10 posts de mayo 2010

Santos y Mockus

¿Cómo son los principales candidatos a la presidencia de Colombia? Aquí os dejo un perfil de cada uno, para que conozcáis algo más del futuro presidente del país.


Antanas Mockus: "Mi profesor, ¿mi presidente?"

De las caras jóvenes, maduras o mayores que llenan cada mítin de Antanas Mockus, suele salir una expresión: todos gritan al unísono ¡Mi profesor, mi presidente!. Y lo hacen convencidos de que en esas dos palabras, profesor y presidente, está el futuro digno que merece su país.

Mockus es hijo de emigrantes lituanos, y desde que sus padres abandonaron su tierra natal huyendo de los desmanes de Stalin, la educación ha estado ligada a la vida del líder del Partido Verde. Aurelijus Rutenis Antanas Mockus Sivickas nació en Bogotá un 15 de marzo de hace 58 años. A los dos aprendió a leer, y a juzgar por la velocidad a la que mueve su mente, puede que no haya dejado de hacerlo dese entontes.

Puede también que esa inquietud sea una muestra de lo que aprendió de sus padres, Alfonsas, ingeniero, y Nijole, escultora. De ellos heredó la pasión por la ciencia y el arte. Luego vino el racionalismo propio de su paso por el Liceo Francés. Las buenas notas se tradujeron en una beca, y esa beca se tradujo en una licenciatura en matemáticas por la Universidad de Dijon. A su regreso el joven Antanas se graduó en Filosofía por la Universidad Nacional. De aquella época alguien recuerda que Mockus escribió un graffiti parafraseando a Sócrates: sólo se que todo sé. Antanas”.

La leyenda sin embargo no parece acorde de un hombre tímido como Mockus. Tímido en las distancias cortas, tímido en el escenario. Cualquiera lo diría repasando su biografía. Porque el hombre que ha revolucionado esta campaña decidió, por ejemplo, casarse en un circo, rodeado de tigres. Decidió también bajarse los pantalones y enseñar el culo a unos 300 estudiantes que protestaban en la Universidad Nacional. Fue en la época en que era el rector del centro, y justificó su acto diciendo a los estudiantes: “les aseguro que lo que vieron fue color de paz: blanco”.

Luego decidió que los símbolos eran importantes y por eso no dudó en disfrazarse de superhéroe (Supercívico) y salir a la calle a recoger basuras y limpiar las paredes de carteles cuando era alcalde de Bogotá. Mockus lo fue en dos periodos, y ya en ese tiempo dejó claro que lo suyo no era lo que aquí llaman la politiquería, porque lo suyo era la gestión. Y de esa gestión como alcalde muchos recuerdan a Mockus como un hombre inteligente, sabio e insobornable, un hombre al que nadie descubrió un solo escándalo de corrupción y que entregó la alcaldía a su sucesor con el sonido metálico de la caja llena.

Mockus decidió más tarde presentarse a presidente y obtuvo dos sonados fracasos. Pero persistió, como si su sangre lituana le recordara que no había que abandonar la lucha. Y ahora tiene la oportunidad de ilusionar a la gente que cree en otra manera de hacer política, que cree en la honestidad y en la ley frente a la corrupción y la impunidad, que apuesta convencido por la educación y la cultura.

Hay quien dice que Mockus da tantas vueltas a las cosas que tarda en tomar decisiones. Y que su cerebro carbura a tantas revoluciones que le cuesta ir al grano, que le cuesta ordenar las ideas brillantes que salen de esa cabeza entre canosa y rubia. Muchos sostienen que se contradice, que un día se presenta como ateo y al día siguiente sólo piensa en Dios, que un día no esconde su admiración por Chávez, y al día siguiente define su pensamiento como en las antípodas del chavismo.

Así es Antanas Mockus, un hombre capaz de emocionarse y de llorar en público, de repetir en cada mitin que “la vida es sagrada” y que “no más miedo”. Y lo dice un hombre que no sabe cuánto tiempo le queda con una buena calidad de vida, un hombre que reconoció a principios de la campaña que tiene principios de Parkinson. Pero un hombre dispuesto a vivir intensamente, siempre –dice- al servicio de la sociedad, y de su familia.



Santos y el sueño del poder

Dicen quienes le conocen que desde joven soñó con ser presidente. Y ahora que tiene59 años puede que Juan Manuel Santos esté a punto de alcanzar el sueño, de tocar el cielo con las manos. Tal vez la tenacidad le venga de aquella época, de cuando estudió en la Academia Militar de Cartagena y su apellido bajó a la tierra y perdió a aureola que rodeaba a los Santos. Juan Manuel demostró ser uno más, sufrió la milicia y los madrugones como el resto de muchachos, y allí forjó un carácter luchador y perseverante que le ha acompañado hasta estos días.

Y sin embargo su ambición política tardaría en salir. Porque en una familia de periodistas lo normal era que un Santos prefiriera escribir en privado antes que hablar en público. De sus años como subdirector de El Tiempo, el periódico de la familia, muchos recuerdan su etapa como editorialista durante nueve años.

El periodismo se acabaría como profesión (no como pasión) en 1991, cuando el presidente liberal César Gaviria lo nombró Ministro de Comercio Exterior. Allí llegó con la experiencia de siete años en Londres al frente de la Federación Internacional del Café, y con la lección bien aprendida de un economista graduado en la Universidad de Kansas. Después ocupó otros dos ministerios, y a la hora de hacer balance, el Santos economista siempre presenta los resultados.

Dicen que sabe delegar y que confía en sus posibilidades. Y dicen también que le gusta presumir cuando le llegan los éxitos. Lo hizo, por ejemplo, como Ministro de Defensa, cuando aquella histórica Operación Jaque sacó de la penumbra de la selva a Ingrid Betancourt y a otras 14 personas que llevaban años secuestradas por la guerrilla. Allí estaba Santos, esperando a que Ingrid bajara del avión para sacarse la foto mientras la gente pensaba dónde estará el presidente Uribe.

Tampoco le tembló el pulso cuando llegaron los problemas. Santos compareció impasible para anunciar la destitución de 27 militares por el escándalo de los falsos positivos, esa perversa práctica de decenas de militares que asesinaban a civiles y los vestían de guerrilleros para cobrar jugosas recompensas. La gente que lo conoce dice que sufrió en privado, pero el semblante frío lo mantuvo igual cuando le pidieron explicaciones, cuando la prensa se preguntó de dónde veían las órdenes y si él y el presidente Uribe no tendrían que asumir alguna responsabilidad.

Los falsos positivos lo han perseguido en esta campaña, y él repite impasible, con la misma frialdad, que el problema venía de lejos y que fue su Gobierno quien lo identificó y lo atajó. Son si duda su punto negro, pero tal vez no el único. Hay quien recuerda que Santos tiene casi 60 años, y que ésta será la primera vez que se someta al escrutinio público, al veredicto de una votación popular. Hace un par de meses todos pensaron que había llegado su momento, que el Santos periodista y economista sería también presidente. Y sin embargo Juan Manuel ni arrastró la popularidad de Uribe, ni ha sabido contrarrestar la popularidad de Mockus.

Pero ahí sigue Santos, con la tenacidad de aquel joven bachiller de Cartagena, consciente de que en la milicia nadie le regaló nada por llevar ese apellido, y consciente de que en esta carrera a la presidencia… los apellidos… tampoco parecen contar.

El factor Chávez

Probablemente este domingo Hugo Chávez se levante, tome sus buenas tazas de café, repase la prensa, le cuenten su agenda, y se ponga frente a la cámara para grabar la enésima emisión de su programa “Aló Presidente”. Hasta ahí puede que sea un domingo normal para el presidente de Venezuela. Pero probablemente el resto del día Chávez va a estar muy pendiente de lo que pase al otro lado de la frontera.



Colombia elige presidente y Chávez evidentemente seguirá minuto a minuto esa votación. El dirigente bolivariano ha dicho que felicitará al ganador. Pero también ha dejado caer que quiere “que gane alguien con quien se pueda hablar”. Y en el lenguaje de Chávez, “alguien con quien se pueda hablar” significa que gane alguien que no sea Juan Manuel Santos.

Hugo Chávez dijo hace unos días que Santos es un mafioso, que si sale elegido no lo recibirá en el Palacio de Miraflores, y que con Santos de presidente definitivamente se cerrarán las puertas del comercio entre Colombia y Venezuela. ¿Por qué tanta animadversión? Chávez reconoce en Santos la continuidad del Gobierno de Uribe, un mandatario con el que rompió relaciones a cuenta de varios episodios: Uribe y el propio Juan Manuel Santos, cuando era ministro de Defensa, ordenaron el bombardeo contra el número dos de las FARC, Raúl Reyes, en territorio ecuatoriano. El ataque levantó la ira de Ecuador, y también de Venezuela, dos países que -según Bogotá- dan refugio a centenares de guerrilleros. Luego vino el acuerdo que firmó Uribe y gestionó Santos, para que las tropas estadounidenses pudieran utilizar siete bases militares colombianas. Chávez montó en cólera, acusó a Colombia de contribuir a la invasión de Venezuela que -según él- planea Estados Unidos, y cerró el grifo del comercio. Chávez dejó de comprar productos colombianos, miró hacia el mercado argentino, y en Colombia la crisis económica se acentuó porque cada año vendía productos a Venezuela por unos seis mil millones de dólares.



Así que cuando Chávez dijo que no, que no quería a Santos como interlocutor en Colombia, sus palabras cruzaron la frontera y cayeron a plomo en la campaña electoral. Hasta tal punto que la cuestión de Venezuela y la relación con Chávez ha sido el tema estrella de la agenda internacional de los candidatos. Todos han hablado sobre el tema. Santos no ha entrado al trapo y ha dicho que él se llevará bien con sus vecinos, y que en sus planes no entra disparar tiro alguno contra Ecuador o contra Venezuela. Los candidatos de la izquierda buscan también buenas relaciones con Caracas, pero no quieren aparecer como los lacayos de Chávez al otro lado de la frontera. Sobre todo porque en un país tan escorado a la derecha como Colombia, hablar de Chávez es lo más parecido a mentar la soga en casa del ahorcado.



¿Y Mockus? ¿Qué ha dicho el candidato del Partido Verde del presidente venezolano? Pues en un principio Mockus dijo que lo admiraba. Y se armó el escándalo. Y Mockus tuvo que matizar y decir que lo admiraba porque había ganado unas elecciones democráticas. Y luego tuvo que recular porque aquello le restó puntos en las encuestas. Y al final aclaró que lo respetaba, y que como dirigente de un país vecino quería tener las mejores relaciones posibles con Chávez, y que lo invitaría a su toma de posesión si sale elegido presidente.

Chávez no ha dicho claramente que su preferencia en los comicios sea Mockus. En todo caso, su candidato favorito debería ser Gustavo Petro, el líder del Polo Democrático, el político más escorado a la izquierda de todos los que se presentan. Pero el presidente venezolano sabe lo que saben todos los ciudadanos a través de las encuestas: que Petro no tiene posibilidades de pasar a la segunda vuelta, y que la presidencia de Colombia se la disputarán Santos y Mockus.



Mockus es consciente de que si lo asocian con Chávez perderá votos. Así que en las últimas entrevistas ha dicho, por ejemplo, que “está en las antípodas de Chávez”, que si Chávez pretende expandir la revolución bolivariana a Colombia “habrá cero tolerancia”, y que si Venezuela termina siendo otra Cuba, “para el continente sería una tristeza”.

También hay quien recuerda estos días que a Chávez no le vendría mal que Santos fuera presidente. Porque Chávez –dicen- con Uribe, tuvo la excusa perfecta para que los medios hablaran de una posible guerra con Colombia. Y cuando los titulares hablaran de Uribe, inevitablemente dejaban de hablar de la inflación, la criminalidad o la crisis energética que vive Venezuela. En definitiva, cuando sonaban los tambores de guerra con Colombia se difuminaba la crisis interna.



En cualquier caso, en el equipo del Partido Verde temen que los elogios de Chávez se conviertan en lo más parecido a un beso de la muerte. Por eso a Mockus le ha venido bien el consenso de todos los candidatos para pedirle a Chávez que no intervenga en asuntos internos, y que deje a los colombianos elegir libremente a su presidente. Mockus… Santos… el ganador escuchará las reacciones internacionales, y la primera que analizará el inquilino de la Casa de Nariño será, sin duda, la que venga de otro Palacio de Gobierno, el de Miraflores, al otro lado de la frontera.

¿La guerra o la economía?

Luis Sanabria no es, ni mucho menos, un experto económico. O sí, depende de cómo se mire. Luis lleva 39 años limpiando zapatos en el Parque de Santander, en pleno centro financiero de Bogotá. Por su taburete, a la sombra del gigantesco edifico de Avianca, pasan cada día ciudadanos de a pie, trabajadores, y por supuesto, empresarios. Como buen lustrabotas, Luis conversa con sus clientes mientras le saca brillo al calzado. Tiene, podría decirse, autoridad para hablar sobre las preocupaciones de la gente.


Curiosamente, la encuesta diaria de Luis coincide con la de los grandes expertos. Si hay algo que preocupa hoy a los colombianos, por encima de la guerra, es la economía. “Apenas hay trabajo – dice Luis- , si tienes 40 años ya no te dan empleo, casi todo el trabajo es informal y las únicas empresas que dan empleo son las temporales”. Lo dice un “encuestador” que además de lustrar botas toma buena nota de las quejas de la calle.


La realidad del país no difiere mucho de lo que cuenta este bogotano. Colombia tiene la segunda tasa de desempleo más alta de América Latina. De cada dos trabajadores, uno de ellos tiene que lidiar con un empleo informal, es decir, como Luis, se gana la vida como puede sin cobrar prestaciones y sin seguridad social.


Si obviamos los escándalos de corrupción y las violaciones de los derechos humanos, la economía es el gran fracaso de los ocho años de Gobierno de Uribe. La mejora de la seguridad no se ha traducido en riqueza, y mucho menos en un reparto justo de la riqueza. La desigualdad ha crecido al mismo ritmo que los desplazados. El 45% por ciento de los colombianos es pobre. Los ricos son cada vez más ricos y los pobres, cada vez más pobres.


Así que hay motivos para pensar que la economía es la clave de los comicios, y es también donde hay más diferencias entre los candidatos. Entre los favoritos, el oficialista Juan Manuel Santos apuesta por crecer dando alicientes a las empresas y sin subir los impuestos. El candidato del Partido Verde, Antanas Mockus, sostiene que es imposible salir de la crisis sin subir los impuestos, y que el espejo en que se debe mirar Colombia está en los tipos fiscales de Europa, generalmente altos, y no en los de Guatemala, donde están en el 12%. Subida de impuestos para todos, dice Mockus, pero que paguen más los más ricos.


La economía es lo que más importa, entre otras cosas, porque la guerra supuestamente va bien. Esta no es, ni mucho menos, la Colombia que heredó Uribe en 2002, cuando la guerrilla aterrorizaba el país a base de atentados y secuestros. Obviando las violaciones de los derechos humanos como los falsos positivos, o la debilidad para enfrentar a los paramilitares que supuestamente entregaron las armas, la realidad es que el Ejército ha tomado el control de buena parte de Colombia y la guerrilla permanece arrinconada en la selva, con capacidad, eso sí, para seguir amenazando y matando en municipios o asestando golpes al ejército. La gente se siente, en líneas generales, segura, y ese ha sido el gran éxito de la política de Seguridad Democrática que implementó Uribe. Ese ha sido el éxito, pero a la vez el fracaso del todavía presidente. Porque en líneas generales la seguridad no se ha traducido en crecimiento ni en riqueza.


Lo admite el propio Santos, el delfín de Uribe, cuando dice: “Ahora que tenemos seguridad, vamos a crear empleo”. Pero además la economía es lo importante porque todos los candidatos piensan casi lo mismo sobre la guerra. Nadie se atreve a discutir los aspectos positivos de la Seguridad Democrática, porque en un país tan escorado a la derecha como Colombia eso supondría perder muchísimos votos. Y Uribe, recordemos, mantiene una popularidad que ronda el 70%. Nadie parece dispuesto a negociar con las FARC mientras sigan secuestrando y matando. Lo único que se discute es cómo ganar la guerra, la manera de hacer la guerra, o cómo acabar con los problemas que provocan la guerra. Mockus, por ejemplo, ha hecho bandera de la legalidad y repite en cada mitin que no todo vale en la lucha contra las FARC. Y el dirigente del Polo, Gustavo Petro, reitera que mientras no se devuelva la tierra expropiada a los pobres, éstos seguirán teniendo excusas para echarse al monte y coger el fusil.


Esa es hoy la realidad. En muchas partes de Colombia y por supuesto en el Parque de Santander, donde Luis se siente seguro, pese a su trabajo informal, deslizando el trapo por los botines mientras escucha las penas de colombianos sin trabajo, y sin brillo.

elecciones.com

Hace dos años la mente inquieta de Antanas Mockus probablemente ojeara páginas de Internet en busca de alguna idea sobre política, matemáticas o filosofía, tres de las pasiones de su vida. Pero probablemente el candidato del Partido Verde desconociera el poder de Facebook y pasara olímpicamente de las redes sociales.

Y sin embargo la gente de su entorno decidió crearle un perfil. Y de inmediato el profesor Mockus tenía cinco mil simpatizantes. Hoy Antanas arrastra a casi setecientos mil seguidores en Facebook, es el séptimo político con más fans a nivel mundial, y cada día que pasa sigue sumando adhesiones. El propio Mockus, con su aire de profesor despistado, suele preguntar en cada mitin de la campaña cuánta gente supo de aquel acto por las convocatorias de Facebook o de su página web.

Los asesores de Mockus descubrieron muy pronto que Internet podía convertirse en la nueva plaza pública, que el programa del Partido Verde podía llegar hasta la casa de los votantes a través de un click, y que otro click haría llegar las propuestas ciudadanas hasta el cuartel general del partido. El equipo de Antanas abrió el camino, y el resto de candidatos ha intentado con más o menos éxito impulsar la campaña virtual sin descuidar la plaza pública. Juan Manuel Santos, el candidato oficialista, observó con preocupación cómo el tsunami Mockus arrasaba en la red, y a mitad de la campaña decidió dar un giro y dar nuevos bríos a su programa virtual. Santos renovó su página web y fichó a un tal Ravi Sing. Ravi Sing puede ser un desconocido para muchos, para mi desde luego lo era. Pero resulta que ese tal Ravi Sing es un gurú de Internet que dirigió la campaña electrónica de un tal Barak Obama.

¿Influirá Internet en el resultado de las elecciones? Nadie lo sabe a ciencia cierta, pero hay quien da alguna clave. Juan David Mendieta, asesor de la campaña en la red del liberal Rafael Pardo, lo tiene así de claro: “Esta campaña es crucial –dice- porque estamos incidiendo en un segmento de la población que antes no votaba porque no le interesaba la política, y sin embargo ahora se mete en la red y busca propuestas en las páginas de los candidatos. Esa gente son los jóvenes entre 18 y 24 años. La mayoría no cree en los mensajes que les transmite la tele, prefiere buscar información en Internet para definir el sentido de su voto”.

Lo que nadie discute es que los debates en la red, las campañas virtuales, el twitteo, los envíos de vídeos y los mails de apoyo al candidato de turno, han despertado la inquietud por la política de una población joven que históricamente ha sido abstencionista. Las encuestas, de hecho, sostienen que estas pueden ser las elecciones con menor abstención de la historia, y eso se debe sin duda a la movilización de ese sector de población entre 18 y 24 años.

Definitivamente, los estrategas de las campañas han hecho cuentas y han sacado una conclusión: en Colombia hay más de 20 millones de personas (más de la mitad de la población) que tienen acceso a internet. Y en el país del fútbol, la cumbia y el vallenato, en la patria del ajiaco, el sancocho, el patacón o Macondo, hay también 9 millones de habitantes que hablan de todo eso y de mucho más con sus colegas de Facebook.

La realidad puede ser ésa o puede ser esta otra. El 30% de la población de Colombia vive en el campo. Y en las veredas donde apenas llega el agua y la luz, allí donde el voto lo decide el cacique, no hay chateos, ni mails, ni charlas virtuales, ni discusiones en red. No hay argumentos.com, basicamente porque allí la gente se mueve en burro, la comunicación es oral, y les queda demasiado lejos el sueño tecnológico de la banda ancha.

"¿Cree usted en Dios?"

“¿Cree usted en Dios?” La pregunta se la hizo un conocido un conocido periodista colombiano a Antanas Mockus hace un par de días, en un programa de máxima audiencia y con medio país pegado a la televisión. Y de repente el líder del Partido Verde, uno de los favoritos en las presidenciales del próximo domingo, se encontró de golpe en el purgatorio, a medio camino del cielo y el infierno. Mockus dudó, como si estuviera atrapado por un segundo entre las leyes de la iglesia y normas de la ciencia, porque su respuesta -“Uy, no me la ponga tan difícil”- desconcertó a muchos en un país tan católico como éste. Mockus completó el discurso con otra afirmación que hundió a más de uno en un mar de dudas: “Yo tengo formación, desafortunadamente, en matemáticas y algo en física, y eso tiende a hacerme muy escéptico”.



Esa noche Mockus abrió la Caja de Pandora, e inevitablemente el frenazo que tuvo en las encuestas se achacó a esa Duda con mayúsculas de un hombre que fue monaguillo y que estuvo a punto de ser cura, pero que luego terminó , efectivamente, estudiando matemáticas, física y también filosofía. Desde ese día Dios, probablemente sin quererlo, entró en la campaña electoral de Colombia. Pocos días después de aquella entrevista a Mockus, el mismo periodista repitió la misma pregunta a Juan Manuel Santos, el candidato preferido del presidente Uribe y el principal rival de Mockus. “¿Cree usted en Dios?”. Santos zanjó de un plumazo: “Sí, yo creo en Dios. Yo tengo la felicidad de los creyentes. Creo en Dios, creo que existe Dios, yo fui educado en la religión católica”.



Independientemente de cuánta fe tenga Santos, el candidato conservador se mostró como un devoto católico. Reza con su familia, acude a misa regularmente y es fácil verlo en centros de peregrinación o cargando la talla de una Virgen en cualquier procesión del país.

Cuando Dios entró en la campaña todos los medios hablaron de Dios. Se habló en los debates, en las tertulias y en las páginas de opinión. La cuestión de si Dios ha entrado en la vida de Mockus, de si Mockus cree en Dios, dio para tanto que el cardenal Pedro Pubiano tuvo que salir al paso y otorgarle al líder verde la credencial de católico: “Sí, él cree en Dios”, sentenció el religioso.



Pero el debate ya estaba abierto y los analistas se lanzaron a cavilar cuánto puede influir la cuestión de Dios en el resultado de las elecciones. Unos dicen que se ha exagerado, otros que Colombia es un país muy católico y que la duda existencial de Mockus le restará votos. Y los propios candidatos siguieron hablando de Dios: Santos, para reiterar en cada intervención que él es un candidato creyente; el liberal Rafael Pardo, para dejar claro que las creencias son una cuestión privada y no se deben cuestionar en público; la conservadora y devota católica Noemí Sanín, para aclarar que, en cualquier caso, Colombia es un Estado laico que respeta la libertad de culto; y más a la izquierda, Gustavo Petro, el candidato del Polo Democrático, aclaró que lo importante para un político no es creer en cosas buenas sino desarrollar y llevar a la práctica esos principios.



En cualquier caso en Colombia no es nueva esta cuestión de Dios. El presidente Uribe ha sido el máximo exponente de la mezcla entre religión y política durante sus ocho años de mandato. En cada intervención menta a Dios (para bien), da las gracias a Dios, y sobre todo, se deja ver en el hogar de Dios. Uribe por supuesto ha recorrido todos los templos y santuarios, y ha recibido las bendiciones de pastores y sacerdotes de todas partes del país.

Nadie sabe cuánto influirá Dios en los comicios. Y aunque Colombia es un país de arraigadas raíces católicas y su población mayoritariamente creyente, lo ideal sería que la gente vote mirando el programa el candidato y no la intensidad de su fe. En cualquier caso, la realidad es que, si alguien se despide de usted en Colombia, no le dirá “hasta luego”, sino “vaya usted con Dios”, o “que Dios me lo bendiga”. Pues eso. Dios.

Las elecciones y el cricket

Un amigo colombiano me dijo que, hace apenas tres meses, las elecciones del 30 de mayo le despertaban menos interés que un partido de cricket mal sintonizado en un canal pakistaní. Porque la realidad es que, hace tres meses, todo el mundo daba por hecho que el actual presidente, Álvaro Uribe, podría presentarse a la reelección. Y sin duda, todo el mundo daba por hecho que Uribe, el dirigente más popular de las últimas décadas en Colombia, ganaría de calle en la primera vuelta de esos comicios.

Sin embargo, todo cambió para mi amigo y para todos los colombianos con derecho a voto, cuando la Corte Constitucional le dijo a Uribe que no, que no era legal volver a presentarse a un tercer mandato por mucho que el 70 por ciento de la población valorase positivamente la gestión del presidente.

Tres meses después la realidad es muy diferente. A mi amigo sigue sin gustarle el cricket, pero asistirá éste domingo a las elecciones más abiertas y apasionantes de las últimas décadas. Hay seis candidatos, pero por encima de todos destacan dos: Juan Manuel Santos, el candidato oficialista, el hombre que promete consolidar la política de seguridad democrática que implementó Uribe en sus 8 años de mandato, y Antanas Mockus, el hombre que ha revolucionado la política colombiana desde las filas del Partido Verde con un mensaje basado en la legalidad y en la educación.

Todas las encuestas hablan de una ligera ventaja de Mockus, de una ligera ventaja de Santos, o de un empate técnico. Ambos superan holgadamente al resto de candidatos, pero ninguno logrará los votos suficientes para vencer en la primera vuelta. Así que, si se cumplen los pronósticos, serán ellos, Santos y Mockus, quienes se jueguen la presidencia el próximo 20 de junio.

Es increíble cómo puede cambiar Colombia en un abrir y cerrar de ojos. De la apatía de hace unos meses, al fervor electoral que vive el país a un par de días de los comicios. De la desgana política, a un país absolutamente politizado en el que hasta los jóvenes, generalmente abstencionistas, hablan estos días de las propuestas, se movilizan a favor de uno u otro partido, participan en marchas, en mítines, y son definitivamente la punta de lanza de una participación que según los expertos puede batir récords. Lo normal es que en Colombia vote menos de la mitad del censo electoral. Lo normal es que más de medio país se quede en su casa ese domingo de urnas y votaciones viendo fútbol (nunca cricket) o algún que otro culebrón. O leyendo o pasando el día con la familia, porque todo plan era mejor que votar en un país cansado de una clase política que le ha dado motivos para la desconfianza con tanto escándalo y corrupción.

Pero ahora todo cambió. De repente los colombianos se han encontrado con seis candidatos preparados, muy preparados, y con una fiebre electoral que se traduce en multitud de debates, entrevistas y cientos de páginas de opinión. Se ha hablado de la guerra, de las FARC, de la pobreza, de Dios, del aborto o del matrimonio homosexual. Se ha hablado de los paramilitares, de la salud, del empleo, del injusto reparto de la tierra o de cómo Hugo Chávez ha tratado de influir en la campaña electoral . Se ha hablado de todo eso y de mucho más. Y se han dado argumentos interesantes.

Nunca hubo tantos debates, tanto pluralismo, tantos formatos para convencer al pueblo con sus propuestas. Nunca hubo tanto cubrimiento periodístico. Y nunca hubo (esperemos que siga así) una campaña con menos incidentes relevantes. Los candidatos han podido recorrer el país y se han mezclado con la población, han tenido contacto con los colombianos en manifestaciones multitudinarias impensables en otras fechas. Es cierto que hay amenazas sobre candidatos (al líder del Polo Democrático, Gustavo Petro, lo han amenazado de muerte las FARC, y alguien creó un grupo en facebook en el que amenazaba con matar a Mockus); es cierto que en las zonas rurales todavía mandan los caciques y los caciques siguen teniendo dinero y el dinero sigue comprando votos; es cierto que en varias veredas los grupos armados de izquierda o derecha pueden intimidar y decidir el sentido del voto. Pero esto poco tiene que ver con la época de los coches bomba en cada esquina y con aquellas campañas, como la del 90, en la que murieron a tiros tres candidatos.

Así que si usted es colombiano, y está leyendo este post, a buen seguro que el domingo se olvidará del fútbol, del culebrón, de la lectura y de la familia, para pensar muy bien el sentido de su voto. Porque seguramente usted irá a votar, y por supuesto, como buen colombiano, jamás pensará en el cricket.

¿Qué fue de Sendero Luminoso?

Una semana como ésta, hace ahora 30 años, un grupo de hombres armados irrumpió en un local de Chuschi, un pequeño pueblo de la región de Ayacucho, en Perú. Quemaron las urnas, las ánforas y el material electoral con el que los pobladores debían elegir, al día siguiente, al primer presidente democrático tras el período del régimen militar. Ese día pocos se enteraron, pero esa acción constituyó el primer atentado de una facción del Partido Comunista del Perú que todos conocimos luego como Sendero Luminoso.

En realidad la noticia tardó tiempo en llegar a Lima. Para los habitantes de la capital, sobre todo para los “pitucos”, como llaman allí a la clase acomodada y pija que habita en las lujosas mansiones de Miraflores o San Isidro, Ayacucho era un territorio demasiado lejano, habitado mayormente por peruanos bajitos y de tez oscura, por indígenas o descendientes de indígenas, pero al fin y al cabo, por peruanos.

Y sin embargo años antes de ese ataque a Chuschi, las universidades de Ayacucho habían formado a los primeros cuadros de Sendero. Su fundador, Abimael Guzmán, el “Presidente Gonzalo”, fue un profesor de filosofía. Sus camaradas, los que formaron el Comité Central del partido, también leyeron con profusión a Marx, a Lenin y a Mao en las aulas de la universidad. Guzmán declaró la “guerra popular” al Estado para acabar con la injusticia que había en el campo peruano, donde Sendero entendía que el yugo de la burguesía capitalista sometía y aislaba a los campesinos.

Lima comenzó a entender que había una guerra cuando aparecieron los primeros muertos en la capital. Y los primeros muertos no fueron personas, sino animales. Decenas de perros que aparecieron degollados y colgados de varios postes en los barrios pijos y no tan pijos. Todos tenían la misma leyenda: “Deng Xiaoping, hijo de perra”. La leyenda encerraba el odio al dirigente chino que apostó por la reforma frente a la Revolución Cultural. La leyenda dejaba claro que para Sendero, el maoísmo era el camino. Luego llegaron los primeros coches bomba en Lima, y entonces los “pitucos” despertaron del sueño de cenas plácidas y veladas tranquilas. Se dieron cuenta de que la guerra estaba en casa, y de que el conflicto había dejado de ser una revuelta de “terrucos” (como llamaban a los senderistas) en Ayacucho, en la que sólo morían indios.

La guerra fue cruel y dura. De 1980 a 2000 hubo casi 70 mil muertos y desaparecidos, de los que hablaremos en otra ocasión. Las acciones de Sendero fueron bárbaras, la guerra sucia con la que respondió el Estado fue igualmente condenable y desastrosa. La lucha de Sendero tuvo un punto de inflexión en 1992, cuando un hombre callado y hábil, el coronel Benedicto Jiménez, siguió los pasos de Abimael Guzmán y logró capturarlo en un apartamento de Lima. Desde ese día Sendero Luminoso dejó de ser lo que fue. Entre otras cosas porque junto a Guzmán, que era el ideólogo, el jefe y el estratega del grupo, que lo era todo, cayeron también varios miembros del Comité Central. Los que quedaban cayeron luego.

¿Qué queda hoy de Sendero Luminoso, de ese grupo maoísta que llegó a tener miles de miembros y que durante años puso de rodillas al estado peruano a base de bombas y masacres? Gustavo Gorriti, probablemente el periodista que más ha investigado sobre Guzmán y sus hombres y que ha escrito el libro de referencia sobre el conflicto, “Sendero”, asegura que apenas quedan unos 300 milicianos. No han perdido del todo los principios ideológicos del grupo, el marxismo-leninismo-maoísmo que otros resumieron como el “pensamiento Gonzalo”. Pero se dedican básicamente al narcotráfico y a prestar seguridad a los cárteles que operan en la zona, como el de Sinaloa. Ya no atentan en las ciudades, sino que operan escondidos en las selvas del valle de los Ríos Apurímac y Ene. Y los muertos de Sedero suelen ser ahora policías y militares que se internan en esas zonas para buscarlos, y campesinos que se van de la mano del ejército para erradicar manualmente las hojas de coca.

Y sin embargo, estos días en Ayacucho, hablando con víctimas de Sendero, con víctimas del Estado, con policías y con antiguos senderistas, uno puede llegar a una conclusión: hoy Sendero Luminoso no tiene capacidad para desestabilizar al Estado. Pero en Ayacucho y en otras muchas zonas de Perú se siguen dando las situaciones de inequidad y desigualdad que promovieron el nacimiento del grupo. Los “pitucos” de Lima, los limeños en general, pueden vivir tranquilos, sin temor a que la explosión de una bomba les interrumpa el sueño. Los “terrucos” que un día lucharon a las órdenes de Guzmán están hoy a otra cosa, más pendientes del dinero fácil de la coca que de las lecturas de Mao.

La cárcel de Fujimori

La experiencia de la cárcel debe ser dura, muy dura, más aún para un antiguo mandatario acostumbrado a los delirios de grandeza y al ejercicio sin límites del poder. Alberto Fujimori, el ex presidente de Perú, está en prisión desde hace un par de años. Le cayeron 25 por violación de los derechos humanos, o para que lo entendamos bien, por la matanza de 25 estudiantes a principios de los 90 a cargo de una banda paramilitar llamada Grupo Colina. Una banda que, según los jueces, recibía órdenes del presidente.

Fujimori ha pasado, supongo que como todos los presos, por momentos muy duros en prisión. Pero sus condiciones no son precisamente las de todos los reclusos. Al ex presidente se le ha dado un trato digno, más digno que a los demás por eso mismo, por su condición de ex presidente. Tiene un espacio de 400 metros cuadrados en la cárcel de Diroes, con un apartamento y un patio bastante amplio. Y en las últimas semanas se ha sabido que no está tan solo como cabe suponer.

Además de las visitas de sus hijas y de sus nietas (Fujimori, como cualquier abuelo, pierde el sentido cuando ve a las dos niñas de su hija Keiko) el ex presidente recibe a amigos, simpatizantes, compañeros, políticos, líderes vecinales del fujimorismo, madres de varias asociaciones afines, grupos de música tradicional y hasta adivinas que intentan contarle cuánto tiempo le queda en prisión. La procesión hasta la “celda” de Fujimori es de tal magnitud que en un solo día han acudido a verlo 180 personas. La revista Caretas, que destapó el escándalo, lo ha titulado muy gráficamente: Despelote en la Diroes.

El despelote incluye la aparición de Fujimori cuando se levanta un telón, y el aplauso mitinero de sus seguidores. Entre las visitas hay cuadros del fujimorismo, y según algunos testigos, el Chino ha recuperado ante ellos las mejores virtudes de un político en campaña. El problema es que el régimen penitenciario del ex presidente no permite el proselitismo político, mucho menos cuando estamos a las puertas de unas elecciones a presidente a las que, muy probablemente, se presentará su hija Keiko.

El escándalo es de tal magnitud que el presidente del INPE (Instituciones Penitenciarias) ha puesto su cargo a disposición. Porque es evidente que el Chino ha vulnerado su régimen penitenciario, que permite las visitas, sí, pero sólo tres veces por semana y en grupos distintos ( hombres o mujeres), y únicamente durante un par de horas. La oposición ha pedido explicaciones a los ministros de Interior y Justicia, y el propio presidente, Alan García, ha anunciado a los periodistas que dará instrucciones para que se aplique “con más prudencia” el régimen carcelario del ex presidente. Eso sí, Alan ha dejado claro que no lo gusta el verbo “endurecer”.

La situación del Chino escandaliza a unos y apena a otros. Y entre las apenadas está su hija Keiko. Apenada e indignada, porque según ella hay mucha gente interesada en equiparar el régimen penitenciario de su padre, que acabó con el terrorismo en el país, con el de Abimael Guzmán, que sembró el terror en Perú con Sendero Luminoso y que fue capturado durante el Gobierno de Fujimori. Pero las diferencias parecen claras. Guzmán está incomunicado y se pudre en una celda de 2x3 cumpliendo una cadena perpetua por los crímenes despreciables que cometió. Fujimori parece que vive a sus anchas, en una estancia bien holgada y abriendo la puerta de su jaula dorada a todo el que quiera visitarlo.

Las malas lenguas van más lejos y dicen que Fujimori hace campaña a favor de su hija tras las rejas de la prisión. Las encuestas dicen que para el 66% de los peruanos Alberto Fujimori ha sido el mejor presidente en la historia de la República. Y esa popularidad la ha heredado su hija Keiko, que ha creado un nuevo partido, Fuerza 1011, cuyas siglas ya están por todo el país. Las encuestas dicen también que si hoy hubiera comicios, Keiko quedaría en segundo lugar. O sea que Keiko, aunque algunos no lo crean, tiene opciones reales de ser presidenta. Y la presidenta tiene la facultad de indultar a los reclusos. Así que en la pregunta “¿Si keiko es presidenta sacará a su padre de prisión?” para muchos sobran los interrogantes y es toda una afirmación: “Si keiko es presidenta sacará a su padre de prisión”. Sin más.

La boda de Abimael

La prisión de la Base Naval del Callao, en Lima, no es el mejor lugar para casarse. Hay pocas cosas románticas en un recinto con muros de cuarenta centímetros de espesor hechos de cemento armado resistente a explosivos. Esa cárcel, una de las más seguras del mundo, fue construida específicamente para alojar a su huésped principal: Abimael Guzmán. Guzmán fue el líder de Sendero Luminoso, el grupo terrorista que desafió al Estado con una guerra que dejó 70 mil muertos y desaparecidos desde principios de los 80 hasta su captura, en 1992.

A buen seguro, al Presidente Gonzalo (su nombre de guerra) no le consultaron los detalles de su nueva “vivienda”. No le dijeron que entre su celda y la calle median esos muros de cemento, siete puertas metálicas custodiadas y otro muro de ocho metros rematado con alambre de espinos y vigilado por los hombres más armados de Perú. Eso, sin contar el campo minado que domina el perímetro exterior y los doscientos metros de pantanos que separan ese espacio del mar. Definitivamente esa cárcel no es el mejor lugar para fugarse, así que Abimael ha pensado otro plan. Guzmán quiere casarse allí, en su pequeña celda de 2x3 metros, con su compañera sentimental, Elena Iparraguirre, otra destacada dirigente de Sendero. En realidad no tienen otra opción, porque a Guzmán y a Iparraguirre los condenaron en 2006 a cadena perpetua por delitos de terrorismo y violación de los derechos humanos.

Guzmán e Iparraguirre se conocieron jóvenes. Las lecturas universitarias de Marx, Lenin o Mao derivaron luego en su cruzada contra el Estado, en esa guerra popular que pretendía tomar el poder desde el campo a la ciudad, porque en el campo estaban las clases sometidas por el yugo de la burguesía y el capitalismo. Nadie tosía sus decisiones en Sendero. Supongo que entre el fragor de la lucha armada, entre las lecturas marxistas-leninistas y las líneas finalmente torcidas de la Revolución Cultural, encontraron tiempo para el amor. Las malas lenguas dicen incluso que Iparraguirre ordenó deshacerse de la primera mujer de Guzmán, otra destacada militante de Sendero.

Tras varios meses de seguimientos, a Guzmán y a Iparraguirre los detuvo la policía en un modesto apartamento de Lima, en 1992. Desde ese día compartieron pena en la cárcel de la Base Naval de Callao, y el amor que se fraguó en la lucha armada y en la clandestinidad, prosiguió luego entre rejas. Ambos compartieron penal hasta que en 2006 el Gobierno decidió separarlos. La cárcel tiene pocos momentos para el esparcimiento. Guzmán está en régimen de aislamiento total. Legalmente apenas pueden verlo sus familiares, pero sus familiares han renegado de Guzmán. Así que el líder de Sendero Luminoso sólo conversa con su abogado o con los delegados de la Cruz Roja Internacional. El resto del tiempo lo pasa leyendo o paseando por un patio de diez metros cuadrados, pensado, supongo, en su boda con Elena mientras contempla las nubes grises de Lima.

Hace unas semanas, Abimael y Elena se declararon en huelga de hambre porque el Estado al que combatieron no permite que se casen. Eso al menos dicen sus abogados, convencidos de que tanta burocracia y tanto papeleo sólo tiene como objetivo retrasar su pacto de amor. Y sin embargo, el presidente Alan García dice que no, que ellos tienen tanto derecho a contraer matrimonio como cualquier otro ciudadano, que cuando se resuelvan los trámites serán marido y mujer. Hace unos días le pregunté al presidente García por Guzmán durante una entrevista en Lima. Básicamente me dijo que es un ser que le da “asco”, pero que tiene sus derechos y puede casarse. Eso sí, será un amor a distancia porque las leyes peruanas son claras. Los condenados a cadena perpetua pueden recibir visitas de sus cónyuges… siempre que esos cónyuges no cumplan condenas de cadena perpetua. Así que Elena y Abimael deberán contentarse con cartas de amor, y con el recuerdo de aquellos días de juventud en los que soñaron con cambiar Perú con una guerra popular que, desgraciadamente, defendía la violencia como el primer paso para la verdadera transformación. La jugada les salió mal. La boda les puede salir peor.

La marea verde

La marea verde ha llegado a Colombia, no sabemos si para quedarse en el poder o para darle al menos un buen chapuzón y un susto a la clase política que ha gobernado históricamente el país. La marea verde la representan Antanas Mockus y Sergio Fajardo, dos políticos que son además antiguos alcaldes de Bogotá y Medellín, las principales ciudades del país. Ambos son los candidatos a Presidente y Vicepresidente del Partido Verde para las próximas elecciones presidenciales del 30 de mayo. Y a día de hoy, la mayoría de las encuestas les sitúan en cabeza o en empate técnico con Juan Manuel Santos, el candidato del Partido de la U, el designado y el delfín del presidente Álvaro Uribe para dar continuidad a su política de Seguridad Democrática.

La marea verde avanza, además, contracorriente. Porque hace sólo dos meses nadie imaginaba un Gobierno en Colombia que no fuera del Partido de la U, o que no representara las políticas de Uribe. Los más optimistas contaban con un nuevo mandato del Presidente. Y sin embargo el Tribunal Constitucional declaró que su reelección no era legal y apartó de la carrera al caballo ganador. Entonces se postuló Santos, y aunque Uribe nunca dijo que fuera su candidato, todo el mundo lo reconoció de inmediato como el elegido del Presidente. Santos encabezó rápidamente las encuestas, arrastrando a su candidatura la inmensa popularidad de Uribe y los éxitos propios de su paso por el Ministerio de Defensa (nadie olvida los enormes golpes que propinó Juan Manuel a la guerrilla de las FARC).

Pero luego llegaron las elecciones legislativas de mediados de marzo. Y en la consulta interna que realizaron los Verdes para definir su candidato a Presidente, en el conteo de votos que consagró a Mockus como el hombre fuerte del partido, descubrieron que casi dos millones de personas participaron en la votación. Y ahí se fraguó esa ola que hoy es marea y que amenaza con devenir en un tsunami que ponga patas arriba el escenario político nacional. A los Verdes se unió más tarde el independiente Sergio Fajardo, y poco a poco los dos antiguos alcaldes fueron sumando adhesiones predicando con el ejemplo de lo que hicieron en la administración local: gobernar para la gente, transformar dos ciudades complejas, acercarse al pueblo y alejarse de los estamentos políticos tradicionales, en una muestra inequívoca de que con ellos no va eso que aquí llaman politiquería.

Mockus y Fajardo tienen el aire despistado de los intelectuales, de dos matemáticos y filósofos que entienden el poder como una manera de hacer cuentas para servir al pueblo, y no para servirse del pueblo mientras ostentan el poder. Frente a la Seguridad Democrática del presidente Uribe y de Santos, Mockus y Fajardo apuestan por la Legalidad Democrática, convencidos de que no todo vale en política y de que se puede combatir y ganar a la guerrilla respetando el imperio de la ley.

A la marea verde se han sumado ciudadanos que creen en otra forma de hacer política y que reniegan de los escándalos que han sacudido los últimos años del uribismo. Y la lista es larga: el seguimiento del D.A.S. (el servicio secreto) a jueces, políticos y periodistas incómodos para el poder; el asesinato por el Ejército de jóvenes inocentes a los que luego vestían de guerrilleros para cobrar recompensas (falsos positivos); los vínculos de políticos muy cercanos al Presidente con los paramilitares de ultraderecha (parapolítica); o el pago a una congresista para comprar el voto que permitió aprobar la reelección de Uribe (Yidispolítica).

La política también se fragua con gestos y hay algunos que encumbran a Mockus y a Fajardo. El Partido Verde devolvió al Estado más de 4 mil millones de pesos que le correspondían en las últimas elecciones y que no llegó a gastar. Argumentaron que con ese dinero el Estado podría construir varios colegios públicos para clases populares, y renunciaron a una plata les hará buena falta en la campaña. Y cuando fueron a la Registraduría a inscribirse como candidatos, Mockus no pidió votos; al contrario, llamó serenamente al pueblo a votar en conciencia y dijo esto: “Si usted va a votar por mí, pero no lo está haciendo en conciencia, no es porque usted lo decide… Mejor no vote por mi. Vote por aquel que le diga su conciencia. Aquel o aquella que le diga su conciencia”.

De momento, según las encuestas, la conciencia le dice a los jóvenes que voten mayoritariamente por Mockus. La marea verde se extiende imparable entre los universitarios y en lo que aquí llaman los “primivotantes”, los que ejercerán el voto por primera vez. Mockus arrasa en las redes sociales, tiene más de 500 mil seguidores en Facebook y en este foro sólo hay 10 políticos en el mundo que tengan mas adhesiones que él. Si la popularidad en Internet marca tendencias, como pasó con Obama en EE.UU., el Partido Verde tiene mucho ganado.

Habrá que ver sin embargo si esta corriente de opinión se traslada luego en votos, porque los jóvenes colombianos, al menos hasta ahora, han sido generalmente abstencionistas y se han mostrado alejados de la clase política. Y en los pueblos pequeños, en las aldeas y en las veredas donde no llega la banda ancha, los votos se captan con los caciques y con las estructuras de los grandes partidos tradicionales.

De momento, la marea verde inunda las grandes ciudades, pero hace agua en la Colombia profunda y rural. Por eso Mockus y Fajardo recorren estos días pueblos, montes y veredas, para hablar de renovación allí donde no les conocen, para convencer a quienes dicen que una cosa es gobernar Bogotá o Medellín y otra muy distinta tomar las riendas de un Estado. Para convencer a quienes no les ven capaces de gobernar el país porque eso implica lidiar con guerrillas, paramilitares y poner freno al negocio del narcotráfico que alimenta a todos los grupos armados. Para convencer a quienes no les ponen cara y sostienen que esos problemas no se resuelven con lecciones de filosofía y matemáticas.

Ellos sin embargo están convencidos de que el cambio es posible y siguen captando adeptos con esa fórmula mágica que han inventado, según la cual, dos matemáticos, más que sumar, multiplican.

Luis Pérez


Hace ya casi dos siglos que el gran sueño de Simón Bolívar se fraguó por estas tierras. La Gran Colombia, una nación compuesta por varias repúblicas recién independizadas de España, echó a andar en 1819. Moriría doce años después, en 1831, víctima de revueltas internas y del desencanto con un Libertador que terminó pervirtiendo ese proyecto de unión suramericana con un Gobierno muy parecido a una dictadura. La Gran Colombia agrupaba varios países.
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