« La cárcel de Fujimori | Portada del Blog | Las elecciones y el cricket »

¿Qué fue de Sendero Luminoso?

Una semana como ésta, hace ahora 30 años, un grupo de hombres armados irrumpió en un local de Chuschi, un pequeño pueblo de la región de Ayacucho, en Perú. Quemaron las urnas, las ánforas y el material electoral con el que los pobladores debían elegir, al día siguiente, al primer presidente democrático tras el período del régimen militar. Ese día pocos se enteraron, pero esa acción constituyó el primer atentado de una facción del Partido Comunista del Perú que todos conocimos luego como Sendero Luminoso.

En realidad la noticia tardó tiempo en llegar a Lima. Para los habitantes de la capital, sobre todo para los “pitucos”, como llaman allí a la clase acomodada y pija que habita en las lujosas mansiones de Miraflores o San Isidro, Ayacucho era un territorio demasiado lejano, habitado mayormente por peruanos bajitos y de tez oscura, por indígenas o descendientes de indígenas, pero al fin y al cabo, por peruanos.

Y sin embargo años antes de ese ataque a Chuschi, las universidades de Ayacucho habían formado a los primeros cuadros de Sendero. Su fundador, Abimael Guzmán, el “Presidente Gonzalo”, fue un profesor de filosofía. Sus camaradas, los que formaron el Comité Central del partido, también leyeron con profusión a Marx, a Lenin y a Mao en las aulas de la universidad. Guzmán declaró la “guerra popular” al Estado para acabar con la injusticia que había en el campo peruano, donde Sendero entendía que el yugo de la burguesía capitalista sometía y aislaba a los campesinos.

Lima comenzó a entender que había una guerra cuando aparecieron los primeros muertos en la capital. Y los primeros muertos no fueron personas, sino animales. Decenas de perros que aparecieron degollados y colgados de varios postes en los barrios pijos y no tan pijos. Todos tenían la misma leyenda: “Deng Xiaoping, hijo de perra”. La leyenda encerraba el odio al dirigente chino que apostó por la reforma frente a la Revolución Cultural. La leyenda dejaba claro que para Sendero, el maoísmo era el camino. Luego llegaron los primeros coches bomba en Lima, y entonces los “pitucos” despertaron del sueño de cenas plácidas y veladas tranquilas. Se dieron cuenta de que la guerra estaba en casa, y de que el conflicto había dejado de ser una revuelta de “terrucos” (como llamaban a los senderistas) en Ayacucho, en la que sólo morían indios.

La guerra fue cruel y dura. De 1980 a 2000 hubo casi 70 mil muertos y desaparecidos, de los que hablaremos en otra ocasión. Las acciones de Sendero fueron bárbaras, la guerra sucia con la que respondió el Estado fue igualmente condenable y desastrosa. La lucha de Sendero tuvo un punto de inflexión en 1992, cuando un hombre callado y hábil, el coronel Benedicto Jiménez, siguió los pasos de Abimael Guzmán y logró capturarlo en un apartamento de Lima. Desde ese día Sendero Luminoso dejó de ser lo que fue. Entre otras cosas porque junto a Guzmán, que era el ideólogo, el jefe y el estratega del grupo, que lo era todo, cayeron también varios miembros del Comité Central. Los que quedaban cayeron luego.

¿Qué queda hoy de Sendero Luminoso, de ese grupo maoísta que llegó a tener miles de miembros y que durante años puso de rodillas al estado peruano a base de bombas y masacres? Gustavo Gorriti, probablemente el periodista que más ha investigado sobre Guzmán y sus hombres y que ha escrito el libro de referencia sobre el conflicto, “Sendero”, asegura que apenas quedan unos 300 milicianos. No han perdido del todo los principios ideológicos del grupo, el marxismo-leninismo-maoísmo que otros resumieron como el “pensamiento Gonzalo”. Pero se dedican básicamente al narcotráfico y a prestar seguridad a los cárteles que operan en la zona, como el de Sinaloa. Ya no atentan en las ciudades, sino que operan escondidos en las selvas del valle de los Ríos Apurímac y Ene. Y los muertos de Sedero suelen ser ahora policías y militares que se internan en esas zonas para buscarlos, y campesinos que se van de la mano del ejército para erradicar manualmente las hojas de coca.

Y sin embargo, estos días en Ayacucho, hablando con víctimas de Sendero, con víctimas del Estado, con policías y con antiguos senderistas, uno puede llegar a una conclusión: hoy Sendero Luminoso no tiene capacidad para desestabilizar al Estado. Pero en Ayacucho y en otras muchas zonas de Perú se siguen dando las situaciones de inequidad y desigualdad que promovieron el nacimiento del grupo. Los “pitucos” de Lima, los limeños en general, pueden vivir tranquilos, sin temor a que la explosión de una bomba les interrumpa el sueño. Los “terrucos” que un día lucharon a las órdenes de Guzmán están hoy a otra cosa, más pendientes del dinero fácil de la coca que de las lecturas de Mao.

11 Comentarios

Dices bien, Sendero terminó como amenaza para el estado, pero el caldo de cultivo de la injusticia en el campo sigue muy presente. En Ayacucho los profesores universitarios siguen enseñando entusiasmados las lecciones Lenin, Max y Mao. No creo q vuelva Sendero en las dimensiones que tenía antes, pero desde luego el problema de la pobreza y el olvido histórico del campo peruano siguen ahí bien presentes.

nadie imaginó que los perros colgados supusieran el principio de Sendero, pero así fue, y en lima sufrimos esa avalancha inesperada de violencia que se cobró tantas vidas.

Sendero jamas volvera. Fue una desgracia para el pais y afortunadamente ese grupo narcoterrorista fue derrotado y hoy apenas estan escondidos en la selva

Sendero fue de lo peor que hemos tenido en la historia de Perú. Pero tan malos como los "terrucos" fueron los militares, especialmente la Marina de Guerra, que llegaron como conquistadores a Ayacucho a interrogar, torturar y asesinar a cientos de personas por la mera sospecha de que colaboraban con los senderistas. Perú tiene muchas heridas abiertas, y entre ellas está el paradero de miles de desaparecidos que no han sido localizados ni entregados a sus familiares. Excelente art´-iculo Luis

Se me olvidaba, lo peor de todo es que el estado es el menos interesado en conocer la verdad histórica. Alan García tiene miedo de abrir la caja de pandora y que se investigue la guerra sucia que desató el ejército durante su primer mandato.

Qué bien viven escondidos en el valle del VRAE esos bastardos que no tienen el valor de entregarse aunque el propio abimael guzmán haya renunciado a la violencia desde prisión

La Guerra de los Tenientes

Artículo de Gustavo Gorriti en su columna “Las Palabras” de Caretas 2131 del 27 de mayo.

¿Por qué hubo matanzas de gente indefensa perpetradas por las fuerzas de seguridad durante la guerra interna? Sendero, que había iniciado y agravado la violencia, mataba casi cada día a víctimas inermes. Pero si Sendero asesinaba, ¿las fuerzas de seguridad no debían proteger?

Me pregunté eso muchas veces durante la década de los ochenta, pero sobre todo en los primeros meses de 1983, cuando la acción contrainsurgente de la Fuerza Armada era relativamente nueva. Las primeras medidas del general Clemente Noel, a cargo de las operaciones militares y, en los hechos, del mando político en la zona, parecieron al comienzo racionales y congruentes, cuando declaraba que su objetivo era recobrar el imperio de la Constitución en las zonas remecidas por la violencia.

Dada la gravedad de la situación entonces, en la que para todo propósito práctico la Policía había sido derrotada, se sabía que iba a haber enfrentamientos duros y mortales. Pero, ¿no se suponía que el combate entre grupos armados debe regirse por las leyes de guerra, que respetan la rendición y protegen a la población desarmada?

El general EP Clemente Noel, a quien entrevisté varias veces, era una persona más bien afable, que parecía tener una disposición gregaria y concertadora. Había sido alumno en el CAEM del mentor intelectual de Abimael Guzmán, el filósofo arequipeño Miguel Ángel Rodríguez Rivas, y le profesaba parecido respeto al que años atrás había expresado Guzmán.

Pero poco tiempo después de la tragedia de Uchuraccay, Ayacucho se precipitó en el despeñadero que en los meses y años siguientes lo habría de convertir en una de las capitales del mundo en desapariciones y asesinatos. Los cadáveres amanecían en las quebradas de Infiernillo y Puracuti, y las madres y esposas atardecían en colas largas en la oficina de la Fiscalía de la Nación, donde la entonces joven fiscal Flora Bolívar podía hacer poco más que llenar un registro fiel de quienes –la experiencia prontamente lo enseñó– difícilmente retornarían a su hogar.

El primer gran cambio sucedió con el lenguaje. El pretendido desconocimiento burocrático, la hipocresía y el eufemismo ocultaron las sustantivas, soterradas pero fulminantes realidades de una violencia en la que al totalitarismo fanático y asesino de Sendero se le oponía un blando discurso de fachada, de supuesta defensa de la Constitución, y una cruel realidad de guerra de aniquilamiento.

¿Por qué? ¿No era aquello, además de ilegal, contraproducente y estúpido? Lo pregunté, como queda dicho, muchas veces, pero la respuesta más sincera me fue dada ese año por un general que tenía entonces uno de los puestos más altos en el Ejército. Yo lo conocía desde varios años atrás, cuando fui agricultor en el departamento de Arequipa. El general, que ya ha fallecido, era, aunque de temperamento vivo y hasta violento, un hombre correcto y honesto.

Aunque en rigor no lo éramos, me trataba de “paisano”, y ese día, en su oficina del Pentagonito, cuando le pregunté sobre el tema, se puso serio, pidió a su secretaria que no lo interrumpieran y me dijo, palabras más, palabras menos, lo siguiente:

– Paisano, esto no se puede decir, pero tienes que entenderlo: no hay otra. A un subversivo cristalizado no lo puedes cambiar. Nos duele, somos padres, somos gente correcta, pero no hay otra. Ese no va a cambiar. Si no lo eliminas, saldrá a la calle y matará a otros, a gente inocente, no como él, y envenenará a otros que cuando se cristalicen ya no van a tener remedio tampoco. ¿Tú crees que nos gusta? ¿Crees que no nos duele? Pero no hay otra.
Un subversivo cristalizado ya no tiene remedio.

Finalizó diciéndome que en situaciones como la que vivíamos, no saber actuar a tiempo era más cruel que hacerlo.

Ese general, que al morir no tenía otro ingreso que su fraccionada pensión, demostró algo probado hasta el desaliento por la Historia. La poderosa distorsión de las ideologías convierte muchas veces a gente correcta en implacables victimarios.

Entonces recién declinaba en Latinoamérica un ciclo de brutales dictaduras contrainsurgentes que sofocaron todas las insurrecciones guerrilleras de la época, desde México hasta Argentina, salvo dos excepciones, Nicaragua y El Salvador (Colombia fue y es un caso diferente). La ideología contrainsurgente que imperó entre las fuerzas armadas latinoamericanas fue la de la guerre révolutionnaire francesa, profundamente antidemocrática y de raíces ultramontanas. Para sus profesos se trataba de una guerra virtualmente metafísica entre el “occidente cristiano” y el “comunismo ateo”. Al defender la tortura, uno de sus más célebres sistematizadores, el coronel Roger Trinquier, escribió, citando a Clausewitz, que “no hay errores más peligrosos que aquellos inspirados en la benevolencia”.

En esos años, esa contrainsurgencia tenía el prestigio de la victoria y el respaldo del poder, actual o reciente. Estableció redes operativas y de inteligencia en toda América Latina, e influenció a las Fuerzas Armadas peruanas, sobre todo a partir del gobierno de Morales Bermúdez. Interrogatorio a través del tormento, desaparición de cuerpos y de huellas, doble historia: esa fue la doctrina subyacente que se aplicó durante buena parte de la guerra interna.

Fue un proceso de sorda y corrosiva esquizofrenia, entre la democracia nacida en 1980; y el imperio de una contrainsurgencia ilegal, que en dos años produjo más muertes en los Andes y la Selva que, por ejemplo, todas las víctimas que causó Pinochet durante su larga dictadura.

Pero, como sucedió en varios otros momentos de nuestra historia militar, la logística y el comando y control de la Fuerza Armada fueron más bien débiles en la relación entre las grandes y las pequeñas unidades. Por eso, la capacidad de iniciativa que tenía cada joven teniente o capitán que se hacía cargo de un distrito, era muy grande. Con muy pocos medios, tenía que alimentar, cuidar y mantener la disciplina de su tropa. A la vez, debía operar y, finalmente, proteger a la población local. Para los jóvenes, inicialmente inexpertos oficiales, al mando de muchachos casi adolescentes, generalmente foráneos (casi siempre llegaban de otras provincias), el desafío era inmenso y las instrucciones mínimas o inútiles.

Por eso, hay veteranos que sostienen que esa fue una guerra de tenientes y de capitanes. En esa situación de responsabilidad e inexperiencia, las diferencias individuales afloraron y fueron decisivas. Muchos jóvenes oficiales se identificaron profundamente con la población que les tocaba defender y se convirtieron en líderes comunales en tiempos de guerra.
En otros, sin embargo, el poder, la distancia cultural, la sospecha, el miedo y, a veces, la corrupción, los convirtieron en tiranos letales e impredecibles. A veces un tipo de oficiales sucedió al otro de un año al siguiente. Para los comarcanos, sobrevivir no solo suponía enfrentar a Sendero.

Claudio Montoya Marallano fue un joven teniente de ingeniería en el Ejército durante los años duros de la guerra. Ingeniero o no, le tocó actuar como infante una y otra vez, en increíbles marchas y misiones entre descabelladas, cómicas, heroicas y muchas veces trágicas. Años después, retirado y emigrante, escribió una novela en primera persona sobre sus días de campaña. El libro se llama “El pecado de Deng Xiaoping” (1) y su lectura enseña más que la mayoría de análisis. Lo que a veces le falta en oficio narrativo se compensa con creces en la autenticidad del relato.

Desgraciadamente, Montoya hizo una edición particular, muy pequeña, para amigos, compañeros y familiares. Gracias a uno de ellos pude leer el libro. Ojalá decida ofrecerla a una editorial que la pueda hacer llegar al público. Y ojalá otros de aquellos que alguna vez fueron jóvenes oficiales (o sargentos y cabos aún más jóvenes) escriban sus mejores y sus peores recuerdos de esos tiempos, con sinceridad, autenticidad y ojos de ver. Eso ayudará mucho a desenterrar la atormentada verdad del pasado, y al comprenderla y reconocerla, conquistar la memoria y la paz.

Notas:
(1) “El Pecado de Deng Xiaoping”, Claudio Montoya Marallano. España, 2008

que relacion tiene el sendero luminoso con la guerra fria

la trajedia del pueblo de chuschi en ayacucho fue la desgracia mas grande k pudo ver tenido ayacucho tantos años de terror y de tanta injusticia..,,,murieron jente inocete.......clero k cendero tenia las idea rebolucionarias pero no las tenian muy claras k hacian matando a jente inocente y aya en esos pueblos pobres ,,la cosa era para con los grandes gamonales k eran la burguesia,,,pero el terrorirsmo ya kedo....y muy grabado en la mente de los peruanos ,,,,

me parece increible que existan jóvenes q no entiendan la verdadera dimensión de la tragedia q vivió el peru en época del terrorismo. yo tenía 16 años en 1989 y empezaba a estudiar en lima. fui testigo del horror y sentí el pánico que se vivía. recuerdo como tenía el pecho apretado con las primeras páginas de los diarios...al menos mis hijos tendrán claro que ocurrió en el perú en esa época.

estuve en Chilcayoc a 16 hrs de huamanga y me tope con un señor y sus 3 hijos quien me invito TUNAS y nos sentamos a conversar, le toque el tema de SENDERO y esta es su version: el tenia 02 años cuando llegaron a su pueblo de paso sendero, pidiendo ayuda para la lucha popular en este caso un lugar donde descansar, promovieron sus ideales a la población y se echaron a dormir, al otro día muy temprano 6 am salieron con rumbo al este como a las 4pm llego un helicoptero y bajaron 25 sinchis quienes sacaron a la gente ala plaza a sus padres y sus 12 hermanos con el en brazos, a los jovenes y adultos los separaron y los llevaron a un corralon ahi los tuvieron toda la noche, se escuchaba gritos, llanto y dolor al otro dia solo algunos salieron a sus casa heridos y maltrechos como sus hermanos su padre no salio el solo tenia 2 años, sus hermanas iban a pedir a los guardias le dejen ver a su padre ellas fueron también arrestadas y VIOLADAS... después de 4 días se retiraron del pueblo dejando DOLOR y ODIO y nuevas criaturas por nacer... esas criaturas crecieron y sus madre los educaron para ser militares también y poder combatir de esa forma lo que hicieron en su pueblo, esas criaturas ya tienen cargo y pueden llegar a ser representantes, congresistas, coroneles, alcaldes, etc... si piensas que solo están tras el dinero fácil de la coca te equivocas amigo hay otras formas como esta en la que ya están...

Esto es solo una previsualización.Su comentario aun no ha sido aprobado.

Ocupado...
Your comment could not be posted. Error type:
Su comentario ha sido publicado. Haga click aquí si desea publicar otro comentario

Las letras y números que has introducido no coinciden con los de la imagen. Por favor, inténtalo de nuevo.

Como paso final antes de publicar el comentario, introduce las letras y números que se ven en la imagen de abajo. Esto es necesario para impedir comentarios de programas automáticos.

¿No puedes leer bien esta imagen? Ver una alternativa.

Ocupado...

Mi comentario

Luis Pérez


Hace ya casi dos siglos que el gran sueño de Simón Bolívar se fraguó por estas tierras. La Gran Colombia, una nación compuesta por varias repúblicas recién independizadas de España, echó a andar en 1819. Moriría doce años después, en 1831, víctima de revueltas internas y del desencanto con un Libertador que terminó pervirtiendo ese proyecto de unión suramericana con un Gobierno muy parecido a una dictadura. La Gran Colombia agrupaba varios países.
Ver perfil »

Síguenos en...

Últimos comentarios