3 posts de abril 2011

Los mejores (y no tan mejores) amigos

Hay algo que no consigo entender en los presidentes. Nunca he sabido cómo valoran a sus amigos, o si realmente se pueden tener amigos en las altas esferas en las que se mueven, de presidente a presidente. Porque al final esas amistades o enemistades, esos enfados o discrepancias entre “amigos”, pueden tener consecuencias mayores para el resto de los mortales que les votamos un domingo cualquiera cada cuatro o cinco años. Un cabreo entre presidentes no debe ser como un cabreo entre ciudadanos de a pie, que pueden mandarse al carajo de manera burda o muy fina, y dejar de hablarse unos días sin que el resto de la humanidad sufra los efectos de esa ruptura puntual.

Un ejemplo de esa amistad que fluctúa como la bolsa es la que ahora se profesan Juan Manuel Santos y Hugo Chávez, los presidentes de Colombia y Venezuela. Hace dos años, cuando Santos era el ministro de Defensa en el gobierno de Álvaro Uribe, Chávez lo definió como “ministro guerrerista”. Chávez y Uribe no eran buenos amigos. Digamos que no se podían ni ver. Y esa etapa en la que sonaban tambores de guerra entre Caracas y Bogotá, el líder bolivariano vio en Santos al hombre que podría dirigir la guerra en ese eventual conflicto.

Hace unos días, Chávez definió al presidente Santos como su “nuevo mejor amigo”. Se reunieron en Cartagena, firmaron 16 acuerdos y lo pasaron bien, todo ello coronado con una deliciosa cena a orillas del mar Caribe. Durante su viaje a Europa el presidente Santos también presumió de su nueva amistad. Lo hizo por ejemplo en España, donde Santos busca también nuevos amigos que quieran invertir en Colombia. En Madrid, el presidente colombiano defendió a su amigo venezolano. Dijo que Caracas colabora en la lucha contra el narcotráfico y que en Venezuela ya no hay campamentos de las FARC. Días después, el gobierno colombiano confirmaba la extradición a Venezuela del presunto narcotraficante Walid Makled, al que reclamaba igualmente Estados Unidos. Mackled, recordemos, también habló, hace poco, de la amistad… de la amistad que le unía a círculos cercanos al presidente Chávez, que le permitieron construir un imperio con el que, según la Agencia Antidrogas estadounidense, introducía cada mes 10 toneladas de cocaína para alimentar el mono de las narices pobres en las calles estadounidenses, y también de las narices ricas ávidas de coca de cientos de yuppies en Wall Street.

Chávez y Santos están de luna de miel, y al paso que van obligarán a cambiar los guiones de “Isla presidencial ”, esa fantástica serie de dibujos animados que habla, por cierto, de la amistad y la enemistad, de los vaivenes de la política internacional reflejados en el comportamiento de varios líderes latinoamericanos encerrados en una isla desierta y obligados a convivir con los amigos y los menos amigos, en una lucha titánica por encaminar a la región en la senda del liberalismo o del bloque bolivariano.

En los últimos capítulos que vi de Isla Presidencial, todavía seguía por allí el presidente Uribe, enarbolando entre sollozos la bandera de la lucha contra el modelo bolivariano de Chávez, Correa o Evo Morales. Uribe se creía el salvador del mundo en esa isla de egos donde se juega la partida que debe definir el rumbo de la geopolítica regional. Tal vez por eso, ni el Uribe animado ni el Uribe real entienden la nueva amistad entre Santos y Chávez. El ex presidente colombiano no oculta su desencanto y lo expresa a través de su cuenta de twitter, que es su manera de expresarse desde que abandonó el poder. Uribe se pregunta dónde está la mayoría de líderes de las FARC que antes estaban en Venezuela, y le dice a Santos que no es bueno medrar políticamente con el dolor de las víctimas. Y esa es otra muestra de que, entre presidentes y ex presidentes, no siempre se cumple aquello de que “los amigos de mis amigos, son mis amigos”.

La saga Fujimori

Hora y media antes del mitin, la música se colaba atropelladamente en las casas humildes de San Juan de Lurigancho, al sur de Lima. En el campo de fútbol sonaba un estribillo tan simple como éste: “qué lindos son tus ojos, qué suaves son tus labios”. No es un anuncio erótico de bajo presupuesto, sino una popular canción que Dina Paucar, una conocida artista peruana, ha adaptado en honor de Keiko Fujimori. Keiko es la candidata de Fuerza 2011 a la Presidencia de Perú. Pero Keiko es, sobre todo, la hija de Alberto Fujimori, el ex presidente peruano que sigue la campaña electoral desde la cárcel por violación de los derechos humanos, o hablando en plata, por las matanzas de estudiantes en Barrios Altos y La Cantuta.

Keiko -insisto- es sobre todo la hija de Alberto, porque su figura no se entiende sin la del antiguo mandatario. Keiko ejerció de Primera Dama durante la presidencia de su papá, desde que en 1994 Fujimori se separó de su mujer. Y con ese aval y sus estudios en Estados Unidos como argumento, Keiko resultó elegida congresista en 2006, con la mayor votación que ha recibido un diputado en la historia de Perú. El jueves por la noche, en San Juan de Lurigancho se podría retroceder en el tiempo, hasta la campaña de 1995 o a la de 1990, y no habría pasado nada. Estaría igual que ahora, llena de fotos de Fujimori, llena de recuerdos del presidente que enamoró a los humildes con sus obras y, sobre todo, con sus programas asistenciales, como el Vaso de Leche o los comedores escolares para niños pobres. Las fotos de Fujimori se mezclaban con gritos de “¡Chino, Chino!, como llamaban al papá. Y por si alguien tenía alguna duda, cuando keiko subió al escenario reconoció que todo ese cariño se debe, en gran parte, “a las obras y el legado de Alberto Fujimori, el mejor presidente en la historia del Perú”.

Cuando preguntas en la calle por Keiko pasa como lo mismo que cuando preguntas por Ollanta Humala: puedes escuchar de todo, salvo opiniones que te dejen indiferente. Quienes la admiran sueñan con lo mejor de la etapa de Alberto y se agarran a las promesas de keiko. Básicamente, que recorrerá el país como su papá para ver las necesidades de la gente y que distribuirá la riqueza entre los más pobres. Quienes no soportan escuchar su nombre recuerdan el golpe de Estado del Chino y todo lo que vino después. Y recuerdan la corrupción que orquestó con mano hábil Vladimiro Montesinos, el hombre en la sombra que tejió entre bambalinas aquel circo de corrupción y torturas desde las profundidades de los servicios de inteligencia. Montesinos era la mano de derecha de Fujimori, el ángel malo, el diablo detrás del telón, y ahora se pudre como actuaba, también en la sombra, pero en la que proyecta el techo grisáceo de una celda en un penal de máxima seguridad.

Keiko se queda con lo mejor de su papá: con los colegios construidos, la infraestructura, los programas de ayuda a los más pobres, que en Perú son muchos (los pobres) y antes eran muchos más. Y cuando le preguntas por Montesinos dice que nunca le gustó, y que fue ella quien advirtió a su papá de los negocios demasiado turbios que se cocían en Palacio.

La realidad es que, dos décadas después, otro Fujimori podría llegar a presidente. Keiko va segunda en las encuestas. Únicamente la supera el nacionalista de izquierdas Ollanta Humala. Y esas encuestas dicen también que si ellos dos se jugaran la presidencia en la segunda vuelta, Keiko se convertiría en la primera presidenta en la historia de Perú. ¿Cómo se ha dado este escenario en un país que abraza desde el 2001 el capitalismo, que el año pasado creció casi un 9% y que no deja de firmar tratados de libre comercio? Pues básicamente porque las tres opciones que representan esa tendencia de centro derecha andan a la greña. El ex presidente Alejandro Toledo, el ex alcalde de Lima Luis Castañeda, y el economista Pedro Pablo kuczynski representan básicamente lo mismo: la senda que tomó Perú en 2001 con el propio Toledo y en 2006 con Alan García, políticas neoliberales que promueven el libre comercio y abren las puertas a la inversión extranjera. Los tres prometen, también, resarcir el gran error de los últimos años: la enorme riqueza peruana repercute en las cuentas del Estado y de las grandes empresas, pero no en el bolsillo de los más pobres. Y ese desencanto, esa percepción de que el olor del dinero sólo llega a los barrios ricos, está llenando de simpatizantes los mítines de Ollanta Humala y de Keiko Fujimori.

Supongo que el papá de Keiko estará conteniendo la respiración para ver si se consagra el milagro. Porque todos (menos la propia Keiko y su equipo) dan por supuesto que si la hija del Chino llega al poder, habrá un indulto presidencial para su padre por razones humanitarias. Y Fujimori podrá, piensan algunos, dirigir desde la comodidad de su casa lo que ya manejaba desde prisión.

Chávez, Santos, doña Gertrudis y la espera

La base naval de Cartagena de Indias no es un buen lugar para la espera. Al menos la sala donde esperamos los periodistas. No hay aire acondicionado, ni ventilador, ni tan siquiera una puerta abierta. Mala manera de combatir el bochorno cartagenero en las horas previas a una cumbre entre los presidentes de Colombia y Venezuela. Las cumbres son largas. Con Hugo Chávez, se presumen aún más largas. Algo de eso intuimos al leer las indicaciones para la prensa de la Presidencia colombiana. Hablo de memoria, pero decía algo parecido a esto: “llevar alimentos y provisiones para una larga jornada”, como si nos fuéramos de excursión a la sierra o de acampada con los Boys Scouts.

Cuando desde el Gobierno te piden que además de ordenador, cuaderno y bolígrafo, te lleves un plátano o un bocata para silenciar las tripas y aliviar la espera, te imaginas que la tarde será larga… esperando, y la noche más larga… trabajando. Sin embargo, este viernes lo que se ha alargado ha sido la espera. La llegada de Chávez se anunciaba para las 11, luego para las 12, luego para las 15 y luego para las 18 horas. Y en ese ínterin los periodistas nos cruzábamos entrando o saliendo de la sala. No por nervios ni por prisas, sino por encontrar el momento para salir a comer y volver a la sala con la panza llena para llevar mejor esa larga jornada.

Algo más tarde el cadete de la Marina dio la primera señal: “Señores, les recomiendo que se den una vuelta por Cartagena, porque el avión del presidente de Venezuela está averiado en Cochabamba (Bolivia) y aún no hay plan de despegue”. Las miradas lo dijeron todo. Estampida general y descanso en el hotel o paseo por el centro histórico de Cartagena. Poco después, la confirmación oficial: la Canciller colombiana da una rueda de prensa y anuncia, como ya adivinábamos, que la cumbre se cancela hasta el sábado 9 de abril.

Con la espera perdimos todos. Los periodistas pagamos en vano aviones y noches de hotel, en un momento en el que la caja de las empresas que se dedican a contar historias suena cada vez más vacía por tres meses de noticiones y coberturas prolongadas en Túnez, Egipto, Libia y Japón. No enviamos crónicas de la cumbre, no hicimos noticia de la no noticia, pero nos encontramos, eso sí, con un atardecer de regalo frente a las murallas de Cartagena. El presidente de Colombia esperó cuanto pudo a Hugo Chávez para una cumbre con dos grandes temas: por un lado, el relanzamiento definitivo de las relaciones económicas, que en 2008 superaron los seis mil millones de dólares y en 2010, en el peor momento de las relaciones entre Chávez y Uribe, tras meses de acusaciones mutuas y tambores de guerra, bajaron a 1.800; por otro lado, la situación del presunto narcotraficante venezolano Walid Makled, detenido en Cúcuta (Colombia) en agosto de 2010. Makled, alias “El turco”, está acusado de homicidio en Venezuela. En Estados Unidos también le acusan de introducir diez toneladas de cocaína al mes en su territorio. Los dos países lo reclaman y la Corte Constitucional colombiana acaba de decidir que quien tiene la última palabra es el presidente Juan Manuel Santos. ¿Por qué es tan relevante Makled? Congresistas republicanos estadounidenses aseguran que “El Turco” tiene las pruebas de la implicación de importantes oficiales venezolanos, civiles y militares, de muy alto rango, en el negocio del narcotráfico. Y quieren que Santos lo extradite a su país porque en Venezuela –dicen- la justicia forma parte del Gobierno y ese escándalo nunca vería la luz.

No sabemos si en esta cumbre se iba a definir el futuro del presunto narco. Pero sí es seguro que los periodistas preguntaríamos por ese asunto, una auténtica “patata caliente” para el presidente colombiano, que se comprometió a entregarlo a Venezuela, en parte, como gesto de confianza para allanar las relaciones con Chávez, aún a riesgo de disgustar a Estados Unidos, que cada año sigue entregando a Colombia decenas de millones de dólares en la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo.

Pero se varó el avión del presidente venezolano, en Cochabamba no había los repuestos necesarios, y a cinco horas de vuelo, en Cartagena, Santos y su equipo hablaron con Chávez y confirmaron que se acababa la espera. Esa tarde que se presumía larga y tediosa decidí visitar a Doña Gertrudis, una suerte de abuela cartagenera, ya rondando los 80. Doña Gertru cuida una casa mágica en la ciudad y hace las mejores arepas de huevo de toda la costa del Caribe. Y en su vida se repite siempre el mismo ritual: asea la casa durante toda la mañana; por las tardes cruza el patio, abre la puerta de la entrada y se sienta a observar en el bordillo. Lleva así casi ocho décadas, hablando, observando, resolviendo el día a día y mirando la vida pasar. Doña Gertru no ha visto ni a Chávez ni a Santos, probablemente le importe un carajo esa cumbre, y mientas apuramos un tintico y hablamos, mientras me cuenta cosas de Cartagena, me doy cuenta de que esas tardes en calma, sólo rotas por el ruido del carruaje, la han convertido, sin duda, en la reina de la espera.

Luis Pérez


Hace ya casi dos siglos que el gran sueño de Simón Bolívar se fraguó por estas tierras. La Gran Colombia, una nación compuesta por varias repúblicas recién independizadas de España, echó a andar en 1819. Moriría doce años después, en 1831, víctima de revueltas internas y del desencanto con un Libertador que terminó pervirtiendo ese proyecto de unión suramericana con un Gobierno muy parecido a una dictadura. La Gran Colombia agrupaba varios países.
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