6 posts de abril 2010

¿Dónde están los desaparecidos?

El cementerio de Rionegro, en Antioquia, tiene las tumbas colocadas en seis filas. La primera y la sexta están llenas de lápidas sin nombre. Muchas otras tienen únicamente la fecha en la que se enterró al muerto, y justo al lado, las letras NN. Cuando eres un muerto y en tu tumba alguien puso las siglas NN, es que te has ido de este mundo sin un entierro digno, porque cuando apareció tu cadáver no llevabas contigo ningún documento que te identificara. Probablemente te hayas ido de este mundo de una manera violenta, y a tu entierro únicamente acudiera el sepulturero.

El sepulturero del cementerio de Rionegro se llama LuisVargas y lleva más de 20 años dando el último adiós a los muertos. A unos los conoce y a otros no, porque en todo ese tiempo han llegado hasta el camposanto cientos de NNs, cientos de cuerpos sin identificar. Luis dice que sólo en 2004 llegaron más de 200 cuerpos sin nombre. Muchos de ellos probablemente son víctimas de la desaparición forzada a manos de los paramilitares, la guerrilla o el ejército.



La desaparición forzada es un crimen tremendamente cruel. No solamente te raptan, te secuestran y te matan, sino que hacen todo lo posible para que no quede ni rastro de ti. Y es un crimen que destroza literalmente a tu familia. Porque tu madre o tu madre o tu hermano se acuestan cada noche pensando si tienes frío o calor, si estás descalzo o pasas hambre, si estás cerca o lejos, o simplemente, si estás vivo o muerto. El duelo es permanente porque tus padres son saben nada. Y aunque pasen décadas desde que te llevaron y te den por muerto, siempre se aferran a la posibilidad de que algún día alguien dé con tus restos y puedan darte un entierro digno. Lentamente, sin prisa pero sin pausa, la desaparición forzada destroza física y psicológicamente a la familia del desaparecido.



En Colombia la desaparición forzada es un problema tremendo. Durante décadas, los paramilitares de ultraderecha, las guerrillas izquierdistas y el propio Ejército, han desaparecido personas dentro de este conflicto absurdo que desangra al país. Según la fiscalía, a día de hoy la cifra de desaparecidos supera los 28 mil. Pero esa cifra es engañosa, porque los únicos que han hablado para reducir sus penas, los únicos que han reconocido los crímenes y han dicho dónde están las fosas comunes con sus desaparecidos, son los paramilitares. Así que de esos 28 mil desaparecidos, la gran mayoría corresponde a las Autodefensas Unidas de Colombia. La fiscalía sospecha que cuando hablen las guerrillas, si algún día lo hacen, la cifra de desaparecidos podría llegar a los 60 mil.

Los paramilitares han contado a la fiscalía cómo desaparecían a sus enemigos. Si en otra vida fuiste un enemigo de los paras y te desaparecieron, probablemente hayas muerto torturado. Luego, tu cuerpo puede haber desaparecido físicamente de varias maneras. Hubo jefes paras que crearon hornos crematorios al más puro estilo nazi. Otros construyeron lagos artificiales y los llenaron de cocodrilos, alimentados, evidentemente, con los cuerpos debidamente troceados de las víctimas. Otros optaron simplemente por atar los cuerpos con piedras y arrojarlos a un río. Pero si eres una víctima de los paras, lo más probable es que tu cuerpo esté descuartizado en alguna fosa común de algún lugar perdido de Colombia.



Desde hace 5 años, los equipos de la Fiscalía están escuchando lo que cuentan los paras desmovilizados para reducir sus penas. Y en base a esos testimonios están construyendo el mapa de los desaparecidos. De momento han recuperado más de 3.200 cuerpos enterrados en cientos de fosas comunes. Más de 900 cuerpos han sido identificados con pruebas de ADN y han sido entregados a las familias.



Si eres un familiar de alguna de esas 900 personas muertas, pero con nombres y apellidos, habrás pensado más de una vez que tu vida no tiene sentido. Pero al menos ahora, cuando te entregan los restos de tu hijo o de tu hermano y les das el entierro que se merecen, alguna herida se cierra para siempre.

Eso piensa al menos Luis Vargas, el sepulturero del cementerio de Rionegro, que algo debe saber de la muerte. Luis dice que lo peor de su trabajo es enterrar NN,s, porque detrás de esos cuerpos sin nombre hay familias enteras que los siguen buscando sin saber donde están. Y lo mejor, si hay algo de bueno en todo esto, - dice- es que siempre queda la esperanza de que los identifiquen, de que los recuperen.



Si eres un NN y estás muerto probablemente no te enteres. Pero para tu familia es fundamental borrar de tu lápida el NN y colocar tus siglas, tu nombre. Porque así ya saben definitivamente que estás muerto y tienen un lugar donde acudir a contarte todo aquello que no pudieron desde que te llevaron aquel día a la fuerza, y te desaparecieron.

20 años sin Carlos Pizarro

La ráfaga del arma automática duró sólo dos segundos, pero en ese breve período de tiempo impactaron quince balas en el cuerpo de Carlos Pizarro. El sicario de turno había cumplido el encargo de matar al ex comandante general del movimiento guerrillero M-19. Lo hizo el 26 de abril de 1990, tal día como hoy, hace ya 20 años. Y lo hizo en el interior de un avión de Avianca que cubría la ruta Bogotá – Barranquilla, cuando Pizarro estaba de campaña como candidato para las elecciones presidenciales de 1990. Cuarenta y nueve días antes, Carlos Pizarro había firmado un acuerdo para la desmovilización con el Gobierno de Virgilio Barco. El líder del M-19 y unos novecientos guerrilleros habían dicho adiós a las armas colocando sobre la mesa los últimos fusiles sin munición.

Aquellas elecciones presidenciales se recuerdan hoy como las más sangrientas de la historia de Colombia. Además de Pizarro, durante la campaña electoral también fueron asesinados otros dos candidatos a presidente: Luis Carlos Galán, el líder del liberalismo, y Bernardo Jaramillo, el líder de la Unión Patriótica. Dos décadas después, ninguno de esos crímenes se ha esclarecido ni hay culpables que paguen por ello, en otra muestra más de que la impunidad sigue reinando en este país. Paradójicamente, la buena noticia, en el caso de Pizarro, es que la Fiscalía General de la Nación acaba de declarar ese crimen como un delito de lesa humanidad. Y eso significa que tal vez algún día alguien acabe entre rejas por su responsabilidad en el magnicidio, porque al menos ahora la investigación no podrá prescribir por vencimiento de términos.

Carlos Pizarro luchó durante 15 años contra el Estado. Durante ese tiempo, la historia del M-19 estuvo marcada por golpes que conmocionaron a la opinión pública. La guerrilla se dio a conocer en 1974 con el robo de la espada de Simón Bolívar. Muy sonado fue también el robo de cinco mil armas de un cantón del Ejército a finales de 1979. Pero sin duda los grandes golpes del Movimiento 19 de abril fueron la toma de la embajada de la República Dominicana, en 1980, y sobre todo, el asalto al Palacio de Justicia, en 1985.

Y sin embargo llegó el día en que Pizarro y los suyos se dieron cuenta de que era imposible transformar el Estado por las armas. Y fue entonces cuando decidieron colgar el fusil y hacerlo por la vía política. Negociaron con el Gobierno de Barco, se desmovilizaron, se transformaron en partido político y salieron a la calle a ganarse el voto con propuestas. Hasta que mataron a Pizarro. 20 años después, el país se pregunta cuál fue la principal aportación del M-19 cuando dejó las armas y le apostó a la política. Y muchos coinciden en que fue su contribución a la Asamblea Constituyente que aprobó la Carta Magna de 1991.

Hoy, algunos ex guerrilleros del M-19 siguen metidos en política y en cargos muy importantes. Por ejemplo, Gustavo Petro, el candidato del Polo Democrático en las elecciones presidenciales de finales de mayo, y Antonio Navarro, gobernador del departamento de Nariño, al sur del país. A los dos les han preguntado estos días qué conclusiones pueden sacarse de aquella desmovilización. Ambos recuerdan, por encima de todo, que tras la muerte de Pizarro ningún ex guerrillero volvió a coger las armas. Y ambos sostienen, muy convencidos, que eso demuestra que la reconciliación es posible, y que ése es un mensaje directo para un país que debe recorrer todavía el camino definitivo hacia la paz.

Pizarro no vivió para contarlo, porque al hombre que esquivó a la muerte durante casi 20 años en la guerra, lo mataron a los pocos días de firmar la paz.

P.D. El sicario que mató a Pizarro tampoco tuvo mucho tiempo para contarlo. Era un joven de 22 años que durante semanas recibió entrenamiento en la lujosa mansión del jefe paramilitar Carlos Castaño, el hombre que ordenó la muerte de Pizarro, según él mismo reconoció en un libro. Sin saberlo, el sicario era un “suizo”, una palabra clave para “suicida”. Y los llamaban así, no porque los sicarios estuvieran resignados a jugársela y tal vez morir durante su misión, sino porque parte del plan era matarlos a ellos minutos después de que cumplieran con el encargo. Y así lo hicieron. El sicario, como Pizarro, recibió varios impactos de bala poco después para acallarlo, no fuera que luego se le fuera la lengua y dijera algo demasiado inconveniente para quienes untaron su bolsillo con un buen número de billetes.

La sopa del padre Juan

La sopa del padre Juan es mucho más que un caldo de yuca, plátano, papa y habitas. La sopa del padre Juan es casi una pócima mágica, tan mágica como el entorno donde la sirve, un lugar remoto y perdido entre las lomas milenarias de la Sierra Nevada de Santa Marta. Sin duda un buen lugar para olvidarse momentáneamente del mundo, y un mal lugar para vivir. La sopa del padre Juan alimenta y da vida, porque quienes se aferran a ella cada día son decenas de niños arhuacos de esa zona que caminan hasta tres horas para tomar su ración.

La sopa del padre Juan cambia rostros cansados por sonrisas infantiles. Y aunque a buen seguro hubo un tiempo en que fueron felices, hoy no hay muchos motivos para sonreir si eres indígena y la diosa Fortuna se empeñó en que nacieras en este rincón de Colombia. Sorprende ver a los niños, a Ángel, Angélica o a Miriam, tres hermanitos que juntos no suman ni diez años de edad, cruzar montañas y vadear ríos buscando la sopa del padre Juan. Sentado en aquel resguardo vi niños de unos tres años devorando un plato de adulto. Y luego, otro. Porque repiten, claro, repiten. Y vi también a niños que apenas paladearon tres cucharadas porque a la cuarta doblaron el cuello por el cansancio acumulado en las horas de camino.

La sopa del padre Juan es el secreto mejor guardado de ese entorno de Nabusímaque, que en lengua arhuaca significa “el lugar donde nace el sol”. Y probablemente el lugar donde nace el sol es en los platos vacíos del padre Juan. Porque cuando las habas, la yuca, el plátano y la papa viajan del cuenco al estómago, el reflejo brillante del fondo del recipiente es para aquellos niños lo más parecido a un amanecer. La sopa del padre Juan les da la energía que luego consumen en juegos infantiles y en el penoso trayecto de vuelta a casa. Y en la partida, deshaciendo el camino con el estómago lleno, la energía de la sopa se va quemando con cada río y cada montaña que dejan atrás. Para muchos de esos niños, la sopa del padre Juan es la única comida del día. Y cuando llega la noche y se ven sin cena probablemente sueñen con el olor a sopa del hogar del padre Juan.

El padre Juan Guinart es un sacerdote valenciano de la orden capuchina que llegó a Colombia hace ya cincuenta años. El padre Juan creció sin sopa durante la posguerra, vio el hambre en su casa y en la del vecino, y cruzó el Atlántico con una misión: que nadie pasara hambre a su alrededor. El padre Juan es de esos héroes anónimos que tenemos regados por el mundo, que viven sin hacer ruido y que prefieren la acción en la calle a los discursos y las homilías.

Al padre Juan no le importa levantarse al alba para tocar de puerta en puerta pidiendo alimentos en los negocios y domicilios de Valledupar. Y lo hace convencido como está de que en el mundo hay hambre no por falta de comida, sino por exceso de egoísmo. De momento, al hombre que lleva medio siglo combatiendo al hambre en Colombia no le ha faltado ni yuca, ni plátano, ni papas, ni habitas. Y mientras la generosidad siga venciendo al egoísmo en esa región del país, mientras al padre Juan le queden fuerzas para seguir tocando en las puertas, los niños arhuacos seguirán sentándose a la mesa aunque no sepan, todavía, por qué es tan importante la sopa del padre Juan.

Fernando Vallejo, cortejando a la muerte

El don de la vida es curiosamente una novela sobre la muerte. Y su autor, el colombiano Fernando Vallejo, se convierte en su mejor amigo, harto como parece estar de este puñetero mundo donde -según dice- los hombres no merecen habitar el planeta, las mujeres tampoco porque no dejan de procrear, y sólo los animales merecen vivir la vida que los humanos les niegan. Vallejo destila estas ideas y muchas más, y en su diálogo con la muerte no deja títere con cabeza. Porque al fin de cuentas “la Muerte no es tan mala, es una buena mujer. Consuela al triste, reivindica al pobre, cura al masturbador, duerme al insomne, pone a descansar al cansado… Practica obras de misericordia inéditas, como dirían hoy los exquisitos”.

Hace un par de años Vallejo adelantó que en su cabeza sólo quedaba una novela por escribir. Y si cumple lo que dijo, con El don de la vida el escritor antioqueño se despide como lo que fue, un novelista genial (para lo bueno y para lo malo) al que siempre acompañó la polémica. De la pluma de Vallejo han surgido obras maestras. Para mí, sobre todo, dos: El desbarrancadero, sobre la agonía del hombre y el amor fraterno; y La virgen de los sicarios, una novela imprescindible para comprender lo que se mueve dentro y fuera de las comunas de Medellín, y lo que pasa por la cabeza de los adolescentes de gatillo fácil e infancias perdidas.

Un novelista genial que, sin embargo, renunció a su patria porque la considera algo así como la cuna de todos los males del mundo. Vallejo dejó Colombia hace ya mucho tiempo, dolido y hastiado de lo que veía a su alrededor. Se afincó en México y en 2007 renunció a la nacionalidad colombiana y a todo lo que tenga que ver con este país, “un crisol de blancos con indios y negros y simios del que sale una abigarrada monstruoteca”. Así es Vallejo, genio y figura, un hombre que tiene en muy poca estima al presidente Uribe (“un culibajito con pinta de sacristán que tiene todo el tiempo a Dios y a la patria en la boca”, y que “como es de voz débil pero de carácter fuerte, se empina y aprieta el culito para entonar”), y a Medellín, la ciudad que le vio nacer, una ciudad “asesina, ventajosa, rencorosa, indolente, ignara, roma, zafia”. De la acidez de su pluma no escapa siquiera ni el Nobel García Márquez, “un huevón inflado que no sabe escribir y que adora al dictador más despreciable de América Latina: Fidel Castro”.

Vallejo estuvo estos días en la Universidad Nacional y habló de su obra y de la vida, y por supuesto también de la muerte. Y allí descubrimos de nuevo al escritor desencantado, al nihilista a tiempo completo al que muchos sin embargo leemos porque pensamos que, pese a no compartir mucho de lo que dice, sabe de este oficio tan jodido que es el juntar palabras y darles sentido.

Enganchados a las "narcotelenovelas"

El capo que mata, ordena matar y derrocha sus millones ganados de manera ilícita; la chica de estrato bajo que sueña con mundos mejores casándose con el narco de turno mientras moldea su cuerpo con bisturí y silicona; el joven sicario de estrato aún más bajo que asesina por encargo y asciende socialmente con armas, rumbas y pases de coca. La casuística es muy larga pero todo esto es lo que ve media Colombia cuando se sienta cada noche frente al televisor.

Las “narcotelenovelas” están de moda, tan de moda que las dos principales cadenas han llegado a congregar al 80% de la audiencia con seriales como El capo o Las muñecas de la mafia. Antes fueron El cartel de los sapos o Sin tetas no hay paraíso. Ahora es Rosario Tijeras la que impregna la pantalla con asuntos turbios, tiros, muertos, coca a mansalva y sexo demasiado fácil en las comunas Manrique de Medellín.

¿Es esta la Colombia real o prima la ciencia ficción? El debate se ha reabierto y recorre los pasillos de las cadenas de televisión y los despachos de algún Gobierno. Los guionistas de estas series sostienen que simplemente reflejan la realidad, que este país ha convivido durante más de 30 años con el narcotráfico y que eso es algo que nadie puede ocultar. La audiencia conecta de inmediato con temas que le son cercanos y el share aumenta casi tan rápido como el sueño de los sicarios, los pechos de las chicas bien o la cuenta corriente de los capos.

Para los detractores, la realidad es bien distinta. En Medellín, por ejemplo, el periódico EL Colombiano promovió el veto a Rosario Tijeras, cuya historia calificó de “insensata y chabacana” y tildó de promotora de la “cultura del dinero fácil, la fama, el poder de lo ilícito y el valor de lo material, por encima de todo”. También hubo quien boicoteó a los anunciantes que aparecían en la telenovela e incluso varios de éstos retiraron la publicidad. El asunto preocupa incluso al Gobierno, que se ha gastado miles de millones de dólares en campañas para mejorar la imagen del país, mientras los guionistas locales exportan historias que identifican a Colombia con la droga, la vida intensa pero efímera y los sueños rotos. Las críticas llegan incluso del extranjero. En Panamá, el presidente Ricardo Martinelli exigió retrasar el horario en que se emitían estos melodramas. Y lo hizo porque “están haciendo un gran daño a nuestro país, con nombres bonitos que exaltan el narcotráfico, el robo y el atraco”.

Tal y como afirman los críticos, este tipo de historias dan cuenta de realidades sociales agresivas, inherentes al mundo del narcotráfico. Los expertos dicen también que reflejan un ideal de vida polémico, porque dejan entrever que en Colombia, para salir adelante, hay un camino paralegal que es además exitoso (en las mujeres a través del cuerpo, en los hombres vía armas y dinero). Son además muy explícitas: el hombre sale, mata, trafica y vive feliz; y la mujer se opera, prospera y goza del sexo del gran jefe narco mientras mira de reojo hacia atrás no sea que otra chica con mejores pechos se acerque peligrosamente al capo.

Indudablemente hay muchísimos colombianos que no se identifican con este mundo. Pero, a decir verdad, la trama de las narcotelenovelas engancha a ricos y pobres por igual. Personalmente pienso que no por mostrar dicha realidad se termina haciendo apología o se promueve el delito o el dinero fácil. Entre otras cosas, porque esos dramas han transmitido, sin temor a perder audiencia, finales devastadores y realistas. Los capos terminan en prisiones diminutas o en cárceles extranjeras, o lo que es peor, traicionados y muertos. La bella Rosario Tijeras daba su último beso cuando sintió el disparo que la dejó sin aliento. Y la joven de ciudad pequeña murió sola y alcoholizada, convencida como estaba de que sin tetas no hay paraíso.



Del amor y otros demonios

Aquel verano de 2003 el sol caía a plomo sobre San Antonio de los Baños, en Cuba. Pero ni el calor ni la humedad distrajeron un ápice a quienes cursaban estudios en la Escuela de Cine que Gabriel García Márquez promociona en aquel rincón de la isla. Por aquel entonces, una de las alumnas era la costarricense Hilda Hidalgo, y de aquellas charlas veraniegas con el Nobel de Literatura nació su idea de llevar al cine Del Amor y otros demonios, la novela que el escritor colombiano publicó en 1994. Hilda le dijo a Gabo que ésa era su obra más cinematográfica, porque las imágenes predominaban sobre el texto y la trama. Y al final de aquella conversación, el novelista animó a la futura realizadora a que diera el salto, a que trasladara a la gran pantalla la historia de aquel amor imposible entre una niña y un clérigo que Gabo situó en la Cartagena de Indias del siglo XVIII.

Han pasado ya casi siete años de aquel encuentro en Cuba, e Hilda Hidalgo acaba de estrenar la versión cinematográfica de Del amor y otros demonios. Y más allá del resultado (a mi me parece lenta, lenta, lenta… pero con una excelente fotografía), la llegada a las salas de otra obra de Gabo ha reabierto un viejo debate en Colombia: lo complejo que es adaptar al cine una novela de García Márquez. A Hilda hay que agradecerle la valentía, el empeño, y el valor de no mirar hacia atrás y ver los viejos fantasmas de sonados fracasos en anteriores adaptaciones de las obras de Gabo. Porque, y en eso sí hay unanimidad en la crítica, ni Mike Newell en El amor en los tiempos del cólera, ni Arturo Ripstein en El coronel no tiene quien le escriba, ni Francesco Rosi en Crónica de una muerte anunciada, estuvieron a la altura de las versiones homónimas de los libros de Gabo.

Ya sé que cine y literatura son dos artes distintas. Y sé también que cada director quiere imprimir su toque personal cuando lleva los textos del Nobel, o de cualquier otro escritor, a la gran pantalla. Hilda Hidalgo se atrevió y lo hizo apostando por la fuerza de las imágenes frente al poder de los textos, sin dejarse asustar por el legado reverencial que imponen los libros de Gabo. Pero cuando ví la película y releí luego el libro, confirmé la sensación de que en esos 97 minutos faltan diálogos fundamentales, y comprendí que la cinta pierde fuerza y tensión recreándose demasiado en imágenes que no vienen a cuento, como los larguísimos primeros planos de algunos reptiles que apenas son un detalle sin mayor relevancia en la novela.

Respeto el trabajo de Hilda Hidalgo, su esfuerzo por traducir en imágenes las letras de Gabo. Pero me quedo sin duda con el guión original, ése que nos traslada a los encuentros prohibidos, furtivos y nocturnos entre Sierva María y Cayetano Delaura en aquel convento cartagenero de Santa Clara; el mismo convento que ejerció también de cárcel y que hoy se levanta con otra cara, reconvertido en un hotel de lujo aunque siga allí, en el mismo lugar donde Gabo imaginó aquella historia, frente a las viejas murallas de la histórica Cartagena. Me quedo con las líneas que describen las primeras citas entre la niña de 13 años a la que un perro contagió la rabia, y el clérigo de 36 encargado de exorcizarla, de sacarle aquel demonio que -según la Inquisición- se había adentrado en el cuerpo inocente y juvenil de Sierva María.

De aquellos encuentros, de la intensidad de aquel amor emergente, hay párrafos más descriptivos que cualquier toma cinematográfica. A mi me gusta especialmente éste: “Cuando la cabellera quedó limpia y peinada, él sintió una vez más el sudor glacial de la tentación. Se acostó junto a Sierva María con la respiración desacordada y se encontró con sus ojos diáfanos a un palmo de los suyos. Ambos se aturdieron”. ¿Se pueden transmitir más sensaciones en 44 palabras?

Luis Pérez


Hace ya casi dos siglos que el gran sueño de Simón Bolívar se fraguó por estas tierras. La Gran Colombia, una nación compuesta por varias repúblicas recién independizadas de España, echó a andar en 1819. Moriría doce años después, en 1831, víctima de revueltas internas y del desencanto con un Libertador que terminó pervirtiendo ese proyecto de unión suramericana con un Gobierno muy parecido a una dictadura. La Gran Colombia agrupaba varios países.
Ver perfil »

Síguenos en...

Últimos comentarios