2 posts de enero 2010

Amar y odiar a Hugo Chávez

Por un momento me sentí como Bill Murray en Atrapado en el tiempo. Mismo lugar, misma escena, y una sensación de mosqueo que empezaba a irritarme. Pero ni yo era Phil, el hombre del tiempo al que Murray dio vida, ni Caracas es precisamente Punxstawnwey, el pequeño pueblo de Pennsylvania donde Phil revivió una y otra vez el mismo día. A mi, por fortuna, sólo me ha pasado dos veces, en febrero de 2009 y en enero de 2010, y desgraciadamente por allí no estaba Andie Macdowell ni tenía manera de conquistarla.

La escena es la siguiente: salgo del hotel donde me alojo en Caracas, cruzo una calle, y me dirijo hacia la librería de Nacho, en un centro comercial cercano. Me compro una biografía de Hugo Chávez, como hace un año, y me dispongo a ojearla en la cafetería de enfrente. Y mientras apuro un café, la gente de al lado mira la cara del presidente de Venezuela en la portada. Y empiezan las preguntas y los comentarios, sin saber de qué va el libro ni quién lo ha escrito. Que por qué me compro un libro de ese huevón, que si no tengo hijos o sobrinos para comprarles algo de bambi, o que, si me falta papel higiénico, use la portada para ir al baño… Esas eran las sugerencias, pero también éstas: que si a mi también me gusta Chávez, que dónde está mi camisa roja, que hable bien de él en España, o que predique su revolución como los apóstoles la Santa Biblia…

Repito, eso me pasó hace un año, y me ha vuelto a pasar hace estos días en Caracas. Misma escena, mismo lugar, y comentarios de la gente sobre una foto del presidente en la portada de un libro. Y de repente caí en la cuenta, por si no lo sabía, de lo polarizado que está este país, donde la gente ama y odia a su presidente sin término medio y sin transición.

La polarización se ve en el estado de ánimo de la gente, en la fractura de una sociedad donde eres “revolucionario” y “rojo rojito”, o “pitiyankee”, “oligarca” o “burgués”, según quien hable y a quién acuse. Estos días las calles de Caracas han vuelto a mostrar la profunda división que vive el país. El 23 de enero se conmemora la caída del dictador Marcos Pérez Jiménez, allá por 1958. Es un día festivo en el que aquí se celebra el regreso del país a la democracia. Pero desde hace unos años, el 23 de enero es una excusa para que los simpatizantes del gobierno y de la oposición salgan en tromba a criticar al bando contrario.

Y eso fue lo que pasó este año. Al este de la capital, los antichavistas reunieron a miles de personas para denunciar las políticas del presidente, para poner de relieve los males del país. Y argumentos –dicen- no les faltan. Venezuela, un país que flota en un mar de petróleo, sufre una crisis energética que se traduce en cortes de varias horas de la luz y la electricidad. La inflación ronda el 30%, la más alta de Latinoamérica, y en las próximas semanas los precios podrían subir más por la reciente devaluación del bolívar que decretó el presidente. La criminalidad está desbordada -sólo el año pasado murieron asesinadas 19.000 personas en el país- y el 93% de los crímenes quedan impunes. Y en los 11 años que lleva en el Gobierno, Chávez –sostienen- no ha dejado de acumular poder, en un país donde la separación de poderes suena ya a una vieja leyenda oxidada en los libros de un tal Montesquieu.

Sin embargo, en el oeste de Caracas, el mismo día y a la misma hora, la marea roja le pedía a su líder que profundizara la revolución, ese cambio que empezó en 1999 con la victoria de Chávez y que permitió soñar a millones de pobres tras 40 años de gobiernos corruptos y de ladrones atrincherados en despachos oficiales. El propio Chávez les ha dado estos días motivos para soñar. Según el Gobierno, cuando el actual mandatario llegó al poder, el 70 % de los venezolanos era pobre; hoy sólo el 26,4%. En el 99, sólo 250.000 niños recibían alimentos en las escuelas; hoy reciben comida más de 4 millones. Venezuela - dice el Gobierno- tiene hoy el salario mínimo más alto de Latinoamérica y la ONU ha declarado al país como territorio libre de analfabetismo.

Argumentos en contra o a favor de Chávez hay muchos y muy variados, y darían para un post mucho más largo. Pero quienes tienen que sopesarlos bien son los venezolanos, porque este año tienen otra cita con las urnas. En septiembre se renueva la Asamblea Nacional, y esos comicios son mucho más importantes de lo que la gente cree. La oposición cometió un gravísimo error en 2005, cuando boicoteó las legislativas y dejó casi todos los escaños en manos del oficialismo. Desde esa fecha Chávez se ha limitado a gobernar casi por decreto. En 8 meses tienen la oportunidad de limitar el poder del presidente. Pero sólo podrán ganar si acuden unidos, y eso, aunque hoy lo pregonen, no está claro que ocurra porque en los últimos 10 años la oposición ha sigo un juguete roto, un barco a la deriva y casi hundido por los egos y las batallas internas.

Nadie sabe hacia dónde va Venezuela, pero desde que Chávez está en el poder, nunca los discursos de Gobierno y oposición han sido tan antagónicos, nunca ha habido tanto odio y tanto rencor entre los propios venezolanos. No hace falta ser un sesudo analista para notarlo. Basta con llegar de fuera y hablar con unos y otros. Basta, tal vez, con tomarse un café y mostrar un libro con una foto de Chávez en cualquier cafetería del país.

Muertos y humillados

Hace unos meses os hablé en este blog de los “falsos positivos”, unos de los mayores escándalos que ha vivido Colombia en los últimos tiempos, una gravísima violación de los derechos humanos que, desgraciadamente, sorprende a muy pocos en este país. Para quienes no lo recuerden, los “falsos positivos” son ejecuciones extrajudiciales que ha llevado a cabo el ejército. No todo el ejército, evidentemente, pero sí varios militares, no un par de manzanas podridas, como se nos ha hecho creer. Los soldados implicados (¿a quién obedecían?) presentaban como bajas en combate a supuestos guerrilleros. Lo hacían para cobrar las recompensas que estipulaba una ordenanza militar, que no sé si nació con fines nobles, pero que derivó en una vergonzosa chapuza y en una cadena de violaciones y muertes por las que alguien debiera responsabilizarse algún día.

Resulta que esos guerrilleros presentados como bajas en combate no eran miembros de las FARC o el ELN. Eran colombianos de a pie, gente muy pobre a la que engañaron con falsas promesas de trabajo lejos de sus casas. Todos ellos aparecieron muertos, poco después, en distintos puntos del país. Allí estaban, acribillados a tiros, con un uniforme guerrillero que no les pertenecía, con sus vidas apagadas para siempre por una muerte que nunca buscaron. Hay casos sangrantes. Un joven de Soacha con una edad mental de 7 años, zurdo, apareció en una fosa con una pistola en la mano derecha. Lo presentaron como el líder de la banda terrorista. El hermano de ese joven fue a identificar el cadáver. Hoy es objeto de continuas amenazas.

La fiscalía ha contabilizado más de 2 mil casos de “falsos positivos”. No son tres casos aislados. Hoy vuelvo a hablar de ellos por un asunto indignante. En menos de una semana, 30 militares colombianos de los 49 que estaban presos por su presunta participación en esas ejecuciones extrajudiciales, han quedado en libertad. ¿La razón? “Vencimiento de términos judiciales”. Los jueces que han llevado esos casos han decidido que los militares no podían seguir privados de libertad sin que se hubiera decidido su suerte en un juicio. Sus abogados han aprovechado todos los recovecos que ofrece la ley para sacarlos de prisión. Y las madres de las víctimas observan como la cadena de crímenes y criminales que acabaron con sus hijos van a quedar impunes. Los presuntos victimarios, libres. Las víctimas, muertas… y humilladas.

Luis Pérez


Hace ya casi dos siglos que el gran sueño de Simón Bolívar se fraguó por estas tierras. La Gran Colombia, una nación compuesta por varias repúblicas recién independizadas de España, echó a andar en 1819. Moriría doce años después, en 1831, víctima de revueltas internas y del desencanto con un Libertador que terminó pervirtiendo ese proyecto de unión suramericana con un Gobierno muy parecido a una dictadura. La Gran Colombia agrupaba varios países.
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