3 posts de noviembre 2011

Los enamoramientos

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La versión latina de Los enamoramientos, esa joya en forma de libro que nos regala Javier Marías, bien podrían protagonizarla Hugo Chávez y Juan Manuel Santos. Los presidentes de Colombia y Venezuela parecen hoy dos auténticos enamorados. Ese sentimiento, ese estado del alma, les lleva hoy por el camino dulce de la comprensión y el entendimiento. Pero también, como en la novela, les ha llevado en el pasado al odio y al desafecto, al silencio y al mutismo cuando las cosas no iban tan bien.

Los enamoramientos se magnifican cuando el corazón que late sin tregua pertenece a un Presidente. Lo que surge de ese cruce de miradas cobra otra  dimensión. Pero, así como los enamoramientos justifican las cosas nobles y desinteresadas, explican también los mayores desmanes e incluso justifican más de una ruindad. Hace un par de años, nuestros  “enamorados” tuvieron una gran crisis. Chávez llamó a Santos Ministro guerrerista, cuando su nuevo amor colombiano era la cabeza visible de departamento de Defensa en el Gobierno del ex presidente Uribe. La crisis, a cuenta del bombardeo al guerrillero Raúl Reyes en suelo ecuatoriano, casi deriva en una guerra regional.

El tiempo sin embargo curó las heridas y aquel duro encontronazo se solventó. El amor surgió de nuevo cuando Santos fue proclamado presidente en agosto de 2010. Su primer gesto, cuatro días después de su discurso de investidura, fue invitar a su amor venezolano a Santa Marta, la tierra donde murió Bolívar, para escenificar ante el mundo que el amor está en el aire y que el aire que apenas corre por el Caribe podía reconducir su relación. Aquella fue la primera cita, el primer baile pegado, diríamos casi que la pedida de matrimonio. Los invitados, no obstante, se dieron cuenta de que en aquellas caricias no todo era amor. Previamente los novios hicieron números y se dieron cuenta de que sin plata la cosa no pintaba demasiado bien. No se podía organizar la boda cuando las relaciones comerciales habían tocado fondo. Venezuela y Colombia tuvieron intercambios de 7 mil millones de dólares en 2008. Y esos intercambios cayeron a 1700 millones en 2010. Todo a cuenta de la falta de amor de Chávez con Uribe, con el que llegó a romper relaciones en algo más que una discusión vecinal.

Las relaciones se restablecieron en esa cita de Santa Marta, donde los novios pusieron de nuevo las bases de su futura relación. Desde entonces no han faltado las carantoñas, los gestos, las miradas y los mimos, escenificado todo  en tres cumbres bilaterales y en muchos encuentros de quienes en realidad han ejercido de padrinos: el canciller venezolano Nicolás Maduro, y la ministra de Exteriores colombiana María Ángela Holguín.

Y así llegamos a la boda, celebrada este lunes en la ciudad de Caracas. Los novios se repartieron parabienes y elogios  ante decenas de invitados. Y el amor rindió sus frutos. Chávez y Santos firmaron importantísimos acuerdos comerciales para reactivar el comercio en la frontera. Más de 3.500 productos podrán cruzar de un lado a otro sin pagar aranceles. Los novios, ya formalmente casados, anunciaron a bombo y platillo otro proyecto en común: pusieron las bases para construir un oleoducto que llevará el petróleo de la faja del Orinoco venezolano hasta el puerto de Tumaco, en el Pacífico colombiano. Y por si fuera poco Chávez prometió consolidar su amor repudiando las malas amistades, como el nuevo jefe de las FARC, que se esconde en Venezuela. Y Santos hizo lo propio agradeciendo a Venezuela la captura de “Valenciano”, uno de los narcotraficantes colombianos más buscados por su alianza con los Zetas mexicanos y con varias bandas de Centroamérica.

La fiesta continúa en el Palacio de Miraflores. Los invitados sonríen y bailan. Todos disfrutan del momento y  nadie se para a pensar qué pasa por la cabeza de los novios, ni cuánto les durará el amor.

La ley de las FARC

Hay días en que la guerra se vuelve más sucia de normal. Hay noticias que me revuelven las tripas, que me hacen pensar si el conflicto colombiano puede degradarse todavía más,  si lo peor de la condición humana ha tocado fondo del todo,  o si nos esperan más tardes de titulares tristes y fríos. Fríos, sobre todo fríos. Porque a uno se le hiela un poco la sangre imaginando esa escena que ayer se dio en las selvas del sur del país. Cuatro uniformados secuestrados desde hace más de diez años, ejecutados, sin contemplaciones, por un pelotón de la guerrilla. A los verdugos no les tembló el pulso. Recibieron la orden, apretaron el gatillo y les dieron los tiros de gracia. Tres cautivos murieron de un disparo en la cabeza. El cuarto, de dos tiros por la espalda. Todos estaban encadenados.

Secuestrados asesinados

Secuestrados asesinados por las FARC

La ley de las FARC es así de simple. La ley de las FARC es así de cruel. Si el Ejército intenta liberar por la fuerza a los secuestrados, hay orden de ejecutarlos. Lo saben todos los guerrilleros. Lo saben porque quien incumpla esa orden será ajusticiado también. Lo sabe el Ejército y lo sabe el Gobierno. Lo saben porque lo han escuchado de varias fuentes: de los desmovilizados de la guerrilla, de los discos duros incautados a los jefes de las FARC, de los secuestrados que consiguieron salir de la selva con vida. No es la primera vez que la guerrilla ejecuta a los rehenes cuando ven que se acerca un operativo militar. Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia ejecutaron en 2003 al gobernador de Antioquia. Y años después harían lo propio con once diputados de la Asamblea del Valle. Con actos como esos, que pisotean el derecho internacional humanitario y engrosan la terrible lista  de los crímenes de guerra, esa guerrilla que nació con el sueño de un reparto justo de la tierra arrastra hoy su ideal revolucionario por el lodo de la ignominia. Y esa afrenta pública, esos asesinatos a sangre fría de prisioneros de guerra, le quitan tanto apoyo popular a las FARC como le quitó al Ejército el penoso capítulo de los  “falsos positivos”, esa política perversa que derivó en el asesinato de jóvenes inocentes a los que luego vistieron de guerrilleros para cobrar jugosas recompensas.

Libio josé martínez
Libio José Martínez,  el secuestrado que más tiempo llevaba en poder de las FARC

Hace cuarenta y cinco días, el Ejército logró ubicar al grupo de secuestrados en un punto concreto de las selvas del sur del país. Los operativos de inteligencia confirmaron que los cautivos estaban allí. Y desde esa fecha se puso en marcha un operativo de rescate que pretendía liberar a los secuestrados que más tiempo llevaban en poder de la guerrilla. Y cuando digo tiempo no hablo de semanas o meses. Todos ellos llevaban más de una década encadenados, sufriendo el rigor de un enemigo que les veía como un enorme botín, como la llave de un intercambio que pretendía sacar de las cárceles del Estado a cientos de guerrilleros presos. Libio José Martínez había pasado los últimos 14 años de su vida caminando de un lado a otro sin saber adónde iba, imaginando quizás como sería el día a día con el hijo al que nunca llegó a conocer. Cuando se lo llevaron las FARC, su mujer estaba embarazada de cinco meses. Cuando nació Johan Steven, su padre ya no estaba allí. Johan sin embargo se convirtió en un símbolo de la lucha para los familiares de los secuestrados. Organizó caminatas pidiendo la liberación de los cautivos, la de su padre y la del resto de uniformados que se pudre en las selvas de Colombia. Pidió en público y en privado la oportunidad de tener un padre. Ayer supo que todo ese esfuerzo fue en vano. O tal vez no, porque su ejemplo, como el de otros, sirvió para que nadie olvidara a los secuestrados.

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Johan Steven, hijo de Libio josé Martínez

Ayer fue un día aciago para el Ejército. La operación de rescate fracasó, aunque uno de los cautivos lograra escapar con vida tras huir despavorido en mitad de la selva. Y la delgada línea que separa el fracaso de la gloria se mide luego en la reacción del pueblo y se mide, sobre todo, en la respuesta de las familias de las víctimas. Hace un par de años, el Ejército de Colombia abrió telediarios y llenó portadas con la famosa “Operación Jaque”. Un operativo militar que dio pie a películas y a decenas de libros, y que pasó a la historia por liberar a Ingrid Betancourt y a otra decena de rehenes sin disparar un solo tiro. Nadie cuestionó entonces aquella operación militar. Hoy, con los cadáveres todavía calientes, las familias de los cuatro muertos y las familias de los 12 uniformados que siguen presos en manos de las FARC, cuestionan el operativo y echan la culpa al Gobierno. Siempre dijeron que las operaciones de rescate a sangre y fuego ponían en peligro la vida de los secuestrados. Lo dijeron con conocimiento de causa, porque nadie como ellos, que se aferran cada día a la vida con el único argumento de un reencuentro con los suyos,  conoce mejor la ley de las FARC.

Las FARC, sin Cano

Cano ok

El francotirador del Ejército que le incrustó tres balas en el cuerpo (una en el cuello, una en el pecho y otra en la cadera) lo debió ver meridianamente claro. El hombre que salió de aquel caño tras siete horas de cerco y combate en las selvas del Cauca, era el jefe de las FARC. Alfonso Cano cayó abatido horas después de un bombardeo contra su campamento. Un bombardeo del que salió herido pero vivo y en el que,  al parecer, murió su compañera sentimental y su jefe de seguridad. Las bombas cayeron por la mañana, a esa hora en la que Cano probablemente apuró la cuchilla con la que mostró, ya muerto, su nueva imagen al mundo. El cerco a Cano comenzó hace ya unos tres años, cuando se puso en marcha el Grupo de Tarea de Sur del Tolima, un contingente de cinco mil hombres cuya principal misión en la vida era cazar al ideólogo de las FARC. Cano vivió durante todo ese tiempo en una huida permanente, rodeado siempre por cinco anillos de seguridad que lograron, hasta la noche del viernes, poner a salvo su vida. Alguien sabrá (y supongo que contará) por qué Cano se quitó la barba, el rasgo característico que lo acompañó durante sus treinta y tres años de lucha contra el Estado y que le dio, junto a sus gafas graduadas, ese aire de intelectual. Cano, de hecho, era un intelectual, más allá de su participación en secuestros, sus órdenes de atentados o su faceta empresarial en ese negocio de la droga que manchó hace años el origen revolucionario de la guerrilla.

Cano reposa en la morgue sin barba. Y con su muerte, la guerrilla parece hoy mucho más imberbe. Nadie sabe qué hacer con el cuerpo del líder de las FARC. Nadie sabe qué rumbo tomará la guerrilla sin el último hombre de la vieja guardia, sin el último de los líderes históricos que aglutinaba la suficiente ascendencia para mantener unida a la guerrilla. En pocos días conoceremos al sucesor, se hará público el nombre del hombre que debe reconducir la guerra, vengar al líder y , llegado el momento, sentarse a negociar la paz. La paz es hoy un deseo, más que una realidad. Un deseo del que habla el presidente y del que habla la guerrilla, que en un comunicado advierte que esa paz está lejos porque no se van a desmovilizar. Seguirá la guerra en Colombia, al menos a corto plazo. Los expertos dicen que ahora vendrá la ofensiva de las FARC, los actos de venganza contra el Ejército, contra la Policía Nacional, contra la infraestructura y los objetivos económicos del establecimiento colombiano. Y en los próximos meses… que nadie sueñe con el final de las FARC. Quedan todavía unos ocho mil hombres en armas, la mayoría con el viejo sueño de tomar Bogotá. La guerrilla no está muerta y hay cifras que lo demuestran. En 2010 hubo más bajas en el Ejército, entre muertos y heridos, que en 2003, cuando el país parecía doblegado ante la guerrilla y el presidente Uribe preparaba el rodillo para acabar con las FARC. Las encuestas dicen que la mayoría de los colombianos detesta a aquella guerrilla que empezó empuñando el fusil con el sueño justo de un reparto equitativo de la tierra, la misma guerrilla que se dejó el romanticismo por el camino a golpes de secuestros, atentados y campos sembrados de minas. Pero en las zonas remotas del país, en ese campo tan  olvidado hoy como hace cincuenta años, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia siguen contando con un amplio respaldo social.

No sabemos quién reemplazará a Alfonso Cano. Suenan nombres… Iván Márquez, Timochenko… ninguno con el carisma de aquel joven estudiante de antropología que un día se fue al monte y dejó a medias su carrera en la Universidad Nacional. Y esa es, precisamente, la gran encrucijada de las FARC.

Luis Pérez


Hace ya casi dos siglos que el gran sueño de Simón Bolívar se fraguó por estas tierras. La Gran Colombia, una nación compuesta por varias repúblicas recién independizadas de España, echó a andar en 1819. Moriría doce años después, en 1831, víctima de revueltas internas y del desencanto con un Libertador que terminó pervirtiendo ese proyecto de unión suramericana con un Gobierno muy parecido a una dictadura. La Gran Colombia agrupaba varios países.
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