8 posts de septiembre 2010

El libro de Ingrid

Ingrid Betancourt ha escrito un libro sobre sus seis largos años de secuestro en la selva. Pero, sobre todo, Ingrid Betancourt ha roto su silencio, y eso en Colombia es noticia para quienes la odian y para quienes la aman, sin término medio y sin transición. Confieso que sólo he leído tres capítulos de No hay silencio que no termine, el relato de 700 paginas que salió este martes a la venta en 6 idiomas y en 14 países. Y confieso también que lo que he leído me ha gustado, por cómo está escrito y por lo que transmite.



No sé si al final acabaré decepcionado, como me ha pasado con el resto de libros que han escrito los cautivos de las FARC cuando recuperaron la libertad. Tampoco sé cómo irán las ventas aquí en Colombia, donde el 80 por ciento de la población tiene a Ingrid en baja o muy baja estima. De hecho algunas editoriales recortaron los pedidos tras el último “tropezón” de Ingrid, cuando decidió demandar al Estado por sus años de secuestro. Su popularidad, que venía muy dañada, tocó fondo. Y sin embargo los mismos medios que la criticaron han dedicado portadas y más portadas a la presentación de su libro.

Así es Ingrid, y así la ven en Colombia, como una heroína valiente, inteligente, capaz y decidida, o como una arpía, egoísta e ingrata que sólo piensa en medrar. La realidad es que Ingrid siempre se movió en extremos, en el filo de la navaja, como si le gustara el vértigo de verse un día en la cresta de la ola y al día siguiente en el fondo del mar. El pueblo la entronó cuando la vio en los diálogos de paz del Caguán enfrentándose a los jefes de la guerrilla, a Marulanda y a Raúl Reyes, recriminándoles con gestos y con voz altiva que pusieran fin a la lacra del secuestro. Ellos, como bien sabemos, le “agradecieron” la deferencia secuestrándola poco después. El pueblo la encumbró cuando leyó sus cartas desde la selva, cuando la vio atada a un árbol en unas pruebas de vida que eran más bien signos de muerte. El mundo la convirtió en su princesa cuando le abrió las puertas de las casas de gobierno de medio mundo, cuando le entregó distintos premios por ser el símbolo de la lucha contra el secuestro.



Pero buena parte del pueblo se rebeló poco a poco contra su princesa y acabó destronándola. Le quitó la corona cuando Ingrid acusó al Gobierno de Pastrana de su cautiverio, cuando entendió que la entonces candidata presidencial se había metido en la boca del lobo acudiendo al Caguán cuando los diálogos de paz acababan de saltar por los aires. Por boca de los secuestrados que fueron saliendo, la gente descubrió a una Ingrid delirante y obsesiva, que se llevaba mal con sus compañeros presos, que acusó a los americanos de ser agentes de la CIA, que le dio la espalda a Clara Rojas y buscó los privilegios propios de su condición de ex candidata presidencial, de joya de la corona entre los rehenes de la guerrilla.



No hay silencio que no termine es la versión de Ingrid de lo que ocurrió en aquella inmensa selva. Y nos caiga bien o mal, también Ingrid tiene derecho a contar su versión, a contar cómo fue su reclusión y sus fallidos intentos de fuga, las tardes de aguaceros e infecciones, el peso de las cadenas, la vida de sus custodios o su relación con los secuestrados. Ingrid habla de todos ellos, de su especial amistad con Luis Eladio, de su especial amistad con el americano Marc Gonsalves, de su especial enemistad con Clara Rojas. Lo que cuenta de Clara da mucho de sí, sobre todo porque revela todo aquello que la propia Clara pasó por alto en su libro, porque entendió que era asunto de su vida privada. Ingrid lo relata con profusión: afirma que Clara Rojas pidió permiso a un comandante guerrillero para quedarse embarazada en la selva porque su reloj biológico marcaba la hora. Y deja entrever, sin afirmarlo expresamente, que el padre de Emmanuel, el hijo de Clara, es un guerrillero llamado Ferney, que visitaba asiduamente el cambuche de Clarita. Evidentemente Clara ya ha dicho que todo eso es mentira y no descarta demandar a Ingrid y a la editorial.

Es tan baja la popularidad de Ingrid que nadie sabe qué pasará con su libro. Lo ha lanzado, repito, en 6 idiomas y en 14 países a la vez. Y eso es algo que muy pocos escritores pueden permitirse. Yo me temo que le irá bien, porque en un país tan acostumbrado a la farándula y al chisme, no descarto que muchos de los que la ponen a parir salgan de noche a comprar el libro, cuando nadie los vea, y se metan en la cama bien abrigaditos para matar el invierno colombiano averiguando qué más cuenta la princesa destronada en esas 700 páginas sobre su vida, y sobre todo, sobre la vida de los demás.

Corriendo con Juan Manuel

No sabemos cuántos de los que corren son soldados rasos, y cuántos los miembros de su equipo de seguridad. Pero todos corren, incluido el presidente. La imagen fue captada hace unos días, en una base militar del sur de Colombia. Juan Manuel Santos, camisa verde, pantalón negro y gorra del mismo color, marca -literal y figuradamente- el ritmo de la carrera... y el ritmo de la guerra.


Porque después de meses de pocas noticias sobre el conflicto, parece que algo se mueve en esta guerra de más de cuatro décadas que ha vivido y vive el país. Desde que asumió la presidencia, Santos ha visto cómo primero golpeaban las FARC. Durante el primer mes en la Casa de Nariño, la guerrilla multiplicó los ataques, básicamente emboscadas a policías y militares en una nueva forma de guerra de guerrillas que ha sorprendido a más de un estratega militar. Más de 40 soldados y policías han muerto en lo que muchos analistas explican como la "bienvenida" de la insurgencia a cada nuevo presidente.

Santos ha encajado los golpes con estoicismo y paciencia. A cada masacre de la guerrilla, un consejo de seguridad. En esas reuniones, el presidente y la cúpula de las Fuerzas Armadas debieron sacar una conclusión: la única manera de contrarrestar la ofensiva guerrillera era pasar al ataque, coger el balón y encerrar al equipo contrario en su propio terreno de juego.

La segunda parte del encuentro parece que ya ha comenzado. Este fin de semana, el Ejército ha matado a más de 20 guerrilleros en Putumayo, al sur del país, un departamento con poca presencia del Estado y donde las FARC se han hecho fuertes en una zona, además, estratégica para la salida de la droga.

Poco después de que le tomaran esa foto, Santos se quedó a comer en esa base militar de Larandia, en Florencia. Pero no lo hizo con los altos mandos, sino con la tropa. Se sentó junto a los soldados y comió con ellos arroz, pollo, yuca, una manzana y coca-cola light. Un menú alejado del lujo que se le supone a un presidente de familia rica que nació y se crió en cuna de oro.

Santos corre con los muchachos, Santos come con los muchachos, porque Santos, como antiguo ministro de Defensa y por supuesto como presidente, quiere estar con los muchachos. No sabemos quién ganará la carrera ni cuán lejos está la meta, pero el mandatario y las FARC mantienen un pulso más cercano a la maratón que a una carrera de 1.500. Porque ninguno de los dos da su brazo a torcer. Ni la guerrilla parece dispuesta a dejar las armas, ni el presidente a sentarse a hablar con las huestes de Alfonso Cano. Al menos, mientras sigan secuestrando o matando a soldados que, evidentemente, ya no podrán salir en la foto, corriendo con Juan Manuel.

"Ingrid de la Jungle"

Sí sí, ahí la tienen. Esa chica de arriba que huye cargada de viáticos y medicinas, sorteando la lluvia de todo tipo de objetos e incluso la mirada entre asustada y perdida de una culebra... no es otra que Ingrid Betancourt... perdón, "Ingrid Petancourt", como la han llamado los reponsables del cómic que acaba de salir a la venta en Francia. Serge Scotto, Eric Stoffel y Richard Di Martino relatan el secuestro de Ingrid a manos de las FARC... perdón, de las "FARCE" ("farsa", en francés), en una sátira demoledora de 46 páginas que no deja muy bien parada a la pobre Ingrid.

La ex candidata presidencial aparece como una mujer egoísta, ambiciosa e hipócrita, que se da golpes en el pecho, que se muestra devota de la Virgen y del Papa, mientras se comporta como una arpía con sus compañeros de cautiverio. En esta nueva "revisión" de su historia, Ingrid simula su secuestro a manos de las "FARCE", la principal guerrilla de un país llamado "Colombin", para aumentar su popularidad antes de los comicios.

La jugada sin embargo le sale mal, porque el plan que tejió con su ex amante guerrillero, el "compañero Raúlo", se viene abajo. Ingrid pasa, como en la vida real, seis años en la selva. Y como en la vida real, aquí también hay un rescate. Las viñetas muestras a agentes secretos occidentales disfrazados con camisetas del "Chien Guevara", e ilustran, también, la ingratitud de Ingrid tras su liberación. La historia, divertida y cruel, ridiculiza sus intentos de fuga y deja muy mal parado, igualmente, a un presidente no demasiado alto de nombre "Nicolás Sarko", esposo, para más señas, de "Carla Brutti".

Sarko se muestra exultante e intenta explotar al máximo el final feliz del "caso Petancourt". Todo porque sus rivales políticos, el ex mandatario "Jacques" (Chirac) y su ministro, "Dominique de Grillepan", eterno enamorado de Ingrid, fracasaron estrepitosamente al intentar liberarla de las garras de las FARCE.

La nueva historia de Ingrid, esa mujer que despierta todo tipo de pasiones y que, al menos aquí en Colombia, no deja absolutamente a nadie indiferente, ve la luz poco antes que el libro que la propia ex candidata ha estado escribiendo durante año y medio. La ex rehén ha estado trazando líneas, sacando recuerdos de su memoria, muchos muy dolorosos, y dándoles forma para que salgan a la venta el próximo martes. Ese día podrá leerse su relato del cautiverio en varios idiomas, porque habrá versión en inglés, en francés, y por su puesto, en castellano, de "Incluso el silencio tiene un final".

No será, sin duda, tan divertido como el cómic, porque los recuerdos personales de un secuestro mueven muy poco a la risa. Pero habrá que escuchar su historia, por mucho que aquí en "Colombin", el 80% de la población, según las últimas encuestas, tenga en muy poca estima a la ex candidata "Petancourt". Y eso sí que, para Ingrid, no provoca carcajadas. Ojalá -debe pensar- fuera un dato del cómic.

Perú y la ley de la vergüenza

Lo que ha pasado estos días en Perú me traslada de inmediato a Lima y a Ayacucho, dos puntos imprescindibles para conocer qué pasó durante la guerra entre el Estado y el grupo maoísta Sendero Luminoso. Lo que pasó en Perú fue, básicamente, que el Gobierno derogó una vergonzosa ley de amnistía que dejaría libres a decenas de militares acusados o sentenciados por violaciones de derechos humanos durante aquel sangriento conflicto.


Afortunadamente en Lima, el Gobierno del presidente Alan García dio marcha atrás y derogó esa ley tras las durísimas críticas de Mario Vargas Llosa. El escritor la calificó como una auténtica ley de amnistía, y de paso renunció a presidir la comisión que debe erigir el Museo de la Memoria dedicado a las víctimas del conflicto. El presidente García, al menos, decidió escuchar al Nobel de Literatura, cuya caja de resonancia parece mucho mayor que la de los grupos peruanos defensores de los derechos humanos que se habían pronunciado contra la aprobación de la ley.


¿Qué se pretendía el Decreto Legislativo 1097? Básicamente sobreseer a policías y militares investigados o sentenciados por violación de los derechos humanos. Evidentemente, los únicos beneficiados iban a ser los militares, muchos de ellos de la poderosa Marina de Guerra, sobre los que pesan gravísimas acusaciones sobre cómo manejaron la guerra contra Sendero. Porque lo que en principio parecía la respuesta contra un grupo terrorista, derivó luego en prácticas de guerra sucia contra campesinos indefensos, a los que se interrogaba, torturaba y desaparecía por sus presuntos vínculos o su presunta colaboración con las huestes de Abimael Guzmán.


Me pregunto cómo habrán vivido todo esto en Ayacucho, la región más castigada por aquel conflicto, la zona donde vivían la mayoría de los muertos y los desaparecidos que dejó aquella guerra. Me pregunto que habrán pensado estos días, cuando la ley seguía vigente, las madres indígenas de la Asociación Nacional de Familiares de Secuestrados, Detenidos y Desaparecidos de Perú. La ANFASEP nació en 1983, cuando un puñado de campesinas, la mayoría quechuas, se armó de valor para buscar a sus hijos detenidos en los cuarteles militares.


Las madres siempre llevaron con dignidad su dolor, aunque les cerraran las puertas de los cuarteles y luego descubrieran que muchos de sus hijos aparecían con un tiro de gracia en una fosa común. La brutalidad de la guerra peruana no tuvo límites. Tan condenable fue el terror injustificado de Sendero, las matanzas que ejecutaron contra civiles indefensos, como la respuesta desmesurada del Estado. Y los responsables de aquellas masacres, TODOS, deben rendir cuentas ante la justicia: los líderes de Sendero, que hoy se pudren en cárceles de máxima seguridad del Estado, y los militares que se creyeron por encima de la ley para ejecutar una represión salvaje contra Sendero, pero también, contra cientos de civiles.


La ley de amnistía que aprobó el Congreso y derogó el Gobierno es una bofetada contra la dignidad de aquellas madres, hoy abuelas, que aquel año de 1983 perdieron el miedo y denunciaron en alto la desaparición de sus hijos. El insulto duró 13 días, los que estuvo en vigor el Decreto. Esperemos que la reparación llegue a las familias de las víctimas, no sólo con el entierro definitivo de esa polémica ley. La reparación real, si es que existe, debe llegar con la búsqueda y la identificación de los restos de sus hijos.


El número de víctimas, cuyos restos no han sido encontrados, varía entre las 7.000 y las 15.000. Todas se encuentran diseminadas en unas 4.600 fosas clandestinas. Los responsables de todo eso, senderistas y militares, no pueden quedar impunes. Demasiado dolor cargan las madres intentado averiguar dónde están los huesos de sus hijos, como para saber que algunos victimarios puedan volver a pasear, libres, por los barrios pijos del norte de Lima.

¿Quién rescata a los mineros?

Los focos de toda esta historia que mezcla drama, valor, supervivencia y un punto de exposición mediática, están siendo para los verdaderos protagonistas: primero, los mineros atrapados desde el pasado 5 de agosto; y en segundo lugar, sus familias, que en realidad aparecen más que el “grupo de los 33” porque son los que la prensa tiene a tiro en el Campamento Esperanza. Y sin embargo, según se acerque la fecha del rescate, nos acordaremos de la gente que trabaja en la sombra, ajena a los grandes titulares de los medios porque tampoco son dados a conceder entrevistas.


¿Quién rescata a los mineros? Los hombres que bajarán a 700 metros bajo tierra metidos en jaulas o cápsulas especiales que está construyendo la Marina, salen muy poco en los medios. Son los miembros del GOPE, el Grupo de Operaciones Especiales. No se sabe todavía cuántos participarán en el rescate, pero ya se preparan a conciencia porque esa operación –dicen- no puede fallar. Fueron ellos quienes recibieron las primeras llamadas de alerta aquella tarde soleada de principios de agosto. Y fueron ellos quienes se plantaron en la mina y comprobaron que había poco que hacer, que las entradas estaban bloqueadas y que la chimenea también se había derrumbado. Su frustración inicial derivó en esperanza cuando emergió aquel trozo de papel cuadriculado y sucio anunciando que los mineros estaban vivos. Y la esperanza se transformó en alegría cuando días después vieron con detalle el primer vídeo de los mineros.


El teniente José Luis Villegas, el jefe del GOPE de Atacama, vivió todo ese proceso junto a su familia. Su mujer y su pequeña hija contemplaron la evolución de su estado de ánimo: la frustración, la tristeza, la esperanza y la alegría. Dice que nunca perdió la esperanza, y que la reforzó cuando empezó a hablar con las familias, porque ellas fueron su verdadera energía. Él es una de las opciones que se baraja para iniciar el rescate, y está por definir cuántas personas le acompañarán esa delicada aventura.


¿Cómo y cuándo sacarlos de allí? El cuándo no lo marcan ellos, sino la destreza de las tres máquinas que perforan la montaña, y la dureza de las piedras que se encuentren por el camino. El cómo parece más claro. José Luis y sus compañeros se meterán en cápsulas e iniciarán el descenso hasta el sitio de los mineros. Esas cápsulas irán perfectamente equipadas para una emergencia médica y serán elevadas por una grúa. Tendrán forma cilíndrica y contarán con luz, oxígeno y un sistema para controlar los signos vitales de los trabajadores. Dentro, el minero y su rescatador. Se calcula que por cada uno de los 33 se tardará una hora. Pero la tarea es tan delicada que hay que espaciar los trabajos. Puede tardarse una semana en sacarlos a todos fuera.


Las incógnitas son muchas por una razón básica. Nunca antes se había llevado a cabo una operación de este tipo. No hay literatura al respecto. No hay antecedentes de rescates a tantos metros de profundidad mediante una jaula que se suspende de una grúa o de un camión especial, y que baja y sube gente. El caso más cercano, dicen los expertos, ocurrió en una mina de carbón estadounidense. Pero sólo fueron 100 metros. Aquí hablamos de 700.


El teniente Villegas sueña con abrazar a los mineros, con felicitarlos por su valor y su disciplina. Pero sabe que antes de eso deberán sacarlos con vida. Así que cruza los dedos para que no pase nada, porque gente como él tiene claro que la primera misión de alguien que se dedica al rescate, es mantenerse con vida.

La mina y la fama

Mario Gómez es uno de los veteranos, uno de esos mineros a los que la tragedia atrapó cuando ya veía de cerca el final del túnel, cuando atisbaba, tal vez, una retirada digna lejos del pico y la pala , del calor y el aire plomizo de la vida bajo tierra. Por eso mismo, por su experiencia, Mario es uno de los líderes, uno de los mineros más conocidos. Su historia gustó dese el principio, porque Mario, que lleva más de 20 años conviviendo con Lilian, le pidió por fin matrimonio desde el averno de las profundidades, en un trozo de papel.

Arriba, en el campamento esperanza, Lilian también es una de las caras más conocidas. Cada 10 minutos cuenta su historia, su día a día, a un canal de televisión. Su cara se cuela en los hogares, y su drama es el drama de miles de telespectadores que sintonizan la tele buscando el último detalle de la vida de los 33. La prensa le pregunta qué ha sabido de Mario, cuándo fue la última vez que habló con él, qué le cuenta en sus cartas, cómo lleva la espera y la soledad. Lilian, como María Segovia, hermana de otro minero, son ya rostros muy populares, de esos que no pueden entrar al supermercado –cuenta la propia María- sin que las saluden, las abracen y –por supuesto- se interesen por el último minuto de la vida de los suyos.

Los suyos siguen abajo, organizando su día a día, sin saber, tal vez, la vida que les espera el día que se vean libres e intuyan el fogonazo de luz desde el sol radiante del desierto de Atacama hasta sus ojos. Pero, ¿qué pasará cuando salgan los mineros? La pregunta parece obvia. De un lado, todo el mundo sabe el circo mediático que se va a montar. Ya hay agencias internacionales que prevén la llegada de 10 cámaras, para repartirlas bien, para que no se escape un solo detalle de la nueva vida, del renacimiento de los 33. Y sin embargo los psicólogos y los equipos médicos advierten a las familias y preparan, como pueden, a los mineros. Porque la fase crítica puede llegar cuando salgan afuera. No será fácil soportar el shock de la nueva vida, el reencuentro con las familias, su relación con la sociedad. Los técnicos de la NASA, que saben bien qué supone un encierro prolongado en un sitio pequeño, también lo advierten: lo peor está por llegar.

De cómo se gestione todo eso seremos todos un poco responsables: los medios, por la cobertura que se haga de todo esto, y sobre todo, por el tratamiento y el respeto debido a los protagonistas; las familias, porque si ahora se sienten protagonistas, podrán pensar que su minuto de gloria no ha pasado, sino que está por venir. Y los propios mineros, que ojalá cumplan el protocolo duro y simple que les han preparado: cerrar la boca, recibir tratamiento en el hospital, y no dejarse tentar por las jugosas ofertas que caerán para contar cada detalle de su “cautiverio” antes de sentarse en la cama del hospital.

Y mientras, el circo, sin querer, crece. Los medios han encontrado el filón en una historia que no tiene desperdicio. Acostumbrados a que los desastres acaben mal y en el olvido, como el terremoto que vivió recientemente este país, aquí la tragedia se tornó en milagro. Así que cuando el presidente Piñera enseñó aquel trozo de papel con el “Estamos vivos, los 33”, las redacciones se agitaron . Se agitaron y disfrazaron este lugar perdido en el desierto en plató periodístico y show de televisión. El mundo, sin quererlo, también ha contribuido a agrandar la historia: futbolistas que envían camisetas, rosarios bendecidos por el Papa, empresarios que donan cheques a nombre de los mineros, visitas oportunistas y menos oportunistas, todos quieren su papel secundario en una historia que sin duda algún día veremos en el cine y leeremos tirados en un sofá en cualquier momento post siesta de las tardes de verano.

La realidad, sin embargo, es que hay riesgos para todos, principalmente, para los mineros. Según los psicólogos, cuando salgan se enfrentarán a la incertidumbre y al temor por su futuro laboral, al acoso periodístico y al posterior abandono, a conflictos y desajustes en las relaciones de pareja, familiares y sociales, o a la adaptación a nuevos roles a los que no estaban acostumbrados.

Los 33, sin quererlo, se han convertido en la nueva versión del Gran Hermano. Encerrados en su jaula, con los roces que eso provoca, con sus vídeos escrutados con lupa, sus familias repartiendo juego a los medios, y los medios esperando las novedades del día en la “casa” subterránea donde les ha tocado vivir. Ojalá que esto se acabe cuanto antes, que se recuperen de ese infierno, y que tardemos mucho tiempo en ver a los mineros de contertulios en la televisión. Aunque si la alternativa es volver a la mina… por mí que se pongan bien guapos, que se forren, y que escuchen cada día el “tres, dos, uno, acción”.

¿Rebelión en la mina?

La escena podría ser ésta: arriba, en la superficie, el psicólogo o el intendente de turno comunica a los mineros que se preparen, que va a empezar la videoconferencia con las familias; abajo, los mineros rompen filas, dejan su trabajo y se colocan, evidentemente, haciendo lo posible por ser los primeros en ubicarse frente a la fibra óptica que llevará su risa, sus gestos, sus inquietudes, su felicidad o su dolor, hasta sus familias. ¿Quién habla primero? ¿Cómo se organizan? Al parecer, como era lógico, este asunto ha provocado alguna fricción en el grupo de los 33. Pero cierta prensa amarilla ha tirado de esta anécdota, comentada por los médicos y por las propias familias, para extender el bulo de que algo anda mal, de que el ambiente se contamina, de que no es oro todo lo que reluce en el interior de la mina o que el mal rollo ha subido de abajo arriba, extendiéndose como la espuma y distanciando a las familias que aguardan impacientes el rescate.

Alberto Iturra, el psicólogo que atiende a los mineros atrapados en la Mina San José, sabe mucho de locos y de rebeliones. Él, probablemente, es la persona más sensata con la que he hablado durante estas últimas dos semanas. Alberto dice que lo normal es que surjan estas fricciones, porque los mineros viven en condiciones extremas, aislados, con temperaturas de más de 30 grados y una humedad del 85%, a 700 metros bajo tierra. Pero sobre todo, es normal que surjan estas fricciones porque los mineros son personas, y si las personas se cabrean, ríen, lloran, sienten o padecen en situaciones normales, mucho más cuando el destino te fuerza a vivir permanentemente en una condición límite.

Así que es normal que se enfaden por el poco tiempo que tienen para hablar con sus familias, por la falta de espacio en esa cárcel subterránea, por la falta de noticias sobre su rescate, porque prefieran un buen asado al carbón a los complejos vitamínicos de bote, o porque los psicólogos revisen cada una de las cartas que sube o baja a la mina. Ni están locos, ni hay rebelión a bordo. Probablemente, otro colectivo que no fuera éste de los mineros, que no estuviera acostumbrado a trabajar en esas condiciones, hubiera explotado mucho antes, amén de haberse rendido. Pero los mineros son así, fuertes y, afortunadamente para ellos, acostumbrados a ese hábitat de paredes oscuras y días grises.

Los mineros también son listos y sabios. Porque mucho antes de que supiéramos que seguían vivos, durante los primeros 17 días de encierro forzado, se organizaron, se dividieron en tres grupos, siguieron trabajando, repartieron roles y nombraron líderes, y compartieron entre todos la escasa comida que quedaba en el refugio. Comieron dos cucharadas de atún cada 48 horas. Nadie rechistó, era lo que había. Así que, si superaron ese verdadero infierno hasta que supimos que vivían, lo de las disputas de ahora suena a chiste barato de cantina cutre. Probablemente a los psicólogos les preocupara mucho más que todo fuera cordial, que no existieran los roces, que el infierno de la mina fuera un paraíso terrenal revestido de purpurina.

Alberto sonríe cuando los periodistas le preguntan por los conflictos, por las riñas que hay entre cualquier colectivo de seres humanos. Porque en el fondo Alberto sabe que, sin noticias sobre el rescate, siempre se necesita algo que contar. En el último envío los mineros pidieron, de nuevo, algo de música. Si pudiera les mandaría algo de Ketama, para que resuene en la profundidad de los 700 metros aquello de “NO ESTAMOS LOCOS, QUE SABEMOS LO QUE QUEREMOS…”, y que ese grupo de valientes se ría un rato de nosotros, los de arriba, los periodistas, los que afilamos la pluma interrogando a sus familias y buscando cualquier detalle sobre su drama.

La mina y la espera

Esperar siempre fue algo jodido, sobre todo, cuando quieres pero no puedes acelerar el curso de las cosas, cuando buscas que pase el tiempo y cada segundo cae a plomo como si fuera una hora. Esperar siempre fue algo jodido, pero lo es mucho más cuando rezas para que una máquina rompa por fin el techo subterráneo que impide la salida de un hermano, un padre o un marido, sin saber realmente qué hace ni por qué sigue atrapado a 700 metros bajo tierra. Y sin embargo esperar y rezar es lo único que están haciendo las familias de los 33 mineros que el pasado 5 de agosto dejaron de ver la luz en el interior de la Mina San José, aquí, en el chileno desierto de Atacama.

Los mineros esperan. Y mientras esperan se organizan en turnos de trabajo para crear una rutina, la mejor medicina contra la impaciencia. También duermen, o leen las biblias que han pedido o los libros de autoayuda, o escuchan algo de música mientras Johnny, el minero que ejerce de enfermero, les toma muestras de sangre y orina para enviar por una sonda a la superficie. O miran entusiasmados cómo la Roja, el equipo nacional de fútbol, se parte el alma en Ucrania con camisetas donde se lee ¡ánimo mineros!

Las familias esperan. Y mientras esperan escriben cartas, reciben cartas, o se calientan alrededor de una hoguera para matar el frío que llega cuando se esconde el sol tras la montaña. Otras acuden a orar ante al altar improvisado, pidiéndole a San Lorenzo, el patrón de los mineros, que obre otro milagro y saque con vida a los suyos de este infierno subterráneo.

Los ingenieros esperan. Y mientras esperan observan el ritmo de las máquinas que perforan la montaña, calculando cuál de las tres opciones será la más rápida, cuál de los taladros que ya escuchan los mineros abrirá de cuajo el techo marcándoles la ruta de salida.

Los periodistas esperamos. Esperamos noticias porque ya escasean, porque las familias nos miran con cierto desdén, hartas de las 300 entrevistas diarias que conceden para medios de todo el mundo. Esperamos a que lleguen los camiones, a que nos cuenten cuántos metros se han perforado. Esperamos a que realmente pase algo, pero ese algo es la noticia que todo el mundo espera. Esperamos a que salga el primer minero, y que nos hable antes incluso de verse con sus familias, aunque llegue en condiciones precarias y con los ojos vendados para no quedarse ciego por el contraste de luz.

Y los psicólogos esperan, y asisten cada día a una crisis por resolver, a una disputa entre los mineros o a una queja de las familias. Y sobre todo esperan que los periodistas nos comportemos, que respetemos la intimidad de los mineros, y la terapia médica que seguirá cuando salgan. Y esperan, yo también, que los jefes de los periodistas entiendan que habrá un silencio durante un par de días, que ningún minero podrá hablar ni subirse a la tarima donde cada día pregona un ingeniero, un ministro o un médico, mientras los camarógrafos, apoyados en el trípode, también esperan.

Luis Pérez


Hace ya casi dos siglos que el gran sueño de Simón Bolívar se fraguó por estas tierras. La Gran Colombia, una nación compuesta por varias repúblicas recién independizadas de España, echó a andar en 1819. Moriría doce años después, en 1831, víctima de revueltas internas y del desencanto con un Libertador que terminó pervirtiendo ese proyecto de unión suramericana con un Gobierno muy parecido a una dictadura. La Gran Colombia agrupaba varios países.
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