4 posts de agosto 2009

Indígenas

Cuando Delma Chaparro subió a la aldea sintió de pronto la cercanía de la muerte. Y confirmó sus malos presagios cuando vio de lejos aquel bulto tendido frente al huerto. El cuerpo de su marido estaba allí, descuartizado a pocos metros de su casa en la Sierra Nevada de Santa Marta. Sus dos hijos estaban básicamente mudos, esperando a la madre para lavar el cadáver, recomponer el cuerpo y enterrar cuanto antes a su padre. Al marido de Delma lo mataron los paramilitares en presencia de los niños porque supuestamente ayudaba a la guerrilla. Su delito fue quedarse impasible y no protestar cuando las FARC entraron a la aldea para robar tres cabezas de ganado a punta de pistola.

No muy lejos de allí, en la Guajira, Liney Ospina también acaba de enterrar a su hermano. Miguel Ángel apareció muerto, pasado a machete, en la pista de entrada a la ranchería. Días antes se había enfrentado a los paras, que pretendían expulsar a su familia de la zona, casualmente, un importante corredor para sacar la cocaína.

En Riohacha, también en la Guajira, Jacqueline Romero perdió a otro hermano, esta vez a manos de la guerrilla. Supuestamente colaboró con los paramilitares por no hacerles frente cuando pasaron por su poblado en busca de comida. Pagó ese descuido con la vida.

Delma, Liney y Jacqueline no se conocen pero sufren el mismo drama. Son indígenas, y asisten indefensas a episodios de violencia que ponen en peligro el futuro de sus pueblos ancestrales. Porque desde hace unos años, el conflicto armado que vive Colombia se ha trasladado también a sus resguardos, hasta hace poco, remansos de paz donde vivían de la caza, la pesca y la recolección, siempre en armonía con la naturaleza.

Pero desde hace un tiempo el conflicto se ha colado en su territorio arrastrado por esa planta que desangra a este país: la hoja de coca. Y no por el uso que le dan los indígenas, que la utilizan desde hace cientos de años con fines medicinales. La guerrilla y los paramilitares, que viven del narcotráfico y dejaron hace tiempo cualquier resquicio de ideología, se han metido de lleno en territorio indígena. Allí la presión del Estado es menor y es más fácil plantar hoja de coca, instalar laboratorios, procesarla y sacar la cocaína empacada y lista para su venta por corredores ajenos a los ojos del Gobierno.

Y en medio de todo esto los indígenas asisten a matanzas y desplazamientos continuos en la zona que habitaron sus ancestros. Se calcula que en Colombia hay 102 pueblos indígenas. Y según la Organización Nacional Indígena de Colombia, la ONIC, hay al menos 18 etnias en peligro de extinción. Aruacos, kamkuamos, wiwas o wayuus asisten indefensos a una doble destrucción: guerrilleros y paramilitares (en ocasiones en connivencia con el ejército) los eliminan físicamente; y las grandes multinacionales extranjeras, con el visto bueno del Gobierno, contaminan sus ríos con megaproyectos que en muchos casos se llevan a cabo sin el visto bueno de los mamos, las autoridades indígenas.

Supuestamente la Constitución de 1991 es una de las más avanzadas de la región en materia de protección de los pueblos ancestrales. Pero la inacción del Gobierno y los intereses cruzados de guerrilleros, paramilitares y empresarios sin escrúpulos convierten todo eso en papel mojado. Y desde luego, no creo que la solución pase, como dice el vicepresidente de Colombia, Francisco Santos, por la erradicación absoluta del cultivo de hoja de coca en los resguardos. Los indígenas tienen pequeños cultivos de uso doméstico y mascan la hoja de coca muchas veces para matar el hambre y el frío. Y no son ellos precisamente quienes se lucran con ese negocio del narcotráfico que carcome las entrañas de este país a base, también hay que decirlo, de la demanda desenfrenada de cocaína en las calles de Europa y Estados Unidos. La coca es un gran negocio y en su camino arrastra no sólo a jóvenes de muchos países desarrollados, también a indígenas que ni siquieran imaginan qué es eso del primer mundo.

La misión de Correa

Aquel año de 1986, el joven Rafael Correa acabó sus estudios de Economía en Bélgica y decidió regresar a Ecuador. Pero en vez de buscar trabajo, el recién licenciado emprendió otra aventura que más tarde definiría como la verdadera maestría de su vida. Correa era un hombre de profundas convicciones católicas. Sus padres, muy religiosos y de clase media-baja, le inculcaron la fe en casa y el pequeño Rafael terminó de apuntalarla en colegios católicos. Primero en el San José de La Salle, de su Guayaquil natal. Después, becado por sus buenas notas, en la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil, y en la Universidad Católica de Lovaina la Nueva Bélgica, donde fortaleció aquellos valores cristianos que le inculcaron de niño.

Así que, al menos en su familia, a nadie extrañó que a la vuelta de tierras belgas Correa aparcara sus ambiciones y pusiera rumbo a una misión. El inquieto Rafael se fue con los Padres Salesianos a la parroquia rural de Zumbahua, de población mayoritariamente indígena. Allí catequizó, dio clases de matemáticas, capacitó a maestros indígenas e incluso creó una red de microempresas rurales. Y sobre todo, allí conoció y puso en práctica lo que aprendió sobre la pobreza cuando le hablaron tiempo atrás de la Teoría de la Liberación.

Ese lugar marcó tanto al joven ecuatoriano que 20 años después, cuando el candidato Rafael Correa ganó las elecciones, volvió de nuevo a Zumbahua. Cientos de indígenas presenciaron una toma de posesión simbólica ante los desheredados que según él cuenta, cambiaron su vida. Los representantes de los pueblos le entregaron un bastón de mando y lo limpiaron de malos espíritus. Y ese mismo rito lo repitió Correa hace unos días, justo antes de iniciar su segundo mandato al frente del Ecuador. Los taitas y mamas le impusieron el poncho rojo que representa la tierra del país, y lo bendijeron con un ritual para que hiciera lo mejor para el pueblo.

Y Correa, taz vez sin saberlo, iniciaba así otra misión. Esta vez de mayor envergadura, porque en vez de evangelizar indígenas debe sacar adelante a todo un país. Su prioridad –dice- son los jóvenes, los pobres y los pueblos ancestrales. Y su objetivo declarado es radicalizar la revolución ciudadana, ese proyecto de cambio que le dio la victoria en 2006 y que permitió su reelección este año. Ese proyecto que básicamente piensa en los que menos tienen e hizo añicos los años de gobiernos corruptos y élites gobernantes que defraudaron al pueblo elección tras elección.

Al joven misionero convertido en presidente le han caído unos cuantos años, pero el ímpetu que mostraba en aquellas charlas de la sierra se mantiene hoy en multitudinarias ruedas de prensa e intervenciones por televisión. Correa sostiene que un verdadero cristiano no puede permitir el nivel de desigualdad que se encontró en Ecuador. Y por eso se puso manos a la obra, construyendo viviendas sociales, aumentado el salario mínimo y otorgando a los pobres medicinas gratis en muchos hospitales. En sus dos primeros años de mandato el gasto social se disparó. Pero los recursos del Estado, principalmente el petróleo y las remesas de los emigrantes, han caído en picado. Y ahora muchos se preguntan cómo pretende Correa “radicalizar la revolución”, cuando la caja del estado está más vacía que llena y la crisis económica mundial llegó también a Ecuador.

La misión de Correa no será un camino de rosas, y el propio misionero tiene claro que no hay vuelta atrás. El presidente sigue siendo muy popular, más de la mitad del país le ha dado su visto bueno. Los pobres están con él y los pobres son mayoría aquí en Ecuador. Pero más de un analista se pregunta qué pasará si la caja del Estado no responde, si las ayudas del misionero dejan de llegar a unos desheredados que en esta nueva aventura no se conforman con la oración.

Hay quien recuerda también que las reformas de Correa le han granjeado enemigos; que parte de los sindicatos, de los maestros e incluso de los indígenas ya le han dado la espalda a su otrora benefactor. Y hay quien recuerda también que en este país las revueltas callejeras son muy poco inocentes, porque en la última década las marchas hacia palacio han tumbado a tres presidentes sin tiempo para la negociación.

Tal vez por eso Correa necesite mirar atrás para afrontar el futuro. Repasar aquellos años en la sierra, donde reinaba el diálogo en vez de la crispación, donde la soberbia no tenía cabida, donde se escuchaba a todo el mundo y se predicaba el perdón. Pero quizás todo eso sea imposible, porque dirigir un Estado es muy distinto a predicar a los pobres o meterse en una misión y porque aquellos valores brillan por su ausencia en la alta política. Y sobre todo, porque en Zumbahua todo era mucho más simple, y si jugabas a trapecista podías vivir al caer sin red.

Oriente Medio... en América Latina

Por un momento me creí Óscar Mijallo, el compañero y colega que nos cuenta los avatares de Oriente Medio desde Jerusalén. Por un momento me vi también leyendo el Haaretz, el Jesuralem Post o cualquier otro periódico de aquella zona, en cualquier garito de esa ciudad que apabulla por su historia y que tantas historias tiene para contar. Pero al segundo sorbo de aquella taza comprendí que era yo mismo y que estaba -como cada domingo por la mañana- en la esquina de Don Pedro, a una cuadra de mi casa, saboreando eso de lo que todo buen colombiano jamás se avergonzará: el café.

Y cuando tras ese viaje relámpago a Tierra Santa puse de nuevo los pies en Colombia conocí en realidad por qué mi mente había volado a Jerusalén. Las portadas de los periódicos no hablaban de la guerrilla, ni del presidente Uribe y su reelección, ni de la sucesión de un fiscal general que termina mandato y que ha sido tan honesto e independiente que abandona el país porque sabe que a la vuelta de la esquina alguien le espera para quitarle la vida.

La prensa y las revistas de actualidad colombianas hablaban de Israel, de Hezbolá y de la influencia de Irán en América Latina, con Venezuela como gran anfitrión. Por partes: ese domingo nublado y gris el diario El Tiempo recogía una entrevista con Dora Shavit , la directora para América Latina y el Caribe de la cancillería israelí. Shavit, que preparaba el terreno para la posterior visita a la región de su ministro de Exteriores, Avigdor Lieberman, fue al grano: Hezbolá, el partido político y milicia chií que controla el centro y sobre todo el sur de Líbano, tiene células que operan en la Guajira, una zona fronteriza entre Colombia y Venezuela. Allí ha aumentado considerablemente la población musulmana y han crecido también exponencialmente las mezquitas a uno y otro lado de la frontera. Y en esas mezquitas, según Shavit, no sólo se reza; también se recolecta dinero que va a parar a las arcas de ese grupo chií que en 2006 puso en jaque a Israel durante aquella intensa guerra veraniega, y que ha estado en la lista de organizaciones terroristas tanto de Estados Unidos como de la Unión Europea.

La diplomática israelí habló también sin tapujos del viaje del ministro Lieberman. El objetivo, dijo, era contener la influencia de Irán en la región, especialmente en países incómodos para Israel y para Colombia como Venezuela, Ecuador, Bolivia o Nicaragua. La Inteligencia israelí lo tiene claro: Irán afianza lazos con esos países y a la vez financia a grupos como Hezbolá, en Líbano, o Hamás, en la Franja de Gaza. El asunto preocupa a Israel y preocupa también a Colombia, fiel aliado en la región. Y preocupa hasta tal punto que la visita de Lieberman fue la primera que realizaba un ministro israelí al país andino en los últimos 30 años.

Israel busca respuestas a muchos interrogantes. Se pregunta, por ejemplo, quiénes viajan realmente en los vuelos directos que se han establecido entre Caracas y Teherán. Y responde que no son precisamente turistas, “sino técnicos y otro tipo de personas”, según la propia Shavit. Y se pregunta también qué vínculos pueden unir a Irán con Bolivia, si no es el uranio que Evo Morales vende a Ahmadineyad para el desarrollo del programa nuclear que -según la comunidad internacional- no tiene fines civiles, sino militares.

Lo cierto es que esta especie de “guerra fría” que se vive en la región está dando mucho que hablar. E Israel, con el apoyo de Estados Unidos y de Colombia, intenta frenar esa expansión iraní que tanto miedo provoca en los tres países, especialmente en Washington, donde nunca se imaginaron tener un enemigo de esa magnitud ganando influencias en su patio trasero. Pero ésta es hoy la realidad: Chávez y Ahmadineyad se han reunido personalmente en más de 10 ocasiones, y han firmado más de 150 acuerdos comerciales que superan los veinte mil millones de dólares. Al presidente iraní lo hemos visto aterrizar con todas las bendiciones en el Ecuador de Correa, la Nicaragua de Ortega o la Bolivia de Evo Morales. Y en los pasillos del Congreso estadounidense corre el rumor de que Irán planea construir la embajada más grande del mundo... en Managua.

Da la impresión de que Irán no ha perdido el tiempo y le ha devuelto el golpe a Estados Unidos. Washington no ha dejado de crear bases militares y contactos en los alrededores de Irán, aumentando la presión y fomentando su aislamiento. Y el régimen de los ayatolás aprovechó los dos períodos de la Administración Bush para extender sus redes en la región. Porque Bush, centrado como estaba en Afganistán e Irak, se olvidó por completo de América Central y América del Sur. Quizás todas estas teorías puedan resumirse en un dicho más sencillo. Ahmadineyad, en su relación con Chávez, Ortega o Correa, en su amistad con los nuevos regímenes de izquierda que nacieron en la región, lo tuvo claro: “el enemigo de mi enemigo –pensó- es mi amigo”.

Chávez y Uribe: ni contigo, ni sin ti

Juan Pedro Restrepo aguantó hasta que pudo los embates de la guerrilla y los paramilitares. Pero cuando las amenazas tocaron de lleno a su familia decidió empacar un saco con algo de ropa, dejar la Guajira y buscarse la vida en la gran ciudad. Juan Pedro es hoy uno de los lustrabotas que apenas gana para comer sacando brillo a los zapatos de quienes cruzan las cuatro esquinas de la Plaza Bolívar, en pleno centro de Bogotá. Cuando le queda algo de tiempo descubre una realidad que hasta hace poco desconocía. Escucha las noticias en el viejo transistor de Camilo, el dueño del quiosco que tiene a dos metros, donde ojea también los periódicos que le muestran, a golpe de portadas, lo que pasa en su país.

Y lo que descubre Juan Pedro estos días es un culebrón que viene de lejos, y que tiene a Colombia en vilo: la historia de dos hombres que un día fueron amigos y que ahora andan a la greña, enfadados y distantes, cada uno con sus motivos. El primero le suena. Álvaro Uribe, presidente de Colombia, nunca estuvo en la ranchería donde creció Juan Pedro rodeado de puercos, gallinas y las carpas que brillaban en orilla de la ciénaga. Del segundo también ha oído hablar. Porque Hugo Chávez preside el país que empieza detrás de las montañas donde se esconde su triste y mísero pueblo: Venezuela.

Inspirado quizás por el lugar donde ahora trabaja, esa plaza que rezuma historia y que alberga el Congreso, el Senado, la Corte Suprema o la alcaldía, Juan Pedro decide meterse de lleno en el culebrón de los amigos ahora enfrentados. Lee, escucha, y sobre todo pregunta para enterarse de los capítulos atrasados. Al lustrabotas le cuentan que los dos presidentes, Uribe y Chávez, comenzaron a tratarse en 2002. Ese año Uribe ganó las elecciones, y el venezolano ya llevaba tres años gobernando al otro lado de la frontera.

Le cuentan también que los inicios fueron buenos; que dos países que compartían frontera y tenían una historia común, liberados ambos del yugo español por un tal Simón Bolívar, no podían sino llevarse bien. Y la amistad, efectivamente, cuajó, pese a que uno –Uribe- es un conservador furibundo y defensor a ultranza del neoliberalismo, y otro –Chávez- se presenta como el líder de una revolución bolivariana, de izquierdas, azote de todo lo que huela a neoliberal y que apuesta claramente por un papel muy fuerte del Estado.

Como la crisis económica mundial también afecta a los lustrabotas y la gente elegante prefiere estos días llevar los zapatos sucios, Juan Pedro tiene más tiempo del que quisiera para meterse de lleno en la historia de los dos amigos distanciados. Y descubre que la amistad ya pasó por otras crisis, que desde 2007 Chávez ya le ha puesto a Uribe cada de pocos amigos en tres ocasiones. Lee que a finales de ese año Chávez congeló las relaciones porque Uribe le apartó de los focos, algo que el venezolano no lleva demasiado bien. En la segunda página del diario descubre que, en esas fechas, el presidente colombiano puso fin a la mediación del líder bolivariano, que hasta ese momento negociaba un canje humanitario de guerrilleros presos de las FARC, por militares y civiles secuestrados por la insurgencia. Pese a todo -le cuenta luego Camilo alrededor de un café- volvieron a hacerse amigos. Pero en marzo de 2008 Chávez, con gesto serio, le volvió a decir a Uribe que se apartara, que no quería saber nada de él. Esta vez, a cuenta del ataque de militares colombianos contra un campamento de las FARC, en el que murió el número dos de la guerrilla, Raúl Reyes. El ataque fue en territorio ecuatoriano, y allí mandaba y manda otro amigo de Chávez, un tal Rafael Correa, del que Juan Pedro jamás oyó hablar porque entre su ranchería y Ecuador hay demasiada distancia física y emocional. Así que el venezolano cerró la embajada de su país en Colombia y mandó a 10 batallones a la frontera. La tropa venezolana llegó tarde y mal, y el enfado se difuminó al mismo ritmo cansino con el que los soldados bolivarianos regresaron, cabizbajos, a los cuarteles.

La tercera y última crisis se la encontró Juan Pedro el pasado martes, recién llegado a Bogotá. Chávez, de nuevo, está enfadadísimo con su amigo. Esta vez porque Uribe acusó a Venezuela de vender armas a las FARC. Colombia -escucha el lustrabotas en la radio- tiene pruebas de que una empresa sueca vendió a Venezuela los lanzacohetes que ahora aparecen en un campamento de la guerrilla. El asunto debe ser serio – piensa Juan Pedro- porque ahora Chávez no sólo congela las relaciones con Colombia, sino que amenaza con nacionalizar las 300 empresas colombianas que operan en Venezuela.

Pero Camilo, que le ha cogido cariño a su amigo lustrabotas, intenta tranquilizarlo. Y le dice que no se preocupe, que esta crisis también pasará porque él, que lleva 27 años en el mismo puesto leyendo todos los días la prensa y es ya todo un analista político, sabe que Chávez y Uribe son, en el fondo, muy parecidos. Ambos –le cuenta- son muy mediáticos y usan la televisión habitualmente para hablarle a millones de personas. Son también muy carismáticos, muy populares, y están muy cercanos a las fuerzas armadas. Chávez –dice Camilo- fue teniente coronel y aparece a menudo con su traje militar. Y Uribe ha apostado en sus dos mandatos por un ejército fuerte que golpee a la guerrilla. Y los dos –prosigue el quiosquero- buscan perpetuarse en el poder. Porque Chávez, que ya lleva 10 años gobernando, modificó la Constitución para presentarse a las elecciones cuantas veces quiera. Y Uribe ya cambió la Carta Magna para repetir mandato en 2006 y ahora, como le sabe a poco, busca un tercer mandato que le deje hasta 2014 disfrutando de los amplios salones de la Casa de Nariño. Y a todo esto -añade Camilo- les une también la economía. Las relaciones comerciales entre los dos países se han disparado desde 2005, y actualmente rozan los 8 mil millones de dólares. Colombia vende carne, cuero, coches, gas y textiles. Y Venezuela hace un buen negocio vendiendo al vecino petróleo, aluminio, hierro y productos petroquímicos.

Por todo esto –concluye Camilo- porque son muy parecidos aunque sus pensamientos políticos estén en las antípodas, Juan Pedro no debe preocuparse. No habrá guerra, la crisis pasará, Chávez y Uribe volverán a estrecharse la mano en alguna que otra cumbre, y al pan, pan, y al vino, vino. Pero ni Juan Pedro -el nombre figurado de un personaje que sólo existe en este post- ni yo, tenemos claro qué pasará en el futuro. Y ni Juan Pedro - que acaba el día con suerte sacando brillo a los mocasines de un diputado conservador- ni yo, sabemos realmente si Chávez y Uribe se aman, se odian, o todo lo contrario. Y a base de no entenderlo y de no saber el porqué, llego a la conclusión de que es a mi a quien le gustaría ser, por un tiempo, un periodista de ficción.

Luis Pérez


Hace ya casi dos siglos que el gran sueño de Simón Bolívar se fraguó por estas tierras. La Gran Colombia, una nación compuesta por varias repúblicas recién independizadas de España, echó a andar en 1819. Moriría doce años después, en 1831, víctima de revueltas internas y del desencanto con un Libertador que terminó pervirtiendo ese proyecto de unión suramericana con un Gobierno muy parecido a una dictadura. La Gran Colombia agrupaba varios países.
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