2 posts de julio 2011

Hugo Chávez: tiempos de resurrección

 Chávez y maría

 

La cadena nacional estaba cantada. Hugo Chávez subía las escalerillas del avión, rumbo a Cuba, de la mano de su hija María. Y el “hasta pronto” del presidente se coló en las casas de todos los venezolanos que tenían prendido el televisor… más allá de que veneren esa revolución bolivariana o pregonen enojados las razones de su fracaso.  Chávez se fue, sin fecha definida de regreso, para iniciar la nueva fase de su tratamiento contra el cáncer. Habrá quimioterapia, y eso al menos lo supimos por boca del mandatario, ahora que su enfermedad dejó de ser un tabú tras un silencio incómodo sobre el tema que duró casi un mes y desató un vendaval de rumores sobre su vida, su muerte y su resurrección.

Chávez deja Venezuela como un presidente mortal. Digamos que se ha humanizado, que ha bajado a la tierra, que ha caído en la cuenta de que igual que vino se puede ir, porque aquí abajo a todos nos llega la hora. Se ha roto, de alguna manera, el mito de su invulnerabilidad, de esa fuente inagotable de energía que le permitía dormir apenas cuatro horas al día y trabajar jornadas interminables, en la soledad de un despacho o en la inmensidad en un Aló Presidente frente a las cámaras de televisión.  Estos días lo hemos visto rezando, comulgando, porque Chávez es creyente y siempre dijo que Cristo fue el primer revolucionario. Así que el líder bolivariano se ha puesto en varias manos: en las de Cristo, en las de la ciencia y los doctores cubanos, y en las de Fidel, consciente como está el Comandante cubano de que un cambio en Venezuela cortaría el chorro de dinero que alimenta a la Revolución Cubana cruzando el Caribe desde Caracas hasta La Habana. Y se ha puesto en manos, también, de su propio pueblo. Porque el calor del pueblo venezolano(del pueblo chavista, el que sale a la calle a despedirlo, el que reza para su salvación y su permanencia en el poder) es fundamental para el presidente. Lo dice él mismo, consciente de que esa simbiosis, el ver un pueblo que lo apoya y el que sus seguidores lo vean casi como el principio y el fin de la revolución, como un elemento insustituible, le transmite fuerzas para salir adelante y profundizar el camino que emprendió con aquel triunfo electoral a finales de 1998.

La enfermedad, sin embargo, deja detalles. Antes de partir de nuevo hacia La Habana, Chávez delegó parte de sus poderes al vicepresidente, Elías Jaua, y al ministro de Economía, Jorge Giordani. Es la primera vez que entrega parte de su poder en sus doce años de Gobierno. Pero por si acaso ha dejado claro que seguirá mandando desde Cuba, mal que le pese a la oposición, y hasta allí se ha llevado una especie de tarjeta electrónica que estampará su firma en cualquier documento que la necesite. Nadie sabe qué pasará con Chávez, cómo evolucionará su salud. Sin embargo, nadie cuestiona su liderazgo. No hay voces en el oficialismo que lo pongan en entredicho. Ahora, más que nunca, todos entienden que no hay chavismo sin Chávez, como si al reafirmar su liderazgo le inyectaran otra enorme dosis de moral para afrontar los días largos y duros que le provoca su enfermedad. Se acabó el debate sobre su sucesión. Se da por sentado que el presidente saldrá de ésta. Dentro del partido no se habla del asunto. Únicamente los medios críticos y los analistas sacan a relucir posibles sucesores (su hermano Adán, el canciller Maduro, el vicepresidente Jaua…) en caso de que la cosa se ponga fea y haga falta otro capitán que coja el timón y el mando revolucionario.

El cáncer de Chávez cogió a todos por sorpresa: al paciente, al oficialismo, pero también a la oposición, que no parece tener claro cómo manejar este escenario. Por delante, dos fechas importantes: en febrero de 2012 la oposición elegirá en primarias a su candidato a presidente; y a finales de ese año el país entero decide quién le gobernará durante los próximos seis años. La oposición, que por primera vez en muchos años parece unida para derrotar a Chávez, corre el riesgo de volver a dividirse. Contra el candidato Chávez no hay otra opción que la unión de todos los sectores: los desprestigiados ADECO y COPEI, y también los nuevos partidos de jóvenes que no tuvieron vínculos con aquella época de corruptelas y robos a mansalva que facilitaron la llegada del comandante al poder. Pero, ¿y en un escenario electoral sin Chávez? Los analistas dicen que aumentarían considerablemente las opciones de triunfo de la oposición y que eso, precisamente, abriría el apetito de candidatos opositores, que finalmente actuarían por su cuenta y presentarían su candidatura aunque perdieran en las primarias.

Falta todavía mucho tiempo para ese escenario electoral. Pero la clave será, sin duda,  la presencia o no de Hugo Chávez. De cómo evolucione su enfermedad dependerá también el futuro de Venezuela. Con Chávez -dicen sus seguidores-  se profundizará esa revolución que redujo los niveles de pobreza y analfabetismo, que llevó alimentos y medicina gratis a los más pobres y que puso a soñar, que dio una identidad a una parte de la población marginada históricamente en Venezuela. Con Chávez, dicen sus críticos, seguirán los problemas de un país fracturado ideológicamente como nunca lo había estado, con la inflación más alta del continente, la industria nacional por los suelos,  la criminalidad por las nubes, la fuga de empresarios por la inseguridad jurídica y las nacionalizaciones de empresas, o una crisis energética que pocos entienden en un país rico en recursos, en el que sólo el petróleo deja cada año 50 mil millones de dólares en la caja del Estado.

Nadie conoce el escenario, nadie tiene la bola de cristal. Pero Chávez ya ha superado el susto,   ha asumido su papel de persona mortal, y ha partido hacia Cuba con la moral reforzada, sin duda, el mejor capital para afrontar la nueva fase de su enfermedad.  Le bastaron cuatro verbos para resumir lo que viene a partir de ahora con ese viaje a La habana: “Voy, estaré, vendré y seguiré”. Y otra frase del presidente: “Son tiempos de resurrección”. La mejor manera de aclarar, por si alguien tenía dudas, que Chávez está de vuelta, si es que alguna vez se fue.



Las casas de Toribío

TORIBÍO 

Desde hace años, Toribío es un pueblo en construcción. Se recogen las ruinas y se levantan ladrillos. Es un trabajo muy poco grato que la población, sin embargo,  ha automatizado a la fuerza.  La guerrilla de las FARC ha tomado ese municipio del Cauca, al suroeste de Colombia, en cinco ocasiones. La última, hace unos días. Cinco veces han destruido el pueblo, y cuatro veces lo han levantado las manos duras de los vecinos. La quinta, la del pasado sábado,  está demasiado cerca en el tiempo como para perder el miedo y salir a la calle a recoger los escombros de la cabecera municipal.

 Los tres mil habitantes de Toribío ya estaban en el trabajo aquella mañana en la que, de nuevo, vieron morir al pueblo. La dureza de la explosión les dejó claro que aquello iba en serio. Días antes, las FARC robaron una chiva, uno de esos populares autobuses con decoración alegre y ventanas abiertas que regala buenas dosis de alegría a quien se sube. Esa mañana, la chiva no cargaba a las decenas de jóvenes que toman tragos y bailan mientras recorren una ciudad con los acordes de un vallenato. La chiva cargaba decenas de kilos de explosivos, bombonas con clavos  y metralla con bolas de acero. Ese vehículo se empotró contra el cuartel de la Policía, justo a la entrada de Toribío. La explosión que sacudió al pueblo apenas fue el inicio de la toma guerrillera. Luego vino un intercambio de fuego con el Ejército y la fuerza pública. Una mezcla de zozobra y miedo paralizó a los vecinos durante más de una hora. El resultado lo pueden imaginar: cuatro muertos, decenas de heridos, y más de cuatrocientas casas dañadas total o parcialmente.

Las casas de Toribío, las que quedaron en pie o las que agonizan en el suelo entre montones de ladrillos rotos, son noticia en Colombia desde hace unos días. Poco después de los combates, el Ejército difundió varios vídeos de la batalla contra las FARC. En círculos rojos aparecían varios guerrilleros disparando contra los helicópteros de última generación que ha comprado el Gobierno. El ataque provenía de varias casas del pueblo. Los guerrilleros se atrincheraron en las viviendas de los civiles para atacar a la fuerza pública. Y en base a esas pruebas, el presidente Santos tomó la palabra y zanjó la cuestión: “El ejército destruirá las casas que utilice la guerrilla para atacar a la población civil o a la fuerza pública”, dijo el mandatario.

 La decisión de Santos tiene en ascuas a la población, doblemente criminalizada: primero, por la guerrilla, que viola su espacio privado amenazando con sus armas para atrincherarse en ese lugar; después, por el Gobierno, que amenaza ahora con tumbar sus casas porque presuntamente colaboraron con la guerrilla. Marta, una señora de Toribío que roza ya los 80, me lo pintó así. “Imagínese usted que hay combates, y que en eso entra la guerrilla apuntándole a su cuerpo y diciéndole que se aparte y que le deje entrar. Hay dos opciones, y ninguna es buena: si te niegas, te matan. Y si los dejas pasar te expones a morir en el intercambio de fuego entre la guerrilla y el ejército”. El gran error del presidente es que trata a estos civiles como culpables, y no como presuntos inocentes. Parte de la base de que si un guerrillero entró en tu casa es porque le pusiste la alfombra roja y una cazuela con arroz y frijoles, no porque te sintieras intimidado por el fusil que apuntaba a tu cabeza. Se parte de la base de que eres un colaborador de la guerrilla, y no una de sus víctimas. La medida es tan absurda como aquella que tomó el gobierno israelí para frenar los ataques suicidas palestinos: derribar la casa de los padres del suicida, como si esos padres pudieran cambiar el pensamiento de alguien que decidió inmolarse y matar a cuantos judíos tuviera alrededor, como si esos padres supieran de antemano el día, la hora y el motivo por el que su hijo iba a saltar en mil pedazos para ganarse el cielo por la causa palestina.

Las ONG´s de derechos humanos ya pusieron el grito en el cielo con esa política israelí, y no han tardado en denunciar los atropellos que implica la decisión del Gobierno colombiano. Dicen, básicamente, que derribar las casas de los civiles viola el derecho internacional humanitario. Y lo viola doblemente, porque los afectados son civiles, son población civil, y además son víctimas, son escudos humanos, personas que han sido forzadas por la guerrilla a mostrarse como escudos frente a la fuerza pública.

En Toribío todavía hay demasiada zozobra para pensar cuánto tiempo les durará la vivienda. Saben que la guerrilla volverá, porque está ahí, camuflada en la espesura de las montañas de la Sierra Occidental que rodea a ese pequeño pueblo del norte del Cauca. Saben que volverá porque desde 1983 han sufrido más de seiscientos hostigamientos por parte de las FARC. Y temen que en una de esas incursiones algún guerrillero entre con el fusil al hombro por la puerta dispuesto a parapetarse en su hogar, a firmar, de alguna manera, la orden de derribo de la casa que levantaron con mucho sudor y pocos recursos las familias pobres de Toribío.

Para llegar a Toribío hay que tomar un vuelo de una hora desde Bogotá a Popayán, al sur del país. Y luego hay que viajar cuatro horas por carretera hasta que uno se topa de frente con la Sierra y comienza a ascender hasta las faldas del municipio. No es fácil adivinar que ese pueblo es uno de los rincones perdidos de la Colombia rural donde las FARC tienen fuerza por la ausencia histórica del Estado. Toribío está demasiado lejos para permanecer mucho tiempo en la agenda de los medios. Y sus habitantes temen que, en breve, las casas destrozadas del municipio no sean más que fotos acumuladas en las hemerotecas polvorientas de algún periódico. Sabina lo definió a su manera: números rojos en la cuenta del olvido.

Luis Pérez


Hace ya casi dos siglos que el gran sueño de Simón Bolívar se fraguó por estas tierras. La Gran Colombia, una nación compuesta por varias repúblicas recién independizadas de España, echó a andar en 1819. Moriría doce años después, en 1831, víctima de revueltas internas y del desencanto con un Libertador que terminó pervirtiendo ese proyecto de unión suramericana con un Gobierno muy parecido a una dictadura. La Gran Colombia agrupaba varios países.
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