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El muerto y el fútbol

Cristopher Alexander Sanguino nunca escondió su pasión por el fútbol. Tanta pasión le puso al asunto que la vida se le fue detrás del balón. Christopher era un hincha apasionado del Cúcuta Deportivo, uno de los rostros más conocidos de la barra brava. Y se fue de este mundo como siempre quiso, muerto, pero pendiente de que el último chute al cuero atravesara la red. Al joven lo mataron a tiros mientras jugaba un partido en la calle. Y aunque no lo sepa, lo último que hizo después de muerto fue entrar al campo y seguir a su equipo desde la grada, esta vez sin oir los gritos, porque su cuerpo estaba sin vida en el interior de un cajón.



Cuentan sus amigos que el hincha murió como vivió, amando el fútbol, y que su último deseo era acudir al campo mientras jugaba su equipo. Dicho y hecho, faltaba un cuarto de hora para el final del partido y la gran jugada llegó en tres actos simultáneos: el Cúcuta presionaba en busca del empate, el Envigado defendía el tanto a favor, y la policía abría las puertas del campo para preparar la salida ordenada de los hinchas. Los amigos de Christopher esperaban fuera del campo y aprovecharon el error en la zaga de la policía. Empujaron y empujaron, y aquello en vez de fútbol pareciera una melé del Seis Naciones de rugby. Chris, allá abajo, a resguardo Y lograron avanzar. Y cruzaron por la tribuna. Y llegaron a su puesto del estadio con su amigo a hombros para darle la despedida que se merecía aquel amante del balón.

Christopher asistió en la grada al último cuarto de hora del partido. Allí estaba, dando botes dentro del ataúd. La barra brava calentaba a la hinchada, el Cúcuta mordía al rival, y Chris seguía a hombros de sus amigos, sin gritar, pero centrando la atención de la barra, como cualquier calurosa tarde de domingo en el fondo norte del estadio General Santander. Dice su gente que se fue al cementerio como se merecía, con una sonrisa de oreja a oreja. Porque a los tres minutos de instalar el ataúd en la grada, el cuerpo de Chris cogió más altura, a sus amigos les faltó el aliento para gritar, pero no las fuerzas para elevarlo. El Cúcuta consiguió el empate. Christopher se fue de este mundo con el recuerdo del gol de Espinel, y la tranquilidad de que su equipo se queda a mitad de tabla, más cerca de los puestos de arriba que del infierno de segunda, tal vez, el mismo viaje que, sin quererlo, ha emprendido él.

4 Comentarios

efectivamente, cosas como estas sólo pasan en Colombia. El pobre Gabo tiene cosas macondianas para escribir la segunda parte de Cien años de soledad... Vaya país, pero a mi me encanta, te sorprende cada día. saludos.

María, estas cosas pasan en Colombia... y en más sitios. Hace años escribí y publiqué un cuento en el que un nieto paseaba el cadáver de su abuelo por diferentes lugares durante unos sanfermines, a modo de despedida. Y el cuento estaba basado en otro hecho real, que no sucedió en Pamplona, sino en algún lugar de Cataluña, no recuerdo dónde. Lo del ataud, es cierto, quizás supere lo anterior,d e todos modos.

http://ajustedecuentos.blogspot.com/2011/03/al-futbol-con-el-muerto-y-los-toros-con.html?spref=fb

que va yo soy cucuteño hicha fiel del doble, para mi eso me parese amor por su equipo ya estando muerto hiendo al estadio.... que viva cucuta deportivo...

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Luis Pérez


Hace ya casi dos siglos que el gran sueño de Simón Bolívar se fraguó por estas tierras. La Gran Colombia, una nación compuesta por varias repúblicas recién independizadas de España, echó a andar en 1819. Moriría doce años después, en 1831, víctima de revueltas internas y del desencanto con un Libertador que terminó pervirtiendo ese proyecto de unión suramericana con un Gobierno muy parecido a una dictadura. La Gran Colombia agrupaba varios países.
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