1 posts de agosto 2010

La Madre Covadonga

Aquella mañana de 1950, la Madre Covadonga cogió a su madre del brazo a la salida de misa. Sin pensarlo se acercó a su oído y le dijo: “Mamá, me tengo que ir lejos, a las misiones”. Era la tercera vez que esta asturiana de Campomanes escuchaba la voz interior que le pedía que dejara su tierra y cruzara el Atlántico para entregar su tiempo y su vida a los pobres de Perú. La madre le respondió que se preparase para sufrir. Pero desde que pisó tierra Inca, a mediados del siglo pasado, la Madre Covadonga se ha dedicado, más que a sufrir, a aliviar el sufrimiento de los desamparados.

Uno puede creer en Dios o no, pero más allá de la religión y las creencias personales, uno siempre debería creer en personas como esta monja, por ser como es, y sobre todo, por su compromiso y por su acción. La Madre lleva más de 60 años combatiendo la pobreza y la injusticia, luchando contra el analfabetismo y contra el olvido de los más olvidados del país. Lo hizo en Cañete, recién llegada de España, cuando atendía a los criados de las grandes haciendas de los criollos. Y desde principios de los 80 lo hace en Ayacucho, al este de Perú, un lugar que intenta erguir la cabeza tras los años plomo de la guerra.

Ayacucho fue el escenario de las peores matanzas que ha vivido Perú en su historia reciente. Los crímenes atroces de la guerrilla maoísta Sendero Luminoso, las salvajadas sin nombre del Ejército que la combatía. En Ayacucho todavía buscan a miles de víctimas de aquel conflicto que cazó de lleno a los más débiles, en su mayoría, paupérrimos campesinos quechuas.



Como si el destino hubiera escuchado a su madre, la monja española llegó a Ayacucho preparada para sufrir. Porque su arribo coincidió con la peor época de la guerra. Matanzas, desapariciones, cuerpos descuartizados por senderistas, cuerpos torturados y ajusticiados con un tiro de gracia por el Ejército. Y en medio de la desgracia, la Madre Covadonga siempre asistió a las víctimas y a sus familiares sin preguntar de qué bando eran, sin preguntar si creían en Dios o no. Iba a los entierros, a los duelos, a los funerales y a los velorios. Escuchaba el llanto desconsolado de unos y otros, de las víctimas de los “terrucos” (como llamaban a los senderistas), y de las víctimas de la Marina de Guerra peruana, que en su misión de acabar con los terroristas se llevó por delante a miles de campesinos inocentes a los que vinculó injustamente con los maoístas.



Pero si en algún lugar es famosa la Madre Covadonga es en el penal de máxima seguridad de Ayacucho. La cárcel se fue llenando de presos según avanzaba la guerra. Y junto a los delincuentes comunes, matones, ladrones o violadores, fueron llegando los presos de Sendero Luminoso. Las condiciones de la prisión eran pésimas, la Madre lo sabía por sus conversaciones con las familias de los reclusos. Y por eso un día de 1982 decidió entrar al recinto, a sabiendas de que entrar, en aquella época, significaba no volver a salir.



Pero salieron, y desde ese día volvieron a entrar casi a diario para escuchar lo que tenían que contar los presos. La monja se ganó su confianza porque simplemente les prestó su oído, atendió sus quejas y prestó auxilio espiritual a quien lo necesitaba y quería. Hablar fue una terapia para la Madre y una especie de catársis para los internos. Ella escuchaba, apuntaba y sugería. Y cualquier reclamación ante la dirección del penal llegaba hasta la mesa del alcaide a través de esta asturiana que roza ya los 90 años.

Tres décadas después de aquellas primeras visitas, la rutina sigue igual. La Madre entra como y cuando quiere al penal, los presos se acercan, le hablan. Ella escucha, asiente, desliza las palabras y toma nota. Y sobre todo ejerce de hilo conductor entre los presos y sus familias. Es ella quien más lucha por mejorar la situación de los habitantes del penal. Se planta ante el alcaide y reclama un techo cubierto para el patio donde los reclusos trabajan para reducir sus penas. O le cuenta que ya no caben más presos, que el hacinamiento empeora las condiciones de vida tras las rejas del penal.


Así es la Madre Covadonga, una mujer comprometida; una mujer que pasó miedo y sufrió en la peor etapa de la guerra, cuando los tiros cruzaban las calles e impactaban casi a diario frente a su hogar; una mujer que denuncia que la pobreza y la desigualdad en Perú están peor que nunca, pese a las cifras macroeconómicas que presenta el Gobierno de Alan García; una mujer que no se olvida de su Asturias natal… aunque sabe que, si un día ha de morir, lo hará en Ayacucho, el lugar donde tenderá por última vez su mano a los pobres... y a los presos.



Luis Pérez


Hace ya casi dos siglos que el gran sueño de Simón Bolívar se fraguó por estas tierras. La Gran Colombia, una nación compuesta por varias repúblicas recién independizadas de España, echó a andar en 1819. Moriría doce años después, en 1831, víctima de revueltas internas y del desencanto con un Libertador que terminó pervirtiendo ese proyecto de unión suramericana con un Gobierno muy parecido a una dictadura. La Gran Colombia agrupaba varios países.
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