3 posts de marzo 2010

La última lectura de Clodomiro Castilla

Clodomiro Castilla leía en la terraza de su casa y ni siquiera tuvo tiempo de atisbar su muerte, de escuchar el sonido de las balas que en medio segundo interrumpieron su vida y su última lectura. Los sicarios que lo mataron este fin de semana usaron un silenciador para no despertar sospechas, para huir a tiempo, para no llamar la atención de los oficiales de policía que hacían guardia a un par de metros del escenario del crimen.

Clodomiro era periodista y trabajaba en Montería, uno de los santuarios del paramilitarismo, la patria chica de algunos de sus grandes capos, como Salvatore Mancuso. Durante años Clodomiro encendió el ventilador de la parapolítica, y aireó con nombres y apellidos los nexos, los lazos podridos entre los políticos de la región y los paramilitares de ultraderecha. Así que todo el mundo sabe o se imagina quién está detrás del crimen, quién pagó al par de sicarios adolescentes que apretaron el gatillo y huyeron a cara descubierta y en moto, como manda la ley del buen sicario. Todo el mundo lo sabe o lo imagina, pero nadie lo dice en público, porque en Montería respetar la ley del silencio es casi un mandamiento si quieres llegar a viejo.

Clodomiro ya no deslizará su pluma afilada por las páginas de El Pulso del Tiempo, el periódico que regentaba y dirigía. Y sus palabras dejarán de oírse en La Voz, la emisora que durante años fue también una caja de resonancia contra los desmanes de los paras y el cinismo cómplice de buena parte de la clase política.

Se fue Clodomiro, y con él son ya doce los periodistas asesinados en los últimos seis meses en esta parte del mundo sin que nadie haga nada para evitarlo. Llega la hora de las quejas, de los lamentos y de los buenos propósitos, como la millonaria recompensa que ha anunciado el presidente Álvaro Uribe por pistas que den con los asesinos. Demasiado tarde para Clodomiro, un hombre valiente que fue por la vida con la verdad por delante, y al que la vida y sus enemigos no le han perdonado que llevara a rajatabla precisamente eso: contar la verdad.

De su muerte me enteré por Pedro Cárdenas, otro hombre valiente, otro periodista independiente, con pocos medios, que prefiere pasar hambre y penurias para contar lo que está pasando sin someterse al bozal y a la censura de los grandes medios. Pedrito me habló con la voz entrecortada, sabiendo como sabe que él también está en el punto de mira de algún sicario por la misma razón que llevó a la tumba a su amigo Clodomiro: por destapar la escandalosa relación entre políticos y paras en muchas zonas de este país. Cuesta escuchar a Pedro, cuesta creerle cuando te cuenta convencido que tarde o temprano lo matarán, porque airear determinadas verdades sale muy caro en Colombia. Cuesta creerle cuando te cuenta que el periodismo, para él, es como una enfermedad terminal, como una droga a la que está enganchado y que irremediablemente -sostiene - acabará con su vida.

Pedrito Cárdenas conocía bien a Clodomiro, un hombre íntegro y honesto que hace un tiempo renunció a la escolta del Gobierno porque estaba harto de vivir con la esclavitud de las sombras. Su esposa dijo que Clodomiro se cansó, y que su única escolta -según decía- era Cristo. Y algo va rematadamente mal en este país–debe pensar Clodomiro- cuando ni Cristo puede ahuyentar a los sicarios para salvarte la vida.

Algo huele a podrido

Algo huele a podrido en un Parlamento donde cerca del 40% de los políticos ha sido o está siendo investigado por sus vínculos con grupos armados ilegales, fundamentalmente con los paramilitares de ultraderecha. Y ese olor a podrido viene directamente del Congreso de Colombia. Para ver el asunto en toda su dimensión, imaginad por un momento que el 40% de los parlamentarios españoles está bajo la lupa de la justicia por su relación con ETA. Sí, ya sé que son países distintos y conflictos distintos, pero al final no deja de haber la misma conexión: políticos a los que les pagamos el sueldo con vínculos con grupos ilegales.

Afortunadamente eso en España (a nivel nacional, porque ya sabemos lo que ocurrió con Batasuna en el País Vasco) hay que imaginárselo. Pero en Colombia no, porque aquí, para lo bueno y para lo malo, la realidad suele superar a la ficción. El Congreso que se va a renovar en las elecciones legislativas de este domingo es, probablemente, el más corrupto y el más desacreditado de la historia de Colombia. Los datos hablan por sí solos: hoy hay 91 congresistas o ex congresistas investigados por su relación con los paramilitares, en un escándalo de proporciones mayúsculas que aquí se ha denominado como la “parapolítica”. De esos 91 congresistas, 35 están en la cárcel (21 ya condenados y el resto en prisión preventiva ya que las autoridades temen que huyan de la justicia si permanecen en libertad). En ese Congreso hay otros 5 políticos investigados por “farcpolítica”, por su presunta relación con la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Todos ellos fueron absueltos. Y hay también otros 2 dos parlamentarios condenados por “elenopolítica”, por sus vínculos con la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional.

Por todo esto el Congreso de la República es una de las instituciones más desprestigiadas para los colombianos. Muchos de ellos se preguntan qué legitimidad tiene un Parlamento envuelto en mil escándalos para controlar la labor del Gobierno o simplemente para legislar. Las elecciones de este domingo servirán, entre otras cosas, para lavarle la cara al Senado y a la Cámara de Representantes. Y sin embargo, se corre el riesgo de que el nuevo Congreso nazca con los mismos pecados con los que murió el anterior.

Varias ONG,s y la propia Misión de Observación Electoral (MOE), uno de los organismos que más vela por la transparencia de los comicios, han lanzado la voz de alarma. Advierten básicamente de que el nuevo legislativo puede seguir infiltrado por los grupos ilegales, sobre todo por los amigos de los paramilitares. Hay una formación, el Partido de integración Nacional (PIN), que se ha creado básicamente desde la cárcel. En la prisión de la Picota, varios políticos encarcelados por “parapolítica” han bendecido esa formación para meter en sus listas a hijos, esposas o testaferros.

El PIN tiene posibilidades de obtener varios escaños y la razón es bien sencilla: tiene dinero para comprar votos, y la compra de sufragios es algo que todo el mundo sabe que existe en Colombia. Una encuesta de Gallup confirma que un 7% de los colombianos ha vendido alguna vez su voto, y que un 12% ha tenido la tentación de hacerlo a cambio de algún favor (una casa, una subvención, un puesto de trabajo) o también por amenazas. Elisabeth Ungar, la directora de Transparencia por Colombia, otra ONG que vela por la integridad del proceso electoral, lo tiene muy claro: “muchos candidatos del PIN van a ser elegidos porque son los que más recursos tienen, y son también los que más dinero tienen para amedrentar o para comprar jurados”.

Si al PIN le va bien, puede ser un partido clave en votaciones clave del Congreso. Y si eso ocurre veremos un Parlamento con nuevas caras pero con la misma enfermedad. Y en varios escaños tomará su asiento el mismo perro, pero con distinto collar. Evitar todo eso es una razón fundamental para que los colombianos acudan a votar este domingo, para variar la tendencia que dice que en un país con 30 millones de posibles electores, a cada cita con las urnas apenas acuden unos 9 o 10. La proporción es muy simple: de cada 3 colombianos con derecho al voto apenas lo hace uno. Ahora tienen una buena razón para salir de sus casas y votar, aunque sea con una mano en la nariz. De lo contrario corren el riesgo de que esa mano tape durante cuatro años sus orificios nasales, porque el Congreso, más que nunca, seguirá oliendo a podrido.

La larga espera

Sus últimas horas en libertad las pasó luchando contra la guerrilla, poco antes de que las FARC lo apresaran junto al riachuelo El Villar, en el selvático y húmedo departamento del Caquetá. Fueron más de 24 horas de combates que terminaron en una humillante derrota del Ejército. La guerrilla mató a 70 soldados y secuestró a más de 40.

Han pasado ya 12 años y 3 meses desde que Pablo Emilio Moncayo, un joven sargento de apenas 19 años, enfiló el camino de la selva, suponemos que encadenado y hambriento, junto al resto de cautivos. Pablo Emilio perdió su juventud como todos los secuestrados, moviéndose de un lado a otro y vagando bajo las órdenes de algún guerrillero, para evitar el cerco del ejército.

Pero la agonía del joven sargento (hoy no tan joven, tiene ya 32 años) puede estar llegando a su fin. Hace ya casi un año, las FARC anunciaron la liberación de Moncayo, el secuestrado que más tiempo lleva en manos de la guerrilla. Lo pondrían en libertad junto al soldado Josué Daniel Calvo, y en esa misma operación entregarían los restos mortales del mayor Julián Ernesto Guevara. Por distintos motivos, la liberación se ha retrasado, pero hoy parece más cercana que nunca.

De Pablo Emilio y Josué sabemos muy poco, únicamente que están vivos, según las pruebas que han entregado las FARC a sus familiares. Pero desconocemos si están juntos, separados, o si los propios cautivos se acuestan sin esperanzas o duermen tranquilos porque alguien les ha comentado que se acerca su liberación.

Los detalles sólo los conocen sus carceleros y el alto mando de la guerrilla. Las FARC dicen que ya está todo preparado, y que sólo falta que el ejército despeje la zona acordada para ponerlos en libertad. ¿Cuándo? La guerrilla quiere hacerlo este fin de semana, coincidiendo con las elecciones legislativas que tendrán lugar en Colombia. Y el Gobierno dice que no, que en esa fecha es imposible porque todos los esfuerzos del Ejército están volcados en garantizar la seguridad de los comicios ante las amenazas de la propia guerrilla y de los paramilitares. Y también dice que no para evitar que los políticos cercanos a la guerrilla, como la senadora Piedad Córdoba, que participará en las liberaciones, obtengan rédito electoral.

Lo más probable es que Pablo Emilio y Josué se reencuentren con sus familias poco después de los comicios, y que por esas fechas los familiares de Julián Ernesto Guevara den un entierro digno al mayor. Porque la espera ha sido larga, demasiado larga, y nadie entendería un nuevo retraso, una nueva parada en su camino a la libertad.

Ni las FARC ni el Gobierno deben prolongar su angustia poniendo más condiciones o exigencias. Porque mientras se intercambian acusaciones, el tiempo corre en contra de los cautivos. Nadie sabe cómo está Pablo Emilio, cuya liberación ha exigido su padre, el “profe Moncayo” recorriendo encadenado cada rincón del país. Sí se sabe que Josué no está bien. La guerrilla asegura que lo transporta en camilla en medio de intensos operativos militares. Y ni ellos ni sus familias merecen que se prolongue esta angustia, porque cada día que pasa es un continuo altibajo: alimentan las esperanzas de ese anhelado reencuentro, mientras rezan para que ningún error inoportuno desvanezca ese sueño de verlos en casa… y con vida.

Luis Pérez


Hace ya casi dos siglos que el gran sueño de Simón Bolívar se fraguó por estas tierras. La Gran Colombia, una nación compuesta por varias repúblicas recién independizadas de España, echó a andar en 1819. Moriría doce años después, en 1831, víctima de revueltas internas y del desencanto con un Libertador que terminó pervirtiendo ese proyecto de unión suramericana con un Gobierno muy parecido a una dictadura. La Gran Colombia agrupaba varios países.
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