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El fin del futuro (que no de la historia)

    lunes 29.feb.2016    por Miguel-Ángel-Berlin    3 Comentarios

El propio Fukuyama explica que la idea de "el fin de la historia" no es suya, que en realidad data ya de hace ¡dos siglos! Es decir, ya a principios del siglo XIX había quien pensaba que, con la marcha triunfal de Napoleón por Europa, se acababa la evolución histórica propiamente dicha. El triunfo de la ilustración sobre el oscurantismo.
No cabe duda de que con la perspectiva de hoy ese optimismo nos suena enternecedor.
Fukuyama se apropió de la idea al explicarla mejor que nadie porque, a finales del siglo XX, tenía a mano más argumentos que nadie antes.
¿Quién no vio en la caída del muro de Berlín, en el hundimiento de la Unión Soviética, el triunfo definitivo del capitalismo sobre el comunismo, el triunfo de la democracia sobre la dictadura, el triunfo de la libertad contra la opresión?
Un cuarto de siglo después, hemos comprobado otra vez lo naiv de esa percepción. La democracia no es, ni mucho menos, una idea política en marcha triunfadora, más bien parece una preciosa escultura griega con los brazos rotos y una expresión de desconcierto en la cara.
El mundo occidental asiste perplejo e impotente a acontecimientos a los que no duda en llamar como "primavera árabe" que acaban convirtiéndose en sangrientas guerras civiles y en el renacimiento del terrorismo internacional más salvaje que se haya conocido nunca.
Particularmente paralizante ha sido ver el renacimiento de sus cenizas del "enemigo soviético", encarnado en la Rusia de Vladimir Putin.
El desconcierto que se puede ver en las cancillerías europeas parece propio del que padece un síndrome de arrogancia por estar convencido de que sus valores son superiores y no encuentra explicación a su fracaso.
Pero que no cunda el pánico. Porque si cunde, si buscamos explicaciones fáciles a ese “de derrota en derrota” hasta la victoria final”, acabamos convirtiéndonos precisamente en un Putin cualquiera o en uno de sus clones enanos, Victor Orban, Kaczynski, Netanyahu...
Hasta aquí he dado por buena la identificación entre democracia y capitalismo, cuando, en mi opinión esa identificación es precisamente el germen de la arrogancia occidental.
Esa identificación se demuestra falsa porque, si bien la democracia no ha triunfado en el mundo, sí lo ha hecho, y de forma incontestable, el capitalismo, una prueba de que no son la misma cosa. (La dialéctica de Hegel, a mi juicio, es de lo poco que no se ha superado, la idea de que la realidad sólo se conforma por la contradicción).
Sí, el capitalismo ha triunfado, como está a punto de demostrar Barack Obama en Cuba. Sólo queda para el zoológico de la historia algún país en extinción como Corea del Norte.
Basta mirar a China y su rabioso capitalismo de estado para comprobar que el capitalismo ha triunfado definitivamente. Para él sí ha llegado el fin de la historia.
Pero la historia continúa, así que la única explicación que me queda es recurrir a la genial teoría de Schumpeter: “el capitalismo morirá de éxito”.
El capitalismo se estaba reinventando, allá por mediados del siglo XX, cuando el pensador austriaco-estadounidense nos descubrió la “destrucción creadora” del capitalismo, la capacidad de introducir nuevos productos, cada vez más baratos, que revolucionan continuamente los factores de producción y obligan a adaptar permanentemente el modelo productivo.
Desde luego, esa carrera hacia el llamado “coste cero”, implícita en el primer acto capitalista, la invención del dinero, se ha vuelto desbocada con la llegada de Internet.
Pero, ¿será el “coste cero” en la producción y la distribución de bienes, el abaratamiento final de todos los productos hasta hacerlos accesibles a todas las personas lo que acabe con el capitalismo?
Aconsejo vivamente la lectura del libro de Angel de Goya “Ahogarse al lado de la orilla” (Editorial Catarata), y su segunda parte, sobre la aplicación de la segunda ley de la termodinámica a la evolución de las civilizaciones. Sólo los saltos tecnológicos permiten la supervivencia o el triunfo de una civilización a lo largo de la historia.
No creo que sean las matemáticas, las estadísticas, las leyes físicas, las que maten al capitalismo.
Antes bien, creo que el capitalismo debe temer la venganza de la ética. Más que el fin de la historia, debe temer el fin del futuro.
El capitalismo no morirá porque se le acabe el combustible, la capacidad de inventar, sino por la implosión de su combustible, ese extraño combustible que no se acaba nunca, sino que, mientras más se consume, más se acumula: la avaricia.
Todo esto viene a cuento porque a uno le vienen a la mente viejas lecturas y trabajos universitarios después de leer los informes que denuncian que las diferencias entre ricos y pobres aumentan en todo el mundo: el mundo cada vez es más rico, pero los pobres son cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos.
En un hotel de Davos, cabrían los ricos que poseen tanta riqueza como la mitad de la humanidad junta. Y a todos nos parece normal. Nos parece normal que un asalariado que gane 20.000 Euros pague más impuestos que un capitalista que haya ganado 1 millón en bolsa. Nos parece normal que, ante los problemas de sostenibilidad de un banco, sólo veamos dos soluciones: la fusión con otro banco hasta hacer el problema tan grande que no se pueda dejar caer y haya que salvarlo con el dinero de todos. Nos parece normal que, después de haberlo salvado, incluso se resarza a los accionistas con el dinero de todos (Bankia). Nos parece normal que para que una empresa sea rentable haya que pagar salarios de miseria y disponer de despido libre. Nos parece normal que un futbolista cobre millones y millones y, si no paga a hacienda, no pasa nada mientras siga metiendo goles. Nos parece normal comprar ropa y móviles que sabemos fabricados en fábricas de esclavitud. Y tantas y tantas cosas que me da pereza argumentar de forma más documentada.

La falacia del triunfo de la democracia y el capitalismo sobre otros planteamientos políticos y económicos la pone de manifiesto el último informe de la fundación Bertelsmann.
El Transformationsindex BTI, constata un retroceso general de la democracia y economía social de mercado en el mundo. Sólo seis países en el mundo alcanzan un índice óptimo de gobierno democrático, la mayoría de países fracasan en el objetivo de transformación y reforma democrática.

 

Miguel-Ángel-Berlin   29.feb.2016 17:01    

3 Comentarios

Confiemos que el súper-martes en el IMPERIO elijan al hombre justo.... para llegar al fin del futuro...

http://www.dw.com/es/las-ra%C3%ADces-alemanas-de-donald-trump/av-19017466

PS. Y si no pasa, nos conformáremos, con lo que nos queda y a seguir trabajando cabeza gacha.
JA !

martes 1 mar 2016, 00:23

Mientras hay vida, hay esperanza... apareció un PUTRI-MILLONARIO optimista y que anuncia que nos queda tenemos una chispa de vida y esperanza... ( dicha por, "EL ORÁCULO de Omaha" ) siempre es de buen tono, escuchar, entender y aplicar.
En la página 8 , (segundo párrafo) afirma que:

"Indeed, most of today’s children are doing well. All families in my upper middle-class neighborhood regularly enjoy a living standard better than that achieved by John D. Rockefeller Sr. at the time of my birth. His unparalleled fortune couldn’t buy what we now take for granted, whether the field is – to name just a few – transportation, entertainment, communication or medical services. Rockefeller certainly had power and fame; he could not, however, live as well as my neighbors now do"

© Warren E. Buffett,
Chairman of the Board

El documento completo lo encuentra en :

http://www.berkshirehathaway.com/letters/2015ltr.pdf

martes 1 mar 2016, 12:49

Al hilo de este tema, una entrevista a un periodista inglés que ha escrito un libro titulado: "Postcapitalismo"
http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2016-02-29/proyecto-cero-el-sistema-que-permitira-que-el-capitalismo-colapse_1160922/

martes 1 mar 2016, 16:13

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Miguel Ángel García

Bio Ich bin

“Soy un ciudadano de Berlín”. JFK llevaba apenas unas horas en Berlín Oeste cuando se declaró berlinés. Al otro lado del muro, un hombrecillo verde, con un impecable sombrero ya pasado de moda, cruzaba airoso las calles del Berlín Este, por aquel entonces apenas habitadas por tranvías llenos de proletarios.
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