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Las casas de Toribío

TORIBÍO 

Desde hace años, Toribío es un pueblo en construcción. Se recogen las ruinas y se levantan ladrillos. Es un trabajo muy poco grato que la población, sin embargo,  ha automatizado a la fuerza.  La guerrilla de las FARC ha tomado ese municipio del Cauca, al suroeste de Colombia, en cinco ocasiones. La última, hace unos días. Cinco veces han destruido el pueblo, y cuatro veces lo han levantado las manos duras de los vecinos. La quinta, la del pasado sábado,  está demasiado cerca en el tiempo como para perder el miedo y salir a la calle a recoger los escombros de la cabecera municipal.

 Los tres mil habitantes de Toribío ya estaban en el trabajo aquella mañana en la que, de nuevo, vieron morir al pueblo. La dureza de la explosión les dejó claro que aquello iba en serio. Días antes, las FARC robaron una chiva, uno de esos populares autobuses con decoración alegre y ventanas abiertas que regala buenas dosis de alegría a quien se sube. Esa mañana, la chiva no cargaba a las decenas de jóvenes que toman tragos y bailan mientras recorren una ciudad con los acordes de un vallenato. La chiva cargaba decenas de kilos de explosivos, bombonas con clavos  y metralla con bolas de acero. Ese vehículo se empotró contra el cuartel de la Policía, justo a la entrada de Toribío. La explosión que sacudió al pueblo apenas fue el inicio de la toma guerrillera. Luego vino un intercambio de fuego con el Ejército y la fuerza pública. Una mezcla de zozobra y miedo paralizó a los vecinos durante más de una hora. El resultado lo pueden imaginar: cuatro muertos, decenas de heridos, y más de cuatrocientas casas dañadas total o parcialmente.

Las casas de Toribío, las que quedaron en pie o las que agonizan en el suelo entre montones de ladrillos rotos, son noticia en Colombia desde hace unos días. Poco después de los combates, el Ejército difundió varios vídeos de la batalla contra las FARC. En círculos rojos aparecían varios guerrilleros disparando contra los helicópteros de última generación que ha comprado el Gobierno. El ataque provenía de varias casas del pueblo. Los guerrilleros se atrincheraron en las viviendas de los civiles para atacar a la fuerza pública. Y en base a esas pruebas, el presidente Santos tomó la palabra y zanjó la cuestión: “El ejército destruirá las casas que utilice la guerrilla para atacar a la población civil o a la fuerza pública”, dijo el mandatario.

 La decisión de Santos tiene en ascuas a la población, doblemente criminalizada: primero, por la guerrilla, que viola su espacio privado amenazando con sus armas para atrincherarse en ese lugar; después, por el Gobierno, que amenaza ahora con tumbar sus casas porque presuntamente colaboraron con la guerrilla. Marta, una señora de Toribío que roza ya los 80, me lo pintó así. “Imagínese usted que hay combates, y que en eso entra la guerrilla apuntándole a su cuerpo y diciéndole que se aparte y que le deje entrar. Hay dos opciones, y ninguna es buena: si te niegas, te matan. Y si los dejas pasar te expones a morir en el intercambio de fuego entre la guerrilla y el ejército”. El gran error del presidente es que trata a estos civiles como culpables, y no como presuntos inocentes. Parte de la base de que si un guerrillero entró en tu casa es porque le pusiste la alfombra roja y una cazuela con arroz y frijoles, no porque te sintieras intimidado por el fusil que apuntaba a tu cabeza. Se parte de la base de que eres un colaborador de la guerrilla, y no una de sus víctimas. La medida es tan absurda como aquella que tomó el gobierno israelí para frenar los ataques suicidas palestinos: derribar la casa de los padres del suicida, como si esos padres pudieran cambiar el pensamiento de alguien que decidió inmolarse y matar a cuantos judíos tuviera alrededor, como si esos padres supieran de antemano el día, la hora y el motivo por el que su hijo iba a saltar en mil pedazos para ganarse el cielo por la causa palestina.

Las ONG´s de derechos humanos ya pusieron el grito en el cielo con esa política israelí, y no han tardado en denunciar los atropellos que implica la decisión del Gobierno colombiano. Dicen, básicamente, que derribar las casas de los civiles viola el derecho internacional humanitario. Y lo viola doblemente, porque los afectados son civiles, son población civil, y además son víctimas, son escudos humanos, personas que han sido forzadas por la guerrilla a mostrarse como escudos frente a la fuerza pública.

En Toribío todavía hay demasiada zozobra para pensar cuánto tiempo les durará la vivienda. Saben que la guerrilla volverá, porque está ahí, camuflada en la espesura de las montañas de la Sierra Occidental que rodea a ese pequeño pueblo del norte del Cauca. Saben que volverá porque desde 1983 han sufrido más de seiscientos hostigamientos por parte de las FARC. Y temen que en una de esas incursiones algún guerrillero entre con el fusil al hombro por la puerta dispuesto a parapetarse en su hogar, a firmar, de alguna manera, la orden de derribo de la casa que levantaron con mucho sudor y pocos recursos las familias pobres de Toribío.

Para llegar a Toribío hay que tomar un vuelo de una hora desde Bogotá a Popayán, al sur del país. Y luego hay que viajar cuatro horas por carretera hasta que uno se topa de frente con la Sierra y comienza a ascender hasta las faldas del municipio. No es fácil adivinar que ese pueblo es uno de los rincones perdidos de la Colombia rural donde las FARC tienen fuerza por la ausencia histórica del Estado. Toribío está demasiado lejos para permanecer mucho tiempo en la agenda de los medios. Y sus habitantes temen que, en breve, las casas destrozadas del municipio no sean más que fotos acumuladas en las hemerotecas polvorientas de algún periódico. Sabina lo definió a su manera: números rojos en la cuenta del olvido.

6 Comentarios

Cómo dijo Alba lo que puede llegar a crear el miedo.Un saludo Luis.

También apuntaban en la nube que el miedo es la ausencia de amor, y que cuando descubres su raíz, es como un orgasmo.Saludos.

Efectivamente 1º gatito, extender el miedo, hacerlo colectivo, sin nadie que les ampare, ya que es el mismo gobierno el generador de miedo, la historia se repite constantemente.
Me recuerda a la película de Kurosawa, Los Siete Samurais, unos campesinos aterrorizados por una banda de saqueadores, robando el arroz, con tanto esfuerzo cultivado por ésas pobres gentes, sencillas.
http://www.youtube.com/watch?v=N-hTTv9Ibag

perfecto el simil con la destrucciòn de las casas de los padres de los suicidas palestinos. Política fracasada, como fracasará esta. Si no son capaces de derrotar a los grupos radicales palestinos o a las FARC, que afinen sus polìticas, pero que no hagan chapuzas apuntando en la diana al eslabón más débil: la población civil desarmada. Ya les vale, a los israelìes y a Santos.

¿cuando nos casamos? es bromaaaa

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Luis Pérez


Hace ya casi dos siglos que el gran sueño de Simón Bolívar se fraguó por estas tierras. La Gran Colombia, una nación compuesta por varias repúblicas recién independizadas de España, echó a andar en 1819. Moriría doce años después, en 1831, víctima de revueltas internas y del desencanto con un Libertador que terminó pervirtiendo ese proyecto de unión suramericana con un Gobierno muy parecido a una dictadura. La Gran Colombia agrupaba varios países.
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