4 posts de diciembre 2010

Lucía y Botero



La imagen está tomada desde un ventanal amplio y diáfano del segundo piso del Museo de Antioquia. Y sí, lo que vemos es lo que en Medellín se conoce como la Plaza Botero. Las gordas y gordos (hombres, mujeres, animales) delatan al maestro. A Fernando Botero nunca le gustó esa definición de “gordos”. Siempre prefirió hablar de “volúmenes”, porque el volumen es –dice- el elemento del arte que mejor permite expresarse a uno. Para el pueblo, sin embargo, pasarán a la historia como l@s gord@s, sin que esa palabra encierre menosprecio alguno o quite a las obras un ápice de belleza.



Estos días, en Medellín, se vuelve a hablar de Botero. Porque hace 10 años el artista colombiano decidió donar gran parte de su colección a la ciudad. ¿Qué supuso ese detalle del escultor? Alguien puede ver únicamente un gesto de generosidad. Pero la llegada de l@s gord@s, dibujadas en las pinturas y esculpidas en esculturas, supuso un antes y un después en el devenir del centro de la ciudad.



Para Lucía González, la directora del Museo de Antioquia, la llegada de las obras transformó el entorno del Museo. Supuso una remodelación urbana que hizo preguntarse a los ciudadanos por el lugar que ocupa ese edificio. Y acercó, además, el arte al pueblo. En la última década, la delincuencia en los alrededores de la Plaza Botero disminuyó considerablemente. Se creó un espacio cultural y un punto de encuentro para el visitante, que se acerca, toca y abraza las esculturas sin temor a que alguien lo reprenda. Esa es la gracia –dice Lucía – que los niños se sienten encima, que los enamorados se besen, que las familias discutan apoyados en l@s gord@s, que los palpen, los acaricien. Para eso están ahí, en una plaza pública. Si no –admite- estarían guardados en una urna.





Cuando Botero donó las esculturas quiso ponerlas ahí, en un lugar que las convirtiera en un orgullo colectivo. Y en diez años apenas ha habido desperfectos. La gente respeta el arte, porque el arte – cuenta Lucía- dignifica a las personas. Tanto, que los únicos arreglos que hay que hacer es dar una capa de pátina allí donde aparece el bronce. Y eso tiene también que ver con los afectos, con los mitos que ha creado el propio pueblo. Las partes más doradas, las más gastadas, tienen que ver con los órganos sexuales de las figuras. El pene del soldado, por ejemplo, es un lugar de peregrinación porque el mito popular dice que quien lo toca aumenta su fertilidad.



Botero quiso que sus obras cobraran vida, y esa vida se la ha dado el propio pueblo, el visitante, el turista, cualquiera que se acerca a contemplar a Adán y Eva, a la Mujer con espejo, al Soldado, al Gato, al mundo paralelo que creó el artista en esa plaza de la ciudad. Y no sólo es importante la estética del arte, sino lo que el arte moviliza como reflexión social, como reflexión política, como reflexión ética. Porque hoy, como admite Lucía, el Museo se ha convertido en un ágora, un lugar donde se debaten los asuntos más importantes de la ciudad, del país, desde el arte y desde la cultura. Y ella, una mujer valiente, preparada y atrevida, tiene mucha culpa. Porque Lucía ha llevado al Museo colecciones que hablan de temas comprometidos, como los desplazados o los desaparecidos, asuntos políticamente delicados, mucho más en una ciudad como Medellín.

Lucía dejará su cargo a final de año, aunque por los pasillos o en los despachos siempre quede algo de ella, de lo que hizo por revitalizar el Museo. Dejará atrás amigos. Dejará atrás alguna lágrima de colaboradores que ya la están echando de menos antes de recoger, por última vez, los bártulos de su mesa. Pero si algo ha conseguido esta mujer es crear una cultura cívica que no tiene precio. Conseguir que en el Museo de Antioquia no haya detectores de metales, que no te obliguen a dejar el bolso o la mochila en una taquilla. Conseguir que te sientas en el Museo como en tu propia casa. Lucía ha acercado el arte a los más pobres, ha logrado que no se vea el Museo como un refugio de ricos. Y lo ha hecho con esta frase que me contó mientras conversábamos, una frase de ésas que te hacen comprender en quince segundos porqué la gente sonríe mirando a l@s gord@s, por qué la gente se pasea por la plaza sin complejos: “Yo creo que el arte dignifica. Cuando la gente siente que tiene derecho a lo mejor del arte, que tiene derecho al placer estético, los comportamientos se transforman completamente. La gente se comporta como en relación a ese producto estético, es decir, se dignifica”.

Luces

Una foto puede darnos una idea de cómo interpretar las luces. En esta imagen, por ejemplo, vemos (o intuimos, por las siluetas de las cabezas) a un grupo de gente que observa un espectáculo de agua y luz. También había sonido, pero de momento en este mundo tan civilizado las fotos siguen siendo eso, una instantánea que nos da una idea de qué ocurre en un momento determinado de la historia, pero sólo a través de una imagen. El sonido lo tenemos que imaginar nosotros. Y aquí, en este espacio del centro de Medellín, sonaban compases de música clásica a cargo de jóvenes de bandas de música populares de varios sectores de la ciudad. El espectáculo de agua, luz y sonido, dio la bienvenida a la Navidad en la Ciudad de la Eterna Primavera.



Esta otra imagen está tomada en la orilla del río. En primer plano, varios jóvenes se toman fotos justo delante de las casetas de Navidad. Las familias salen a la calle, tal vez, en busca de alguna alegría, tal vez, para vivir su propio cuento de Navidad. Porque a lo largo de río está el escenario donde por unos días se olvidan de los problemas. Allí se han levantado decenas de casetas con motivos alusivos a cuentos de Navidad. Un ejército de ratones, bastones en fila, casas de muñecas, lugares donde uno se pierde o se deja perder en historias de Dickens, Hans Christian Andersen o los hermanos Green. Historias con leyendas, con fragmentos de cuentos donde los niños descubren un mundo de fantasía y los padres descubren un mundo mucho mejor que el real.


La realidad quizás tenga más que ver con esta otra foto. En primer plano, remolinos de luz cruzan de lado a lado del río. Cuelgan sobre el agua en un delicado equilibrio. Y en ese haz de luz que ilumina el torrente de agua y buena parte de la ciudad se reparten minuciosamente quince millones de bombillas de bajo consumo. Al fondo también hay luz, pero aparece desordenada y débil, como olvidada. Las luces el fondo pertenecen a las comunas, esos barrios populares donde reinan las pandillas, donde el progreso sigue siendo un sueño, donde este año morirán otros dos mil jóvenes que obedecen a jefes que ni han visto ni jamás conocerán. Tal vez esta imagen refleje el gran contraste de Medellín, una ciudad moderna y pujante, una ciudad que organiza eventos, congresos internacionales, una ciudad que atrae a empresas, que rezuma modernidad. Pero también, una ciudad a la que siguen llegando miles de desplazados, una ciudad donde los pobres siguen comiéndose la montaña para construir la casa que un día dejaron atrás. Una ciudad con cuatrocientos “combos”, pandillas juveniles que luchan a muerte por cada metro del territorio. Una ciudad donde el negocio de la droga sigue moviendo millones, donde las luces no llegan a todas las casas… Y eso, no es ningún cuento de Navidad.

La distancia

William y Andrés observan desde la distancia. Quizás se han cansado de escarbar con sus manos entre el lodo, pero lo cierto es que hoy no han bajado a buscar cuerpos en el camposanto desordenado del barrio de La Gabriela. William y Andrés están vivos. Y están vivos porque el deslizamiento de tierras que puso el sello de la muerte a la triste historia de Bello pasó rozando su casa. Su casa está cinco metros detrás de ellos, que están sentados justo en el borde que marca la herida, la tierra fracturada que dejó el derrumbe.

Esta tarde me he sentido como William y Andrés. Yo tampoco tenía ganas de acercarme demasiado a la zona del deslave. El área está acordonada por los cuatro costados, pero incluso desde esa distancia acotada se pueden tomar imágenes. Recuerdo la primera mañana, cuando llegamos de amanecida y pudimos subir al epicentro de la tragedia. Durante media hora observamos los cuerpos mudos de las familias. Los padres y hermanos, con la mirada fija en el pico y la pala, arañando mecánicamente trozos de tierra. Las madres y hermanas, con la mirada perdida, las manos que aprietan pañuelos y las lágrimas que se deslizan por las mejillas, como esperando la confirmación de que podrán enterrar a los suyos si es que algún día aparecen los cuerpos sin vida.

Apenas los acompañamos media hora, siempre a media distancia. Hasta que el cuerpo inerte de un joven que perdió a sus padres recobró vida para pedirnos que nos largáramos, que respetáramos su agonía. Nos fuimos. Porque nos lo pidió él y porque dos minutos después llegó el cerco de la policía y el desalojo de los periodistas. Salimos de allí con la convicción de que aquél no era nuestro sitio, sin reproches. Nos fuimos de allí sabiendo que desde ese momento había que contar la historia desde la distancia, sacando el plano que informara sin ahondar en la herida profunda del barrio triste de La Gabriela.

Por un momento, esta tarde he intentado ponerme en el lugar de aquel chaval que nos echó mientras asomaba el cuerpo enterrado de una niña. Y he llegado a la conclusión de que yo mismo habría actuado de la misma manera, porque la tragedia estaba muy viva para permitir que un reportero gráfico y un periodista rompieran el silencio, el duelo y la intimidad de aquel drama. Y descubrí que hay momentos en que no merece la pena llegar temprano, sino observar las cosas como William y Andrés, desde la distancia.

Lluvia

La lluvia cayó ininterrumpidamente, como una maldición bíblica, sobre Macondo. La culpa la tuvo el mal tiempo y la imaginación de Gabriel García Márquez, que anegó aquel pueblo remoto donde vivió, creció y murió la saga de los Buendía. Llovió sin pausa durante cuatro años. Llovió hasta que la casa de la familia casi se viene abajo, en la mente de Gabo y en la de todos aquellos que leímos embelesados Cien años de soledad.

No sabemos si en Macondo sigue lloviendo, pero en el resto de Colombia… sí. Y lo hace con profusión, en la costa y en el interior, como si otra maldición bíblica quisiera castigar sin miramientos a los compatriotas de Aureliano Buendía. Llueve mañana, tarde y noche. Llueve en Bogotá, a 2.600 metros de altura, y llueve en Cartagena, a nivel del mar. Y esta vez no ha sido la imaginación de Gabo sino “La Niña”, ese fenómeno meteorológico que mantiene empapado a medio país, prácticamente desde el mes de julio.

Colombia sufre el invierno más duro de los últimos 40 años. Sólo en un día de este mes de noviembre llovió tanto como en todo el mes de noviembre del año anterior. El presidente ha decretado el estado de catástrofe para afrontar la emergencia. Hay más de 160 muertos, más de 20 desaparecidos. Y las casas destruidas, como la de los Buendía, son ya más de 1.800. El invierno ha sembrado el cielo de nubes negras y el agua, en forma de chaparrones o de ríos desbordados, ha afectado, de una u otra manera, a más de millón y medio de colombianos.



El agua se lleva por delante casas, coches, y todo lo que encuentra a su paso. Y sin embargo este durísimo invierno de lluvia y de frío, inusual en esta región, ha traído también algo de calor. Los presidentes de Colombia y Venezuela han “llorado” de pena por el invierno que azota al vecino, y han “llorado” de satisfacción por la ayuda que llega por la frontera de al lado. Parece raro. Venezuela y Colombia con el agua hasta el cuello, y ambos mandatarios dando muestras de la solidaridad que les faltó en los últimos años, cuando Chávez llamaba a Santos ministro de la guerra y Santos dejaba caer que Chávez estaba incendiando Venezuela.



Parece raro, pero el invierno ha tendido puentes entre Caracas y Bogotá. Los días de lluvia han hecho florecer el amor entre viejos enemigos. El mismo amor, la misma lluvia, como en aquella maravillosa película de Campanella donde Ricardo Darín y Soledad Villamil comenzaron un romance, se alejaron, se acercaron… y se reencontraron. Como Chávez y Santos, sólo que éstos... con menos glamour.

Luis Pérez


Hace ya casi dos siglos que el gran sueño de Simón Bolívar se fraguó por estas tierras. La Gran Colombia, una nación compuesta por varias repúblicas recién independizadas de España, echó a andar en 1819. Moriría doce años después, en 1831, víctima de revueltas internas y del desencanto con un Libertador que terminó pervirtiendo ese proyecto de unión suramericana con un Gobierno muy parecido a una dictadura. La Gran Colombia agrupaba varios países.
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