3 posts de junio 2011

El silencio del Comandante

Chávez y hermanos castro 

Esa foto de la recuperación esconde mucho más de lo que dice. De momento es la única prueba gráfica de que el Presidente de Venezuela, Hugo Chávez,  está vivo, de que se recupera de ese mal que muchos desconocíamos y que ahora es casi tan conocido como la gripe común: el absceso pélvico. La foto muestra a un Chávez convaleciente, agarrado en su fragilidad a dos personas de aspecto aún más frágil como son los hermanos Castro. Fidel sostiene a Hugo y Hugo se agarra de Raúl. La instantánea pareciera dibujar una metáfora de las relaciones y la geopolítica  entre Cuba y Venezuela.

La historia de esa foto está justo en el frame y en la secuencia posterior, que por supuesto no se ha publicado y probablemente jamás vea la luz. Tan importante es la secuencia de cómo está Chávez que medio mundo habla de ello. La gente habla sin rigor. La gente habla sin rubor.  Y suelta especulaciones varias sobre un cáncer de próstata, una diverticulitis o una complicación severa de ese absceso pélvico del que tanto hemos aprendido en las últimas semanas. Los tenderos, los ejecutivos, las azafatas, las peluqueras, los periodistas,  los pobres y los ricos… todos hablan sin freno sobre la salud del Comandante. Pero se les perdona porque si hay algo que falta en toda esta crisis es precisamente la información. La salud de Chávez es como aquel anuncio de Coca-cola que todos guardamos en la memoria: “para los programas infantiles, para los de variedades, para los juveniles, para los musicales… para los concursos, para los reality shows, para los talk shows…. Para todos”. Y es que todos opinan de la salud del presidente: opina el Gobierno y el oficialismo, que asegura que el líder está bien y que hay Chávez para rato; opina la oposición, que ve normal que se enferme después de miles de horas hablando en directo en los canales gubernamentales de televisión, mientras le desean con elegancia que se recupere y  se aparte de la vida política; opinan las masas chavistas, que han emprendido un maratón de misas y oraciones para que el líder obre el milagro, se levante, ande y regrese a Venezuela, convencidos como están (como estamos todos) de que el chavismo no se entiende sin Hugo Chávez; opinan los seguidores de la oposición, y más de uno seguro que pone velas negras para que el Comandante bolivariano se quede allá, tranquilamente, compartiendo tardes habaneras con el Comandante cubano.

Todos opinan, y lo hacen porque el hermetismo con el que se ha tratado este asunto ha dado rienda suelta a la imaginación. No hay partes médicos detallados, no los hubo con Fidel, no los habrá con Chávez. Y entre opinión y opinión, más comentarios. Comentarios y artículos  que recuerdan que Chávez dejó el tabaco hace poco pero que sigue siendo un consumidor frenético de café negro, que apenas duerme cuatro horas, que es capaz de llamar a un ministro a las tres de la madrugada para trazar un plan de trabajo o comentar un partido de beisbol. Vuelan comentarios sobre supuestos médicos que le han dicho al Comandante que somatiza los problemas que acarrea ser el puesto de único y máximo responsable de la Revolución. Corre tinta sobre su lesión de rodilla y su época de paracaidista, del contacto brusco con el suelo y la contracción del cuerpo en milésimas de segundo antes de poner la bota en la tierra.

 

Pero lo que más se comenta, mucho más que el famoso absceso pélvico, es su silencio. Chávez podría tener todos los males del mundo pero si hablara sería otra cosa, porque en estos 12 años de gobierno ha acostumbrado a los venezolanos a una verborrea inagotable, con más de 2.200 cadenas nacionales y más de 4.000 horas de discursos al pueblo que lo eligió. Hablaba el Chávez vigoroso y el Chávez enfermo, el que destituía a un ministro en directo o el que se sonaba los mocos frente a la cámara alegando una fuerte gripe. Ese era Chávez, un animal político brutal que, gustase o no, nunca encontró un contrincante con esa fuerza huracanada para hablar, proponer, criticar, o poner a soñar a medio país con días mejores en el camino de esa revolución. Así era Chávez, el mismo que ahora lleva semanas de silencio mientras su país espera noticias de un hombre que nunca calló.

El puente y el refugiado

El puente Simón Bolívar ya no es lo que era. Esa construcción, que se eleva sobre el río Táchira, es la principal conexión por tierra entre Colombia y Venezuela. Durante años hubo un enorme trasiego de coches, de gente que entraba y salía, que cruzaba la frontera como quien cruza una calle, sin papeles, sin permisos.  Podría decirse que en Cúcuta y en San Antonio de Táchira, las dos ciudades conectadas por ese puente, la economía latía al ritmo del tráfico de vehículos, de los trabajadores, comerciantes y buscavidas que caminaban a ambos lados la frontera.

Puente 
Tránsito de personas y vehículos por el puente Simón Bolívar. Al fondo, la entrada a Venezuela.

El puente Simón Bolívar parece triste, coronado únicamente por los enormes coches antiguos que dominan el contrabando de gasolina. Allí están, haciendo cola en las gasolineras venezolanas, llenando el enorme tanque de carburante venezolano y barato, demasiado barato, para cruzar la frontera y venderlo en garrafas de plástico a la mitad del precio de lo que cuesta  en Colombia. Venezuela ha dejado de importar en Colombia. Chávez puso sus ojos en Argentina y Brasil, y a cada acuerdo que se firmaba cruzaban menos vehículos por el trazado rugoso del puente Simón Bolívar.

La crisis económica es el penúltimo drama que ha visto el puente. Porque el último siempre está ahí, comenzó hace décadas y hoy sigue vivo, muy vivo, recordándonos que el conflicto en Colombia no ha acabado, aunque las FARC parezcan debilitadas y a los paramilitares les hayan puesto ese nombre tan cínico de “bandas emergentes”, cuando en realidad los paras nunca se fueron, porque esas bandas son el mismo perro con distinto collar.

El último drama que ha visto el puente Simón Bolívar es el de los refugiados que huyen a Venezuela. Lo vio ayer, lo ve hoy y lo verá mañana. Más de doscientos mil colombianos han cruzado al país hermano para escapar del conflicto. Lo han hecho por algún punto de los casi 2.200 kilómetros de la frontera que comparten Colombia y Venezuela. La mayoría, según ACNUR, ha pisado el asfalto gastado del viejo puente Simón Bolívar. Nadie les pide explicaciones, como a ninguno de los colombianos que acude al trabajo en la zona fronteriza con Venezuela. Pero la diferencia es clara, que nadie lo olvide. Los pasos del refugiado caminan sin rumbo, porque el único objetivo es buscar un lugar seguro en Venezuela. Creo que la expresión “los pasos del refugiado” se queda corta, demasiado corta. Porque también, según ACNUR, el refugiado colombiano fue anteriormente desplazado, y huyó por su país una o varias veces antes de cruzar la frontera.

Al otro lado de la frontera, cruzando el puente y a una media hora en coche, a la izquierda, está Ureña. Un pueblo triste, sin mucho más que contar. Pero un pueblo generoso, porque acogió en sus calles a cientos de colombianos que llegaron con lo puesto huyendo del conflicto. Allí llegó María y años después llegó también su hermana Nélida, amenazada por un “grupo armado” que no se atreve a identificar. Llegó Federico, el joven que se negó a entregar un cerdo a las FARC, en un acto de valentía que le costó una condena a muerte. Llegó Víctor, que abandonó su finca de noche, con poca ropa, mucho miedo y una familia como equipaje, un campesino que vio caer a un amigo muerto a tiros por un comandante paramilitar y que decidió que en aquella vereda no crecerían sus hijos. El mismo campesino que ahora comprueba inquieto como los paras controlan también esa zona de la frontera. Controlan los negocios, las bombas de gasolina, deciden quién manda o deja de mandar en los pequeños ayuntamientos de la frontera. Tal vez por eso sigue metido en esa cañada, seis metros por debajo de la carretera, peligrosamente cerca de una quebrada que a punto ha estado de llevarse su casa y obligarle otra vez a emigrar.

Refugiados 1.jpg Víctor 
Víctor Silva, campesino colombiano refugiado en Venezuela por amenazas de los paramilitares.

Sobran nombres de refugiados, y seguirán sobrando porque la cifra sigue en aumento y crece sin parar. Lo hace poco a poco, “por goteo”, como cuenta Enrique, el delegado de ACNUR en el Estado venezolano de Táchira. Ese goteo sigue imparable, aunque a la vista humana sea casi imperceptible. Pareciera que la situación es menos grave de lo que parece, tal vez porque no hay migraciones en masa, no hay campamentos de refugiados como los que hoy se levantan en Turquía para los refugiados sirios, como los que aún retenemos en la retina en las crisis olvidadas de cualquier punto de África. La situación podría ser mucho más grave, pero no lo es porque los refugiados colombianos han llegado a un país receptivo, que no les persigue, que les deja construir invasiones al otro lado de la frontera, que les da educación y sanidad aunque sólo quince mil de esos casi doscientos mil hayan sido reconocidos con el estatus de refugiados.

Refugiados 3.jpg hermanas 
María y Nélida Blanco, hermanas y campesinas colombianas refugiadas en Venezuela

Alguien dijo alguna vez que el miedo es libre. Para los refugiados ese miedo es libre y además compartido. Casi ninguno quiere regresar a Colombia. Quieren mirar adelante, y esa mirada se proyecta en tierras de Venezuela. Pocos quieren deshacer el camino y cruzar el viejo puente, porque más allá del Simón Bolívar siguen viendo las viejas sombras que un día les obligaron a huir.

Las víctimas y el miedo

Santos víctimas
El Presidente de Colombia sanciona la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras

El escenario nunca desentonó con la importancia del acto. La inmensa carpa de lona blanca con sus grandes vigas de hierro, la alfombra roja desde la entrada de la Casa de Nariño hasta la mesa presidencial, las decenas de cámaras que siguieron los pasos hacia la Historia del presidente Santos y el secretario general de la ONU, la audiencia que esperaba sentada y que aplaudió sin parar a las estrellas de aquella tarde noche en Bogotá. Hasta el cubículo donde ubicaron a los periodistas destilaba grandeza, elevado y rodeado por barras doradas y un grueso cordón rojo. Faltó algo de amplitud, pero allí  nos acomodamos como pudimos para dar fe de aquel momento histórico. Había poco espacio para movernos, pero al menos el stand de Café de Colombia brillaba a nuestra derecha y los tintos de la tierra calentaban otra tarde fresca pero sin lluvia, porque el General Invierno, el peor que ha vivido el país, se sumaba también a la fiesta con una tregua que dejó a la capital sin su habitual tormenta.

 Todo fue bien en la sanción de la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, probablemente la norma más importante que se ha aprobado en Colombia en las últimas décadas. Importante sobre todo por sus objetivos, y porque -como dijo el Presidente- acerca por una vez al Estado a la orilla de las víctimas. La Ley prevé, nada más y nada menos, reparar a más de cuatro millones de colombianos, víctimas del conflicto. Lo hará de varias maneras: indemnizando económicamente a las víctimas, o devolviéndoles las tierras que les robaron en las últimas décadas del conflicto. También prevé para ellas ayuda psicosocial, y un sistema de seguridad que impida a los victimarios volver a humillar a las víctimas.

 De todo esto fue testigo Ban ki Moon. Es el primer Secretario General de la ONU que pisa Colombia desde 1990, cuando arribara al país el peruano Javier Pérez de Cuéllar. El diplomático surcoreano fue bastante claro en su discurso. Dijo al menos dos cosas relevantes: que la Ley de Víctimas es el primer paso hacia la reconciliación y la resolución del conflicto, y que  no puede haber reparación sin escuchar el dolor y el sufrimiento de las víctimas.

 Sus palabras sonaron bonitas para todo el auditorio, para los congresistas que aprobaron la ley, para los invitados de honor, y para las víctimas que aguardaban este momento sentadas bajo la carpa. Su voz también se escuchó en varias grabaciones preparadas para el evento. Se oyeron víctimas de los paramilitares, de las guerrillas, de las bandas criminales y las pandillas. No se oyeron, sin embargo, a las víctimas de los agentes del Estado, tal vez porque alguien pensó que aquel no era el escenario idóneo para reconocer que el Estado también ha sido victimario en estos años de conflicto.

  Ana fabricia vivaAna Fabricia Córdoba

Tampoco se oyó la voz de Ana Fabricia Córdoba, una de las portavoces de las víctimas, de los cientos de miles de desplazados que llevan años reclamando las tierras que les robaron en estas décadas de sangre y dolor. La voz de Ana Fabricia se apagó un par de días antes de ese solemne acto en la Casa de Nariño. Y se apagó sin pompa, sin fastos ni estridencias, sólo con el ruido del revólver que vaciaron sobre su cuerpo en aquel autobús de Medellín. Ana Fabricia sabía que la iban a matar, y ese presentimiento lo dejó sentado en varias entrevistas. Supongo que esa creencia es más fácil de asimilar cuando también han asesinado a tu marido, a tu hijo, y cuando has vivido en permanente huida por las amenazas durante la última década, como era su caso.

Entierro ana fabricia
Familiares y amigos de Ana Fabricia Córdoba durante su entierro en Medellín

El entierro de Ana Fabricia se pareció muy poco a lo que vimos en la Casa de Nariño. Y sin embargo esa imagen desgarradora de sus amigos abrazando el féretro deben tenerla muy presente quienes aplaudieron a Santos, quienes firmaron la ley. Porque si esa ley tiene un reto por delante es proteger a las víctimas. De nada sirve ese hermoso artículo que habla de entregar las tierras a sus propietarios legítimos, si los propietarios tienen miedo de volver a sus tierras porque saben que los van a matar. No es una frase hecha. En el primer año de gobierno de Santos han asesinado a una veintena de líderes que reclamaban la devolución de las tierras. Los campesinos tienen miedo. Los desplazados tienen miedo. Y el miedo no se va con la aprobación de una ley si esa ley no se acompaña de medidas reales que alivien el miedo. 

 

Luis Pérez


Hace ya casi dos siglos que el gran sueño de Simón Bolívar se fraguó por estas tierras. La Gran Colombia, una nación compuesta por varias repúblicas recién independizadas de España, echó a andar en 1819. Moriría doce años después, en 1831, víctima de revueltas internas y del desencanto con un Libertador que terminó pervirtiendo ese proyecto de unión suramericana con un Gobierno muy parecido a una dictadura. La Gran Colombia agrupaba varios países.
Ver perfil »

Síguenos en...

Últimos comentarios