5 posts de septiembre 2009

Honduras, tres meses después

Cuando me siento a escribir estas líneas lleva más de una hora lloviendo. Cae el agua con fuerza sobre una ciudad oscurecida por el atardecer y por el toque de queda, y el cielo gris y plomizo se empeña en recordarme el destino trágico de un país que parece aprisionado por estos nubarrones negros. En realidad llueve desde hace tiempo. Al menos desde hace tres meses, cuando aquel golpe de estado sacó del poder a Manuel Zelaya. Tres meses después sigue lloviendo, aunque Zelaya por fin consiguiera volver al país de donde lo sacaron a punta de pistola aquella madrugada de finales de junio.

¿Qué ha cambiado desde entonces? Para Zelaya desde luego ha cambiado la perspectiva con la que se mira esta crisis. Porque tres meses después de aquel golpe, los medios -incluido el medio para el que trabajo y con el que estuve por aquí aquellos días- hablaban muy poco de Honduras. El regreso rocambolesco de Mel sorprendió a propios y extraños y tuvo una enorme virtud: ha vuelto a situar a este país en el mapa y se ha vuelto a recordar que, doce semanas después, el país está como estaba. Con un Gobierno de facto que ignora las críticas de la comunidad internacional y se aferra a sus argumentos, aquellos que dicen que Zelaya es un corrupto que pretendía además modificar la Constitución para perpetuarse en el poder como su amigo Hugo Chávez; con un gobierno de facto que desoye las críticas de afuera y se hace fuerte con los apoyos del interior, con el aval de muchos hondureños que odian a Mel, que ni de lejos imaginan su regreso al poder; con el aval de sectores tan poderosos como los empresarios, la Iglesia, el Congreso o la Corte Suprema.

Pero tres meses después también con mucha gente que no olvida que a Mel lo sacaron de Honduras en pijama, con un fusil apuntándole al pecho, en un manual de cómo se gesta en dos días un golpe de estado chapuza, porque si había pruebas de que delinquió había que juzgarlo aquí con todas sus garantías. Un país, en suma, en el que mucha gente sigue creyendo en aquel presidente cuyo giro a la izquierda sorprendió a muchos, y que prometió mucho más a quienes menos tenían.

A Mel le costó lo suyo entrar al país y no creo que salga de aquí de manera inmediata. Su golpe de efecto ha generado ya movimientos. Los embajadores de la U.E y de la O.E.A volverán al país para buscar desde aquí una solución negociada. Pero ni Zelaya ni Micheletti parecen dar marcha atrás. Y tres meses después de aquel golpe, son los seguidores de Zelaya y los seguidores de Micheletti quienes se agolpan en los supermercados cuando se rompe el toque de queda, quienes se encierran en sus casas cuando vuelve a entrar en vigor. Dejo de escribir y sigo en vislumbrar una salida a todo esto. Quizás porque miro por la ventana… y sigue lloviendo.

Carta a Vanessa

Querida Vanessa:

Con apenas dos años eres quizás demasiado pequeña para entender esto que escribo. Pero debo contarte algo que tal vez no sepas de esa finca donde vives. Me gustó verte jugar, tierna y despreocupada, entre la hierba de la hacienda en Puerto Triunfo. Probablemente no sepas que esa tierra que ahora pisas perteneció en su día a Pablo Escobar, el mayor narcotraficante de la historia de Colombia. Y desconocerás también que el sitio donde el destino quiso que vivas encierra una etapa demasiado oscura de la historia de tu país.

Debes saber, Vanessa, cómo empezó todo aquello. Escobar, a quien sí conocieron tus padres y abuelos, tuvo siempre olfato para el negocio. Quizás demasiado olfato, porque asimiló muy pronto que el negocio ilegal era más arriesgado pero mucho más rentable que el que sigue el curso de la ley. El joven Pablo se inició en esto vendiendo bicicletas y alquilando películas en Medellín. Y poco después se convirtió en asiduo visitante de los cementerios, aunque no era precisamente sepulturero. Pablo, el hombre que construyó la finca donde vives, robaba las lápidas para venderlas de nuevo tras borrar el nombre del muerto de turno. Y el negocio era rentable, porque en Medellín no había precisamente escasez de muertos.

Luego vino, Vanessa, el robo de coches. A Pablo le gustaron desde pequeño, y en aquellas carreras locas por las colinas de Medellín ya empezó su afán por llegar a lo más alto. No era buen piloto, pero sus amigos sembraban de clavos las curvas del recorrido para que los rivales no tuvieran opción. Hoy, a la izquierda de tu casa, puedes ver una muestra de su amor por los autos. Allí están los Cadillacs, los Ford e incluso alguno de los Rolls Royce que coleccionó el gran capo. Ese color naranja oscuro propio de la herrumbre, Vanessa, no es el natural. Los coches están destrozados porque los enemigos de Pablo sabían también donde hacerle mucho daño. Por eso un día asaltaron el parking del edificio Mónaco, su casa en Medellín, y acabaron de un golpe con toda su flota de coches de lujo. Pablo los quería demasiado para abandonarlos, tanto que se trajo los restos como reliquia hasta esta hacienda de Puerto Triunfo.

Tras los coches, Vanessa, El Patrón se metió en el negocio de la marihuana. Y como todo iba creciendo y quería entrar en las grandes ligas, pronto entendió don Pablo que la verdadera riqueza estaba en la cocaína. Tu casa es grande, pero no creo que la familia que te cuida te haya dejado salir para ver la entrada de la finca. Allí sigue, intacta, aquella pequeña avioneta que abrió las puertas a la fortuna del capo. De ese aparato salió el primer cargamento de cocaína con destino a los Estados Unidos.

Algún día te preguntarás, Vanessa, cómo se forjó todo el lujo que una vez rodeó la finca donde habitas. La coca se pagaba bien, tan bien que Don Pablo no tardó en convertirse en la mayor fortuna del país. Hay quien dice que rondó los diez mil millones de dólares. Y eso Vanessa, es mucho dinero, tanto que en aquella época la revista Forbes colocó al Patrón como una de las 10 mayores fortunas del mundo.

Quizá algún día te cuenten, pequeña, que esa Hacienda Nápoles que te ha visto crecer era el centro neurálgico de sus negocios. Mucho antes de que nacieras, la pista de aterrizaje que está al norte de tu casa siempre estaba ocupada. De ahí salían y entraban cargamentos de coca y grandes fajos de billetes, dinero fácil, exento de impuestos y sin control aduanero. Es lo que tiene, supongo, tener un aeropuerto en casa. De allí salían y entraban, también, los amigos de don Pablo para aquellas fiestas interminables de alcohol, sexo y grandes dosis de cocaína.

Todo eso ocurría, Vanessa, en la mansión que ahora ves en ruinas a pocos metros de tu casa. Porque cuando mataron a Don Pablo e incluso antes, cuando el narcotraficante declaró la guerra al Estado y se fue a la clandestinidad, los campesinos de la zona la destruyeron. Probablemente no tuvieran nada contra el capo, simplemente rompieron las paredes en busca de las famosas “caletas”, los escondites donde todo buen narco esconde dinero y drogas.

Te cuento esto, querida, para que sepas que esta Hacienda Nápoles es algo más que un parque recreativo, que tiene su historia, y que esa historia forma parte, sin duda, de la historia de tu país. Me gustaría que algún día alguien te hiciera llegar esta carta. Me gustaría que pudieras comprenderla. Aunque tal vez lo mejor será que sigas como estás, feliz y contenta en ese mundo inocente que te ha tocado vivir.

* Vanessa, una cría de hipopótamo de apenas dos años, es la mascota y la niña mimada de la Hacienda Nápoles, la antigua finca de Pablo Escobar, recovertida hoy en parque recreativo y museo. Sus abuelos llegaron hasta aquí hace ya mucho tiempo, cuando Pablo hizo traer de Africa decenas de animales exóticos que entraron en Colombia sin mayores trabas, porque todos los agentes de aduanas estaban sobornados por el Patrón.

La casa de los horrores

No se sabe si fue un monstruo con mil cabezas o pequeños monstruos que obedecían a un ser superior. Pero lo que ha ocurrido estos años en el D.A.S va más allá del cine negro y se asemeja bastante a una casa de los horrores. El D.A.S (Departamento Administrativo de Seguridad) viene a ser, en Colombia, lo más parecido en España a los servicios de inteligencia, a la policía secreta. Pero desde hace meses lo que ha pasado en su sede ha dejado de ser secreto y se ha extendido por todo el país.

Desde el D.A.S. se ha estado espiando -“chuzando”, como dicen por aquí- a un buen número de ciudadanos. Y evidentemente las víctimas del seguimiento, de los pinchazos telefónicos, no son ciudadanos de a pie. Son, entre otros, importantes políticos de la oposición, periodistas críticos con el Gobierno y numerosos magistrados que llevan casos incómodos para el Ejecutivo.

El escándalo se veía venir pero terminó estallando tras una investigación de la fiscalía. El ministerio público siguió el rastro a las denuncias que caían sobre Jorge Noguera, Director del D.A.S entre agosto de 2002 y diciembre de 2005, es decir, durante el primer mandato del actual presidente, Álvaro Uribe. La fiscalía acusa a Noguera nada menos que de poner el D.A.S al servicio de los paramilitares, en concreto de los capos Hernán Giraldo y Jorge 40, para que cometieran asesinatos. Los servicios de inteligencia siguieron a objetivos que marcaron los paras, y lo que es peor, la información que se recababa se acababa vendiendo a ese grupo de ultraderecha, acusado de múltiples crímenes.

Estoy seguro de que en el D.A.S hay magníficos empleados, colombianos honestos que hacen un trabajo ejemplar para su país. Pero las manzanas podridas que se alejaron de su cometido han derribado la imagen de la institución. El escándalo es de tal magnitud que, finalmente, el presidente Uribe ha decidido liquidar el D.A.S como tal. En enero tendrá otro nombre y parte de sus funciones, como la de policía judicial o el contacto con la Interpol , pasarán a la Policía. Pero esta agencia seguirá teniendo entre sus competencias las labores de inteligencia y contrainteligencia, precisamente, las que han provocado esta crisis sin vuelta atrás.

La oposición, y el más explícito ha sido el ex presidente César Gaviria, ha ido más lejos y ha dicho que los problemas del D.A.S se acabarán cuando la Casa de Nariño -sede de la presidencia- deje de ordenar las “chuzadas”. Porque es muy raro –dice Gaviria- que Uribe no supiera lo que pasaba en el D.A.S, cuando este organismo depende directamente de la Presidencia del Gobierno.

Ramiro Bejarano, diretor del D.A.S en los 90, habló con la BBC y fue todavía más rotundo: “Es importante tener en cuenta –dijo- que las agencias de inteligencia no pueden ser de bolsillo de la Presidencia. Podrían resucitar a la madre Teresa de Calcuta y nombrarla directora, pero si el Gobierno sigue haciendo guerra sucia, el problema va a seguir”.

Latinoamérica: la prensa y las leyes mordaza

Las maneras son múltiples y variadas, pero el objetivo siempre es el mismo: amordazar a la prensa que incomoda al poder, sea éste de izquierdas o de derechas. La libertad de prensa en América Latina no pasa por su mejor momento, y hay ejemplos muy gráficos en varias zonas de la región.

La Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), que agrupa a 1.300 publicaciones del continente, lo deja claro: los últimos años no han sido los mejores para la prensa independiente. Hay un acoso sistemático a los medios críticos en Venezuela, Ecuador, Nicaragua o Bolivia, y en menor medida en Argentina. El patrón es muy similar: según el SIP, los mandatarios llevan a cabo discursos beligerantes en su contra, se les intimida, se les acusa de fomentar todo tipo de complots y luego se les acosa con leyes muy restrictivas.

En Venezuela hay casos demasiado recientes. El Gobierno de Hugo Chávez anunciaba hace unas semanas la clausura de 29 emisoras de radio. En agosto se cerraron otras 34 y crecen las amenazas de cierre contra Globovisión, la cadena privada de televisión más crítica con la revolución bolivariana del presidente. Hace un par de años, otra voz que no comulgaba con Chávez, Radio Caracas Televisión, dejó de salir al aire. No se le renovó la licencia.

La misma amenaza pesa sobre Teleamazonas, una cadena privada de Ecuador que no ahorra críticas al presidente Rafael Correa, y que desveló, por ejemplo, los turbios asuntos de corrupción que afectaban al hermano del mandatario. Correa además no esconde su odio a determinados medios que están en manos de grandes empresarios. Los sábados, en su especie de Aló Presidente a la ecuatoriana, ya ha dejado caer que “caerán varias vacas sagradas”. Y en la reciente reunión de UNASUR, en Quito, propuso directamente crear un organismo regional para “vigilar” a la prensa.

La receta del nicaragüense Ortega parece ser similar. Estos días ha vuelto a amenazar a los periodistas que sirven “a los enemigos del pueblo” mientras acapara en sus manos y en las de sus amigos toda la publicidad oficial. Por si fuera poco a menudo hace oídos sordos a las agresiones de algunos sandinistas a periodistas independientes. En Argentina, la presidenta Kirchner ha sacado adelante una ley que otorga al Gobierno una enorme libertad para conceder o retirar licencias, y que según muchos, tiene como objetivo liquidar al Grupo Clarín, enfrentado desde hace tiempo a la presidenta y a su esposo, el ex mandatario Néstor Kirchner. Todavía se espera una explicación a la llegada, hace muy pocos días, de 200 inspectores fiscales a la sede del grupo.

El panorama no es mejor en Centroamérica o en Colombia, donde las amenazas vuelan cuando los periodistas investigan matanzas o turbios asuntos ligados al narcotráfico o la corrupción. En México los informadores que investigan el tráfico de drogas se mueven en una penosa disyuntiva: la muerte o la autocensura. En Colombia se ha sabido, además, que desde la sede del DAS (los servicios secretos) se ha hecho seguimiento y se han pinchado teléfonos a políticos de la oposición, jueces de la Corte Suprema y cómo no, a periodistas críticos con las políticas del conservador Ávaro Uribe.

Es cierto que en muchos países la prensa está muy politizada, en parte, como en Venezuela, por la debilidad de la oposición. Es cierto que muchos medios han pasado esa peligrosa frontera y se han convertido en gabinetes de prensa de los críticos al poder. Pero es cierto también que muchos gobiernos, de izquierdas o de derechas, no encajan las críticas y buscan controlar la información recortando libertades.

La conclusión está clara: la prensa crítica incomoda al poder, y el poder es feliz, muy feliz, sin una prensa crítica.

La escuela y el fusil

Cuando vieron la cámara muchos de los jóvenes abandonaron la clase profiriendo insultos y alguna amenaza. Hay miedo a la delación, a que alguien pueda reconocerlos, porque aquí muchos tienen cuentas pendientes. Medellín. Centro de Formación para la Paz y la Reconciliación. Los que deciden quedarse admiten ser filmados, pero de espaldas. No es fácil aliviar su recelo. Las aulas de ese peculiar instituto se abrieron en 2004, y desde entonces han pasado por aquí más de seis mil jóvenes. Todos ellos dejan atrás un pasado de violencia y destrucción. Son antiguos guerrilleros y ex paramilitares que, sin saberlo, combatieron frente a frente en algún lugar del país. Hay también pandilleros que se jugaron la vida con el menudeo de drogas y el sicariato en las comunas de Medellín.

Más de uno mató por encargo, porque todos obedecían a un superior. En los grupos armados, en la guerrilla, en los escuadrones de la muerte o en los “combos” de las comunas también se respeta la jerarquía. Hasta que un día la irrespetaron, dejaron las armas contra la voluntad de sus jefes y le pidieron una oportunidad a la vida. Hoy la tienen en este centro. Aquí reciben ayuda psicológica, porque no es fácil reintegrarse en la sociedad. Reciben educación para formarse. También para buscar trabajo el día que se atrevan a salir a la calle sin mirar a la vuelta de la esquina para ver si hay alguien dispuesto a escribir el final de sus vidas.

No es fácil perder el miedo. Los sueños siguen convirtiéndose en pesadillas, y más de uno tiene delirios de persecución. Físicamente están en la ciudad, pero la mente les devuelve al frente de combate. Sienten al enemigo al lado y esos traumas de posguerra retardan su integración. Por eso el primer paso en este centro es la atención psicológica. Una terapia que les ayuda a olvidar la violencia y sentarse al lado del viejo enemigo, de otro joven que empuñó el arma como la empuñaron todos, por pura necesidad. Porque todos ellos cuentan lo mismo. En la guerrilla, en los grupos paramilitares o en las pandillas se entra porque uno es pobre, no por ideología. La pobreza les empuja a ese mundo de violencia que les sedujo con el canto de sirenas de una vida mejor, de menos penuria para sus familias. Así entraron en esos grupos Carlos, Jessica, Olga o Jon Jairo, cada uno con su historia de escasez y miseria a cuestas.

Carlos, ex paramilitar, resultó herido durante un combate con el ejército. El programa de Paz, Desarme y Reconciliación le permitió estudiar una carrera y ahora da clases de matemáticas en este centro de Medellín. Hoy mueve con soltura la silla de ruedas a la que vive atado desde que una bala perdida partiera sin remedio su médula espinal. No tiene rencor. Siente que nació de nuevo y admite que, cuando uno deja las armas, lo primero que desmoviliza es su corazón. Porque no se puede mirar al futuro –dice- sin dejar atrás el odio y el sentimiento de venganza.

Es difícil saber cuántos de estos muchachos saldrán adelante, cuántos saldrán de ese hoyo cavado con años de violencia y sangre. Pero es maravilloso ver que al menos hay proyectos como éste, pequeños pero increíblemente ambiciosos, que enseña en clase a quienes empuñaron las armas quizá siendo demasiado niños, una lección fundamental: la abismal diferencia entre la escuela y el fusil.

Luis Pérez


Hace ya casi dos siglos que el gran sueño de Simón Bolívar se fraguó por estas tierras. La Gran Colombia, una nación compuesta por varias repúblicas recién independizadas de España, echó a andar en 1819. Moriría doce años después, en 1831, víctima de revueltas internas y del desencanto con un Libertador que terminó pervirtiendo ese proyecto de unión suramericana con un Gobierno muy parecido a una dictadura. La Gran Colombia agrupaba varios países.
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