca y no encuentra oro.

Y el oro que de vez en cuando asomaba en la batea era, aquí, el único recurso que impedía que los desheredados de Paimadó, murieran de hambre. Porque la realidad, hoy, es que el oro que se llevaron las dragas, el oro que dejó de salir de las aguas turbulentas del río Quito, mata.

Luis Pérez


Hace ya casi dos siglos que el gran sueño de Simón Bolívar se fraguó por estas tierras. La Gran Colombia, una nación compuesta por varias repúblicas recién independizadas de España, echó a andar en 1819. Moriría doce años después, en 1831, víctima de revueltas internas y del desencanto con un Libertador que terminó pervirtiendo ese proyecto de unión suramericana con un Gobierno muy parecido a una dictadura. La Gran Colombia agrupaba varios países.
Ver perfil »

Síguenos en...

Últimos comentarios