7 posts de octubre 2008

Todo bajo control

Ríete de los controles en los aeropuertos españoles. Nada que ver con la seguridad que te calzan en Estados Unidos. Para empezar, cuando facturas, la azafata del mostrador ya decide si eres de fiar. A ojo de buen cubero. Por la cara. Si no superas el examen ocular, te pone cuatro eses en la tarjeta de embarque; ese de screen, de scrutinize, de scanner. Ese de sospechoso.

Cuando llegas al control de seguridad propiamente dicho, los marcados somos apartados de la fila principal y encerrados en una cabina de cristal blindado. Solos. Sin posibilidad de salir, hasta que no te franqueen el paso. Aguantando con la mayor dignidad posible las miradas de reproche, indiferencia, compasión o superioridad del resto de pasajeros. Cuando te empiezas a preguntar si saldrás de ésta, el agente te somete a un primer cacheo, integral, exhaustivo.

Crees que ya has terminado, pero no. Otro agente acude y te abre finalmente la puerta. Tu equipaje de mano te está esperando y debes dar todas las explicaciones que te exijan. Es la última fase y va de alta tecnología. El agente frota un disco de algodón sobre el portátil y lo introduce en un espectrógrafo de masas. Si hubiera cualquier resto de explosivos o drogas, aparecería un pico característico en la pantalla. El proceso se repite pacientemente con todas y cada una de tus pertenencias.

Al fin, satisfechos, te ponen un sello rojo. Eres libre de nuevo. Dentro de un orden, porque está absolutamente prohibido fumar en el aeropuerto. Me voy a Chicago. Me voy con Obama.

Dudas

¿Y quién no las tiene? Es el propio país quien duda. No sabe todavía si está maduro para el cambio que supone Obama. Hay más, desde luego. Está el efecto Bradley, el precedente de Truman en el 48, el de Bush en el 2000 o la amplia dispersión en los sondeos. Pero todo esto es análisis indirecto. Y como la psicohistoria de Hari Seldon no ha nacido todavía, a falta de una demostración matemática rigurosa, hay tres argumentos para la victoria de Obama.

Primero, el contexto. Una recesión global es la peor tarjeta de visita para que el partido que gobierna gane las elecciones. McCain rema contra corriente en este río. Obama lleva el viento de cola. Y aunque la economía no determine las elecciones, como dijo Solbes hace tiempo, sí que las condiciona.

Luego está el mensaje de Obama. Un discurso positivo basado en la unidad y el cambio para un país que ya no es blanco. Puestos en bandeja con nobles palabras que no se oían en el mundo desde hace medio siglo. Inspira. Levanta ilusiones. Es difícil resistirse, aunque sepamos que no vaya a estar a la altura. De hecho, las expectativas puestas en él son tan desmedidas, que ningún ser humano podría cumplirlas. Pero esa es la cuestión: somos una especie a la que le gusta soñar con las estrellas.

Y por último está el propio partido Republicano. Que es esencialmente una coalición de tres grupos. Los más ricos, que ponen el dinero para impulsar la campaña, pero que son muy pocos; la industria de armamento, que contribuye con una buena dosis de poder e influencia, pero que sigue siendo minoría; y los fundamentalistas religiosos, que son los que aportan el número puro y duro. Pero las costuras que ideó Reagan han saltado. Por agotamiento o por hartazgo.

Mi primera Palin

Me fascina la Palin. Como me fascina Zaplana. Son animales políticos de la misma especie. Barracudas que se comen la cámara. No tiene que ver con su discurso. Es más bien una cuestión hormonal. Está en la piel. O en el pintalabios.

Sarah Palin tenía mitin esta mañana en Leesburg, Virginia. El acto era a las nueve de la mañana. Algo inconcebible en España, donde se celebran por la tarde y a ser posible en fin de semana. Y más sorprendente todavía es que la multitud estaba desde las siete en pie de guerra. Un lunes. Laborable. Daba igual.

Acudían con sus niños. Familias numerosas en su mayoría. Como buenos republicanos. Vestidos de rojo, que es el color del partido. Los bebés en brazos. Y un cartel pellizcado entre dos dedos libres. McCain-Palin. En azul, del mismo color que los de Obama. Muchos jardines los tienen. Y nadie tira el del contrario.

El coche que me han dejado para hacer las gestiones lleva una pegatina que dice Defend America, Defeat Bush. Defiende América, Derrota a Bush. Hay alguna mirada de reojo. Algún gesto de desagrado. Pero no pasa nada. Cada uno a lo suyo. Ellos con Joe el Fontanero y contra Obama, que por primera vez en cuarenta años puede hacerse con este Estado.

Al otro lado del espejo

Me voy. Va en serio. Al otro lado del espejo. De la mano de Alicia. Al otro lado de la pantalla; de cine o de televisión. Primera parada en Washington, para alquilar la casa, contratar las utilities y abrir cuenta corriente. Es lo que tiene el tránsito. Marea.

Luego Chicago. Grandes Lagos. Illinois, la tierra de Lincoln y de Obama. Para abrir apetito, Halloween. ¿Cómo es de verdad, a pie de calle? Será como consultar a la Sibila. En su rostro se anuncia el ganador.

Y finalmente, noche electoral. Con los demócratas. Había que elegir. Como no me puedo desdoblar, apuesto. ¿Y si pierde? ¿Y si gana? Eso es lo que le quita el sueño a Obama. Ganar.

Las bolsas miden como un termómetro la recesión mundial. Y el propio Biden augura que, antes de seis meses, el mundo pondrá a prueba al próximo Presidente. Como le sucedió a Kennedy. Kennedy una y otra vez. Al otro lado.

Karma

El ser humano suele tropezar dos veces con la misma piedra. Pero algunos errores nos dejan una marca tan indeleble, tan duradera, que es difícil volver a cometerlos.

Barack Obama no estuvo al lado de su madre, Ann Dunham, cuando murió de cáncer. Estaba metido de lleno en su carrera política, a miles de kilómetros de distancia. Obama cree que aquella ausencia ha sido el mayor error de su vida. Era el espíritu más generoso y amable que he conocido", escribió. "Todo lo mejor que hay en mí, se lo debo a ella".

Ahora Obama deja la campaña electoral por unos días para estar con su abuela, gravemente enferma. La mujer que le crió buena parte de su adolescencia en Hawai. Madelyn Dunham, de 85 años.

Y una tercera matriarca en la vida de Obama, Michelle, su mujer, tomará el relevo en sus mítines. La campaña electoral sigue. Y viento en popa.

Rectificar a veces tiene premio. El respaldo del general Colin Powell ha impulsado al candidato demócrata de nuevo en los sondeos. Obama ha recuperado los siete puntos de ventaja sobre McCain. En la media de RealClearPolitics y el sondeo de Gallup. La encuesta de Reuters apunta un matiz interesante. Tras el apoyo de Powell, Obama gana puntos entre los republicanos.

A por todas

Quedan 15 días para las elecciones y prometen ser reñidos. El último debate entre los candidatos había recortado en dos puntos la ventaja para Obama. Lo que demuestra que los sondeos no son la biblia. Sarah Palin tuvo su momento de gloria en el Saturday Night Live. Puede que no tenga ni idea de cómo lidiar con la crisis pero da estupendamente en la cámara. Y es capaz de reirse de sí misma. Un valor más en la lista pata negra que vende su campaña. El resultado: record de audiencia para la NBC, el mayor en 14 años.

Hasta el domingo, en que el respetado general Colin Powell da su apoyo público a Obama. Siete minutos de alegato en la mejor tradición cinematográfica. Puede que Powell sea amigo de McCain desde hace un cuarto de siglo, pero le ha crucificado a conciencia. En las dos heridas que más le duelen: como heredero de Bush y como incompetente para lidiar con la crisis financiera.

Aún así, los peores dardos de Powell han ido dirigidos a Palin. No está capacitada para ejercer como presidente, que es el trabajo de los vicepresidentes. Y ha girado el partido a la derecha. Aún más.

El resultado en las encuestas, que no son la biblia, es un nuevo impulso para Obama. El presidente que el país necesita en estos momentos, según Powell. La nueva generación. La fuerza transformadora.

Sólo hace falta que el consejo cale en el electorado blanco. En los blue collars y en los red necks. En la América rural y urbana, que son bien distintas en sus preferencias. No en balde, Palin alaba en todos sus mítines los valores de los pequeños pueblos. Y vistos los sondeos, que no son la biblia, la batalla no está ganada.

Dos estados, Ohio y Misuri, son un microcosmos americano que suele clavar las elecciones nacionales. En ninguno de los dos se impone claramente ni Obama ni McCain. Todavía.

El pato cojo que marea la perdiz

En Estados Unidos, cuando un presidente entra en los últimos meses de su segundo mandato se le llama pato cojo. Es la traducción literal de lame duck. Vale también inútil o caso perdido. Y Bush tiene méritos de sobra para pagar el pato de estos últimos ocho años.

La guerra de Irak ha pasado a segundo plano porque la herencia más pesada que nos deja este hombre es la peor crisis desde la Gran Depresión. Son los dos grandes logros del primer presidente que llegó a la Casa Blanca con un máster en Administración de Empresas, hijo del vencedor de la primera Guerra del Golfo.

Hecho el estropicio, Bush se multiplica en los medios tratando de aparecer como el fontanero que arreglará las cañerías rotas. Acaba de reunirse con Sarkozy y Barroso. Quiere acoger una cumbre mundial para refundar el sistema financiero.

¿En qué sentido? No puede ser con menos regulación, como ha defendido durante todo su mandato. Es la falta de control sobre la codicia y los excesos lo que nos ha llevado al borde del desastre. Y aunque ahora pliegue velas, ya no está al timón. Su poder se acaba el 20 de enero, cuando tome posesión el nuevo presidente.

Por eso Bush es un pato cojo. Ya no tiene las palancas para mover el mundo. Serán otros los que enderecen el desaguisado. Él ya no es el médico sino un síntoma de la enfermedad. Y tanta insistencia en recomponernos sólo vale para marear la perdiz.

Gabriel Herrero


Los periodistas tenemos que contestar al menos cinco preguntas: Qué, Quién, Dónde, Cuándo y Por qué. La última es mi favorita.
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