5 posts de marzo 2011

El muerto y el fútbol

Cristopher Alexander Sanguino nunca escondió su pasión por el fútbol. Tanta pasión le puso al asunto que la vida se le fue detrás del balón. Christopher era un hincha apasionado del Cúcuta Deportivo, uno de los rostros más conocidos de la barra brava. Y se fue de este mundo como siempre quiso, muerto, pero pendiente de que el último chute al cuero atravesara la red. Al joven lo mataron a tiros mientras jugaba un partido en la calle. Y aunque no lo sepa, lo último que hizo después de muerto fue entrar al campo y seguir a su equipo desde la grada, esta vez sin oir los gritos, porque su cuerpo estaba sin vida en el interior de un cajón.



Cuentan sus amigos que el hincha murió como vivió, amando el fútbol, y que su último deseo era acudir al campo mientras jugaba su equipo. Dicho y hecho, faltaba un cuarto de hora para el final del partido y la gran jugada llegó en tres actos simultáneos: el Cúcuta presionaba en busca del empate, el Envigado defendía el tanto a favor, y la policía abría las puertas del campo para preparar la salida ordenada de los hinchas. Los amigos de Christopher esperaban fuera del campo y aprovecharon el error en la zaga de la policía. Empujaron y empujaron, y aquello en vez de fútbol pareciera una melé del Seis Naciones de rugby. Chris, allá abajo, a resguardo Y lograron avanzar. Y cruzaron por la tribuna. Y llegaron a su puesto del estadio con su amigo a hombros para darle la despedida que se merecía aquel amante del balón.

Christopher asistió en la grada al último cuarto de hora del partido. Allí estaba, dando botes dentro del ataúd. La barra brava calentaba a la hinchada, el Cúcuta mordía al rival, y Chris seguía a hombros de sus amigos, sin gritar, pero centrando la atención de la barra, como cualquier calurosa tarde de domingo en el fondo norte del estadio General Santander. Dice su gente que se fue al cementerio como se merecía, con una sonrisa de oreja a oreja. Porque a los tres minutos de instalar el ataúd en la grada, el cuerpo de Chris cogió más altura, a sus amigos les faltó el aliento para gritar, pero no las fuerzas para elevarlo. El Cúcuta consiguió el empate. Christopher se fue de este mundo con el recuerdo del gol de Espinel, y la tranquilidad de que su equipo se queda a mitad de tabla, más cerca de los puestos de arriba que del infierno de segunda, tal vez, el mismo viaje que, sin quererlo, ha emprendido él.

El sicario y la jueza

El último día de su vida fue un día aparentemente normal. Gloria cogió un autobús y se bajó cerca de su despacho judicial. Pero según puso el pie en la acera vio de cerca la muerte. La muerte tenía forma de sicario, y al sicario no le tembló el pulso para vaciar el cargador en el cuerpo indefenso de Gloria y cumplir la penosa secuencia que le dará de comer: cinco tiros en la cabeza, el objetivo complido, el dinero en el bolsillo.

Como todo sicario, el hombre que mató por encargo a Gloria probablemente no sepa a qué se dedicaba esta mujer. Lo más seguro es que le dieron una foto de la víctima, un lugar y una hora. Lo demás viene en el siniestro contrato oral entre el autor intelectual, el que quería matar a Gloria, y el autor material, el desgraciado que se llenó de plata apretando el gatillo y ejecutando un disparo certero y cruel.

El asesino de Gloria probablemente ya sepa quién es Gloria, porque la muerte de esta mujer ha abierto informativos y ha llenado portadas. Gloria Constanza Gaona era una jueza de Saravena, un pequeño municipio de un departamento fronterizo con Venezuela. Uno más de esos lugares remotos donde la gente valiente se juega la vida sin protección oficial y a expensas de los antojos del enemigo. Y Gloria, sin quererlo, tenía demasiados enemigos.

La magistrada investigaba masacres cometidas por las FARC y el ELN. E investigaba también un caso que conmocionó a Colombia a finales del año pasado: la violación y posterior asesinato de una niña de 14 años y de sus dos hermanos, de 9 y de 6. Los cadáveres fueron encontrados en una fosa común de Tame, a unos cien metros del lugar donde había acampado un grupo de militares de la Octava División del Ejército. Los cuerpos estaban degollados y con signos de tortura. A los pocos días, el Ejército reemplazó a esos soldados. Uno de ellos, un alto mando, el teniente en retiro Raúl Muñoz, confesó haber violado a la niña, pero no los asesinatos. Todo eso, ni más ni menos, es lo que investigaba Gloria.

Su muerte ha sido una suerte de latigazo en el perezoso despertar del país. El Gobierno ha enviado a un equipo de la DIJIN, la policía judicial, para aclarar los hechos y dar con el asesino. La ONU ha condenado la muerte de la juez. El presidente Santos ha anunciado una recompensa de quinientos millones de pesos, unos doscientos mil euros, para quien aporte información que permita dar con el sicario de sangre demasiado fría, gatillo fácil y corazón vil.

Y los funcionarios judiciales han puesto el grito en el cielo y han dicho que hasta aquí hemos llegado, que el viernes habrá un paro general en la Justicia para denunciar la penosa situación en la que trabajan. Desde 2007 han asesinado a seis magistrados. Otros setecientos cincuenta han recibido presiones y amenazas. El panorama se agrava en los pueblos, donde desde hace tiempo piden algún tipo de protección. Pero el Gobierno ya ha dicho que si les da escolta se vacía la caja del Estado. Una manera sutil de contarnos que, probablemente, Gloria no será la última jueza en caer, que volveremos a escribir de jueces muertos a tiros, porque los malos son más que los buenos y ahí, no hay nada que hacer.

Los colores de la montaña

Hay viernes distintos a todos los demás. Hay viernes en los que uno sale del cine con una sonrisa que le dura hasta que se mete en la cama, pensando que el mundo no es tan jodido como lo pintan y que merece la pena mirar la mitad medio llena del vaso. El viernes pasado decidí que al salir del trabajo intentaría paliar el vergonzoso retraso cinéfilo de los últimos meses. Cerré la puerta de la oficina y recorrí tres cuadras dirección norte. Allí estaba, donde siempre, el Cinecolombia de la Carrera 72. Caminé hasta la segunda planta y me puse en la cola de Biutiful. Pero cuando llegué ya era demasiado tarde: “la sala está llena, siempre a la orden”, contestó el señor de la taquilla con la amabilidad habitual. Así que miré a la fila de al lado. Tres personas hacían su turno para ver Los colores de la montaña. Seré honesto: no tenía ni la más remota idea de qué iba aquello. Pero decidí arriesgarme y entré. Entré en la sala y entré, de paso, en las dos horas más bellas de mis últimos días.



Los colores de la montaña no es una película sobre la guerra. Es una película sobre la amistad, o sobre cómo la guerra pone a prueba la amistad de tres niños enfrascados en los sueños mayores que esconde un balón de fútbol. Manuel, Pocaluz y Julián, tres niños de una vereda de la Colombia olvidada y rural. Tres vidas que corren tras la pelota, sin saber que la guerra corre tras ellos. Por un chute mal tirado, uno de esos partidos les termina poniendo a prueba. El balón cae en un campo minado, y a partir de ahí hay que ingeniárselas para recuperarlo. Entre medias se cuelan fogonazos, flashes de la realidad del país. Un grupo de guerrilleros que pide comida en las casas de la vereda. Un convoy de paramilitares que amenaza a quienes colaboran con los guerrilleros. Manuel juega, los tiros suenan de fondo, la profe que pasa lista, los niños que ya no están. No es difícil adivinar el final de la peli.

Por momentos, Los colores de la montaña me recordó a otra cinta entrañable: Kamchatka. Por una razón básica: Marcelo Piñeyro y Carlos Arbeláez retratan la dictadura y la guerra, los peores dramas que han vivido Argentina y Colombia. Pero lo hacen sin tiros, sin sangre, sin escenas bélicas, sólo con diálogos de hijos que no entienden muy bien qué pasa y de padres que intentan ocultar la realidad con la evasión de los juegos de mesa o el sonido de un balón de fútbol. Porque al final, el miedo llega a través de las palabras, de diálogos y despedidas, que a veces hieren tanto como las balas.

Después leo y compruebo que sí, que la cinta de Arbeláez triunfó en San Sebastián y en otros tantos festivales, que el público aplaudió cuatro minutos seguidos cuando la vio en la sala. Leo sobre todo que al director le llevó dieciocho meses dar con los niños, con Manuel, con Pocaluz y Julián, con el resto de la pandilla. Y además de darme cuenta de la gravedad de mi retraso cinéfilo, leo también que los actores son personajes reales, campesinos y niños de las veredas. Y comprendo, al fin, por qué es una peli tan buena. Y vuelvo a pensar en Kamchatka y en Los colores… y en esa frase tan sabia que dice que crecer, no es más que descubrir un par de secretos.

MUJERES VALIENTES

Durante el rodaje me parecieron doblemente VALIENTES. Primero, porque se decidieron a hablar, a contar las violaciones, las agresiones sexuales que sufrieron a manos de los paramilitares, de la guerrilla o del ejército. Después, porque se atrevieron a dar la cara, a mirar de frente a la cámara aunque les dijera que no era necesario, que me valía con su testimonio y que podían proteger su rostro y su identidad, que su voz ya era suficiente para armar una historia sobre la violación sexual como arma de guerra en Colombia.

Jineth Bedoya, frente a la cárcel donde la secuestraron


Pero dijeron que no, que ya llevaban mucho tiempo ocultándose por miedo a las represalias, y que ese miedo había enterrado su drama, las había enterrado a ellas, bajo el mando del olvido. Cuando te han violado, no debe ser fácil ponerte a hablar del día que marcó para siempre tu vida. No debe ser fácil dar el nombre o el grupo del victimario. Y sin embargo, Jineth, doña Blanca, Yovana, María o Melania lo hicieron. Fue su manera de mirarse al espejo y decir: “Aquí estoy yo, me llamo Jineth Bedoya, soy periodista y fui secuestrada y posteriormente violada a las puertas de una cárcel, frente a una patrulla de la policía, el día que acudí a una entrevista con un jefe paramilitar”. O “soy María, y durante años fui secuestrada por un grupo de paramilitares. Trabajé de enfermera y de esclava sexual. Y me lo agradecieron matando a mi marido y amenazándome, reiteradamente, con acabar conmigo. Hoy vivo en una huida permanente”. O “soy Melania, y caminé cinco y días y cinco noches para recuperar a mi hija, secuestrada por las FARC. Cuando llegué al campamento ya la habían violado, la habían esterilizado y apenas me reconoció. Pero le dije al comandante guerrillero que me la llevaba de vuelta a casa. Y aquí está conmigo, destrozada y con menos ganas de vivir, pero conmigo”.

Blanca Nubia, en el entierro de su hija, violada y asesinada por paramilitares

Hay reportajes que no te dejan indiferente. Hay algo que aprendes cuando escuchas todos estos dramas. Hay entrevistas que te cuesta hacer porque sientes que remueves un pasado doloroso y triste. Hay entrevistas en las que de repente te das cuenta de que estás demasiado tiempo callado, esperando que la respuesta se alargue en el tiempo para no tener que volver a preguntar, porque con cada pregunta sientes que, sin quererlo, puedes hacer daño. Y hay lecciones que aprendes escuchando a la gente en este tipo de entrevistas. Escuchando a estas MUJERES VALIENTES te das cuenta de lo complicado que es ser verdaderamente valiente. Ellas, sin duda, fueron valientes toda su vida, y lo fueron mucho más cuando sacaron fuerzas de flaqueza para seguir caminando después de ser violadas, cuando optaron por levantarse cada día como si no pasara nada, porque muchas no lo contaron, mientras el miedo, el drama interior y las noches en vela minaban poco a poco sus vidas.

María, violada y desplazada, recibe apoyo psicológico en la Casa de la Mujer

Tal vez por eso llegó el día en que decidieron hablar. Quizás porque ya no tenían nada que perder, decidieron hacerle frente a las amenazas y al victimiario y enterrar el miedo. Jineth, Doña Blanca, Yovana, María o Melania, ponen voz a un drama brutal: el de las violaciones y abusos sexuales en el marco del conflicto que vive Colombia. Ellas son pioneras, porque han dado el paso para que muchas mujeres cuenten su drama. Y asombra ver la magnitud de ese drama. Intermón Oxfam y la Casa de la Mujer han hecho, hasta el momento, el mejor mapa de esa tragedia. Se plantaron en 407 municipios con presencia de la guerrilla, de los paramilitares, del ejército, y de otros actores del conflicto. Las conclusiones son brutales: del 2001 al 2009, 490.000 mujeres sufrieron violaciones, abusos o vejaciones por parte de los distintos actores de esa guerra. Y eso da una media que hiela: cada hora, seis mujeres sufrieron de manera directa algún tipo de violencia sexual. Que cada uno saque sus conclusiones.

La lechuza y el futbolista

Corría la segunda parte y el reloj descontaba minutos a favor del Junior del Barranquilla. El Deportivo Pereira presionaba y arrimaba el pie en busca del empate. Ganaba el Junior, que jugaba de local, arropado por el calor de la hinchada y por los espontáneos habituales. En el estadio Metropolitano Roberto Meléndez, los espontáneos no son personas, no son fans desenfrenados que invaden el campo en cueros o mostrando alguna pancarta reinvindicativa. Los espontáneos que animan las cálidas noches de fútbol en Barranquilla vuelan bien alto, duermen de día y despiertan apenas cuando cae la noche, básicamente para cazar ratones.

Desde hace varios, media docena de estas aves nocturnas tomaron como vivienda la parte alta del graderío. Desde ahí, desde su puesto VIP del Metropolitano, contemplan el partido antes de darse el festín. Diríamos que asisten desde su asiento privilegiado a las carreras desenfrenadas de veintidós futbolistas, poco antes de que se apaguen los focos, den las doce de la noche y empiece su cacería, como reza la canción de Estopa. Históricamente, las lechuzas han saneado el campo y sus alrededores, han limpiado de ratones un escenario donde no caben roedores, sino público apasionado y deportistas en busca de gloria.

Corría el segundo tiempo, decía, cuando se produjo la “jugada” que marcaría el partido. El árbitro pitó falta. El juego se detuvo. Y en esto las cámaras enfocan a una lechuza que había emprendido el descenso desde la grada hasta el césped, evidentemente, sin pedir permiso. Luis Moreno, defensa del Pereira, se acerca hacia el animal y le da una patada para sacarlo del campo. La afición local y algunos jugadores del Junior le recriminan la acción y se le vienen encima. La afición va más allá y se escuchan gritos de ¡asesino, asesino!. El animal queda malherido y se lo llevan a una clínica veterinaria. Allí pasa dos noches en cuidados intensivos. Horas después, la lechuza muere. Y media Colombia pone la mirada en el defensa panameño del Deportivo Pereira. De la noche a la mañana, sin comerlo ni beberlo, Moreno se convierte en el enemigo público del país.

A Luis Moreno le han dicho de todo. Lo han tildado de asesino, se ha pedido que lo echen del país, que lo deporten. Ha recibido varias amenazas de muerte. Asociaciones de animales han puesto el grito en el cielo, sugieren que le caiga entre uno y tres años de cárcel por maltrato animal. La Federación Colombiana de Fútbol le ha suspendido con dos partidos por ofensas graves a la afición rival. Moreno cometió un error por el que ya se ha cansado de pedir perdón, en la tele, en la radio, en ruedas de prensa. Yo miro el caso perplejo. Me asombra la criminalización de un futbolista por un gesto feo, lo reconozco, y que ha indignado al país. Me asombra la solidaridad con una lechuza en un país donde la vida de las personas vale tan poco, donde cada día hay varios muertos de los que nadie habla y a los que nadie llora. Me indigna esa doble moral, la del aluvión de críticas (insisto, en parte, muy merecidas) a un futbolista que pateó a un animal, y la del silencio sepulcral ante las víctimas inocentes que caen a diario a manos de guerrilleros, paramilitares, mafias, sicarios o delincuentes del común.

La lechuza se ha ganado un sitio en el cielo, el lugar desde donde oteaba los partidos. Y se ha hecho un hueco en el corazón de la hinchada del Junior. Un conocido periodista local ha pedido que se diseque y que su cuerpo descanse en el estadio como memoria viva contra los violentos. Hay otros hinchas más pragmáticos. El utillero del Junior recuerda que, históricamente, cuando una lechuza posaba su pecho sobre el césped, algo bueno iba a ocurrir. Y recuerda aquel episodio de 1993. Junior de Barraquilla y América de Cali se jugaban el título de liga. El partido iba empate a dos y, de repente, salió la lechuza. El juego se detuvo y en cuanto se reanudó, Carlitos “El Pibe” Valderrama, lo más grande que ha dado Barranquilla al fútbol, sí, aquel colombiano de rizos de oro que emigró más tarde a Valladolid y al que Michel acarició reiteradamente sus partes aquella fría tarde de domingo en el Bernabéu, le dio un pase de gol a Oswaldo Mackenzie. El título se quedó en Barranquilla, la fiesta inundó las calles y la lechuza siguió, como si nada, cruzando el cielo. Aquella vez no hubo violencia, solo pasión. Cuentan que el miedo congeló a los ratones que se asomaron por el estadio, cuando miraron al cielo.

Luis Pérez


Hace ya casi dos siglos que el gran sueño de Simón Bolívar se fraguó por estas tierras. La Gran Colombia, una nación compuesta por varias repúblicas recién independizadas de España, echó a andar en 1819. Moriría doce años después, en 1831, víctima de revueltas internas y del desencanto con un Libertador que terminó pervirtiendo ese proyecto de unión suramericana con un Gobierno muy parecido a una dictadura. La Gran Colombia agrupaba varios países.
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