3 posts de noviembre 2009

Bollaín, Victoria, y la Guerra del Agua

El bidón apenas tiene un palmo de agua, pero Victoria parece feliz, como si eso fuera lo normal en estas casas desvencijadas y humildes que dan forma a Villa Potosí. En este barrio de Cochabamba, la tercera ciudad de Bolivia, el agua es casi un regalo del cielo. La mayoría de las casas no está conectada a la red de distribución, y en cada portal asoman al menos 3 recipientes para almacenar lo que deja la lluvia. A eso se aferran, a que el cielo se rompa y los bidones recuperen su nivel habitual.

Cochabamba tiene, desde hace 10 años, una relación especial con el agua. Corría abril del año 2000 cuando cientos de ciudadanos, la mayoría indígenas, tomaron las calles de la ciudad. Desafiaron al prefecto, al gobernador, y sobre todo, a la empresa multinacional extranjera que había obtenido la concesión para gestionar y distribuir el agua. Lo primero que hizo esta empresa fue subir la factura entre un 30 y un 300%. Y ciudadanos que se ganaban la vida con 40 dólares al mes, de repente vieron cómo la mitad de sus ingresos iban directamente a pagar la factura del agua.

Por eso se amotinaron, plantaron cara a las autoridades, y tras días de violentos enfrentamientos (el gobierno decretó el estado de sitio y mandó varios batallones desde La Paz), las autoridades decidieron cancelar el contrato con Aguas del Tunari-Betchel. Todo eso pasó a la historia como La Guerra del Agua, y muchos de los que participaron vieron en aquella revuelta la primera victoria de un pueblo contra el modelo neoliberal.

Estos días, como si el tiempo se hubiera detenido, la misma calle que concentró aquellas protestas vuelve a estar patas arriba. Y cientos de extras repiten las consignas contra el prefecto mientras se acercan, peligrosamente, hasta la sede de la compañía que les ahogaba. Todos esos actores son gente humilde que no entienden de interpretación, pero muchos de ellos salieron a la calle aquellos días y ahora forman parte del reparto de “También la Lluvia”, el quinto largo de Icíar Bollaín, que se rueda estos días en Cochabamba.

La película cuenta, básicamente, la historia de dos amigos, Sebas (Gael GArcía Bernal) y Costa (Luis Tosar), director y productor. Ambos, embarcados en una película sobre la conquista que desmitifica a Cristóbal Colón, oculta su fama de gran navegante y lo presenta como un asesino de indígenas. Costa, austero y cínico, decide filmar en Bolivia porque es un país barato (no tiene demasiado dinero) y además, porque la mayoría de su población es indígena. Pero el rodaje, de repente, se complica. Cochabamba hierve en plena protesta contra la privatización del agua y muchos de los actores locales que forman parte del reparto encabezan el levantamiento contra el prefecto. La realizadora madrileña rueda en dos épocas, la conquista y la Bolivia del año 2000. Y sin embargo el mensaje es el mismo: la explotación y el abuso de los recursos de un pueblo. Hace 500 años se llevaron el oro. Ahora quieren controlar el agua.

Victoria apenas sale de Villa Potosí, y probablemente desconozca que Bollaín rueda en la ciudad aquellas escenas de la Guerra del Agua. Pero lo que sí sabe esta madre de familia numerosa es que, diez años después, se desvanecen los sueños del pueblo que ganó aquella batalla. Porque en Cochabamba - con un millón de habitantes- la mitad de la población no está conectada a la red de distribución del agua. Y quienes lo están sólo reciben agua una hora por semana. El resto, a esperar los camiones cisterna y el agua de lluvia. Así que para Victoria, que jamás ha pisado un cine, la realidad supera claramente a la ficción.

Guerra Fría en la frontera

Con las primeras luces del día comenzó el tránsito en la frontera. Treinta mil colombianos se remangaron los pantalones y cruzaron hacia Venezuela. Es lo que hacen todos los días, poner el pie en el país vecino, completar su jornada de trabajo, y regresar. Sólo que esta vez se saltaron el control policial y la aduana y emprendieron el camino descalzos y a pie, aprovechando que el río bajaba lo suficientemente vacío como para no interrumpir su marcha ni poner en peligro sus vidas.

La escena se produce a diario estos días en ambos lados de la frontera, en esa línea difusa que separa el Departamento de Norte de Santander (Colombia) y el Estado de Táchira (Venezuela). Evidentemente los colombianos ya tienen suficientes problemas para jugarse el tipo cruzando un río. Pero de momento ha sido la única manera de llegar al trabajo, porque varios días de esta semana Venezuela ha cerrado la frontera en los tres puentes que unen los dos territorios.

La decisión de Hugo Chávez, que amenaza con cerrar los pasos definitivamente, no se produjo de un día para otro. Desde hace un par de semanas, las relaciones entre Caracas y Bogotá, que ya estaban bastante mal, han tocado casi fondo. Y todo a cuenta de oscuros episodios dignos de los mejores tiempos de la Guerra Fría. Primero, el asesinato en Táchira (Venezuela) de un grupo de 11 personas, entre ellas, ocho colombianos. Según los testigos y sus propias familias, eran vendedores de maní. Según el gobierno venezolano, eran paramilitares que se habían infiltrado desde Colombia y tenían oscuros planes contra el gobierno de Hugo Chávez. Todavía se investiga quién los mató. Hace unos días, también en Táchira, dos miembros de la Guardia Nacional venezolana fueron tiroteados por un grupo de sicarios. Según Caracas, fueron asesinados por paramilitares.

Y en medio de todo esto, cómo no, la guerra de espías. Venezuela anuncia la detención de tres miembros del DAS, el Departamento Administrativo de Seguridad, que aquí en Colombia viene a ser como el servicio secreto. Y días después Bogotá hace lo propio con un miembro de la Guardia Nacional venezolana que al parecer espiaba en el país vecino.

¿Qué está pasando en la frontera? Nadie lo sabe a ciencia cierta, pero parece claro que los dos países están jugando peligrosamente a la guerra en un territorio demasiado complejo. Colombia y Venezuela comparten más de dos mil doscientos kilómetros de una frontera que parece fuera de control. En primer lugar porque buena parte del territorio que une a los dos países es una zona boscosa y de difícil acceso, y ni la policía colombiana ni la venezolana pueden (o quieren) echar un ojo a todo lo que pasa por allí.

Y lo que pasa por allí es mucho, porque esa frontera ha estado históricamente marcada por el conflicto. Por allí se mueven, de un lado a otro, grupos guerrilleros, paramilitares, narcotraficantes y temibles bandas de delincuentes. Y en ese caldo de cultivo no faltan acusaciones. Bogotá acusa a Caracas de hacer la vista gorda y permitir que las FARC y el ELN encuentren refugio seguro en su territorio. Y el gobierno de Chávez responde que la guerra viene de Colombia, y que ni la guerrilla ni los paras nacieron en Venezuela.

La situación es tan tensa que el ex presidente colombiano Ernesto Samper dice abiertamente que los dos países viven “en un estado de preguerra”. Nadie sabe si la sangre llegará al río, pero los que sí sangran desde hace tiempo, ajenos a las decisiones de sus políticos, son los comerciantes de ambos lados de la frontera. Cada día de bloqueo se pierden más de 6 millones de dólares, y el intercambio comercial entre los dos países, que el año pasado superó los 7 mil millones de dólares, sigue cayendo en picado.

Y mientras la gente se moja los pies para no perder el trabajo, son muchos los que se preguntan qué hacen los dos mandatarios. Y más de uno piensa que Chávez y Uribe son listos, muy listos, y que a ambos les interesa llenar titulares con tensiones fronterizas. Porque mientras la frontera hierva sus problemas internos se congelan. A Chávez le interesa que suenen tambores de guerra con el vecino de al lado, la nación traidora –dice- que le puso una alfombra roja a las tropas yankees con el reciente acuerdo sobre el uso de las bases militares. Tal vez así se hable menos de la criminalidad en Caracas, donde cada fin de semana las morgues se llenan con los cuerpos sin vida de unos 50 adolescentes. Tal vez así se hable menos de los cortes de agua y luz que desde esta semana y durante seis meses sufrirán los venezolanos, algo paradójico en un país con los segundos recursos hídricos más grandes del continente.

Y mientras la frontera echa humo y los medios colombianos miran a Chávez como al mismísimo diablo, esos mismos medios dedican menos tiempo a los escándalos que rodean a Uribe: a su enfrentamiento con la Corte Suprema de Justicia, que se niega a dar el visto bueno a los candidatos a fiscal del estado que propuso el gobierno porque no los considera aptos para el puesto; al escandaloso reparto de subvenciones agrarias a multimillonarios hacendados de la costa; y sobre todo, a esa “encrucijada del alma” que tiene Uribe sobre si se presenta o no a una segunda reelección, y que cada día le genera más críticas dentro y fuera del país porque la Constitución colombiana lo prohíbe de manera expresa.

Y así, mientras los dos presidentes utilizan la crisis en beneficio propio, a los colombianos y a los venezolanos de a pie sólo les queda rezar para nunca se levante aquí un muro de Berlín… a ambos lados de la frontera.

La vida de Gabo

Si hay un colombiano con una vida tan intensa como interesante ese es, sin duda, Gabriel García Márquez. Y si hay un hombre que ha investigado esa vida al detalle, ese es el hispanista británico Gerald Martin. Lo que comenzó como una simple devoción por la literatura de Gabo derivó luego en un interés por todo lo que rodeó al escritor. Y el resultado de esos veinte largos años de investigación es una biografía de setecientas páginas que ya salió hace algo más de un año en inglés, y cuya edición en español, revisada y actualizada, ha presentado Martin estos días en Colombia.

Imposible resumir todo eso en un par de líneas de un post, pero a los amantes de la escritura de Gabo, a los que un día abrieron uno de sus libros, descubrieron el sendero del realismo mágico y de pronto se vieron empapados en las lluvias torrenciales de Macondo, les recomiendo que se acerquen también a esta obra de Gerald Martin: Gabriel García Márquez. Una vida.

En su castellano pausado pero perfectamente inteligible, Martin apura un café y nos dice, desde el principio, que no pretende explicar el genio de García Márquez, “porque el genio es inexplicable, lo que puedes explicar es todo lo demás”. Y así empieza explicando, por ejemplo, lo importante que fue la infancia de Gabo en la forja del escritor. Y relata el temprano abandono de sus padres, y el refugio que encontraba cada noche en los relatos trágicos que le contaba su abuelo. Y desde ahí, desde ese niño de apenas un año que creció sin papás, hasta el Gabo de hoy, Martin desmenuza su trayectoria con los testimonios de más de 300 personas que entrevistó para completar su obra.

Y en esa vida intensa como pocas, el autor cuenta las miserias de la infancia y los excesos del éxito. Y descubrimos al Gabo niño que temía la llegada de la noche en aquella casa de Aracataca, pero también al Gabo grande y millonario, al Gabo de las siete residencias en cinco países que se codea con mandatarios como Bill Clinton o Fidel Castro y se permite pedir cincuenta mil dólares por una entrevista de media hora. Descubrimos al Gabo que no tenía dinero para enviar a su editora el borrador de Cien años de soledad. Y descubrimos al Gabo agobiado por la fama que le dieron esas páginas donde se inventa la maravillosa ciudad de Macondo, desde su fundación hasta su desaparición con el último miembro de la saga Buendía.

Imposible hablar aquí con la amplitud necesaria de todo lo demás, de su atracción por el poder, de la especial relación que tuvo con Castro, de su mediación en el conflicto colombiano o el brutal desengaño con su país y su definitiva partida hacia México. Su vida es tan intensa que el propio Martin ya trabaja en otro libro sobre todo lo que no cupo en éste. Porque Gabo- dice el británico- “es una persona que nunca está satisfecha con lo que ha hecho hasta ahora, que siempre tiene otros fines, otras metas; es un hombre que en la mañana escribe, en la tarde ve al Rey de España y en la noche toma whisky con sus amigos. Es decir, es un hombre que vive muy intensamente”.

Quizás la mejor noticia es que es una biografía incompleta, porque el propio Gabo vive, y dará todavía mucho que hablar. Hace 20 años Martin le comentó a García Márquez que quería escribir su biografía. Y no se sabe si el niño de Aracataca, el aprendiz de periodista o el escritor en su madurez, le contestó: “Estás totalmente loco, una biografía significa la muerte, y yo no estoy muerto todavía”.

Luis Pérez


Hace ya casi dos siglos que el gran sueño de Simón Bolívar se fraguó por estas tierras. La Gran Colombia, una nación compuesta por varias repúblicas recién independizadas de España, echó a andar en 1819. Moriría doce años después, en 1831, víctima de revueltas internas y del desencanto con un Libertador que terminó pervirtiendo ese proyecto de unión suramericana con un Gobierno muy parecido a una dictadura. La Gran Colombia agrupaba varios países.
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